Está cada vez más extendido el reconocimiento de que hay una insuficiencia hasta ahora no superada en la reflexión marxista sobre la cuestión nacional. No obstante los numerosos y enconados debates al respecto observables en el casi siglo y medio de historia del movimiento socialista, se está todavía muy lejos de un marco teórico suficiente para aprehender las formas en que el momento nacional gravita en el proceso de construcción de la hegemonía obrera. En los textos de Marx y Engels no hay un tratamiento sistemático de la cuestión y prácticamente todas las referencias permanecen en un plano coyuntural restringido a determinaciones circunstanciales. En la tradición del pensamiento marxista hay más consideraciones sobre el asunto limitadas a problemas tácticos inmediatos que no una elaboración conceptual rigurosa orientada a fijar en serio la presencia del fenómeno nación en el desarrollo de una ideología y una política anticapitalistas. De tal suerte, es inobjetable la conclusión de Poulantzas: “hay que rendirse a la evidencia: no hay una teoría marxista de la nación. Decir que hay, pese a los apasionados debates a este propósito en el seno del movimiento obrero, subestimación de la realidad nacional por el marxismo, es quedarse muy corto”.1

RINCONES DEL MARXISMO

Se conocen las consecuencias de este vacío teórico. Así, por ejemplo, la tesis engelsiana —desmentida en breve tiempo por el curso de los acontecimientos— acerca de los pueblos “sin historia propia”, es decir, pueblos que no habiendo conseguido crear en el pasado un vigoroso sistema estatal, estarían incapacitados para obtener su autonomía nacional en el futuro. Igualmente infundada resultó la apresurada caracterización marxiana de ciertas naciones como “reaccionarias” o “contrarrevolucionarias”, la cual se apoyaba en circunstancias particulares del escenario europeo en el periodo de la revolución de 1848. La propia interpretación usual del comportamiento nacionalista de las clases subalternas en 1914 subraya en demasía el impacto de la ideología burguesa y omite casi por entero los efectos en ese comportamiento de una ideología estrechamente clasista. Si tales clases subalternas fueron colocadas con relativa facilidad bajo la bandera del nacionalismo burgués, no fue ajena a ellos la subestimación tradicional en el marxismo de los nexos entre proletariado y nación. Tenía razón por anticipado Borojov cuando escribía a comienzos del siglo: “los destemplados ideólogos clasistas ignoran los intereses nacionales que sin embargo también son importantes para su clase. Oscurecen por ello la conciencia nacional que… no debería ser oscurecida, puesto que tal cosa resulta perniciosa también para los intereses de su clase”.2

Las consecuencias más nocivas, sin embargo, de ese desplazamiento de la dimensión nacional a un rincón apartado del campo problemático fundamental de reflexión, se localizan en la inadecuada comprensión de la realidad sociopolítica de los pueblos ubicados en el tercer mundo, es decir, en el capitalismo periférico subordinado. Se ha mostrado insostenible la creencia largamente mantenida de que el desarrollo capitalista y la consiguiente exacerbación de los antagonismos de clase conducirían a una más o menos rápida desaparición de los problemas nacionales. El cosmopolitismo ingenuo que acompaña con frecuencia al internacionalismo abstracto de buena parte del pensamiento socialista se ha convertido en un lastre para la transformación del proletariado en la fuerza hegemónica en las sociedades dependientes. Si una revisión de la actitud marxista exhibe la ausencia de una posición teórica definida al respecto, también es evidente que continúan hasta nuestros días, a pesar de ciertos intentos lúcidos de conceptualización, “la indiferencia, la incomprensión ante el problema nacional, la negativa a abordarlo, que predominaron hasta finales del siglo XIX”.3 Un dato revelador en este sentido es la exigua difusión otorgada a los mejores intentos teóricos formulados en el breve lapso previo a la primera guerra mundial, cuando esta problemática sí fue situada en el centro de la reflexión.

Aunque el proceso de ruptura anticapitalista no se ha desenvuelto del centro a la periferia sino al revés, modificándose así de manera radical el peso del momento nacional en ese proceso, lo cierto es que la teoría marxista sobre la nación apenas ha dejado de ser una simple sucesión de enfoques marcados por las urgencias inmediatas. Si los textos clásicos se mostraron insuficientes e inadecuados frente a las condiciones históricas europeas a finales del siglo pasado, la trayectoria del pensamiento marxista en el terreno nacional ha escasamente abandonado una visión dogmática simplista, dificultando el esclarecimiento teórico en este ámbito. El enlace de la cuestión nacional y la cuestión colonial, a partir del surgimiento y consolidación del imperialismo y el auge posterior de las luchas de liberación nacional, dieron la puntilla al supuesto según el cual el asunto de la nación es algo secundario cuya solución automática provendría de las transformaciones sociales mediante el desarrollo económico impuesto por los países del centro. En cualquier caso, como lo muestra hoy la revolución centroamericana, por ejemplo, la dimensión nacional no aparece en forma exclusiva allí donde hay un dominio colonial en sentido estricto, sino de una u otra manera en el conjunto de las sociedades periféricas dependientes.

SOBRE LA NACIONALIDAD DE PROTEO

La formación de las naciones modernas es producto del modo como se establecen las relaciones sociales de tipo capitalista en cada caso. Esa configuración se desenvuelve con diferentes ritmos y creando estructuras también diversas conforme a los variados efectos de numerosos factores: el ordenamiento anterior de la sociedad, la división internacional del trabajo, el desarrollo desigual, las vicisitudes de los esquemas de acumulación en escala mundial, etc. La heterogeneidad de los mecanismos que operan en la formación de las naciones no altera el hecho decisivo de que su configuración está íntimamente vinculada con el despliegue de la producción capitalista de mercancías. Este hecho decisivo ha dado pábulo a la hipertrofia de una visión economicista que reduce la cuestión nacional a un asunto simple que concierne de manera restringida a una clase, la burguesía, interesada en la expansión de la producción mercantil. Esa visión desconoce el hecho evidente de que en distintas circunstancias históricas el problema de la nación adopta significados diferentes para las diversas clases y sectores de la sociedad. “La nación debe ser considerada como una estructura social de difícil captación, como un producto del desarrollo social, como uno de los factores más poderosos de la evolución social… la nacionalidad es una relación social que se modifica continuamente y que bajo circunstancias diversas posee un significado muy distinto; es un Proteo que se nos escapa de entre las manos cuando queremos apresarlo y que, no obstante, está siempre presente, ejerciendo su poderosa influencia sobre nosotros”.4

El carácter proteico del fenómeno obliga a un tratamiento del mismo que parta de su comprensión como proceso: la dimensión nacional no es una realidad dada de una vez para siempre y, por el contrario, si se presenta como uno de los problemas sociológicos más enmarañados, ello se debe en buena medida a que en la confrontación social jamás se puede ver en la nación un hecho definitivo y congelado, una magnitud dada. La visión estática es, precisamente, una de las deficiencias centrales del enfoque stalinista que tanto contribuyó, durante decenios, a forjar el simplista esquema básico de los partidos comunistas y amplios sectores de la izquierda. En efecto, según Stalin, “bajo las condiciones del capitalismo ascensional, la lucha nacional es un lucha de las clases burguesas entre sí. A veces, la burguesía consigue arrastrar al movimiento nacional al proletariado, y entonces la lucha nacional reviste en apariencia un carácter ‘popular general’, pero sólo en apariencia. En su esencia, esta lucha sigue siendo siempre una lucha burguesa, conveniente y grata principalmente para la burguesía”.5

La experiencia histórica muestra lo opuesto: si en las condiciones del surgimiento del capitalismo en Europa la burguesía es, sin duda, el agente que dirige el movimiento nacional, ello no sigue siendo siempre así y, en la etapa de la dominación imperialista, ese movimiento nacional se realiza con frecuencia —en las sociedades dependientes— contra la acción y la ideología de la burguesía local, cuya inserción en el sistema de relaciones sociales la convierte en una clase antinacional. La lucha nacional adquiere, entonces, un verdadero carácter popular: de ahí la necesidad para el movimiento obrero de articular la dimensión nacional con su proyecto específico de clase en el combate por la hegemonía en la sociedad civil y por el poder político.

La ideología estrechamente clasista supone que lo nacional influye sobre la lucha de clases siempre con un sentido unívoco determinado de una vez por todas. Es fácil comprobar, sin embargo, que lo nacional no opera permanentemente con el mismo contenido observable en la época de su origen histórico. También aquí se verifican las deficiencias del “mito de los orígenes”, es decir, de la creencia según la cual basta conocer el origen de un fenómeno social para estar en capacidad de comprender su significación en circunstancias históricas posteriores. En verdad, como se ha vuelto progresivamente más claro, “en los países que han vivido bajo el yugo de la dominación colonial, el proceso de formación de las naciones es extremadamente diferente al que se ha desarrollado en Europa”.6 Las líneas a través de las cuales se conforma la nación quedan radicalmente modificadas en virtud de la penetración económica, política y militar del imperialismo: la lucha nacional, lejos de ser un cebo para distraer a las clases subalternas de sus conflictos con el bloque social dominante, se convierte en un espacio decisivo de confrontación social. El proceso de afirmación nacional —con sus altibajos— tiende a identificarse con la instauración y fortalecimiento del bloque social dominado como fuerza alternativa.

CLASE Y NACIÓN

Las dificultades para incorporar la dimensión nacional como eje sustantivo del pensamiento socialista están vinculadas al hecho de que la idea de nación surge en la modernidad como idea esencialmente burguesa. En las primeras fases del establecimiento de un sistema de relaciones sociales estructurado en torno al modo de producción capitalista, las clases subalternas así como los sectores dominantes en el orden social precapitalista carecían de provección nacional. Los factores que presionaban en favor de la configuración de un espacio nacional —eliminación de privilegios y particularismos, consolidación de un mercado protegido, libre circulación de mercancías, fuerza de trabajo y capital, etc.— correspondían de manera casi exclusiva al interés de la burguesía. El pensamiento socialista nació, pues, en un contexto donde era evidente que la nación se formaba a partir de las profundas transformaciones introducidas por la expansión de la burguesía. “La burguesía moderna y la moderna nacionalidad brotaron del mismo suelo y del desarrollo de una promovió del desarrollo de la otra”.7 Las reivindicaciones nacionales estaban ligadas a los mecanismos en los cuales cristalizaba el poder de clase de la burguesía.

Ahora bien, los hechos muy conocidos de que las naciones son producto de la formación social capitalista y de que las diversas fracciones de la burguesía fueron las portadoras originarias de la idea nacional, no convierten a la burguesía en el sujeto de la nación ni a ésta en un instrumento o expresión ideológica del poder de esa clase. En las precarias aproximaciones a una teoría marxista de la nación, todo ocurre con frecuencia como si la burguesía fuera el sujeto de ésta, es decir, el único principio determinante de su construcción. Cabe subrayar, frente a esta interpretación, que la nación no es en ningún caso resultado de una capacidad autónoma de iniciativas económicas, políticas e ideológicas de la burguesía. Los acercamientos marxistas a la cuestión nacional, como ocurre en tantos otros temas a debate en el movimiento socialista, han quedado muchas veces trabados por fundarse en el supuesto de que hay una clase-sujeto de la historia. Es por ello decisivo insistir con Poulantzas en que “la nación moderna no es creación de la burguesía, sino el resultado de una relación de fuerzas entre las clases sociales `modernas’, en la cual la nación es igualmente lo que está en juego entre las diversas clases”.

Se advierte aquí la diferencia fundamental de concebir una entidad social como agente (entre otros y en lucha contra otros) de la historia y no como sujeto de la misma. A nadie se le ocurriría negar que, en efecto, el proceso histórico en virtud del cual se gestó la formación de las naciones fue conducido por un bloque social con la burguesía como fuerza dirigente: de ello no se desprende, sin embargo, que el resultado de ese proceso histórico sea la consecuencia directa y lineal de la acción exclusiva de esa fuerza dirigente. “Para algunos teóricos de la extrema izquierda, la nación… no puede en ningún caso liberarse de sus orígenes. Al aparecer en la historia como la forma de existencia ideológica de una coalición de clases dirigida por la burguesía, está definitivamente marcada por este pecado original”.8 Si tal pecado original parece ineliminable para algunos, ello se debe al supuesto falso de que la burguesía es el sujeto de la nación. No obstante, si bien la nación no es nada más el espacio donde se desenvuelve la lucha de clases y es también lo que se disputa en esa lucha, de ninguna manera la nación es el instrumento de la clase dominante para ejercer su dominación. La correspondencia entre lo nacional y la ideología burguesa en circunstancias históricas con cierta relación de fuerzas no descalifica, por supuesto, la posibilidad —observable hoy en prácticamente todas las sociedades capitalistas periféricas— de que se establezca, por el contrario, una correspondencia o articulación entre lo nacional y la ideología proletaria.

La dimensión nacional se impone junto con el desarrollo de las clases fundamentales de la sociedad capitalista. El hecho de que durante largo tiempo predominó la vía burguesa de instrumentar el interés nacional no habilita, sin embargo, para vincular en forma unilateral ese interés con la perspectiva ideológico-política de sólo una clase fundamental, desconociendo el tipo de vinculación que con el propio interés nacional tiene la perspectiva ideológica de la clase fundamental subalterna. Ese desconocimiento condujo a lo que Haupt ha llamado “internacionalismo intransigente”, es decir, a la tesis según la cual “la nación es una organización de la burguesía para la conquista de un mercado, de un territorio de explotación; en el sistema capitalista no existen para el proletariado… intereses nacionales específicos”. En verdad, el desarrollo capitalista ha otorgado a las reivindicaciones nacionales significados heterogéneos y la creencia falsa de que todo elemento ideológico pertenece inequívocamente a una u otra clase implica atribuirle al nacionalismo una indubitable inscripción en el contexto ideológico burgués cuando, en la práctica, tiende a ser incompatible con éste. Las ideologías burguesa y proletaria no son dos conjuntos o sistemas que agotan los elementos ideológicos operantes en la vida social. En realidad, muchos de estos elementos no están presentes en uno de los sistemas ideológicos y, por tanto, necesariamente ausentes en el otro, sino que son articulables y refuncionalizables por ideologías de clases antagónicas. El nacionalismo no tiene una adscripción de clase definida e inalterable; no es de suyo burgués y, por el contrario, en las sociedades dependientes la burguesía ha dejado de ser el agente principal del nacionalismo.

¿DE QUIÉN SON LOS “INTERESES NACIONALES”?

Mientras no se despeja la ambigüedad que envuelve al concepto “intereses nacionales”, la significación confusa del término justifica el recelo para admitir la pertinencia de la dimensión nacional en el proceso de constitución de las clases subalternas. En efecto, con frecuencia se ha utilizado ese vocablo para referir a una supuesta comunidad de intereses por encima de las clases. El concepto, en esta acepción, forma parte de una teoría elemental de la nación como agrupamiento social donde prevalece, más allá de la presencia de ciertas contradicciones y antagonismos, la armonía producida por un interés básico común de todos los miembros del conjunto. Frente a esta teoría elemental Rosa Luxemburg, por ejemplo, señalaba —y el planteamiento ha sido reiterado sin cesar— que “en una sociedad de clases, el pueblo, como un todo social y político homogéneo, no existe, mientras que sí existen en cada nación las clases sociales con sus intereses y “derechos” antagónicos”.9 Reconocer, pues, la división de la sociedad en clases impide, de manera automática, considerar a la nación como un agregado cuyos componentes poseen los mismos intereses. Debiera ser claro, sin embargo, que el concepto “intereses nacionales”, en su acepción más rigurosa, no omite ni pasa por alto esta verdad igualmente elemental.

La preocupación por los efectos paralizantes que el nacionalismo burgués tiene en la formación de las clases subalternas y el temor a que el movimiento por objetivos nacionales oculte el antagonismo entre clases, lleva a leer ese concepto en su versión simplista (intereses comunes a todos los miembros de la sociedad) como si las reivindicaciones nacionales, por necesidad, desplazaran a segundo plano las reivindicaciones de clase. Se ignora así hasta qué punto los objetivos de clase, en la perspectiva de una lucha por la hegemonía, sólo pueden trascender, el marco de un corporativismo estrecho en tanto se articulen en una estrategia capaz de incorporar la dimensión nacional. Se vuelve indispensable, entonces, plantear el problema de cómo se comportan los intereses de clase y los intereses nacionales entre sí, aunque la tradición izquierdista rechaza la validez del problema mismo. Así, por ejemplo, Strasser escribe: “el planteamiento de cómo se comportan intereses de clase e intereses nacionales entre sí es falso… presupone probado justamente lo que habría que probar: que los intereses nacionales no figuran entre los intereses de clase, o sea que diferentes clases tienen los mismos intereses nacionales”.10 No es evidente de suyo, sin embargo, que aceptar la existencia de “intereses nacionales” equivale a comprometerse con la idea de que “diferentes clases tienen los mismos intereses nacionales”.

En la polémica contra el izquierdismo empeñado en negar los nexos entre clases subalternas y patrimonio nacional, ha predominado la tendencia a invertir exactamente el enfoque. Si el izquierdismo niega la presencia de “intereses nacionales” porque no acepta que diversas clases poseen “los mismos intereses”, los defensores del nacionalismo proletario conciben tantos intereses nacionales distintos como clases se dan en una sociedad. Por ello indica Borojov que “no existen intereses nacionales abstractos y comunes a todas las clases sociales. Cada clase tiene sus propios intereses nacionales, que son diferentes a los de las demás clases”. La inversión tiene por objeto alejar el riesgo de ver en la nación una “comunidad de intereses”, pero también aquí se corrobora la tesis de que la inversión de una proposición reduccionista sigue siendo una proposición reduccionista. En efecto, si no es admisible la reducción de los intereses de clase a intereses nacionales pretendidamente comunes a todos los miembros de la sociedad. tampoco pueden reducirse los intereses nacionales a intereses específicos de clase: carece de sentido (y de hecho es una contradicción en los términos) afirmar que cada clase tiene intereses nacionales diferentes. Tiene mayor consistencia la idea de que en toda circunstancia histórica hay un conjunto unitario de intereses nacionales con el cual se articulan de modo complementario o antagónico los intereses específicos de clase. Se puede así otorgar contenido concreto al concepto “clase nacional”: una clase es nacional cuando al promover sus intereses específicos, satisface a la vez los intereses nacionales. Se precisa también, como es obvio, el significado del concepto “clase antinacional”. La burguesía fue portadora de la ideología nacional cuando sus intereses específicos se identificaron con los de la nación, pero mientras esa clase se vuelve progresivamente más antinacional, “el proletariado se constituye cada vez más en el núcleo de la nación… hay cada vez mayor coincidencia entre los intereses del proletariado y los de la nación” (Kautsky).

Los objetivos de cada clase conllevan una determinada política respecto a la organización de la producción, al usufructo de los recursos, el funcionamiento de las instituciones sociales, etc. Distintas situaciones históricas deciden la mayor o menor coincidencia entre esos objetivos y el desarrollo de la sociedad nacional. Una clase o fracción de clase (tanto del bloque social dominante como del dominado) puede afirmar su hegemonía sólo si está en condiciones de promover los intereses del pueblo-nación. Se revela entonces como óptica estrechamente clasista propia de un obrerismo rígido la que supone, según palabras de Pannekoek tantas veces repetidas con fórmulas más o menos semejantes, que “lo nacional sólo es una ideología burguesa que no encuentra raíces materiales en el proletariado y por ende desaparece cada vez más con el desarrollo de la lucha de clases… como toda ideología burguesa, constituye una traba a la lucha de clases, cuyo poder perjudicial debe ser eliminado en lo posible… las consignas y metas nacionales desvían a los obreros de sus propias metas proletarias… las luchas nacionales impiden que se hagan valer las cuestiones sociales y los intereses proletarios en la política… tenemos que insistir solamente en la lucha de clases y despertar el sentimiento de clase, para desviar la atención de las cuestiones nacionales”.11 En rigor, lo nacional no es “una ideología burguesa”; si acaso un componente de esta ideología que no le pertenece, ni mucho menos, en exclusiva. Las clases subalternas no pueden desentenderse del problema nacional ni soslayar la necesidad de ubicar los objetivos nacionales dentro de su estrategia global.

FRONTERAS DE LA BURGUESÍA NACIONAL

“Nación” es una categoría histórica, es decir, el concepto remite a una entidad sujeta a un continuo proceso de transformación. La historicidad de esta categoría no indica —como se ha sostenido una y otra vez— que su vigencia está indiscerniblemente ligada a la de la burguesía, sino, más bien, indica que su evolución responde en la sociedad capitalista, en definitiva, el desenvolvimiento de la lucha de clases. En todo país, en tanto entidad territorialmente definida, la sociedad nacional (o las sociedades nacionales en el caso de los países multinacionales) está constituida por diversas clases entre las cuales se dan relaciones de complementariedad o de antagonismo. La formación de las clases, efecto de la lucha entre las mismas, no puede menos que repercutir en la formación de la nación. El antagonismo entre las clases componentes de la comunidad nacional no basta para suponer ilusoria la idea de “comunidad nacional”; sin embargo, tampoco es suficiente la coexistencia de grupos sociales en la misma unidad territorial para que pueda hablarse en serio de comunidad nacional. No se trata aquí del problema de los países multinacionales sino del hecho de que, más allá de la apariencia formal inmediata, no todos los segmentos de la sociedad integran en sentido estricto la nación. Se plantea, pues, el problema de responder la pregunta ¿quiénes forman la comunidad nacional? La cuestión tiene dos aspectos: por un lado, hay un problema de incorporación, dado que para formar parte de esa comunidad es preciso participar en el funcionamiento de sus instituciones económico-sociales y político-culturales. Tal participación no queda garantizada, por supuesto, por la mera circunstancia de vivir dentro de las fronteras que definen la unidad territorial; por otro lado, hay un problema de desincorporación dado por la progresiva identificación con intereses transnacionales.

Como señala Bauer, “del análisis del proceso de surgimiento de la nación moderna, de la investigación de la fuerza que junta los miembros centrífugos, resulta el conocimiento de que sólo las clases dominantes se vinculan en una comunidad nacional en determinado grado de su desarrollo, o sea que tan sólo ellas son connacionales, mientras que los estratos trabajadores del pueblo constituyen meramente los ‘tributarios de la nación’.”12 Con el desarrollo de la producción capitalista y la creciente densidad del tejido social, esos “tributarios de la nación” se incorporan plenamente como miembros en plenitud de la comunidad nacional hasta no quedar, en un proceso más o menos prolongado, ningún segmento de la sociedad fuera de tal comunidad. Todavía entonces, la nación “no es una cosa congelada para nosotros, sino un proceso del devenir, determinado en su esencia por las condiciones en que los seres humanos luchan por su sustento vital”.13 En tanto relación social la nación es una realidad fluctuante: hay un proceso por el cual los sectores sociales se incorporan a la comunidad nacional hasta lograr el desarrollo del conjunto del pueblo en nación. En este proceso van configurando la nación no sólo quienes participan de la cultura en construcción (aspecto subrayado en exceso por Bauer), sino en la totalidad de la vida social. Hay también, sin embargo, un proceso de desincorporación caracterizado por la progresiva asociación con intereses transnacionales de las decisiones económico-políticas y de los elementos ideológico-culturales a través de los cuales el sector monopólico de la clase dominante realiza esa participación.

Las interminables discusiones en el pasado reciente sobre el papel de la burguesía nacional no siempre estuvieron claramente referidas a la tendencia desnacionalizadora observable en el comportamiento de la fracción monopólica del capital. La gran burguesía tiende a desincorporarse de la comunidad nacional en la medida en que se integra en circuitos transnacionales dominados por las metrópolis: cada vez forma parte en menor escala de la nación y se ubica como agente del extranjero frente a (contra) la nación. “La política burguesa con respecto a la nación está sujeta a las contingencias de tales o cuales intereses precisos: la historia de la burguesía oscila permanentemente entre la identificación y la traición a la nación, porque esta nación no tiene el mismo sentido para ella que para la clase obrera y las masas populares” (Poulantzas). En el caso del capitalismo periférico, este movimiento pendular de la política burguesa se desplaza de manera inequívoca hacia el polo de la “traición” a los intereses nacionales. Así pues, a pesar de lo que sugiere el discurso atenido a supuestas evidencias empíricas, la clase tradicionalmente reconocida como portadora por excelencia de la ideología nacional, en las sociedades dependientes se transforma paulatinamente en “tributaria” de las metrópolis y, por tanto, se excluye de la comunidad nacional.

LA DIMENSIÓN NACIONAL

El izquierdismo se inclina a pensar que la época de las luchas nacionales quedó clausurada y, por tanto, que los problemas sociales del capitalismo contemporáneo son comprensibles desde una óptica analítica en la cual la categoría “clase” no deja lugar para la categoría “nación”. Con base en el supuesto de la actualidad siempre permanente de la revolución socialista, se concibe a ésta como una tarea práctica inmediata en todo momento y lugar, cuyo cumplimiento no puede ser sino demorado por las reivindicaciones nacionales. Se invoca en forma monótona la tesis marxiana (apelando más al principio de autoridad que a la validez intrínseca del planteamiento) según la cual el nacionalismo no es consustancial al proletariado, sino apenas un instrumento ideológico manipulado por la burguesía para ejercer y reproducir su dominación. En el campo de visibilidad de este pensamiento no hay espacio para los objetivos nacionales frente a los cuales la actividad política del izquierdismo mantiene una suicida relación de exterioridad. Las consecuencias son previsibles: la lucha por el socialismo, aunque propuesta en nombre del movimiento obrero, permanece ajena a la dinámica del pueblo-nación, cuya problemática se asimila sin fundamento al interés de la burguesía.

El antagonismo de clase no disuelve la lógica y especificidad propias de 1 dimensión nacional, cuya relativa autonomía no puede ignorarse “como si la opresión social y la nacional fuesen uno y la misma cosa”.14 Por cuanto no son tampoco fenómenos externos y desarticulados, es legítimo sin embargo investigar en cada situación histórica el tipo peculiar de vinculación existente entre interés de clase e interés nacional Hablar de necesidades nacionales o d intereses de la nación no implica postular un propósito común subyacente el el campo de lucha hegemónica de la clases en pugna, pero sí implica tene presente que la lucha por la hegemonía no se desenvuelve sólo en el marco establecido por un sistema de relación de producción, sino también en el espacio configurado por las condiciones de producción. De ahí la importancia excepcional del planteamiento tajante de Borojov: “los investigadores que ignoran el papel de las condiciones de producción, que se ocupan exclusivamente de las relaciones de producción, no son capaces de comprender el problema nacional”. Las condiciones de producción, es decir, el conjunto de circunstancias naturales y materiales, social e históricas, en las cuales se realiza proceso productivo, son patrimonio la sociedad. En otras palabras: las condiciones materiales de la producción social —en particular el territorio y los recursos naturales— son las mismas para todas las clases y grupos que forman sociedad.

Junto con los intereses específicos de clase derivados del lugar en las relaciones de producción, hay intereses nacionales producidos por la necesidad de preservar y valorizar las condiciones de producción, el patrimonio de la sociedad. La propiedad privada de los medios de producción no cancela el hecho de que la preservación y valorización de ese patrimonio concierne a la sociedad en su conjunto. La subsistencia misma de la nación depende, en definitiva, de su capacidad para ejercer control sobre tales condiciones de producción. Es muy improbable que las clases propietarias desarrollen una política nacional opuesta a sus intereses de clase y, además, la capacidad de control (soberanía) nacional queda disminuida por la propiedad privada. Ambas circunstancias son exacerbadas en el capitalismo periférico por la penetración imperialista: aquí la preocupación del capital extranjero (o autóctono asociado con aquél) por la rentabilidad de sus inversiones, lo alejan en mayor medida de cualquier consideración respecto a un proyecto nacional. En esta incompatibilidad entre los intereses de la burguesía y los de la nación se apoya la tesis de que un verdadero programa nacional sólo puede surgir de las clases subalternas.

El lugar en las relaciones de producción no decide sólo intereses antagónicos entre las clases, sino también una ubicación diferente en referencia a las condiciones de producción. El patrimonio de la sociedad es utilizado y manipulado por la clase dominante en desmedro de los intereses del bloque social dominado y en perjuicio, asimismo, del interés nacional. Frente a esta situación, “no hay que seguir el error comúnmente difundido de creer que el proletariado no tiene relación alguna con el patrimonio nacional y que, por lo mismo, carece de sentimientos e intereses nacionales.. para el proletariado tiene un valor muy importante el estado de esas condiciones… las formas de preservación para él tienen un valor decisivo” (Borojov). Entre sus objetivos de clase y el problema nacional existe, pues, una vinculación directa: “clase” y “nación” no son categorías que remiten a planos no integrables sino a una misma y única realidad social. Una política tendencialmente socialista (que no se mueva en el nivel estrecho del obrerismo) tiene como fundamento una posición de clase así como una posición nacional; inscritas las relaciones de producción en ciertas condiciones de producción, lucha de clases y lucha nacional constituyen manifestaciones conectadas de la problemática social generada por el capitalismo.

Si se piensa la lucha de clases como un enfrentamiento lineal entre las dos clases fundamentales y no como un combate por la hegemonía que transcurre en una estructura social más abigarrada y compleja y se presupone, además, que la burguesía es el sujeto de la nación, entonces las reivindicaciones nacionales sólo pueden aparecer como un medio más para distraer al proletariado de sus objetivos de clase. Aunque todavía pueden encontrarse numerosos ejemplos donde el nacionalismo burgués se apoya en una abstracta unidad nacional para hacer pasar sus objetivos particulares como objetivos universales de toda la sociedad, debiera ser evidente que el carácter del nacionalismo no se reduce a esas simplezas. Por el contrario, las ligas directas del proletariado con las condiciones de producción lo vuelven particularmente sensible al patrimonio nacional sometido a la sistemática depredación imperialista. La tradicional subestimación en el marxismo de los vínculos entre clases subalternas y nación, lleva al desconocimiento de las formas populares del nacionalismo y, por ello, no puede extrañar que las fuerzas políticas más enclaustradas en esa tradición tiendan a ignorar el peso de la dimensión nacional en el desarrollo de la lucha de clases y en la formación de una hegemonía alternativa.

 

Carlos Pereyra
Autor de Violencia y política (Colección Testimonios del FCE, 1974) y Configuraciones: teoría e historia (EDICOL, 1979). Ha colaborado en nexos en los números 13, enero 1979, y 33 septiembre de 1980.


1 N. Poulantzas, Estudo, poder y socialismo, Siglo XXI de España, Madrid, 1979.

2 B. Borojov, Nacionalismo y lucha de clases, Cuadernos de Pasado y Presente, México 1979.

3 G. Haupt, Los marxistas y la cuestión nacional, Ed. Fontamara, Barcelona. 1980.

4 K. Kautsky, “Nacionalidad e internacionalidad” en La segunda Internacional y el problema nacional y colonial, Cuadernos de Pasado y Presente, México, 1978.

5 J. Stalin, El marxismo y la cuestión nacional, Ed. Anagrama, Barcelona, 1977.

6 M. Rodinson, “Sobre la teoría marxista de la nación”, Ed. Anagrama, Barcelona, 1977.

7 K. Kautsky, “La nacionalidad moderna” en La segunda Internacional…

8 E. Terray, “La idea de nación y las transformaciones del capitalismo”, Ed. Anagrama, Barcelona, 1977.

9 R. Luxemburg, La cuestión nacional y la autonomía, Cuadernos de Pasado y Presente. México, 1979.

10 J. Strasser, “El obrero y la nación” en La segunda Internacional…

11 A. Pannekoek, “Lucha de clases y nación” en La segunda Internacional…

12 O. Bauer, “Observaciones sobre la cuestión de las nacionalidades” en La segunda Internacional…

13 O. Bauer, La cuestión de las nacionalidades y la social democracia, Siglo XXI México, 1979.

14 R. Rosdolsky, F. Engels y el problema de los pueblos “sin historia”, Cuadernos de Pasado y Presente, México, 1980.