Dueña de una voz excepcional en la narrativa contemporánea, Clara Obligado (Buenos Aires, 1950) pasea libremente en la frontera de los géneros literarios. En La muerte juega a los dados (Páginas de Espuma, 2018), la escritora desarrolla, simultáneamente, una saga familiar y una narración policiaca, y, a la vez, despliega una magnífica colección de relatos. “Estos cuentos proponen al menos dos itinerarios de lectura: el primero es lineal, y en él se percibirá la trama policíaca y la historia de la familia Lejárrega; el segundo lo puede organizar el lector a voluntad, y en él aparecerán historias que tienen algunos puntos en común. Esta forma mestiza, que lo es también en el idioma, es mi manera de plantear una escritura descolocada, fuera de los límites, extranjera”, asevera Obligado. Presentamos uno de los cuentos que integran el libro.


Para Viviana Paletta

“Haga de cuenta de que su hija está de vacaciones.”
—Un miembro de la dictadura argentina a una de las Madres de Plaza de Mayo, que preguntaba por el paradero de su hija desaparecida

Mientras la empujan hacia la Jaula de los Gritos, la chica intenta no pensar. Tiene los ojos vendados y va descalza, hace tiempo que le han quitado los zapatos, la humilla ese taconeo de botas militares a su lado. La empujan o la llevan, qué más da, sabe perfectamente cuántos metros hay hasta el dolor. No hay escapatoria, ni siquiera en la muerte, tiene que aguantar, así que ha desarrollado un plan. Es un plan idiota, pero le da la sensación de que algo está en sus manos. El juego se lo enseñó su madre, y consiste en salir de su cuerpo. Primero tiene que localizar una sensación, luego la atrapa, y es entonces viaja hasta un recuerdo. Como si fuera una ola, o una escalera, o un embudo, o un pozo. Lo importante es concentrarse. Si lo consigue, si logra asirse a alguna imagen, navegará entre espasmos hasta la cima de la memoria. Con eso le basta. Pueden ser apenas unos segundos de memoria. Memoria dolorosa. Memoria en carne viva. Busca a tientas y siente el frío en la planta de los pies. Atrapa la sensación. Sus pies sobre el césped, siglos atrás. Los pies en el verde tibio, la caricia de la hierba. Una luz taladra el trapo que la ciega, está pasando frente a la ventana. Odia ese resplandor, y el corazón vuelve a desbocarse. No es una ventana, piensa, no es “esa” ventana que está tan cerca de la Jaula de los Gritos donde será torturada, sino el sol del verano aquel. Mientras la desnudan, siente el calor en la espalda. Ha estado jugando en la barranca que da al río y recogió unas piedras. Pero las piedras son descorazonadoras, brillan si están mojadas, son tristes si se secan. Las piedras. Las piedras. Tiene que pensar en piedras. Es pequeña, a lo lejos se oyen las risas de sus hermanas. Manos que la levantan en vilo. ¿Quieres hacer pis? Qué vergüenza, otra vez se está meando encima. ¿Quieres hacer pis?, repite la voz áspera de Mme. Tanis. Va vestida de oscuro y lleva un sombrero de paja estremecido por las agujas del sol. El sol la está quemando con tal fuerza que siente agujas en el pecho. Agujas. La institutriz la toma en brazos y la consuela, por una vez en la vida es cariñosa. Vamos, dice, vamos con mamá. La chica atada al camastro de metal lucha por asirse al recuerdo y tiende los bracitos hacia su madre. Hay una galería con baldosas en damero, una tumbona, un toldo naranja. Su madre está junto al jazmín, sentada en los escalones que dan al parque, y parece que está masticando flores. Huele a humedad y a sucio, a dolor. A verano y a piscina. A las piedras del río. Déjela, Mme. Tanis, yo me encargo, dice la madre. La chica obedece y mira el vestido liviano, las perlas de las orejas. Se oye un grito. Debe de haber salido de su propia garganta, porque la madre sigue quieta y no cambia de expresión. Como si se hubiera ahogado en la fuente de los nenúfares, su madre nunca cambia la expresión, hay que tratarla como si pudiera romperse. Se acerca a las piernas delgadas, pone una manito sobre la rodilla. Rodilla brillante, como una luna fría. Entonces la madre levanta los ojos y hace una media sonrisa, la acaricia, la sienta sobre sus faldas, busca los dedos de su hijita y encuentra las piedras, “¿Son para mí?, ¿son para mí, Sonieta?”. Toma la mano de la pequeña y con ella se acaricia las mejillas, el laberinto de las orejas, la suavidad de las perlas, sube hasta las sienes donde la chica toca algo pegajoso. La madre acerca los labios pintados de rojo al oído de su hija y susurra: ¿Te he hablado alguna vez de la Jaula de los Gritos? Entre el pelo rubio y rizado de su madre, dos trasquilones, dos calvas. Ahí me pegan los electrodos, dice. Ahí y ahí. Suena un ruido seco de llaves eléctricas, la luz parpadea. Gritan.

 

Clara Obligado
Escritora. Ha publicado La hija de Marx, Las otras vidas, El libro de los viajes equivocados y Petrarca para viajeros, entre otros libros.