En este lúcido y extraordinario ensayo Ariel Rodríguez Kuri sostiene que los Juegos Olímpicos y el movimiento estudiantil de 1968 fueron dos procesos no opuestos, sino complementarios. El mayor compromiso internacional de todo el siglo XX mexicano no hubiera sido posible sin el reconocimiento de sensibilidades plurales, sin la perfecta adaptación de espacios deportivos y culturales en la Ciudad de México y sin el entusiasmo del público mexicano. Los jóvenes se encargaron de poner en el centro de sus demandas el ejercicio de libertades políticas y civiles básicas. La nota oscura la dio el gobierno de Gustavo Díaz Ordaz, que había sido, por otra parte, extraordinario y original administrador de los juegos. La tragedia del 2 de octubre en Tlatelolco borró la fiesta de las Olimpiadas y de la movilización estudiantil. Ariel Rodríguez Kuri rescata las dos caras de aquellos hechos, en un primer intento de mirarlo todo junto, como fue.

Incluso los museos tienen una historia, es decir, incluso los lugares en los que se narra una historia tienen su historia. La obsesión por reunir en un solo espacio los hallazgos que el hombre ha hecho es una promesa. Con todos los sesgos que el antropocentrismo y sus derivados imponen a las colecciones y exhibiciones de restos, piezas, artefactos, ejemplos y obras, el museo expresa un momento totalizante de la cultura: el mundo todo, o una faceta, o una culminación, o un ejemplo didáctico de ese mundo. Nadie dice hoy día que el museo sea perfecto ni justo ni neutro; es, está ahí, marcado en su nacimiento y manutención por las pasiones oligárquicas, étnicas, religiosas, nacionalistas, estatales, narcisistas e incluso por los episodios psicóticos de sus fundadores y donantes.

Según precisan los diccionarios, el museo es el “lugar o edificio en donde se conservan y exponen objetos de valor artístico o de interés histórico o científico para que se los contemple, estudie o aprecie”.1 Etimológicamente, más aún, el museo es el lugar de las musas, de la inspiración, del soplo de vida, y de la vida como deseo. Convengamos eso para entender el sentido de 1968. En aquel momento los astros se alinearon para hacer de un cúmulo de experiencias a cielo abierto un museo. No se trató sólo de la acción sistemática de reunir objetos en las salas de un edificio (aunque hubo mucho de esto); fue otra cosa: cuando el edificio del museo, y el público, y los museógrafos, son ellos mismos objetos de la exhibición. La idea es que en 1968 la Ciudad de México fue el museo del universo.

Y éste sería de tal riqueza que se acabó exhibiendo no sólo objetos en el sentido más pedestre del término, sino experiencias de vida, gestos colectivos, estados de ánimo generacionales y lenguajes que iban de la ruptura a las convenciones al uso. Al contrario de lo que sucede en los museos de piedra, acero y cristal, o en los virtuales, en nuestro museo el guión no proviene de una mente maestra, el museógrafo, que administra la información y distribuye los énfasis en cedularios inapelables. Nuestro museo resultó un cárcamo, un depósito provisional y poco acotado en el cual irrumpió el chorro desordenado de lo disponible (a veces relevante, a veces anecdótico), siempre exudando la desmesura y el acierto, el entusiasmo y el espanto, la esperanza y la decepción y, porque así fue, la sangre de la historia que transcurre. En 1968 la Ciudad de México devino un museo que presentó y representó el gran estado de la cuestión —de la ciudad, de la nación, del Estado, del mundo, del deporte, de la competencia, del arte, de la violencia, del cinismo, de los límites y alcances de una década. Fue un museo porque, a la vera de los Juegos Olímpicos, deliberadamente lo quiso ser, en una de las más grandes hazañas de la cultura mexicana; fue museo, a su pesar y por malas razones, debido al desenlace trágico de la protesta estudiantil. Y no es posible olvidarlo: los Juegos Olímpicos de 1968 representaron el mayor compromiso internacional de todo el siglo XX mexicano, que transcurrió bajo la égida del político más cerril del priato clásico: Gustavo Díaz Ordaz. Así es la historia.

Ilustraciones: Kathia Recio

La sede olímpica

Los Juegos Olímpicos de 1968 se obtuvieron en medio, a pesar y gracias a la Guerra Fría. La Ciudad de México ganó la sede de los XIX Juegos Olímpicos de la era moderna en la reunión del Comité Olímpico Internacional celebrada en Baden-Baden, República Federal Alemana, en octubre de 1963. En aquella reunión la capital nacional recibió 30 votos, Detroit 14, Lyon 12 y Buenos Aires dos. La Ciudad de México obtuvo la mitad más uno de los votos necesarios (es decir 30 de 58 votos emitidos) en la primera ronda, para sorpresa de todos. La ciudad ganó porque se coló entre los intersticios de la Guerra Fría para ofrecer algo que las otras ciudades no podían: una imagen de cierta autonomía respecto a los grandes poderes políticos y nucleares (Estados Unidos y la Unión Soviética) y un estilo no alineado justo cuando una parte de los socios olímpicos eran países recién independizados para los cuales la “neutralidad” mexicana, que no lo era en realidad, venía bien. La otra carta mexicana era de verdad tentadora: unos juegos de bajo costo, que contrastaban con las cifras astronómicas de Tokio 1964 (que presento adelante).

Juegos Olímpicos ¿para qué? Esta es una pregunta mayor en la historia contemporánea de México. La pugna por la sede, de un lado, y luego los trabajos para aclimatar y realizar los juegos en la Ciudad de México, del otro, se hicieron en dos momentos discretos, singulares, de la política local e internacional. El periodo comprendido entre octubre de 1963 (la sede) y octubre de 1968 (la inauguración) transcurrió entre los gobiernos de Adolfo López Mateos y John F. Kennedy (que con sus contradicciones fueron momentos optimistas de la vida pública) y los de Gustavo Díaz Ordaz y Lyndon B. Johnson (tiempos exasperantes, dolorosos e imprevistos).

El tamaño del compromiso reservaba sofocones de época. Lo ominoso tiende a materializarse. En febrero de 1968, con casi todo preparado en la Ciudad de México, Sudáfrica fue readmitida en el Comité Olímpico Internacional, lo que obligaba al gobierno de México a invitar formalmente a los racistas. Díaz Ordaz le dijo a un acongojado Ramírez Vázquez: “esos cabrones no entran”. Como señaló The New York Times, esa era la mayor crisis del movimiento olímpico desde los juegos de Berlín en 1936 y el problema del antisemitismo nazi.2 El apartheid se convirtió en asunto mexicano. El objetivo de los organizadores era una reunión multicultural y multiétnica, pero la puesta en escena del museo del universo en la Ciudad de México se tambaleó. La amenaza de un boicot masivo y estridente ponía en duda la asistencia de África subsahariana (22 naciones), de la totalidad de los países árabes, de la India, de todas las naciones del Caribe, de los países de Europa Oriental y de la URSS e, incluso, de atletas negros de Estados Unidos. Sólo una serie de maniobras agresivas e imaginativas del servicio exterior y de los hombres del comité organizador lograron la retracción de Avery Brundage y de la plana mayor del Comité Olímpico Internacional: se canceló la readmisión de Sudáfrica. Lo imprevisto ayudó: el asesinato de Martin Luther King y la serie de motines raciales que recorrieron las ciudades estadunidenses en abril de 1968 apanicaron a la dirigencia olímpica de Lausana, y acabaron por convencerlos de que Sudáfrica en México era una pésima idea.

Los juegos de 1968 son un momento estelar en la historia de la cultura mexicana. En realidad, casi todos los tópicos culturales se pueden discutir alrededor de los juegos. Uno parece esencial: las alternativas posibles respecto a eso que se ha dado en llamar el nacionalismo cultural, en caso de que éste existiese todavía en la década de 1960. En términos de imagen, discurso y acto, los juegos y su alter ego, la Olimpiada Cultural, parecen matizar y a veces negar la ideación de un nacionalismo cultural, en su connotación de algo férreo, cerrado y autosuficiente. 1968 quiso, y estuvo a punto de lograrlo, consagrar de una vez para siempre la vocación ecuménica de la cultura mexicana.

De la Olimpiada Cultural deberá destacarse el ánimo plenamente consciente de los organizadores por apropiarse del universo de la cultura tal como se encontraba, trasladarlo a México, e insertar lo nacional sólo como una estrella en ese firmamento; hacia febrero de 1968 se habían anotado 89 países (de 119 que asistieron a la justa deportiva). En un libro por venir describo esa propuesta, y a la dinámica que desató, como un “ellos son, ellos vienen”. La Olimpiada Cultural ocupó teatros, salas de concierto, vías públicas y explanadas durante 11 meses de aquel año: del Bolshoi a Ella Fitzgerald, y de Maurice Bejart y su ballet a Martha Graham y John Cage y Alicia Alonso y el Ballet del Senegal; Maurice Chevalier y Duke Ellington o la Ópera de Berlín y el Ballet de la Ópera del Rhin, y así, en una cartelera de meses y meses. Al finalizar 1968 Óscar Urrutia, quien fue el coordinador de la Olimpiada Cultural, visitó a José Luis Martínez, director del Instituto Nacional de Bellas Artes. Éste le mostró a Urrutia el estado contable del Palacio de Bellas Artes, y preguntó: “¿de qué color es la cifra final, Óscar?”. “Negra”, contestó Urrutia. “Debes estar orgulloso”, concluyó Martínez, “es el primer año que el balance contable de Bellas Artes está en números negros”. Abarrotar un año completo el Palacio de Bellas Artes es un acto de Estado.

Ya el proyecto olímpico, que el comité organizador dirigido por Pedro Ramírez Vázquez consolidó a lo largo de 1967, adelantaba la idea de que el papel esencial de la ciudad sería —eso lo digo yo— un museo del universo. Así se planeó y ejecutó la obra olímpica, así se hizo la difusión de los juegos y así se realizó el programa cultural paralelo. Alrededor de la Olimpiada Cultural, y de la propia complejidad de los deportes olímpicos, es posible reconocer una de las hazañas mayores de los organizadores en 1968: la conversión de una idea difusa y anacrónica de pueblo (supuestamente el beneficiario de los juegos y su parafernalia) en una noción más práctica y diversificada y democrática: un público (o unos públicos). Eso también lo debemos al gran experimento de 1968: la segmentación legítima de los públicos, el reconocimiento de sensibilidades plurales, la supresión del prejuicio de que el público sólo demanda, en beneficio de un(os) público(s) que acude(n), presencia(n) y decide(n).4 

Pero hubo algo más: un principio de método aplicado a rajatabla era que los juegos se adaptarían a la ciudad y no la ciudad a los juegos (Ramírez Vázquez lo llamó “urbanismo vivo”). Dos resultados visibles de esa disciplina: la ciudad no heredó elefantes blancos, esas instalaciones sólo útiles en los 15 días de la justa, sino verdaderos equipamientos urbanos; prácticamente todas las infraestructuras y edificaciones construidas ex profeso (Villa Olímpica, Palacio de los Deportes, alberca y gimnasio olímpicos, Villa Coapa, prolongación de Periférico desde San Jerónimo a Villa Coapa) tienen hoy día una vida útil intensa, y han amortizado con creces sus costos. En una proporción cercana a 50% las competencias se desarrollaron en instalaciones previamente existentes y sólo adaptadas a los reglamentos olímpicos: Estadio Olímpico, Auditorio Nacional, Teatro de los Insurgentes, Arena México, Avándaro, Magdalena Mixuca, Pista de Hielo Revolución, Campo Marte, Club de Yates de Acapulco, y así por el estilo.

La otra consecuencia es más espectacular, sobre todo para la historia del gasto público en México (una que todavía no se escribe, por cierto): los juegos de la Ciudad de México fueron los más baratos de todos los celebrados entre 1964 y 1988, esto es, 502 millones de dólares (de 1982); usando el mismo rasero (dólares de 1982), los juegos de Tokio (1964) costaron la friolera de más de seis mil 600 millones de dólares; los de Múnich (1972) mil 463 millones, y los de Montreal (1976) y Moscú (1980) poco más de dos mil 400 millones de dólares cada una. Los Ángeles (1984) significó un importante cambio en la escalada de costos: estuvieron un poco arriba de los 525 millones (y no en balde su modelo organizativo fue muy parecido al de la Ciudad de México), en tanto con Seúl (1988) se confirmó la tendencia, de un cuarto de siglo, a la escalada de los costos: casi tres mil 422 millones de dólares.5

El modelo mexicano consistió en aceptar sin reticencia la dispersión de las instalaciones y por tanto la ausencia de un complejo olímpico como tal. Como ha señalado el historiador George F. Flaherty, esa realidad urbanística obligó a una logística y a una estética del movimiento. Los organizadores aprovecharon al máximo el estado del arte público en la década de 1960 (y la Ruta de la Amistad debe ser entendida como un espectáculo sólo disfrutable desde el automóvil y el free way). Una masiva campaña de señalización utilizó dos recursos: símbolos muy cercanos a los ideogramas (es decir, un mínimo de palabras, si alguna) y la utilización del color (rosa) para indicar senderos y accesos a las instalaciones olímpicas. Los organizadores imaginaron una ciudad que fluía entre los distintos nodos olímpicos (estadio, salas, teatros, arenas, hoteles); era una ciudad cinética, donde importaba el movimiento con independencia de su causa.6 El público olímpico, para serlo realmente, debía ser una masa en movimiento (por cualquier medio), la única manera de asumir las distancias y la invertebración de una ciudad desigual en casi todos sus órdenes. La ciudad fragmentada, la ciudad habitada siempre por viajeros (locales o ajenos), transitó así del pecado a la virtud. El aura de la ciudad olímpica se nutriría sólo de la unidad de sentido (no de alguna materialidad espectacular) que, por efímera, resultaba aún más entrañable.

Los estudiantes en el museo

Sostengo en mi investigación que los Juegos Olímpicos y el movimiento estudiantil fueron dos procesos complementarios y no antitéticos. Diría más: eran simbióticos. (En el museo no habría dos sino una sola sala para ambos.) Cada fenómeno dependió vitalmente del otro. Antes de julio de 1968 el ambiente general y la agenda olímpica (la espera, la propaganda, las expectativas y los temores, la propia Olimpiada Cultural) fueron creando las “condiciones” subjetivas —dirían los clásicos—, esto es, las sensibilidades indispensables en una parte del público local. Un desasosiego sin objeto definido prevalecía en la ciudad antes de las jornadas estudiantiles de julio, sospecho; he llamado a ese estado colectivo “las políticas de la ansiedad”, un síndrome que sumó además la ausencia de políticas públicas para los jóvenes (en una sociedad de jóvenes) y los saldos de un catolicismo patriarcal (o un patriarcado católico, no sé), con frecuencia chabacano. En De perfil (1966) José Agustín entendió casi todo. El protagonista adolescente acompaña a su amigo Esteban (un muchacho con pretensiones intelectuales, ampliamente consentido en casa) a recoger su certificado de secundaría en el Colegio Simón Bolívar. Esteban es sermoneado por el director cuando se entera que seguiría sus estudios en una preparatoria de la Universidad Nacional (esa “olla de ateos”, le dice el director). Esteban guarda silencio durante toda la perorata; cuando tiene el certificado de secundaria en las manos, explota:

Cállese, viejo ojete, está jodidísimo si cree que voy a seguir en una pinche escuela de religiosos putos. Cállese, le digo. Entonces sí me pervertiría, dejándome manosear por viejos como usted. ¡Me vomito en esta escuela y en todas las religiosas, me cago en su pendejo dios y en su puta virgen, me vomito en usted y en el director y en las monjas y en todos los maestros! ¡Y cuídese, barrigotas, porque un día de estos se me sube la sangre a la cabeza y vengo y lo madreo!

La de Esteban es otra insurrección, de barricadas verbales.

El origen de la protesta estudiantil de 1968 sigue siendo una “escena primaria” (en el sentido de Freud) de la cultura política mexicana.7 La escena primaria es, a un tiempo, afirmación, dolor y olvido —y define un patrón de comportamiento en el tiempo. En esa dimensión es explicable la tendencia de las historias de 1968 a omitir la violencia en la constitución del actor “estudiante” en 1968. Sugiero otra cosa: la violencia callejera de julio estuvo a punto de crear un interlocutor y un espacio político para la negociación. La esfera pública no es algo dado, no es un espacio predefinido que sólo será ocupado por los interlocutores. La esfera pública tampoco se encuentra en las antípodas de la violencia. La violencia puede negar, pero también puede crear (dentro de unos límites y utilizando ciertos códigos) las condiciones para que aparezca una oportunidad de reflexión, interlocución y toma de decisiones.8 La violencia no es un ente amorfo ni es una experiencia puramente irracional que niega la existencia misma de una esfera pública y de unos actores que saben calcular y decidir. La violencia tiene agentes, contenidos, ritmos y expresiones concretas.

Incertidumbres. La década de 1960 está asociada a las protestas y movilizaciones de estudiantes a lo largo y ancho del mundo. Pero ¿existe una década de los sesenta como entidad discreta en la historia contemporánea? Arthur Marwick ha ofrecido un buen número de características socioeconómicas y culturales que validan el uso de la expresión con fines historiográficos, al menos para el entendimiento de ciertos procesos en Estados Unidos, Italia, Gran Bretaña y Francia. En todo caso, destaco que para Marwick es pertinente referirse a los “largos años” sesenta, que corren de 1958 a 1973, es decir, que van de la consolidación del bienestar general de posguerra (sobre todo en Europa) a la crisis energética y la recesión económica de 1973-1974.9

Los años sesenta serían el momento más alto del pacto sociopolítico que en buena medida refundó la Europa destruida a partir de 1945, y que en Estados Unidos amplió y dio nuevo impulso a las formas del Estado de bienestar vislumbradas por el New Deal rooseveltiano y que el presidente Lyndon B. Johnson habría querido proseguir con su Great Society (si Vietnam y Richard M. Nixon no se hubieran atravesado, pero en fin). Como los historiadores han mostrado, la expansión de derechos y las nuevas agendas políticas en gestación (las garantías al voto afroamericano en Estados Unidos, el medio ambiente, los derechos de las mujeres y de los consumidores, por ejemplo) surgirían de luchas políticas específicas, a veces aisladas y heroicas (como la de los trabajadores agrícolas de origen mexicano en el suroeste estadunidense), a veces concurridas por grandes contingentes sociales.10

Al menos en ciertos países europeos y en Estados Unidos los jóvenes habían crecido en un ambiente de bienestar desconocido para sus padres y más aún para sus abuelos. Tal superposición generacional crearía escenarios de consenso y de disenso inéditos. Quizá una grosera obviedad de mi parte pueda ilustrar tales ambientes: cuando hablamos de jóvenes en la década nos referimos a hombres y mujeres nacidos, grosso modo, entre 1940 y 1950. Una fracción de los jóvenes de la década de 1960 nació cuando la Segunda Guerra Mundial no había terminado aún, dato que no es menor para la experiencia política de Estados Unidos y, menos aún, de casi cualquier país europeo. Una sombra, la guerra, acompañó la niñez y la adolescencia de miles de jóvenes.

Las sociedades del bienestar abrieron las puertas a la educación media, técnica y universitaria en magnitudes desconocidas; tal es otra gran novedad del periodo. Reingenierías institucionales, como las del gobierno laborista de Gran Bretaña (1945-1950) permitieron el ascenso en la escalera educativa más allá de las primeras letras. Padres trabajadores de cuello azul y blanco con ingresos decentes, con garantías creíbles en cuanto a la salud, la jubilación, la habitación y la educación de sus hijos son una de las referencias de la década. Cuando hubo rebelión de jóvenes universitarios en Estados Unidos o Europa Occidental no siempre fue una rebelión desde la escasez material ni desde la carencia de derechos políticos básicos. No obstante, esa historia sería distinta en las protestas y rebeliones de los jóvenes afroamericanos en Estados Unidos, en la experiencia de grupos migrantes africanos en Francia, y obviamente en el caso de las dictaduras de España, Portugal y Europa del Este. Quizá precisamente esos contrastes ayuden a entender las dificultades para establecer las razones del malestar en sociedades como la estadunidense, la italiana, la francesa o la británica. Pero, sugiero, otra manera de entender ese malestar juvenil es identificar otro malestar, esta vez diferido: el de sus padres (y quizá en México ese malestar diferido de los padres se nos escapa aún).

En Estados Unidos dos grandes confrontaciones marcan esos años: los derechos civiles de los negros estadunidenses y la guerra de Vietnam. Esta última tuvo amplias repercusiones también en Europa, pero allá deben sumarse las militancias contra los peligros de la guerra nuclear y en pro de una detente con el bloque soviético, una agenda que viene desde la década anterior. No obstante, en Europa Occidental, o al menos en los casos francés e italiano, las críticas a los sistemas universitarios, incluyendo las relaciones de los estudiantes con sus maestros y el enfoque de la enseñanza universitaria y superior jugaron un papel muy importante en las protestas estudiantiles. En México no fue así.

La protesta que inició a fines de julio tuvo una agenda volcada de manera directa al ejercicio de libertades políticas y civiles básicas. El famoso pliego petitorio de los estudiantes tácitamente exigía respetar tres derechos constitucionales (de reunión, de manifestación y de petición a la autoridad) y reactivar una práctica ajena al autoritarismo mexicano: la rendición de cuentas por actos de gobierno (como la represión de julio). En términos programáticos, la protesta de los estudiantes en 1968 no estaría engarzada con un gesto contracultural masivo o como un punto en la agenda global del desarme nuclear o la guerra de Vietnam. Si hubiese que hacer una comparación con otras experiencias de la década, los estudiantes mexicanos recuerdan el movimiento por los derechos civiles en Estados Unidos, al menos en un aspecto: haber colocado en el centro de sus demandas el cumplimiento de garantías y derechos constitucionales existentes. Y como todos sabemos, en México la Constitución ha sido un programa y no sólo una norma.

La caracterización anterior no va en menoscabo de los lenguajes y formas de expresión que generó la protesta: resulta claro, al calor de las manifestaciones, mítines, brigadas de difusión y gráfica utilizada durante la protesta que se avanzó en una desacralización de las figuras y el lenguaje públicos con apenas precedentes en la historia de la política, si exceptuamos quizá los años salvajes del antimaderismo de 1911-1913.11 Pero a diferencia de éste, en 1968 los estudiantes disidentes no contaron con un periódico o algún medio establecido; todo su esfuerzo de comunicación se dio en volantes, pintas en bardas, estribillos en manifestaciones, leyendas en mantas, arengas en autobuses, plazas y mercados. Esa furiosa desacralización a viva voz contribuyó a crear las “ágoras salvajes” (bellísima expresión de Fernando del Paso en Palinuro de México) del verano y otoño de 1968.

Las ágoras salvajes

A 11 semanas de la inauguración de los XIX Juegos Olímpicos la policía exhibió una incapacidad notable para enfrentar una explosión de descontento juvenil como el que apareció a finales de julio de 1968. Su capacidad operativa resultó insuficiente para apagar la protesta estudiantil en sus orígenes; técnica y tácticamente no estaba capacitada para controlar la iracundia juvenil, incluyendo formas pedestres de violencia callejera. La policía perdió la batalla de la Ciudad de México, y el resquebrajamiento de sus capacidades materiales y simbólicas para conservar un “orden” en escuelas de adolescentes y sus alrededores no puede ser subestimado. El conflicto de 1968 se convirtió en un fenómeno político nacional precisamente cuando la protesta superó las mediaciones de seguridad locales; el llamado al ejército otorgó a los acontecimientos un cariz de tal manera distinto que modificó su naturaleza. Alfonso Quiroz Cuarón, uno de los criminólogos más reconocidos del país, reflexionaría en octubre de 1968, después de Tlatelolco, que los “últimos disturbios” habían puesto “en evidencia la crisis total, definitiva, de las instituciones policiacas”; se había llegado al absurdo de que el ejército se convirtiera “en gendarmería nacional”, una medida a su juicio descabellada. Quiroz Cuarón sugería, por tanto, la creación de una “policía nacional”.12

El inicio de las muestras públicas de descontento juvenil en las calles fue anticlimático. Una bronca entre estudiantes de la Vocacional 5, en la Ciudadela, con jóvenes de la preparatoria particular Issac Ochoterena (con la posible participación en apoyo de éstos de estudiantes de la Preparatoria 4), precipitó una torpe vigilancia y represión policial por los granaderos, los días 23 y 24 de julio. Fue tan excesiva la golpiza a los estudiantes en esa zona que una organización charra de estudiantes politécnicos (la Federación Nacional de Estudiantes Técnicos, o FNET) tuvo que organizar una protesta pública el 26 de julio. Una hipótesis: sostengo que grupos de porros y los pandilleros de barrio se comportaron con frecuencia, entre julio y septiembre, como si fueran estudiantes, es decir, usaron las escuelas, los modos de organización y las rutinas de los estudiantes para resistir y atacar a los policías. Ellos también tenían agravios.

Los acontecimientos del 26 de julio son de otra magnitud. Esa tarde se realizaría una manifestación de la FNET para protestar por el comportamiento policiaco en la Ciudadela. También se programó otra, organizada por la Confederación Nacional de Estudiantes Democráticos (CNED) y la Juventud Comunista, para conmemorar la revolución cubana. Siguen siendo poco claras las razones por las cuales las autoridades “permitieron” dos manifestaciones el mismo día en la Ciudad de México. Podría suponerse que, para los estilos de la época, el gobierno de la ciudad bien pudo decidir autorizar una sola o ninguna de las dos. Esta respuesta desdeña sin embargo la enorme efervescencia y descontento estudiantil, sobre todo de los politécnicos; el 26 de julio incluso las autoridades percibían ese ánimo. A juicio de Salvador Martínez della Rocca (de la Facultad de Ciencias) las autoridades de la ciudad esperaban riñas a la vieja usanza, es decir, entre politécnicos y universitarios.13 Pero éstos no pelearon —se aliaron.

A eso de las ocho de la noche del 26 de julio la policía enfrentaba al mismo tiempo a los estudiantes del Poli que se separaron de la marcha oficialista, aliados circunstancialmente a los de la Juventud Comunista (ambos contingentes querían marchar al Zócalo desde el Hemiciclo), y a adolescentes que salían de un festival musical en la Preparatoria 3 en San Ildefonso, y que nada tenían que ver con las dos manifestaciones anteriores. ¿Por qué tal desorden policiaco? A saber, pero se trató, en palabras de Carlos Monsiváis, de aquel “momento vertiginoso del 26 de julio”,14 alucinante, y a mi juicio uno de los momentos estelares de la desobediencia y el ajuste de cuentas plebeyo contra la autoridad. Sabemos que un impresionante contingente policiaco ya se había desplegado en el Zócalo para evitar el arribo de los muchachos que venían por Madero (y calles paralelas, desde San Juan de Letrán): habría unos mil policías uniformados, 350 granaderos, 300 agentes del servicio secreto y 200 de la policía judicial, y unos 50 de la Dirección Federal de Seguridad.15 Nada mal.

Los días comprendidos entre el sábado 27 y el lunes 29 de julio obran en los anales de la ciudad como unas de las jornadas más extraordinarias, ni duda cabe (y conmemoraciones que sólo atiendan el lado trágico de 1968 dejan de lado la explosión de vida que toda desobediencia colectiva y espontánea conlleva). En principio, porque se apoderó de la urbe un halo de novedad y frenesí casi desconocidos. La retención de autobuses y su uso como barricadas, si bien afectaron en principio las zonas aledañas a las escuelas de bachillerato, tuvieron un impacto amplio en la ciudad (el Metro no existía, por ejemplo). Recordemos que las escuelas preparatorias y vocacionales estaban insertas en barrios populosos, de viejo y nuevo cuño (Tacubaya, Mixocac, Coyoacán, Coapa, Tlatelolco, Centro Histórico, La Viga, Lindavista), por lo cual la protesta era visible ante un público de otra manera improbable. En esas jornadas la policía política apenas encontraba un tono para reportar el ánimo disruptivo de los estudiantes: el 29 de julio unos mil 500 estudiantes estaban en las inmediaciones de la Preparatoria 1, a eso de las 18:30 horas, con “actitud […] de agresividad”; un par de horas más tarde 200 estudiantes de la Preparatoria 3 “se armaron con varillas, palos y piedras para hacer frente a los granaderos”; ese mismo día, pero en la Preparatoria 7 (La Viga), se desarrolló un mitin a eso de las 13:00 horas en el cual se llamó “atajo de bandidos” al presidente de la República, al jefe del Departamento del Distrito Federal y a otros funcionarios federales (el público de ese acto era de comerciantes en pequeño de la zona); estudiantes de la Preparatoria 9 (en Insurgentes Norte) destruyeron una caseta telefónica (una minucia) y estudiantes de la Vocacional 4 (en Constituyentes) retuvieron cuatro autobuses foráneos de la línea Herradura de Plata (que hacía el servicio México-Toluca), después de un altercado con los choferes. Los politécnicos de la Vocacional 5 (en la Ciudadela) fueron más lejos; 300 muchachos trataron de interceptar, sin éxito, un convoy policiaco de la Dirección de Tránsito; luego retuvieron en la escuela a un agente de policía y una ambulancia de la Cruz Roja; en el clímax de la jornada, 700 estudiantes bloquearon con autobuses todos los accesos a la Plaza de la Ciudadela, no sin antes obligar a algunos fotógrafos de la prensa a tomar placas de los jóvenes en pose, a la espera de “los granaderos para hacerles frente”. En este panorama hay un elemento que no debe perderse de vista: ese fin de semana toda acción que partió de las escuelas de bachillerato fue precedida o seguida, según la policía, por una asamblea de estudiantes, con nutrida asistencia en todas ellas.

La madrugada del martes 30 de julio estaban reunidos en las oficinas del Departamento del Distrito Federal su titular, Alfonso Corona del Rosal, el secretario de Gobernación, Luis Echeverría Álvarez, y los procuradores de justicia de la República y del Distrito Federal, Julio Sánchez Vargas y Gilberto Suárez Torres, respectivamente (el presidente estaba en Guadalajara). Comparecieron ante la prensa el responsable nacional del control y la represión política y el administrador de la ciudad, amén de los abogados de la República y de la capital. El vocabulario y los argumentos, y la hora inusual de la conferencia (alrededor de las tres de la madrugada) sugieren apremio, desconcierto e incertidumbre. Tenían una bomba política en las manos: reconocer que poco después de la medianoche unidades del ejército habían hecho su aparición en varias zonas de la ciudad para dispersar a los estudiantes de las calles aledañas y ocupar escuelas.

El objetivo central de la intervención militar fueron las preparatorias 1, 2 y 3 (es decir, los edificios de San Ildefonso y Primo Verdad), vecinas del Zócalo, y las vocacionales 2 y 5 de la Ciudadela, así como la Preparatoria 7, en La Viga. Especialmente importante por la violencia invertida y por sus consecuencias inmediatas resultó la toma del edificio de la Preparatoria 1, donde se habría usado una bazuca para derribar la puerta. El parte militar del general José Hernández Toledo, a cargo de la operación, sostuvo que la bazuca sólo apuntó a la puerta, sin disparar; la explosión habría sido provocada por los estudiantes con bombas caseras. Un informe de la policía política, en cambio, señala sin ambages que “con una bazuca la puerta de la preparatoria fue volada” por los soldados. Y una crónica periodística insiste en el punto, con un lenguaje o bien sintomático o de fina ironía: “tras exigir la rendición del enemigo, dispararon [la bazuca] contra el portón que derribaron y luego entraron por esa brecha [los soldados] y se posesionaron del edificio”.16

Una vez evaluadas las refriegas del 26 de julio y días posteriores, y sobre todo el desalojo del edificio de San Ildefonso, el rector de la Universidad Nacional, Javier Barros Sierra, hizo dos gestos públicos a la fecha aún sorprendentes: la vindicación de la autonomía universitaria con el izamiento de la bandera nacional a media asta en Ciudad Universitaria, el 31 de julio; y la convocatoria para realizar una manifestación fuera del campus, el 1 de agosto. Tales gestos atajaron y contuvieron la violencia por un largo mes, quizá porque el rector llamó a los dos actos por él convocados y presididos “protesta”: “La autonomía no es una idea abstracta. Es un ejercicio responsable que debe ser respetable y respetado por todos”; la “protesta” debe ser llevada “con inteligencia y energía”, y advertía: “no cedamos a provocaciones, vengan de adentro o de afuera”.17 Fernando Solana, secretario de la Universidad Nacional, recordaría 30 años después que las autoridades de la ciudad le hicieron saber que el Estadio de la Ciudad de los Deportes (o Estadio Azul) estaba reservado para acomodar a los aprehendidos en el caso de que los manifestantes no giraran a la derecha en Félix Cuevas, para regresar a Ciudad Universitaria.18 Todavía el 1 de agosto el gobierno no quería ceder el Zócalo a los disidentes.

Las manifestaciones del 5, 13 y 27 de agosto serían otra cosa. Diríase que los estudiantes y su organización, el Consejo Nacional de Huelga (CNH), había conquistado su autonomía y su programa, desarrollado su vocabulario y establecieron los ritmos de la protesta. Insisto en un punto crucial. Contra lo que los ejercicios de la memoria (un tanto acomodaticia) han postulado en los años y décadas posteriores, los estudiantes en general y el CNH en particular no especularon con el destino de los Juegos Olímpicos. Se pueden hallar, aquí y allá, eslóganes en contra, poquísimos entre los cientos que se dirigían a otra parte: a las correcciones urgentes y públicas del comportamiento autoritario y violento del gobierno. Es creíble además la versión del comité organizador de los juegos, y que se puede contrastar con otros documentos producidos durante la protesta estudiantil (incluso por la policía política) y con las reminiscencias de los protagonistas: ni las instalaciones, ni el programa, ni la parafernalia olímpica se vieron amenazados por los estudiantes, ni siquiera en los días de mayor ira y dolor. Esta es una de las deudas no reconocidas con los muchachos de 1968, con sus profesores y con sus amigos: la lealtad en los hechos al compromiso internacional más importante del siglo XX. Tlatelolco es un crimen moral, también, porque el gobierno de Gustavo Díaz Ordaz tenía los elementos de información necesarios para concluir que los estudiantes se detendrían, con prudencia, frente al compromiso; el CNH ofreció la llamada tregua olímpica, en una carta al presidente: “nos permitimos recordarle que el compromiso contraído por nuestra Patria al organizar los XIX Juegos Olímpicos, nos obliga a ambas partes a acelerar la resolución definitiva del problema para poder llevar a cabo con el éxito que todos esperamos el evento deportivo y cultural más importante del mundo”.19 La respuesta del gobierno fue algo más que amenazante.

¿Hubo otras oportunidades para una tregua o para un arreglo? Se tienen noticias de ofrecimientos desde dos frentes: la jefatura del Departamento del Distrito Federal (Alfonso Corona del Rosal) y la Secretaría de Gobernación (Luis Echeverría). Corona del Rosal hizo quizá el intento más temprano de cualquier personero del gobierno, el 8 de agosto; en una carta dirigida al director general del Instituto Politécnico, Guillermo Ruiz Massieu, propuso la formación de una comisión de investigación, integrada por el gobierno de la ciudad, por maestros y alumnos del Politécnico (según lo determinase Ruiz Massieu) y por otros representantes de la “opinión pública”. El intento de Corona del Rosal es significativo porque reconoce los agravios de los estudiantes, pero es claro el propósito de mediatizar la solución: tácitamente asume que su interlocutor más importante es el director del Politécnico y presumiblemente la FNET, justo cuando el desbordamiento de la protesta y el surgimiento del CNH los había marginado de cualquier representación legítima.

A Echeverría se le atribuye una llamada telefónica al CNH para que éste avanzara una definición de modos y fechas para lo que los estudiantes llamaban diálogo público. El 22 de agosto Echeverría declaró a la prensa que el gobierno deseaba “cambiar impresiones” con “los representantes de los maestros y estudiantes de la UNAM, del IPN y de otros centros educativos vinculados al problema existente”. Al día siguiente, y según Luis González de Alba, tuvo lugar la llamada telefónica en la cual “el gobierno aceptaba el debate público con base en el pliego de los seis puntos”. Una columna periodística cercana al secretario de Gobernación ratificó el ofrecimiento de Echeverría.20 La llamada telefónica era el tema entre catedráticos y estudiantes el día 23. En una reunión de la coalición de maestros que apoyaba a los estudiantes rebeldes, Heberto Castillo se explayó en el asunto e informó que un funcionario le había comunicado los teléfonos de los secretarios particulares de los titulares de Gobernación, Educación Pública y del Departamento del Distrito Federal; a su juicio debía solicitarse de inmediato la entrevista “para poner fin al problema”. Heberto Castillo “en apariencia hablaba con sinceridad”, juzgaba un informante de la policía. En las diversas reuniones estudiantiles celebradas el 23 de agosto se nota una recepción optimista de la propuesta del secretario de Gobernación; la noticia se recibió como un triunfo de los estudiantes, que daba un respiro a quienes llevaban casi un mes en la refriega callejera, la propaganda y las manifestaciones. Quedaba claro que la manifestación ya programada del 27 de agosto se realizaría de todas formas.21

Un hecho olvidado. Los docentes en apoyo a los estudiantes, reunidos en la Coalición de Maestros Pro Libertades Democráticas, entregaron el 26 de agosto en la oficialía de partes de la Comisión Permanente del Congreso de la Unión (éste se encontraba en receso) una denuncia de hechos y una solicitud para constituir el Gran Jurado de Acusación en la Cámara de Diputados y el Gran Jurado de Sentencia en la de Senadores y someter a juicio político al secretario de Gobernación, al de la Defensa, al jefe del Departamento del Distrito Federal y al procurador general de la República. Los 35 signatarios pedían el juicio por “delitos y faltas oficiales” cometidos por esos funcionarios, entre los que destacaban la actuación policiaca del 26 de julio, que se llevó a cabo “como si las garantías individuales estuvieran suspendidas”; la intervención del ejército en los enfrentamientos del 30 de julio en el edificio de la Escuela Preparatoria y el uso de una bazuca contra el portón, que “rompió […] todo el orden jurídico” de la República; la violación concomitante de los artículos  1, 6, 7, 14, 16, 29, 89 y 129 constitucionales referidos a garantías individuales, libertad de reunión y expresión, y al uso de las fuerzas armadas en tiempos de paz.22 Dados los escarceos del gobierno con el CNH, valdría la pena inquirir qué tan  oportuna era esta denuncia de hechos y la solicitud de juicio político a los personeros más importantes del gobierno. El lapso entre el 23 (fecha que aparece en la solicitud) y el 26 de agosto (acuse de recibo en la Comisión Permanente del Congreso) podría expresar —es hipótesis mía— las dudas de los signatarios respecto a la pertinencia de entregar el documento. Se entregó de cualquier forma.

Otra pregunta, el movimiento estudiantil ¿tuvo aliados, más allá de la esfera universitaria e intelectual? Sabemos por lo pronto que de manera paralela al CNH existió una Coordinadora General de Brigadas. Según un dirigente, Víctor García Mota, la Coordinadora iba “arrastrando al Consejo [Nacional de Huelga]”, iba “empujando el proceso” hacia la ampliación de la base social de la protesta. No puede pasar desapercibido que, en el testimonio del propio García Mota, el impulso de las brigadas logró reunir un buen día 200 bandas de jóvenes de los barrios en las instalaciones de la Facultad de Ciencias Políticas. Aunque de esa empresa en concreto no existe evidencia más allá de la declaración del testigo, la dinámica de las cosas apuntaba en ese sentido. Y eso preocupaba incluso a los servicios de inteligencia de Estados Unidos: “los habitantes de los barrios populares se han sumado a la protesta”, decía una comunicación, sin precisar bien a bien a qué se refería. El 15 de agosto tuvo lugar una reunión de 17 jefes de brigada en la Facultad de Ciencias Políticas para afinar sus trabajos; se tomó el acuerdo de organizar “nuevas brigadas para que operen en colonias populares, utilizando a jóvenes que habiten esas zonas, ajenos a la UNAM, con objeto de obtener […] éxito en sus labores”. Y se reflexionó en el sentido de ese trabajo: “las brigadas políticas (comunes y especiales) son determinantes en las tácticas de lucha a seguir, y por lo tanto es fundamental considerar puntos de vista, críticas y análisis en relación [con] el movimiento […]”, decía un documento denominado “Instructivo [de] brigadas políticas”; después largaba siete puntos para el mejor desempeño de las brigadas, así como un formato de registro para su control.23

La pragmática conservadora

Raúl Álvarez Garín recordaría una escena del 1 de septiembre, durante el informe de gobierno: cómo las palabras y el tono de Díaz Ordaz ante el Congreso modificó el semblante de los estudiantes que lo miraban en televisión en Ciudad Universitaria; los muchachos entendieron que los amenazaba de manera directa. Septiembre sería el mes en el cual el gobierno de Díaz Ordaz condensó y racionalizó sus experiencias de las semanas previas, e hizo el tránsito desde la ansiedad a una pragmática conservadora en toda la línea. El ambiente se enrareció. El gobierno se colocó en modo paramilitar; atacó, a balazos, escuelas vocacionales y El Colegio de México. La prensa redujo sus escasas muestras de simpatía con los estudiantes. En algunas escuelas y entre los grupos de la izquierda universitaria se presagiaba una ofensiva gubernamental. Sonaban los tambores de la represión.

Según testimonios, Raúl Álvarez Garín concibió una respuesta: la manifestación del 13 de septiembre, una demostración en silencio, sin referencias a los iconos políticos globales, y que utilizó sólo imágenes vernáculas (Villa o Zapata, por ejemplo). Las ideas fundamentales de la manifestación (que partió del Museo de Nacional de Antropología en avenida Reforma, siguió por avenida Juárez y remató en el Zócalo) eran simples: expresar la capacidad de resistencia de la protesta, la disciplina política de sus contingentes (que no gritarían consignas y aun utilizarían esparadrapos) y un dramático y dramatizado llamado al diálogo público. “Durante el recorrido del Museo de Antropología a la Plaza de la Constitución”, decía un informe policiaco, “los componentes de la columna conservaron absoluto orden y silencio”.24 En la memoria de 1968 la manifestación del silencio dejó una huella poderosa: los estudiantes eran capaces de responder con disciplina a los actos de provocación y agresión física.

No obstante, el ejército ocupó Ciudad Universitaria el 18 de septiembre. ¿Qué llevó al gobierno a implementar tal ocupación, que obviamente tendría un costo político muy alto? De entrada, la esperanza de captura del CNH, que habría sido un descabezamiento no sangriento del movimiento estudiantil; ese objetivo bien valía el riesgo de la condena nacional e internacional; al respecto, el fracaso fue absoluto. Se delinea, además, una segunda razón, hasta ahora poco explicada: tal como los resúmenes de inteligencia del gobierno estadunidense recordaron enfáticamente, en Ciudad Universitaria se encontraba el Estadio Olímpico, sede de la inauguración y la clausura de los juegos; es probable que la ocupación militar de 12 días buscase garantizar que ese inmueble estuviese a punto y “protegido” para una ceremonia que acapararía la atención del mundo.25

La ocupación militar de Ciudad Universitaria dispersó la resistencia de los estudiantes por toda la ciudad; las brigadas se prodigaron por los rumbos de la Unidad Tlatelolco (donde se ubicaba la Vocacional 7), Insurgentes Norte (Preparatoria 9), el Casco de Santo Tomás y la Unidad Zacatenco y los bastiones en la Ciudadela (Vocacional 5) y en las calle de San Ildefonso (Preparatorias 1 y 3); en el poniente, en Tacubaya y Mixcoac (Preparatorias 4 y 8) y en el oriente, en La Viga (la siempre heroica Preparatoria 7). Los modos de los estudiantes también estaban cambiando. El 20 de septiembre, a eso del mediodía, unos 50 estudiantes tomaron un transporte de mudanzas en avenida Montevideo para luego localizar y atacar un autobús con granaderos; el enfrentamiento duró más de dos horas y se extendió al interior de la unidad Zacatenco; según reporte, la policía arrestó a más de 100 estudiantes y al menos un policía y un estudiante se reportaron gravemente heridos. No fue sino después de las 17:00 horas cuando cesaron los disturbios. Ese mismo día, y más o menos a las mismas horas, se suscitaron enfrentamientos entre estudiantes y granaderos en la colonia Industrial, en el Monumento a la Madre y en los alrededores del Reloj Chino, en Bucareli; en Tlatelolco (Vocacional 7) la policía reportó que 150 estudiantes participaron en otro enfrentamiento. No sólo aumentaba la crispación, sino que cambió la actitud de los estudiantes: ahora salían a buscar a los granaderos para enfrentarlos. El 21 de septiembre informes de la policía política insistían en que “los focos de agitación estudiantil continúan siendo las vocacionales 7 (Tlatelolco) y 5 (Ciudadela), así como el Casco de Santo Tomás y […] Zacatenco”. En Tlatelolco, el mismo día, se reprodujo un fenómeno que se prefiguró en julio pero que ahora se expresaba con otra intensidad: una alianza entre vecinos y estudiantes, en este caso de la Vocacional 7. Uno de los complejos arquitectónicos más importantes de la Ciudad de México, donde convivían edificaciones masivas de la vanguardia arquitectónica con un convento novohispano y restos precolombinos fue el campo de uno de los enfrentamientos más intensos de toda la protesta estudiantil. Los estudiantes prepararon meticulosamente la batalla, dotándose de bombas molotov y piedras, haciendo maniobras de distracción y luego ataques directos. Que la policía tuviese que ser relevada por un contingente militar de 500 soldados y que se dejara una guardia de la policía montada habla de un ascenso inusitado de la violencia y de la experiencia acumulada de los estudiantes en la lucha callejera.26 Algo profundo estaba en marcha.

Desde la estrategia del gobierno el objetivo más importante era el Casco de Santo Tomás, que albergaba a un buen número de escuelas del Instituto Politécnico. La noche del 23 de septiembre el gobierno emprendió un asalto de las instalaciones, que devino en uno de los enfrentamientos más intensos de todo 1968, y al cual no es difícil llamar batalla —la  del Casco de Santo Tomás. Lo que es notable de la jornada del 23 de septiembre, y que la significa como una de las más violentas de toda la protesta, fue la capacidad de iniciativa, organización y resistencia de los estudiantes atrincherados en las instalaciones, de manera especial en la Escuela Nacional de Ciencias Biológicas. Como ya era un patrón de comportamiento, los estudiantes prepararon el terreno y dispusieron de 20 autobuses del transporte público como barricada para proteger los accesos a las escuelas, y en su momento los incendiaron con el fin expreso de, nótese, no ahuyentar sino convocar a la policía; la manera en que los estudiantes se prepararon para la refriega resultaba ya de por sí significativa: prepararon “bombas molotov, bombas de clorato, bazucas con tubo de metal y cohetes”. Nos encontramos, insisto, en un momento de la lucha en que los estudiantes no huyen sino provocan los enfrentamientos.27 Un conductor de ambulancia habría declarado a un periodista de la Associated Press que “aquello [era] peligroso como el infierno”.28 No sorprende que una vez tomadas las instalaciones se hayan encontrado dos cadáveres de estudiantes en los sótanos de los edificios, aunque Associated Press y otras fuentes internacionales elevaron el número de muertos hasta 15.

La mistificación de la protesta estudiantil de 1968 tiende a disminuir o distorsionar su impacto sobre sectores de la sociedad no vinculados de manera estrecha al mundo de la educación superior, o a ciertas formas de entender la política, o a ciertas miradas ideológicas más o menos estructuradas. No todas las personas que fueron testigos obtenían las mismas consecuencias de la relación entre los estudiantes rebeldes, la violencia en las calles y la actuación de la policía. Los furiosos combates callejeros de fines de julio y luego de septiembre, donde los estudiantes salieron mejor librados de lo que se ha supuesto hasta ahora, probablemente alinearon con el gobierno a sectores sociales temerosos de la violencia en sí, pero también de sus consecuencias. Resultaba evidente que las formas de resistencia y respuesta de los estudiantes habían sido lo suficientemente exitosas como para trastocar el orden político en la ciudad.

Hubo claramente una inflexión conservadora en septiembre de 1968, en dos dimensiones: aumento de la violencia oficial y un corrimiento de la opinión pública hacia posiciones más intransigentes del gobierno. Como mostraban decenas de cartas al presidente Díaz Ordaz en septiembre, a cierto tipo de ciudadano le preocupaban tanto los estudiantes en conflicto como el destino y el éxito de los Juegos Olímpicos; puestos a escoger, sin embargo, preferían éstos a aquéllos. Así lo escribieron al presidente, y con toda claridad; así se consolidó lo que llamo la “pragmática conservadora”. Por lo demás, en septiembre era claro que el gobierno conservaba todos los aparatos de seguridad (el ejército, las policías) y de los medios de comunicación (prensa, radio y televisión), algo que un improbable leninista (Raymond Aron) señaló como clave para el caso francés en mayo. El gobierno mantuvo alineados o neutralizados a grupos y organizaciones, ya sea porque éstos se encontraban insertos y disciplinados en la trama corporativa del régimen (los sindicatos) o porque las prácticas de cooptación y el margen de negociación con grupos de interés eran lo suficientemente amplios para garantizar silencio y neutralidad (los empresarios). En el caso de la Iglesia, sus propios reacomodos doctrinales y políticos, y una organización poco ágil para responder a coyunturas apremiantes, acabaron por hacerla irrelevante en esa coyuntura.

Gustavo Díaz Ordaz y el 2 de octubre

A los historiadores del México contemporáneo nos ha resultado arduo reconocer que los gobiernos de la posrevolución fundaban buena parte de su fortaleza y continuidad en la legitimidad y el consenso. El poder y los recursos que le están asociados como la autoridad, la obediencia y la coerción son un fenómeno colectivo o no son nada. El sistema de representación y de persuasión del poder debe ser aceptado, asimilado y vivido por un número importante y significativo de personas. En cambio, y como nos ha recordado Hannah Arendt, la violencia es instrumental; en sí misma, no requiere legitimidad; se usa y luego viene lo demás.29 Desde sus rudimentos algo intuía Díaz Ordaz, quien en algún momento del primer semestre de 1968 tuvo una reunión con los dirigentes del Partido Comunista: si todo salía bien con los juegos, prometió, los comunistas estarán en la boleta electoral de 1970. El 26 de julio la policía asaltó las instalaciones del partido y encarceló a más de 20 militantes. 10 años debieron transcurrir para una reforma electoral decente, que abriese la competencia a los comunistas en las urnas. Tal sería la derrota de 1968; luego viene los demás.

Poco hemos analizado el informe presidencial de 1969, entregado cuando casi todo estaba hecho y decidido: los juegos, la protesta estudiantil y su desenlace, los presos políticos. En su quinto informe Gustavo Díaz Ordaz hizo un largo recorrido por los acontecimientos del año anterior. Del informe de 1969 se ha rescatado casi siempre el reconocimiento de su papel personal, con aquel estribillo narcisista que a la letra decía “asumo íntegramente la responsabilidad: personal, ética, social, jurídica, política, histórica, por las decisiones del Gobierno en relación con los sucesos del año pasado”. Se ha olvidado en cambio el extenso alegato que precede a la autoinmolación, en el que descalifica socialmente, destruye moralmente y hace escarnio de los derrotados en 1968, en uno de los ejemplos de rencor político más notable de toda la posrevolución.

La protesta estudiantil fue “anárquica e irracional”, dijo. Que los disidentes hayan “pretendido manejar” su protesta “con fines políticos e ideológicos encaminados a otros propósitos que el de plantearlos y contribuir a resolverlos fue, además […] un acto de grave irresponsabilidad”. Los estudiantes incitaron “al rechazo absoluto e irracional de todas las fórmulas de posible arreglo, a la negación sectaria y a la irritación subjetiva”; pretendieron “crear la confusión para escindir al pueblo”. Utilizaron “todos los medios de comunicación y recursos para envenenar corrientes de opinión generalmente sensatas” y por ese medio “empujar a la nación a la anarquía”. Según el presidente, eran “fenómenos viejos la oposición al margen de la legalidad” así como “la conspiración y la sedición”. La novedad en la protesta radicó en “el extraño contubernio de fuerzas en el que grupos e intereses de los más contradictorios” usaron “las libertades cuya existencia niegan” para aliarse “con el propósito de romper el orden constitucional”. La conjura era total: “las disímiles fuerzas del exterior [y las] internas”, que se disputaron “entre sí la dirección” del movimiento, “confluyeron para agravar y extender el conflicto”, al grado de alentar “la comisión de excesos y delitos graves”. Llegaron aun a “concebir la idea —por el tono de Díaz Ordaz, perversa— de que podían lograr impunidad con el solo hecho de rodearse de periodistas”, según se acercaba la fecha de inauguración de los Juegos Olímpicos.

He aquí la clave de una época, que no por obvia disminuye sus cualidades explicativas. En el informe de 1969 un Díaz Ordaz triunfante, sí, pero aferrado al clavo ardiente de una explicación única que lo salva y lo destruye a la vez, ha de realizar el montaje retórico de su vida: la de los Juegos Olímpicos amenazados deliberada y alevosamente por los otros. Si ya se prefiguraba, en septiembre de 1969 estaba a punto una versión en la cual los datos encajaban como en un rompecabezas y las piezas tenían la huella de los perpetradores. “En lo esencial”, leyó el presidente ante un obsecuente Congreso, “destruimos las asechanzas”; no obstante “sabemos que estos fenómenos tienden a ser recurrentes. Así, pues, nos mantendremos permanentemente alertas”, advertía. Había presumido ya de su recia y amplia retaguardia, que no tuvo que ser llamada a las armas:

Los obreros y los campesinos se mantuvieron inmunes ante aquellos que, creyendo arrastrarlos a la violencia, sólo provocaron su rechazo. Desoyeron las incitaciones sediciosas y, confiando plenamente en el Gobierno, que así se los pidió, se abstuvieron de recurrir a la contraviolencia. La sociedad, en su conjunto, reaccionó con serena entereza. Gracias, otra vez, a los obreros, a los campesinos y a la sociedad en general, por su confianza.

Las acusaciones sobre el motivo y la oportunidad de los disidentes fueron directas en boca de Díaz Ordaz: “aprovechando innoblemente, con fines de propaganda, la proximidad de los Juegos Olímpicos que situaban a nuestro país en el primer plano del escenario mundial, se promovieron los trastornos del segundo semestre del año pasado”. Resuelto como fue resuelto el asunto, el presidente avanza en la hipótesis contrafactual: “¡qué frustrados, qué tristes, qué dolidos nos sentiríamos millones de mexicanos si no hubiésemos podido, por cualquier circunstancia, cumplir el compromiso que habíamos contraído ante nosotros mismos y ante el mundo!”.30

Nótese cómo atribuye a los “obreros y los campesinos” la posibilidad de recurrir a la “contraviolencia” para enfrentar la protesta estudiantil y cómo, a instancias del gobierno, tal cosa no sucedió. No, porque sería el gobierno el que ejercería a plenitud y en solitario esa potestad. No, porque sería el gobierno el que iría reduciendo la visibilidad —que no la violencia y su letalidad— de la represión: el gobierno pasó de utilizar sólo policías y soldados en julio, a comandos y grupos paramilitares en septiembre y octubre. Es como si la autoridad política se hubiese convencido de que la represión era más sencilla y eficaz según se ocultaban los uniformes y las cadenas reglamentarias de mando. Se abrían así, quizá, las puertas de la guerra sucia.

El 2 de octubre fue un éxito inmediato y un fracaso monumental en el mediano y largo plazos. A la luz de la evidencia, sugiero que las operaciones planeadas por la Secretaría de la Defensa fueron objeto de un sabotaje en toda la línea, desde el momento en que sus agrupamientos fueron directa y dolosamente atacados por francotiradores del Estado Mayor Presidencial y de la Dirección Federal de Seguridad. ¿Pudo Díaz Ordaz desconocer ese involucramiento? Los errores en la ejecución del plan de la Defensa de esa tarde (que claramente no se proponía matar a nadie) no estuvo en el desempeño militar sino en la falta de inteligencia militar que permitiese acceder a la información de lo que se planeaba en otros ámbitos del gobierno. Los documentos de Marcelino García Barragán publicados en 1999 son una muestra dramática del golpe sufrido por el ejército el 2 de octubre y, más aún, de una omisión catastrófica, que costó la vida de decenas de personas, y que lastimó por décadas la imagen pública de las fuerzas armadas. Cuando García Barragán coloca los hechos del movimiento estudiantil en la saga de las grandes “rebeliones” posrevolucionarias (la de Agua Prieta, la de Adolfo de la Huerta, la de Saturnino Cedillo) en realidad está colocando el 2 de octubre como un cisma dentro del ejército y una traición de gran envergadura en su interior, tal como sospechó Carlos Montemayor.31 El 2 de octubre fue un golpe de mano dentro del gobierno civil y otro entre las dos rutas de ascenso en la carrera castrense: la Secretaría de la Defensa y el Estado Mayor Presidencial.

La inteligencia de Estados Unidos (lenta y sin matices durante todo el conflicto) se sumó al mar de confusiones sobre la naturaleza de lo ocurrido en Tlatelolco, y perdió lo más importante: las divisiones en el ejército y el gobierno; en un informe, la CIA asumió como válidas las versiones de que una “Brigada Olímpica”, formada por “trotskistas” de la Liga Comunista Espartaco, eran los responsables de haber apostado los francotiradores en la plaza y de abrir fuego sobre la multitud y sobre los soldados uniformados (versión estúpida si las hay, que de seguro les entregaron sus contactos en el propio gobierno, muy probablemente Luis Echeverría o sus epígonos). Luego, en un informe de la embajada, se acabó por reconocer que era difícil saber si quienes abrieron fuego eran estudiantes o, en realidad, elementos de las fuerzas gubernamentales en ropas de civil.32

1968 ha sido un fenómeno perturbador. No es un dato menor que el 2 de octubre se haya tragado la fiesta libertaria, como siempre nos recordó Luis González de Alba. ¿Qué hubiese sucedido si al ambiente, tono y demandas del movimiento estudiantil se hubiese sumado un desenlace exitoso de los juegos (y de la Olimpiada Cultural) pero se restara la tarde y la noche trágicas del 2 de octubre? En otras palabras, ¿qué hubiese sucedido si a los entusiasmos y las pasiones de los manifestantes se hubiese sumado la adrenalina del estadio? Esa operación hipotética la planteé en 2010, en un programa televisivo, a uno de los personajes más conspicuos de la protesta, Gilberto Guevara Niebla. De una manera impulsiva y entrañable respondió: la transición.33

Bendita palabra en la que llevamos medio siglo enfrascados, la transición. Poco dice el término hoy a los veteranos de 1968, y sobre todo, poco decía en su momento. Era obvia la dificultad existencial de conciliar la fiesta de muchos con el luto de algunos. El poeta David Huerta lo expresó de un modo ejemplar: “1969 […] fue un año de cruda”, uno que siguió a la “borrachera, [a] la borrachera de exaltación, de dolor, de esperanzas, de alegrías, de manifestaciones en las calles, de convivencia, de encuentro con el pueblo, con los pobres de México…”. Y para Elisa Ramírez la sensación de derrota era “gravísima, horrible, espantosa” pues “habían derrotado mi universidad, mi carrera […] mi destino”.34

 

Ariel Rodríguez Kuri
Historiador. Profesor-investigador de El Colegio de México. Entre sus libros: Historia del desasosiego. La revolución en la ciudad de México 1911-1922 y La experiencia olvidada. El ayuntamiento de México: política y gobierno, 1876-1912.

Estas notas son un adelanto del libro Museo del universo. Los Juegos Olímpicos y el movimiento estudiantil de 1968, que publicará próximamente El Colegio de México.


1 Diccionario del español en México, El Colegio de México.

2 Para la reacción en Estados Unidos ver Amy Bass, Not the Triumph but the Struggle. The 1968 Olympics and the Making of the Black Athlete, Minneapolis, University of Minnesota Press, 2007, 131 ss; para la nota del Times, 174.

3 Óscar Urrutia Tazzer, “Olimpia 68”, en documentos de Pedro Ramírez Vázquez, septiembre 1998.

4 Desarrollo estas ideas a partir del estupendo libro de George F. Flaherty, Hotel Mexico. Dwelling on the 68 Movement, Oakland, California, The University of California Press, 2016.

5 Hice mis cálculos a partir de Frank Zarnowski, “A Look at Olympic Costs”, en Citius, Altius, Fortius, 1992, núm. 1.

6 Flaherty, Hotel Mexico op. cit., esp. pp. 70-97.

7 Marshal Berman, Todo lo sólido se desvanece en el aire. La experiencia de la modernidad, México, Siglo XXI, 1999.

8 Así sucedió con la ola de motines en las grandes ciudades de Estados Unidos entre 1964 y 1968, que obligó al gobierno y al Congreso a replantearse el asunto de las “minorías raciales”, la educación y la vivienda, y que dio pie a la célebre Comisión Kerner y su informe de febrero de 1968. Ver Gerard DeGroot, The Sixties Unplugged. A Kaleidoscopic History of a Disorderly Decade, Harvard University Press, 2008, pp. 184-185.

9 Arthur Marwick, The Sixties. Cultural Revolution in Britain, France, Italy, and United States, c.1958-1974, Oxford, Oxford University Press, 1998.

10 Tony Judt, Postguerra: una historia de Europa desde 1945, México, Taurus, 2011, 324 ss. y 360 ss., por ejemplo.

11 Al respecto ver mi libro Historia del desasosiego. La revolución en la ciudad de México, 1911-1922, México, El Colegio de México, 2010, capítulo 1.

12 Carlos Ravelo, entrevista con Alfonso Quiroz Cuarón, Excélsior, 30 de octubre de 1968.

13 Memorial de Tlatelolco, entrevistas de Álvaro Vázquez Mantecón con Arturo Martínez Natera, 25 de enero de 2007 y con Salvador Martínez della Rocca, 13 de febrero de 2007. Sócrates Campos Lemus también recoge ese ambiente insumiso: 68. Tiempo de hablar, México, Sansores y Aljure, 1998, 37 ss.

14 Carlos Monsiváis, “El 68: las ceremonias del agravio y la memoria”, en Julio Scherer y Carlos Monsiváis, Parte de guerra. Documentos del general Marcelino García Barragán. Los hechos y la historia, México, Nuevo Siglo/Aguilar, 1999, pp. 146-147.

15 Magazine de policía, 8 de agosto de 1968, p. 9.

16 El parte militar en Scherer y Monsiváis, Parte de guerra op. cit., pp. 61-62. La nota del disparo de bazuca en Suplemento del Magazine de policía, 8 de agosto de 1968, p. 6.

17 La policía política recogió muy puntualmente el discurso: AGN, DFS, f: motines, l: 24, e: 11-4-68, f. 234, 31 de julio de 1968.

18 Memorial de Tlatelolco, entrevista de Álvaro Vázquez Mantecón con Fernando Solana s/f [2006 o 2007].

19 AGN, DIPS, v. 2925-A, e. 13, f. 5, de Marcelino Perelló al presidente Díaz Ordaz, 10 de septiembre de 1968. El acuse de recibido de la presidencia tiene fecha de 12 de septiembre. Memorial de Tlatelolco, entrevista de Álvaro Vázquez Mantecón con Gilberto Guevara Niebla, 26 de agosto de 2006; Guevara Niebla sugiere que la carta de Perelló se hizo con el conocimiento de otros líderes del CNH.

20 Luis González de Alba, Los días y los años, México, Era, 1999, pp. 82, 83. Ernesto Julio Teissier, “El conflicto que fue estudiantil; se atisba por fin una solución”, en Novedades, 25 de agosto de 1968.

21 AGN, DFS, f: motines, l: 33, e: 11-14-68, fs 97, 98, 100, 102, 23 de agosto de 1968.

22 AGN, DIPS, v. 2876-A, e. 51, ff 1-8, de la Coalición de Maestros de Educación Media y Superior Pro Libertades Democráticas y del CNH a la Comisión Permanente del Congreso de la Unión, 23 de agosto de 1968 (sello de acuse de recibo, 26 de agosto). Comillas, mayúsculas en el original.

23 Memorial de Tlatelolco, entrevista de Álvaro Vázquez Mantecón con Vicente García Mota, 27 de julio de 2006. De Rostow al presidente Johnson, “Student Situation in Mexico”, 29 de agosto de 1968 en Kate Doyle, ed., Tlatelolco massacre: declassified U.S. documents on Mexico and the events of 1968, National Security Archive, George Washington University, 1998, documento 7; AGN, DFS, f: motines, l: 31, e: 11-4-68, f. 7, 15 de agosto de 1968 y DIPS, v. 2876-B, e. 62, f 21, “Instructivo [de] brigadas políticas”, s/f.

24 Comandante del grupo especial de la Policía Judicial Federal Florentino Ventura y agentes Ángel Villa Barrón y José Sánchez Ibarra, “Parte policiaco no. 41”, 13 de septiembre de 1968, en Los procesos de México 68, México, Editorial Los Estudiantes, 1970, pp. 416-417.

25 Defense Intelligence Agency, Intelligence Information Report, 24 de septiembre de 1968 en Doyle, Tlatelolco Massacre op. cit, documento 13.

26 Para esta panorámica ver el reporte del comandante del grupo especial de la Policía Judicial Federal Florentino Ventura y de los agentes Ángel Villa y José Sánchez Ibarra, “Parte policiaco no. 65”, 23 de septiembre de 1968, en Los procesos de México 68, pp. 449-451. Una descripción asombrosa y detallada de los preparativos es de Jaime García Reyes, “Las batallas del Politécnico. Entrevista con Jaime García Reyes, Fernando Hernández Zárate y David Vega”, en H. Bellinghausen y H. Hiriart, coordinadores, Pensar el 68, México, Cal y Arena, 1988, pp. 84-85 y Raúl Jardón, 1968. El fuego de la esperanza, México, Siglo XXI 1998, p. 82, relata asimismo lo que sucedió ese día en Tlatelolco.

27 Gilberto Guevara Niebla ha hecho una reconstrucción a partir de diversos testimonios: La libertad nunca se olvida. Memoria del 68, México, Cal y Arena, 2004, p. 296.

28 AGN, DIPS, v. 2925, e. 25, f. 1, 24 de septiembre de 1968 y fs. 16-17, 25 de septiembre de 1968.

29 On Violence, New York, The Penguin Books, 1970.

30 V Informe de gobierno, 1 de septiembre de 1969, en Los presidentes de México ante la nación, 1821-1984, V, pp. 125-127.

31 Julio Scherer, “El Tigre Marcelino”, en Scherer y Monsiváis, Parte de guerra, p. 40, y Carlos Montemayor, Rehacer la historia. Análisis de los nuevos documentos del 2 de octubre en Tlatelolco, México, Planeta, 2000.

32 CIA Report, “Answers to Questions Raised by White House Concerning Sutdent Disturbances in México”, 8 de octubre de 1968 y telegrama de la embajada en México al Departamento de Estado, 12 de octubre de 1968, ambos en Doyle, Tlatelolco Massacre, documentos 21 y 22.

33 Hice esa pregunta directamente a Gilberto Guevara Niebla en la serie Discutamos México, Secretaría de Educación Pública, 2010, capítulo 47, “Gustavo Díaz Ordaz y el 68”, accesible en https://youtu.be/8u7i5D9MUcc?t=40m37s.

34 Memorial de Tlatelolco, entrevista con David Huerta, sf; entrevista con Elisa Ramírez, 26 de enero de 2007.

 

Un comentario en “68.
La otra visión

  1. “Cayó como rayo en ciello cereno”. La frase en ocasiones tan citada resulta aplicable al 68 mexicano en sus inicios. Desde luego el 68 mexicano es particular, inútil buscar conexiones con las protestas estudiantiles de ese año en otras latitudes. En efecto, quienes participaron pertenecen a la generación del baby boom de la posguerra y fueron las masas que gracias a la prosperidad sin precedentes de la posguerra, que en México se llamó Milagro Mexicano, tuvieron acceso a la educación pública y ejercieron una gran presión sobre la UNAM. Este aspecto capital brilla por su ausencia en su trabajo.

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