Cuando la plancha no había sido inventada todavía, los pantalones no tenían raya, y muchos hombres se avergonzaban de la cintura para abajo.

Un día, un joven fumador tuvo la ocurrencia de valerse de un lápiz, y con uno de copiar diseñó, en efecto, la raya de los pantalones.

Visto el buen éxito del lápiz de copiar, trataron las amas de casa de usarlo también para las ropas íntimas, aunque el resultado en esto fue negativo.

Andando el tiempo, cierto Domingo Caradura discurrió estirar su traje sirviéndose de un diccionario pesado. Lo puso a calentar sobre el hornillo de la cocina, pero tuvo la desgracia de que el mamotreto se le quemase, salvándose sólo la letra zeta.

Animado por esta experiencia, el joven inventor adquirió otro diccionario y volvíó a ponerlo sobre el hornillo, que de esta vez estaba apagado, pero nada consiguió.

Fue una vecina suya, una tal Adela Plausible, la que por primera vez pensó en utilizar a su marido para planchar un par de pantalones. Después de ponerlo a calentar en la parrilla, lo hizo sentar encima de los pantalones, que resultaron así con una raya durable.

Luego, una vez que a consecuencia de los experimentos se quedó viuda, sirvióse la joven de una maleta llena de piedras en lugar del marido, pero este ensayo sólo le produjo desilusiones.

Sin embargo, todas estas experiencias y ensayos dieron su fruto con el tiempo: cuando, aplicado un mango a un pedazo de hierro, resultó de la combinación la plancha auténtica y perfecta, que hoy calentamos bajo el sobaco, por escasez de combustibles.

 

Fuente: Antología del humorismo, tomo I, Editorial Labor, Barcelona, 1961. [El autor es Carlo Manzoni, italiano, 1909-1975.]

 

 

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