Hace un siglo, cada lunes El maravilloso mundo de Disney era en buena medida responsable de nuestra educación ambiental y, a veces, de recetarnos posverdades sobre la naturaleza. Al ver documentales como El ártico salvaje nuestros padres no podían menos que aleccionarnos con que “la Naturaleza es sabia: vean, si no, cómo estas tiernas criaturitas —los lemmings— deciden sacrificarse en masa, saltando desde los acantilados para que sobrevivan sus crías cuando la comida es escasa”. Alternative fact: ¿no será que, durante los episodios interanuales de explosión demográfica lemina y siendo tantos lo que pasan al borde del precipicio, abundan los accidentes? Bienaventurados los cínicos, porque hallarán que la explicación más sencilla es en este caso la más probable.

En El maravilloso mundo de internet al parecer el papel de educar a las masas humanas no ha abandonado las pantallas, pero sí evitado cincuenta minutos de explicaciones con voz en off y preferido, en gran medida, el minimalismo extremo que sólo un meme puede conseguir, como la foto de una nutria con su bebé en brazos acompañada de un “¿sabías que las nutrias muestran a sus crías cuando se sienten en peligro para que sientan compasión por ellas?”. De nuevo los cínicos (o los trolls) dirán que esta es sólo una interpretación de entre muchas posibles pero ¿en verdad ser tierno puede ayudarte a sobrevivir?

Ilustración: Oldemar González

Mickey, Hello Kitty y Babymetal… un esquema y varias caras de la ternura

Despertar la ternura en al menos uno de los depredadores de las nutrias —los humanos— podría funcionar… si llevamos a un extremo la Hipótesis de la Biofilia, enunciada en 1984 por el entomólogo Edward O. Wilson. Según Wilson, tenemos una atracción y un interés natural hacia otras especies, lo que no necesariamente significa que, por muy mono que nos parezca un animal, dejemos de verlo, sí, como tierno y hasta tiernísimo… pero en oraciones como: “nunca había probado un pollo tan tierno” (aunque sí hay evidencia de que al ver una imagen adorable del animal a consumir reducimos nuestro deseo de hacerlo).1

Lo que es innegable es que la reacción en internet ante el nutrimeme es, mayormente, una de ternura, y que es ésta una emoción de gran importancia biológica. Vista desde la etología, la ternura es una percepción como respuesta a las características infantiles que presenta un animal. En 1943 Konrad Lorenz propuso el término kindchenschema o esquema de bebé para referirse al conjunto de rasgos morfológicos que nos enternecen en bebés humanos o de otra especie, o en una ilustración de Piolín o de otros personajes ficticios: mejillas regordetas, cara redonda, cabeza y ojos grandes y nariz pequeña en proporción al resto del cuerpo.

El kindchenschema ha sido reconocido y aprovechado por, entre muchos otros, ilustradores infantiles y animadores al diseñar personajes de libros, caricaturas y videojuegos. El caso más famoso es, posiblemente, el de Mickey Mouse, sobre quien el paleontólogo Stephen Jay Gould escribió un también famoso artículo en el que describía una evolución —o, en este caso, más bien diseño inteligente— en la que predominaban cada vez más las características paedomórficas (los rasgos infantiles) de Mickey.2 La ternura como estrategia de venta, como todo fan de la cultura japonesa de lo tierno (lo kawaii) sabe, puede ser bastante redituable, y no es sorprendente que en el país de Hello Kitty hayan surgido casos como el de Babymetal, grupo de heavy metal + kawaii cuyas adorables y jóvenes integrantes practican el headbanging como poseídas mientras cantan Gimme chocolate!

Mercadotecnia aparte, el kindchenschema tiene una base biológica, pues es una estrategia adaptativa que, al generar en nosotros una respuesta de cuidado y protección, mejora las posibilidades de que nuestra descendencia sobreviva. Los bebés percibidos como tiernos son considerados como más saludables, amistosos, competentes y adoptables, y los adultos tienden a mirarlos por más tiempo, que aquellos menos tiernos en comparación.3 Esta preferencia por bebés de anuncio de Gerber emerge desde que somos muy pequeños: los niños de edades tan cortas como tres años reconocen el kindchenschema en bebés humanos y en gatos y perros y tienden a fijar más su mirada en los ojos, un rasgo facial que, además de ser crucial en la percepción de la ternura, provee de información sobre el estado emocional del dueño de esos ojos, lo que es útil si el dueño de ellos es un humano, pero no deseable si se trata de un perro, porque en este caso tendrían que prestar más atención a su hocico (el del perro) para evitar ser mordidos.4

Algunos etólogos consideran que, dado que en el sistema social de nuestros ancestros prehistóricos la crianza de los niños era compartida por diferentes miembros del grupo, el esquema de bebé pudo perpetuarse al favorecer a quienes lo exhibían, que se convertían en algo así como “los consentidos de la tribu”. La primera evidencia experimental de que el kindchenschema en verdad motiva a los adultos a que cuiden a un bebé es bastante reciente,5 como también lo son estudios que muestran que existen diferencias entre hombres y mujeres en la percepción de la ternura provocadas por diferencias hormonales en los niveles de progesterona y estrógeno. Mujeres jóvenes o premenopáusicas y mujeres con niveles altos de estas hormonas por tomar píldoras anticonceptivas distinguen qué bebés son más tiernos con mayor facilidad; estas hormonas posiblemente influyen en el comportamiento de afecto o protección hacia el bebé, pero aún ignoramos cómo lo hacen.6

La etapa más tierna en la vida de un bebé… y de un perro

Desde una perspectiva evolutiva, cuando los recursos son limitados invertir parte de ellos en un recién nacido puede resultar más costoso que hacerlo en un bebé de mayor edad, dado que el neonato tiene un mayor riesgo de morir. Esto explica —si bien no justifica moralmente— prácticas infanticidas tanto en la antigua Esparta como en la actual Kazajistán: si en la primera se mataba o abandonaba a los recién nacidos cuya salud o aptitud física no cumplía con sus estándares, en la segunda un neonato con bajo peso tiene mayor probabilidad de ser abandonado por su madre.7 Los recién nacidos no son tan tiernos. El esquema de bebé emerge por completo sólo después de los tres meses de nacido, alcanzando su máximo alrededor de los seis.

Evolutivamente hablando, tiene sentido que los padres maximicen recursos en sus descendientes una vez que el riesgo de mortalidad ha declinado, y estudios señalan que los adultos perciben a bebés de seis meses como más sanos, felices, tiernos y más parecidos a sus progenitores que a cualquier otra edad;8 bebés mayores tienen un mayor nivel de independencia y de habilidad para sobrevivir y ya no necesitan enternecernos tanto. También los cachorros perrunos aprovechan el efecto de su kindchenschema, no en sus perras madres sino en nosotros, para ser adoptados a la edad en que son destetados y abandonados por sus progenitoras, que es cuando muestran, además de su máxima ternura, el mayor nivel de mortalidad (alrededor de las seis a ocho semanas, dependiendo de la raza).9

Si pasa con los perros, ¿por qué no con las nutrias? No es que sea imposible, pero la diferencia son decenas de miles de años durante los cuales provocamos —no siempre deliberadamente— cambios morfológicos, fisiológicos y de comportamiento en los perros, incluyendo que abandonen a sus crías durante el destete; en contraste, los lobos macho y hembra sí cooperan en la crianza de sus lobeznos hasta más de un año después de éste.

¿Sienten ternura otros animales?

En el título mismo de La expresión de las emociones en el hombre y en los animales (1872) Darwin reconoce que las emociones no son exclusivas de nosotros y, luego de casi siglo y medio de estudios a la luz de la teoría de la evolución y de saber que todos los animales, sin excepción, contamos con cerebros formados por básicamente el mismo tipo de neuronas (si bien el número de éstas y la estructura de aquéllos varían), no hay razón por la cual otras especies no puedan enternecerse —y, de ser conscientes tener, inclusive, sentimientos—. El problema es que no hay actualmente manera de verificar si hay experiencia consciente de una emoción en especies no humanas: no pueden decirnos qué sienten al ver una nutria con su cría.

Antes de descartar la posibilidad de que exista un oso u otro depredador lleno de ternura hacia las nutrias, consideremos que, en años recientes, investigadores han mostrado que incluso invertebrados como los insectos, muchas veces vistos como simples autómatas, pueden tomar decisiones que dependen de su estado de ánimo.

Un grupo de abejas, por ejemplo, fueron entrenadas para que respondieran ante una combinación de olores, extendiendo su probóscide para recibir azúcar como premio, si la razón de los componentes A y B del olor era de 1 a 9, o retrayéndola para evitar ser castigadas con quinina, si la razón era opuesta.10 En una segunda prueba se expuso a las abejas a olores ambiguos (resultantes de combinaciones que eran sólo más o menos parecidas a las que garantizaban premio o castigo), pero antes la mitad de ellas fueron agitadas para simular la ocurrencia de un evento peligroso (como el ataque de una araña). Las abejas así “estresadas” respondieron de manera más “pesimista” ante el olor ambiguo. Que estos insectos experimenten conscientemente su estado afectivo, para llamarlos pesimistas sin comillas y con todo rigor aún está por verse, pero seamos optimistas: no hay evidencia de que, al menos en cierta medida, no pueda ser así.

Añadiendo ternura al optimismo, aunque ni una sola cría de nutria deba su vida a ser una monada a los ojos de un oso, millones de perros y gatos son pruebas vivientes de la manipulación cotidiana de nuestras emociones a través del kindchenschema, y si la guerra por enternecernos se libra en internet, más de dos millones de videos de gatos con más de 26 mil millones de vistas no dejan duda de que nadie iguala a los mininos cuando se trata de responder a un meme con un sonoro “¡Ahhh!”.

 

Luis Javier Plata Rosas
Doctor en oceanografía por la Universidad de Guadalajara. Sus más recientes libros son: La ciencia y los monstruos. Todo lo que la ciencia tiene para decir sobre zombis, vampiros, brujas y otros seres horripilantes y El océano tiene onda. Una obra de ciencia ficción.


1 Zickfeld, J.H., J.R. Kunst y S.M. Hohle, “Too sweet to eat: Exploring the effects of cuteness on meat consumption”, Appetite, 120, 2018, pp. 181-195.

2 Gould, S.J., “A biological homage to Mickey Mouse”, en The Panda’s Thumb: More Reflections in Natural History, Nueva York, W.W. Norton, 1980.

3 Varios de esos estudios son enlistados en los artículos citados en las referencias 4 y 5.

4 Borgi, M., I. Cogliati-Dezza, V. Brelsford, K. Meints y F. Cirulli, “Baby schema in human and animal faces induces cuteness perception and gaze allocation in children”, Frontiers in Psychology, 5(411), 2014, 12 pp.

5 Glocker, M.L., D.D. Langleben, K. Ruparel, J.W. Loughead, R.C. Gur y N. Sachser, “Baby schema in infant faces induces cuteness perception and motivation for caretaking in adults”, Ethology, 115, 2009, pp 257-263.

6 Sprengelmeyer, R., D.I. Perrett, E.C. Fagan, R.E. Cornwell, J.S. Lobmaier, A. Sprengelmeyer, H.B.M. Aasheim, I.M. Black, L.M. Cameron, S. Crow, N. Milne, E.C. Rhodes y A.W. Young, “The cutest little baby face: A hormonal link to sensitivity to cuteness in infant faces”, Psychological Science, 20(2), 2009, pp. 149-154.

7 Yelissinova, N., A.M. Grjibovski, A. Yelissinova, T. Rakhypbekov, Y. Semenova, Z. Smailova y S. Meirmanov, “Sociodemographic factors associated with infant abandonment in maternity hospitals in Kazakhstan: a case control study”, Public Health, 129(7), 2015, pp. 1010-1013.

8 Franklin, P., A.A. Volk e I. Wong, “Are newborns’ faces less appealing?”, Evolution and Human Behavior, 39, 2018, pp. 269-276.

9 Chersini, N., N.J. Hall y C.D.L. Wynne, “Dog pup’s attractiveness to humans peaks at weaning age”, Anthrozoös, 31(3), 2018, pp. 309-318.

10 Mendl, M., E.S. Paul y L. Chittka, “Animal behaviour: Emotion in invertebrates?”, Current Biology, 21(12), 2011, R463-R465.