Sostiene un experto que el Diario di Ferdinando IV di Borbone (1796-1799), rey de Nápoles, es “el único diario verdadero de un monarca conocido”. Admirable e inescrutable Providencia, habría exclamado uno de nuestros antiguos, que de cuantos diarios de soberanos han sido escritos —si es que alguna vez lo fueron— tan sólo éste haya llegado hasta nosotros, precisamente éste que muestra bajo el manto de la realeza a un hombre cualquiera, a alguien bastante por debajo de un hombre cualquiera; un hombre elemental, rudimentario, vacuo. Son quinientas sesenta densas páginas, pero los temas dominantes son tan pocos que de una o dos de sus anotaciones se desprenden todas las demás. Esta es típica:

Miércoles, 2 de mayo de 1798. He dormido bien. Me he levantado a las cinco y media, me he vestido, he oído la Santa Misa, he ido a la Favorita, han entrado bastantes codornices, y luego al Grannatello, donde he cazado hasta las nueve y he regresado. Me he cambiado, he escrito, y a las diez y cuarto ha llegado de Caserta mi esposa. Hemos estado juntos conversando. Al mediodía he comido en compañía y descansado durante una hora. De nuevo conversación con mi esposa, de quien he recibido mil finezas.* Desde las cuatro he tenido sesión con mi Esposa, Acton, Gallo y Castelcicala, hasta las siete, cuando mi esposa se ha ido a Caserta. He recibido la Santa Bendición, realizado el Consejo, jugado un poco con el Prior y a las diez he tomado un bocado y me he acostado. Tiempo por la mañana, bueno; después de comer, nubes de siroco”.

La frase sobre las finezas recibidas de su esposa, seguida de un asterisco, aparece a menudo en el diario. Fernando anotaba con un asterisco las relaciones íntimas con su esposa, María Carolina. Los humores de la esposa son en realidad el tema dominante de estas páginas. Estos y las variaciones del tiempo, de modo que el diario se configura como un boletín meteorológico a dos bandas. Al tiempo soberbio le corresponden las mil finezas, al tiempo “fastidioso”, al “siroco nublado e impetuoso”, al “viento frescachón de mistral”, al “enfurruñado con fuertes lluvias y vientos”, a los “aguaceros” y a los “chaparrones”, los frecuentes arrebatos de mal genio de María Carolina, cuyo rostro afilado, adusto y obstinado (al que tan bien conviene la palabra napolitana “incornatura”), tal como nos lo muestran los retratos, no promete nada tierno. Procedente de una corte relativamente refinada como la austriaca, no enamorada del marido, el cual además de ser feo (el epíteto del rey “Nasone” no hace justicia a su caricaturesco semblante) tenía desagradables costumbres, descritas también por su cuñado el emperador José cuando fue a visitarlo a Nápoles, María Carolina hizo de él el blanco de sus burlas. Aunque el rey recibiese a menudo la alegría de las mil finezas otorgadas por su mujer, y señaladas con el correspondiente asterisco, con mayor frecuencia tiene que observar cosas como “las mediocres maneras de mi esposa” o “cosas infames y de tal calibre que he necesitado toda la ayuda de Dios para sufrirlas en silencio”. El rey tenía ciertos trastornos corporales (“un feroz cólico con ciega descarga por arriba y por abajo”, “he tenido que correr con los calzones en la mano”, “mientras estaba dando reparo a mis revueltos países bajos”); registra así un arranque de su mujer: “perdiéndome el respeto ha cogido y ha tirado al suelo mi sombrero y mi bastón y me ha echado como a un perro: ¡Vete al gabinetto!”. No era el gabinetto en el sentido de “biblioteca” sino en el de “retrete”.

 

Fuente: Mario Praz, Gusto neoclásico (traducción de Carmen Artal), Editorial Gustavo Gili, Barcelona, 1982.