¿Quién es Andrés Manuel López Obrador? Se trata de una pregunta obvia tras los resultados del 1 de julio. Al mismo tiempo, sorprende el que tengamos que preguntárnoslo, dado que el personaje ha dominado el escenario político durante las últimas dos décadas. Ya deberíamos tener una idea clara de quién es y, de hecho, muchos la tienen. El problema es que lo que hay son retratos encontrados, resultado de lo que parece ser su inevitable dualidad; lo que a muchos asusta y repele, a otros entusiasma e inspira.

Son tres las dimensiones de López Obrador que generan polarización: su estilo político, su visión de la política, y sus políticas públicas. Por lo que toca a su estilo, según unos se trata de una persona autoritaria que no escucha, pero otros argumentan que lo que parece una actitud imperiosa y terca es más bien claridad de propósito y solidez de principios. En cuanto a su visión, muchos piensan que es la de un populista, es decir maniquea y antipluralista y por tanto una amenaza a la democracia, pero otros ven en su populismo una necesaria corrección democrática a un sistema excesivamente tecnocrático, arrogante y distante de la gente. Respecto a sus políticas públicas, lo que a muchos asusta es que son posturas de izquierda, irresponsables y equivocadas, pero el ser de izquierda es lo que, según otros, las hace responsables y adecuadas en la coyuntura.

Dada esta dualidad, no sorprende la larga lista de personajes con quien se le compara a López Obrador: Hugo Chávez, Luis Echeverría, Lula, Trump, por mencionar algunos. Todas estas comparaciones algo capturan, pero ninguna captura todo. Pero sobre todo detrás de cada una parecería que hay una postura ex ante frente al personaje. Si uno está en contra de AMLO, entonces es Trump, pero si uno está a favor, es Lula (Lula 1, claro, no Lula 2 y menos Lula 3).

El criticar o defender al próximo presidente de México no sólo se vale, sino es fundamental para un sano debate público y necesario para el buen funcionamiento de nuestra democracia. Por tanto, todas estas posturas deben ser analizadas y discutidas. Al mismo tiempo, lo que ninguna de ellas captura al juzgar a priori a López Obrador es su dualidad. Quien ofrece un retrato negativo supone confusión, engaño o cinismo en sus seguidores; quien construye un retrato positivo presume desconocimiento, intereses ocultos o perversidad del lado de sus antagonistas. Sin negar que algo de razón podrán tener ambos bandos, esta situación es intelectualmente insatisfactoria, ya que gente inteligente, informada y honorable tiene posturas radicalmente distintas del mismo personaje. Pero a la par de estas descripciones es posible ofrecer una interpretación que captura tanto lo que emociona como lo que asusta, así como la genuina incertidumbre que hoy genera el presidente electo respecto a lo que mañana pueda hacer como presidente en funciones. Esta interpretación es la de López Obrador como un practicante de la “política del Éxodo”.

Según el filósofo político Michael Walzer, desde épocas ancestrales ha estado presente en Occidente una forma de entender el cambio radical. La historia que se cuenta tiene la siguiente estructura básica: opresión, liberación, contrato social, lucha política, nueva sociedad (y riesgo de retroceso y restauración). Su versión original, según Walzer, es el libro de Éxodo que narra la esclavitud del pueblo de Israel en Egipto, su liberación y travesía por el desierto, el pacto del Sinaí y la llegada a la tierra prometida.

Se trata de una narrativa de enorme poderío que si bien tiene un origen religioso, también permite una lectura secular y política. Dada la centralidad de la Biblia en el pensamiento de Occidente y la repetición constante de la historia del Éxodo, este patrón de cambio, según Walzer, está grabado en la cultura política de Occidente y ha sido un referente constante a lo largo de los siglos.

El libro en el que Walzer desarrolla este argumento es Exodus and Revolution, que ofrece una lectura política del texto bíblico y reflexiona sobre el carácter general y tensiones internas de lo que el autor llama “la política del Éxodo”. La forma en que procede es analizando el significado de cada una de las etapas de esta historia. La descripción que se ofrece a continuación resume el argumento de Walzer y, para cada episodio de la narrativa, se argumenta su relevancia para entender el estilo y la visión política de López Obrador.

Ilustraciones: Jonathan Rosas

 

Walzer destaca cuatro características básicas del tipo de historia que es el Éxodo. La primera es que se trata de una narrativa en la que hay progreso, un objetivo a lograr que está presente al inicio como promesa que genera esperanza. Se trata de una marcha hacia adelante y el punto de llegada tiene poco que ver con el de partida. No es por lo tanto una visión nostálgica, Canaán es lo opuesto a Egipto.

Una segunda característica es que se trata de la historia de un pueblo, no de individuos o familias, de príncipes y sus herederos. La importancia de Moisés no es personal sino política y tiene que ver con su liderazgo del pueblo.

Una tercera característica es el realismo de la narrativa que se ubica plenamente dentro de la historia, ni antes ni después. Hay siempre pasado, presente y futuro que son, además, producto de decisiones y debates particulares de personas específicas.

La cuarta característica es que se trata de una historia humana y no divina, resultado del trabajo de personas de carne y hueso. Es una narrativa que no requiere de la intervención divina para transformar la realidad de golpe. Dios libera a los israelitas de Egipto, pero son ellos quienes tienen que atravesar el desierto, derrotar a los cananeos y trabajar la tierra. Dios les da leyes, pero ellos las tienen que cumplir.

 

La narrativa que nos ofrece López Obrador en su libro 2018. La salida, tiene la estructura y cumple con las principales características de la historia del Éxodo. Hay un pueblo oprimido que debe ser liberado, una larga travesía por el desierto y una tierra prometida al final de la marcha. Es una historia de progreso que define el punto de llegada a partir de un rechazo del punto de partida, el Egipto neoliberal. Es también una narrativa de un pueblo y no de un grupo o clase social. Se trata de un movimiento social que, a diferencia de un partido político, aspira a representar a todos. El proyecto es “hegemónico” en ese sentido, pero es una hegemonía que, como veremos, no tiene por qué excluir el debate y la pluralidad democrática. Es claramente realista al ubicarse dentro de la historia de México, reconociendo momentos tanto de avance como de retroceso. Empezando con la Independencia y pasando por la Reforma, se identifica el Porfiriato como un primer gran retroceso del que, sin embargo, se logra nuevamente escapar rumbo a la tierra prometida gracias a la Revolución, pero este nuevo Éxodo entra en decadencia hasta culminar con el retroceso neoliberal. Con el triunfo electoral de Morena se busca reemprender la marcha a la tierra prometida. Todo ello, avances y retrocesos, es producto de la voluntad de seres humanos específicos, Guerrero y Madero, Díaz y Salinas, que toman decisiones. Aquí no hay intervención divina o inevitabilidad histórica. Vemos una narrativa en la que el voluntarismo individual es central.

 

Al hablar de Egipto, lo importante en términos políticos, según Walzer, es tanto la opresión como la corrupción. Al mismo tiempo, reconoce la complicada relación de los israelitas con sus opresores.

El pueblo de Israel no sólo deja atrás a Egipto, sino lo rechaza por su opresión y corrupción. Esta postura sólo es concebible si existe un mundo mejor. Sin esa posibilidad, el cautiverio sería asumido como inescapable y la respuesta normal sería la resignación, no la esperanza.

¿Cuál es, según Walzer, la naturaleza de la opresión? Parte del problema es el trabajo que los israelitas se ven obligados a realizar, el cual es degradante y enajenante. Es también una labor en la que hay maltrato físico. Pero sobre todo, argumenta Walzer, se trata de una opresión colectiva, es decir los israelitas no fueron esclavizados uno por uno sino todos juntos y el Estado jugó un papel central en este proceso. Como pueblo y como “obreros visitantes”, los israelitas pierden la protección política del Estado y la opresión es la de un pueblo a la merced del poder arbitrario del Estado. Y al ser colectiva la opresión, la reacción también tiene que ser colectiva, no individual. La respuesta es la liberación de todo un pueblo y no la manumisión de cada esclavo. Al mismo tiempo, dado que la opresión es de orden político, la liberación representa una derrota de la tiranía. La descripción de la opresión, nos dice Walzer, es una que mezcla la tiranía y la miseria, por lo que desaparece la línea divisoria entre la cuestión política y la social.

Pero la opresión, señala Walzer, no agota el significado de Egipto. Ningún “viejo régimen” es sólo opresivo; si todo fuera negativo la huida sería fácil y no lo es. Egipto tiene sus bondades. Ya en el desierto, por ejemplo, varios israelitas recuerdan las “ollas de carne” y las grandes “cantidades de pan”. La casa de la opresión era también una de abundancia y sofisticación. Se entiende la admiración por Egipto de algunos israelitas y su asimilación. Todo ello refleja la compleja actitud de gente oprimida frente a la cultura de sus opresores. Al mismo tiempo, otros resisten el impulso a la asimilación y se definen por su rechazo a la cultura egipcia que ven como decadente, corrupta y excluyente. Precisamente esta ambigua relación con la casa de la opresión explica la descripción que se hace del destino en términos que en parte recuerdan a Egipto. La tierra prometida emula la riqueza de la tierra de la opresión, fluirá miel y leche, pero lo que cambia es que la abundancia será repartida de manera más equitativa, sin opresión ni corrupción.

 

El rechazo de López Obrador al Egipto neoliberal es uno que abarca tanto la corrupción como la opresión. Por lo que toca a la primera, queda claro que se trata de la fuente de buena parte de las “enfermedades egipcias” que hay que combatir. En cuanto a la opresión, su lema de “por el bien de todos, primero los pobres” habla no sólo de miseria material de un pueblo que trabaja sin parar, pero sin poder salir adelante, sino de todo un pueblo que sufre en consecuencia. El problema no es individual, por más que hay individuos pobres, y la solución tampoco lo es, por más que programas enfocados a rescatar individuos de la pobreza puedan funcionar. Sobre todo, el esclavo en el Egipto neoliberal no es, en el fondo, una víctima del mercado, sino del Estado. Es decir, se trata de un arreglo político que permite esta opresión, una “mafia del poder” que opera y mantiene estos arreglos, más allá del daño (o los beneficios) de políticas públicas específicas. Por lo tanto, lo que hay que derrotar o desmantelar es el arreglo político que permite la opresión y no es suficiente un mero ajuste a la política económica.

Por lo que toca a la ambigüedad frente a la cultura de Egipto, también la vemos en el discurso de López Obrador e incluso en su biografía personal. Su inicio político es el de asimilación al viejo régimen. Su descripción de la tierra prometida tiene elementos que hacen referencia tanto al Egipto preneoliberal como al neoliberal. Es más, parte de las políticas económicas del neoliberalismo bien puede ser correctas y deben permanecer, como la autonomía del Banco de México; Egipto tiene sus bondades. Lo que evitará que estos rasgos del pasado opriman y corrompan en el futuro, es que operarán dentro de un arreglo político distinto. La narrativa del Éxodo, recordemos, es una de progreso lineal y el que estén presentes notas del pasado, incluyendo el neoliberal, es producto de su realismo histórico.

 

La relevancia política de la travesía por el desierto es, según Walzer, múltiple. Para empezar, hay un argumento sobre los efectos morales y psicológicos de la opresión. El texto bíblico describe un pueblo con miedo, abatido, incapaz de rebelarse y escéptico frente al proyecto de liberación. Ya en el desierto, estos temores y dudas continúan y se manifiestan en murmullos contra Moisés; el maná en el desierto genera nostalgia por la carne en la casa de la opresión.

Aquí vemos una clara tensión interna de la narrativa. Moisés opera con una perspectiva de largo plazo; ve la tierra prometida en el horizonte y puede soportar cualquier privación con tal de alcanzar el objetivo. El pueblo o una parte no está tan seguro de aguantar ni de llegar. El conflicto es entre el materialismo de la gente y el idealismo de los líderes, entre las exigencias del presente y las recompensas futuras.

Pero lo que en el fondo está en juego, argumenta Walzer, es el significado de la libertad misma. Al recordar ya en el desierto los pescados que se comían “libremente en Egipto”, el referente es no sólo a una cierta abundancia material, sino que “libremente” apunta a las nuevas leyes. Es decir, el desierto es no sólo un mundo de austeridad, sino también de leyes. El maná llega con todo tipo de reglas. El punto es que el esclavo es “libre” en un sentido en el que el ciudadano republicano no lo es y hay una cierta “esclavitud” en la libertad, asociada a la obligación y responsabilidad de cumplir la ley.

Precisamente este es, nos recuerda Walzer, el gran logro de Moisés según Rousseau, el transformar a una banda de fugitivos en un pueblo verdaderamente libre. Y ello lo logra no sólo rompiendo sus cadenas en Egipto, sino organizándolos en una comunidad política y dándoles “libertad positiva”; no una vida sin reglas, sino una vida regulada por leyes que ellos mismos acuerdan. Pero claro, es una libertad que puede ser opresiva, por lo que hay quejas.

Es en este contexto del impacto moral y psicológico de la opresión y de los murmullos, señala Walzer, en el que hay que entender la idea del desierto como escuela. No es fácil que una persona que crece y vive en la esclavitud se deshaga de la noche a la mañana de su “naturaleza” servil. Es necesario un largo proceso pedagógico y un maestro indulgente y comprensivo. Es por eso que los israelitas no siguen la ruta más corta de Egipto a Canaán y pasan 40 años en el desierto, un proceso necesariamente gradual y deliberativo.

Pero a lo largo de la marcha también se requiere disciplina y castigo, y lo vemos en el incidente del becerro de oro. Lo ocurrido al pie del Monte Sinaí es todo menos un proceso pedagógico indulgente y comprensivo. La movilización de los levitas y ejecución de los adoradores de ídolos es un momento crucial en la historia, la primera “purga revolucionaria”, dice Walzer. El llamado de Moisés, “todos los que estén de parte del Señor, vengan aquí y únanse a mí”, divide a la comunidad, crea una vanguardia cuyos integrantes se convertirán en los futuros magistrados, sacerdotes y burócratas. Y mientras llegan a la tierra prometida, este grupo gobierna con mano dura, enemigos del gradualismo y la deliberación.

Surgen así dos lecturas del Éxodo que, de manera conscientemente anacrónica, Walzer llama leninista y socialdemócrata. La primer parte del hecho de que no es posible llegar a la tierra prometida sin derrotar a quien se opone a la travesía y arrear a quienes marchan a regañadientes. La historia es la de un pueblo sumiso, incapaz de luchar por sí mismo, pero que es liberado por un líder revolucionario cuya experiencia de vida es diferente a la del pueblo oprimido. Al líder lo apoyan una pequeña banda de militantes organizados y disciplinados que se separan de su comunidad y mantiene al pueblo en el camino correcto.

Pero también hay una lectura socialdemócrata que enfatiza la falta de dirección en la marcha y el papel de Moisés como pedagogo. El retrato de Moisés que se enfatiza es el del maestro que se la pasa deliberando y discutiendo con sus “alumnos” y con el propio Dios. Los 40 años en el desierto tienen como propósito el que surja una nueva generación nacida ya en libertad, a la que Moisés le enseña las leyes. Y como maestro es exitoso, los israelitas a la orilla del Jordán son muy diferentes a los que se detuvieron frente al mar.

¿Qué fue lo que marcó la diferencia, pregunta Walzer, la disciplina y purgas o la paciente pedagogía que gradualmente transformó a los israelitas? El Éxodo puede ser interpretado de ambas formas, si bien Walzer piensa que la socialdemócrata es la adecuada. Pero no se trata de defender una postura como la “genuina”, concluye Walzer, sino de reconocer la pluralidad de la narrativa. Dentro del marco que ofrece el Éxodo es posible enfatizar el brazo poderoso del Señor o la lenta marcha del pueblo, la tierra de miel y leche o la nación piadosa, la purga de contrarrevolucionarios o la educación de nuevas generaciones. Uno puede defender la autoridad de los levitas o de los líderes tribales o de los jefes de mil, cien y diez.

 

La etapa de los murmullos en el desierto también está presente en la narrativa lopezobradorista. El impacto moral y psicológico de la opresión es algo que AMLO pareciera reconocer y es, en parte, lo que podría explicar la facilidad que tiene para “perdonar” y aceptar a sus más acérrimos enemigos. Dada la forma en que el Egipto neoliberal marca a quien crece y vive en esta casa, quien en su momento se asimiló no es del todo culpable, por lo que el perdón se facilita y justifica.

También pareciera haber un entendimiento de la reticencia de parte del pueblo a lanzarse al desierto y su decisión de, por ejemplo, apoyar a los candidatos del viejo régimen. Ante esta postura, López Obrador muestra comprensión y les dice que acepten las ollas de carne y el pan que les ofrecen por su voto.

Vemos presente la tensión entre el idealismo de los líderes y el materialismo del pueblo. Muchos incluso piensan que no estamos tan mal en el Egipto neoliberal, que lo bueno casi no se cuenta, pero cuenta mucho. Por ello se difunden documentos que muestran los logros alcanzados en 30 años de neoliberalismo. Al mismo tiempo, las promesas de AMLO generan esperanza entre muchos otros, si bien se ven lejanas, además de que el camino para llegar es incierto y lleno de riesgos. Sin embargo, el liderazgo parece estar más que dispuesto a aceptar cualquier peligro con tal de llegar a la tierra prometida. Por lo pronto, se hacen concesiones al materialismo del pueblo, no más gasolinazos, si bien queda claro que esto se trata de mucho más que del precio de la gasolina.

En el fondo, al igual que en la historia del Éxodo, lo que está en juego es cómo entender la libertad. Hay quien hoy se siente libre en el contexto de un frágil Estado de derecho y altos niveles de corrupción. Se trata de la innegable “libertad” de meterse en sentido contrario y estacionarse en doble fila, de evadir impuestos y portar placas de Morelos, de no hacer colas, de robar un poquito. Asusta a muchos pensar en un mundo sin corrupción, sin las mordidas y favores que hacen que todo fluya, sin los privilegios que hace de la vida una más amable. En cambio, un mundo de reglas claras que se aplican a todos por igual, si bien tiene beneficios, cuesta. Y asusta dejar la comodidad del statu quo con algo de razón, porque se pide sacrificio en el presente por un futuro incierto, que bien podría generar mayor opresión.

También está presente la idea del desierto como escuela. El recorrido de López Obrador por cada municipio es, en cierto sentido, un esfuerzo pedagógico de escuchar y debatir con el pueblo; su disposición a dialogar con la Coordinadora Nacional de Trabajadores de la Educación (CNTE) y las bandas criminales es también parte de este esfuerzo pedagógico. Es un trabajo gradual en el que no siempre ganará AMLO el argumento, como no lo ganó en su momento con la CNTE. El caminar municipio por municipio no es el camino más corto a Los Pinos, pero es el camino a seguir si uno busca que, quien llegue a Canaán, sea distinto a quien hoy vive con miedo bajo la opresión egipcia.

Al mismo tiempo, no hay la menor duda de que en la travesía por el desierto de López Obrador también hay disciplina y castigo. Como Moisés, AMLO es capaz no sólo de mucho amor, sino también de gran furia. Tiene a sus levitas, en la calle y en las redes sociales, implacables enemigos del gradualismo y la tolerancia. En este contexto, el momento crítico, el becerro de oro, es su ruptura con el PRD y el Pacto por México. Ante la decisión del PRD de adorar ídolos neoliberales, López Obrador hace un llamado a sus seguidores, divide a la izquierda y crea una vanguardia que adopta una postura despiadada frente a sus enemigos.

Como resultado de todo lo anterior, está presente y se sustenta la lectura leninista del lopezobradorismo, pero también está la versión socialdemócrata de lo que ocurre. Vemos con nombre y apellido a bolcheviques ahí metidos, pero también están los socialdemócratas con otros nombres y apellidos. ¿Quién habla por AMLO, los leninistas o los socialdemócratas? Ambos, es decir hay que aceptar la pluralidad de la narrativa del Éxodo, por más que alguien puede sólo señalar, con el propósito de criticar o defender, una u otra interpretación.

 

Si los murmullos, la pedagogía y las purgas son parte central de la marcha por el desierto, el otro acontecimiento central en esta travesía, según Walzer, es el pacto al pie del Monte Sinaí.

Al llegar a este lugar los israelitas se encuentran a la mitad del camino y tienen que escoger entre regresar a Egipto o seguir a la tierra prometida. Pero su decisión es ya la de hombres libres y su pacto es un acto fundacional que crea una comunidad política integrada por personas que de forma voluntaria deciden unirse.

En este pacto se integra lo que Rousseau llamaría la voluntad general, producto de las voluntades individuales, independientes y autónomas de todos los israelitas. Se trata no sólo de hombres libres sino también poseedores de libre albedrío; personas capaces de pactar y luego vivir apegados a lo acordado. Sin duda la historia posterior del pueblo de Israel es una de incumplimiento y castigo, pero lo que le da legitimidad a la sanción es el pacto.

El elemento central de este pacto, argumenta Walzer, es su condicionalidad. A diferencia de otro como los de Noé, Abraham y David que son promesas absolutas e incondicionales, el pacto sinaítico es radicalmente contingente: quien decide cumplir tiene derecho a los regalos divinos.

Pero el pacto también genera obligaciones, nos recuerda Walzer, y la principal de ellas es vivir de acuerdo a la ley, si bien también hay otra responsabilidad: el asegurar que la ley se cumpla. Es a partir de esta segunda obligación que se entiende el rol de sacerdotes y profetas. Después del incidente del becerro de oro se institucionaliza el compromiso revolucionario. Surgen los sacerdotes y viven una vida de pureza ritual y mantienen un nivel de santidad que no es accesible para la mayoría, pero en el que los sacerdotes participan en nombre del pueblo. Los profetas también dicen representar a las masas, pero mientras los sacerdotes actúan por el pueblo, los profetas le reclaman al pueblo actuar. Los sacerdotes con el tiempo se convierten en una vanguardia envejecida, atrincherada, que va acumulando privilegios y se vuelve conservadora. Los profetas asumen el rol pedagógico de Moisés y defienden la idea de responsabilidad colectiva.

 

En 2018 México está al pie del Monte Sinaí. En la elección de 2018 el pueblo tuvo la opción de escoger entre el Egipto neoliberal y la tierra prometida. Y para llegar a la tierra prometida se busca un nuevo pacto social. Este es el contexto, tal vez, en el que hay que entender el chisme de si López Obrador pactó con Peña Nieto y en el que hay que interpretar el tenso intercambio que AMLO sostuvo con parte del sector empresarial, así como los comunicados y videos emitidos por este sector después de la elección y la convocatoria de “el día después”. Es también el contexto en el que hay que descifrar la idea de la amnistía a criminales y la búsqueda de un nuevo acuerdo con Estados Unidos, incluso bajo Trump.

Al mismo tiempo, se consolida una clase de sacerdotes de Morena y se vislumbra el riesgo de que se atrincheren y acumulen privilegios. También empezamos a escuchar, dentro de Morena, algunos profetas que, de cara al pueblo, advierten un posible desvío del camino a la tierra prometida. Mientras tanto, queda claro que habrá castigos y purgas, como lo anunció López Obrador en su discurso de victoria en el Zócalo.

 

Si bien en la narrativa del Éxodo el fin de la historia está presente al principio como promesa, es necesario preguntar, dice Walzer, si está presente al final. ¿Llegan los hijos de Israel a la tierra prometida? Sí, pero resulta menos rosada de lo prometido y además está condicionada; nunca entregará todo lo que promete mientras sus habitantes no cumplan todo su potencial. Y esta situación genera todo tipo de problemas.

De entrada, parece haber dos interpretaciones de la nueva casa. Una visión materialista en la que fluye la miel y leche con la que soñó el pueblo y otra idealista, de pureza y santidad, que entusiasma a Moisés y los levitas. Pero si bien la miel y leche simboliza riqueza material, existe una interpretación más amplia de esta abundancia, argumenta Walzer, ya que una tierra sin escasez es también una tierra sin opresión. El pueblo sueña no sólo con comer, sino con justicia y libertad. El materialismo e idealismo no marchan, del todo, por caminos separados.

Y si recordamos la opresión en Egipto recordaremos que no era un tema meramente material o físico. Los israelitas eran miserables en Egipto, por lo que no sorprende que al pueblo se le prometa alegría en Canaán. Por ello vemos la felicidad como un elemento clave donde la historia del Éxodo ha sido un referente, por ejemplo en la Declaración de Independencia de Estados Unidos.

Pero para Moisés y los levitas el objetivo es más elevado, “un reino de sacerdotes y una nación santa”. Se trata de la versión original de toda una serie de programas revolucionarios. Lo importante a destacar aquí, según Walzer, es que ninguno de estos proyectos se agota con cumplir el ideal negativo del fin de la opresión; se requiere, además, la participación del pueblo en la vida religiosa y/o política. La promesa de miel y leche ofrece una especie de igualdad negativa de gran relevancia dado el trasfondo de desigualdad de Egipto. La promesa de un reino de sacerdotes y una nación santa busca una igualdad positiva. El problema es el de la transición, ya que hoy hay sacerdotes y profetas con autoridad sobre el pueblo, pero ¿cómo justificar esta situación si el pacto fue de todos con Dios y de cada uno con todos los demás? Esta es la pregunta que el rebelde Coré le hace a Moisés y Arón y, al hacerlo, se convierte, nos dice Walzer, en la primera “oposición de izquierda”.

La tierra prometida es también un reino sin rey. Este es, una vez más, un proyecto revolucionario que se repite a lo largo de la historia. Moisés no llega a la tierra prometida, muere antes y es enterrado por Dios en un lugar desconocido. Este rol restringido de Moisés como líder va de la mano con la creación de un consejo de ancianos. El mensaje político, según Walzer, es claro: el liderazgo carismático no es suficiente y se necesita crear un nuevo gobierno, y el nuevo gobierno debe ser republicano y no monárquico.

Pero al llegar a la tierra prometida no termina la historia y el principal riesgo hacia adelante es la regresión. Los israelitas cruzaron el Jordán y se encontraron pronto de regreso en Egipto, nos recuerda Walzer. Ante esta situación es necesaria una nueva liberación y Éxodo. Pero en este proceso se corre el riesgo de todo tipo de reinterpretaciones.

Una primera, según Walzer, involucra una visión romántica del periodo en el desierto ante la desilusión de toparse con Egipto en Canaán. Los profetas Oseas y Jeremías son los principales románticos en el texto bíblico. Para ellos el punto climático del Éxodo en términos morales no es la llegada a Canaán, sino la heroica marcha por el desierto. De la misma forma, para muchos otros revolucionarios a lo largo de la historia el momento que buscan preservar es el inicio del proceso, cuando el pueblo oprimido se levanta.

Una segunda y más preocupante reinterpretación que Walzer advierte es la mesiánica, que tiene su origen en la idea de un segundo Éxodo. La promesa divina no sólo es pospuesta, sino elaborada, elevada y finalmente transformada. En este proceso de reinterpretación pierde su dimensión histórica y geográfica, volviéndose utópica. Un ejemplo de este proceso que analiza Walzer en su libro es Jeremías 31, donde el profeta le promete al pueblo no sólo un nuevo Éxodo, sino también un nuevo pacto, pero muy distinto al original, ya que en esta ocasión Dios inscribirá su ley directamente en el corazón de cada persona. Lo que se pierde como resultado es la condicionalidad del pacto original, ya que no existe la posibilidad de incumplir. Lo que Jeremías de hecho describe, según Walzer, es la transformación de la naturaleza humana o más bien la reaparición del Adán original. De ahí, el llevarlo a casa, el hacer la meta del segundo Éxodo no Canaán sino el Edén, es un paso menor. Pero este es el paso clave que lleva del Éxodo al mesianismo. Una vez dado, el Éxodo puede ser reinterpretado como una alegoría de la redención final de la humanidad que ignora toda distinción histórica. El Jardín del Edén, la Tierra Prometida, Jerusalén, el Monte Sion, son todos intercambiables. Pero en la historia del Éxodo, nos recuerda Walzer, no son lo mismo. Por ejemplo, el Edén es un jardín mítico, mientras que la tierra prometida tiene longitud y latitud; el Edén se encuentra al inicio y al final de la historia, pero la tierra prometida está dentro de la historia; el Edén representa la perfección, mientras que la tierra prometida es tan sólo un mejor lugar que Egipto.

De esta forma, el mesianismo, si bien se deriva del Éxodo, es radicalmente distinto. No sólo la promesa es incondicional, sino que su contenido es también nuevo. Al liberarse de toda referencia a Egipto el contraste es ahora con el mundo terrenal en general. Así, no son las enfermedades egipcias las que desaparecen, sino la enfermedad, punto. Se trata del fin de la historia, argumenta Walzer, una idea ajena a la narrativa del Éxodo que fue diseñada precisamente para enseñarle al pueblo que las promesas nunca se cumplen del todo o no para siempre.

Además, la voluntad humana pierde relevancia dentro del mesianismo, ya que más allá de los últimos días está el paraíso y no se requiere de la colaboración del pueblo para llegar. Puede ser que algunos zelotas tengan que darle una buena sacudida al mundo en el que viven, pero después sólo hay que esperar la transformación divina de un mundo en ruinas.

 

En el caso de López Obrador la cimentación de la tierra prometida se llevará a cabo en su sexenio, pero de entrada vemos ya presente la dualidad típica de la narrativa del Éxodo, su lado material y espiritual. Por un lado pensiones para adultos mayores y becas para jóvenes, pero también está la promesa de felicidad, típica de la política del Éxodo; se trata de la alegría producto del fin de la tiranía, que es posible gracias a ciertas garantías materiales; sólo a partir de un bienestar material básico es posible pensar en la búsqueda de la felicidad.

El proyecto de AMLO es también claramente republicano y su discurso de austeridad, de eliminar privilegios, así como el de involucrar al pueblo a través de consultas populares hace referencia a un “reino de sacerdotes y nación santa”. Sin embargo, es probable que, una vez instalado el nuevo gobierno, la participación del pueblo sea menor de lo prometido, nos encontremos con sacerdotes que, por el bien del pueblo, implementen políticas públicas con una autoridad que para muchos no será muy republicana y que además poco a poco se vaya atrincherando. Y ante todas estas realidades es probable que dentro de las filas de Morena surja, tarde o temprano, un Coré que se constituya en la “oposición de izquierda” dentro del movimiento.

Asimismo, sin duda veremos a veteranos de Morena, aburridos por la talacha del día a día que implica gobernar, recordar con nostalgia las primeras batallas de Morena y desarrollar una postura romántica del movimiento.

En cuanto al peligro de la regresión, AMLO parecería estar plenamente consciente del problema. El discurso de la “cuarta transformación” no solamente reconoce regresiones pasadas que hicieron necesarias transformaciones periódicas, sino que de forma implícita acepta la posibilidad de una regresión futura que requiera una “quinta transformación”.

Pero tal vez el riesgo mayor y la crítica más importante que se le hace a López Obrador tiene que ver con el mesianismo. Ante esta posibilidad, vale la pena regresar al texto de Walzer y a lo que dice sobre el tema.

 

Si bien el mesianismo tiene como origen la historia del Éxodo, la política del Éxodo es radicalmente distinta y constituye su principal alternativa. El Éxodo empieza con un mal concreto y termina con un éxito parcial. Pero este éxito parcial es problemático, ya que puede generar desencanto y el mesianismo tiene sus orígenes, según Walzer, en todos aquellos Canaánes en los que no fluyó la suficiente miel y leche. Ante esta frustrante realidad algunos podrán preguntar por qué conformarse con una lucha interminable si existe otra “tierra prometida” en la que la liberación es final. La esperanza de un mundo mejor que genera la política del Éxodo se transforma en la fantasía de un mundo perfecto bajo el mesianismo.

Esta fantasía mesiánica, nos dice Walzer, es la gran tentación de Occidente y dada su peligrosidad es común que surjan posturas que ven en todo proyecto radical, uno en el fondo mesiánico. Esta perspectiva reduccionista tiene un propósito político: señalar las locuras que en efecto seguido proponen ideólogos de izquierda; subrayar el orgullo desmedido de hombres que proponen lograr lo que sólo Dios es capaz de hacer; advertir la presencia de genuinos desquiciados que suelen habitar en las orillas de casi todo movimiento revolucionario. Walzer reconoce que hay grandes verdades, además de un propósito político, en esta visión reduccionista. Después de todo, el mundo moderno está lleno de ejemplos de personas que, a partir de su fantasía mesiánica, pasan a los actos concretos.

Sin embargo, el récord histórico no respalda, según Walzer, esta lectura y es un error pensar que la política radical necesariamente y siempre toma este camino. Los críticos del mesianismo ponen en un mismo saco cualquier tipo de aspiración radical, ya que ven por todos lados la amenaza del apocalipsis. Pero la cultura política de Occidente, argumenta Walzer, es mucho más rica que eso y el radicalismo es predeciblemente diverso, internamente contradictorio, una maraña de percepciones y esperanzas opuestas.

La historia del Éxodo está abierta a distintas interpretaciones y la narrativa repleta de disputas y argumentos, además de que siempre es posible una nueva interpretación. El mesianismo político es totalmente diferente, dice Walzer. Uno puede calcular una y otra vez el número de días que faltan para el día final, pero una vez que se toma la decisión de “forzar el Fin”, ya no hay espacio para la discusión. La política se vuelve absoluta, los enemigos satánicos, las soluciones intermedias imposibles. En cambio, para las personas que luchan dentro de la tradición del Éxodo, no suele haber una lucha final, sino más bien una larga secuencia de decisiones, retrocesos, reformas. La guerra revolucionaria de una nación piadosa por supuesto genera enemigos, pero la lucha nunca es total, final y a muerte.

Sobre todo, según Walzer, un contrapeso clave al mesianismo dentro de la política del Éxodo es el perfil del pueblo, terco, polémico y parte del pacto. Su presencia obliga realismo no sólo porque muchos de ellos son escépticos y hacen preguntas difíciles a su liderazgo, sino también porque el ritmo de la marcha debe fijarse en función de lo que opinan, porque es necesario lidiar con sus rebeliones, porque hay que escoger representantes de entre sus filas y porque la ley debe ser expuesta frente a ellos. Todo ello hace difícil dividirlos en dos grupos, uno de “amigos” y otro de “enemigos” de forma absoluta y permanente. En cambio, la liberación mesiánica circunvala tanto el desierto como el Monte Sinaí y no depende de pueblo para llegar al Jardín del Edén.

Dado lo anterior, bajo el supuesto de que en efecto López Obrador es un practicante de la política del Éxodo, no sólo no es un mesías, sino que su proyecto es una alternativa al mesianismo. Sin embargo, el riesgo ahí está ya que el posible desencanto con los resultados de su gobierno bien puede provocar una reinterpretación mesiánica de su proyecto. Una lectura del debate alrededor del “tigre de López Obrador” es que se trata de un reconocimiento del peligro de mesianismo si el proyecto fracasa o genera decepción.

 

¿Quién es Andrés Manuel López Obrador? Un practicante de la política del Éxodo tal y como la describe Michael Walzer, con todas sus tensiones internas y riesgos. Se trata de una lectura que permite capturar su dualidad y explica el enorme atractivo del personaje para muchos, así como la preocupación que genera en otros. El proyecto es sin duda uno de cambio profundo y progreso, y es radical si lo comparamos con la resignación frente al statu quo y la idea de que no existe alternativa al Egipto neoliberal.

Al mismo tiempo, lo que ofrece el lopezobradorismo es tan sólo un mejor lugar que Egipto, no más. Es decir una economía que crece al 3.8% de manera sostenida y no al 7%; un gobierno que disminuye la pobreza y la desigualdad, sin terminar con ella; una sociedad que transforma el pacto social de tal forma que se reduce la corrupción y se fortalece la democracia, pero permanecen sacerdotes poderosos, atrincherados y con ciertos privilegios.

Todo esto ya es mucho, pero no es ni remotamente el Edén, por lo que bien puede generar desencanto entre algunos de sus seguidores y, en su momento, una respuesta mesiánica dentro del movimiento sin que sea AMLO un mesías. Y claro, pase lo que pase, a lo largo del proceso, habrá quien enfatice una lectura leninista de lo que ocurre, mientras otros resaltarán la socialdemócrata. Estamos lejos del fin de la historia y por lo menos hoy nadie parece querer soltar al tigre y “forzar el Fin”.

 

Javier Tello Díaz
Analista político.

 

7 comentarios en “La política del Éxodo de López Obrador

  1. Metafórica narrativa con los aportes y limitaciones de todo tropo de lenguaje analógico. Como significante metafísico El Exodo hace un apetecible “como si”. Pero al colocarse por encima y por fuera del devenir histórico concreto. Ni modo. Es lo qué hay. Se agradece el análisis polifónico pero no se concuerda del todo con la interpretación monolítica

  2. Con un cambio en México no se busca el Edén, se busca el mínimo indispensable para para sobrevivir como seres humanos, dentro de los rangos de civilidad posibles. No es una lucha de incondicionales apoyadores contra detractores de AMLO es el mandato de una sociedad cansada de la simulación, impunidad y corrupción, para encontrar mejores formas de convivencia en nuestro país. Saludos.

  3. Ojala lo logre como lo estas diciendo, disminuir la pobreza son muchas variables que resolver, no es facil, pero quien se compromete tiene que cumplirlo de lo contrario oligarquía y trabajadores estarán inconformes

  4. Excelente análisis e interpretación del Filósofo Michael Walzer y la metáfora narrativa que hace del Eden y nuestra sociedad actual. Un muy detallado trabajo del Analista Político Javier Tello, Gran trabajo¡¡

  5. Ya le había expresado hacia 1837 el pensador conservador Lucas Alamán al carismático dictador Antonio López de Santa Anna: “La nación le ha confiado a usted un poder tal como el que se constituyó en la primera formación de las sociedades, superior al que pueden dar las formas de elección después de convenidas, porque procede de la manifestación directa de la voluntad popular, que es el origen presunto de toda autoridad pública.”
    En la visión orgánica del poder público expresada en el texto bilbico (como en nuestro México) la soberanía popular emana de Dios hacia el pueblo, y quien debe interpretarla correctamente es la autoridad elegida por Dios (Moisés allá, AMLO acá). Excelente análisis, Don Javier Tello.

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