En la penúltima sección de una de las gruesas novelas tardías de Vladimir Nabokov (1899-1977), Ada o el ardor (1970), el hermano incestuoso Van Veen, a sus noventa y tantos años, se pregunta a propósito del libro que escribe, La textura del tiempo, “¿Qué son los sueños?”. Busca recobrar de la inminente desaparición esas postales de su memoria, borroneadas por el capricho del olvido y la fantasía, que algo podrían revelar con respecto a las nueve oscuras décadas que ha pasado en este mundo. Los sueños son “una secuencia aleatoria de escenas —responde—, triviales o trágicas, móviles o estáticas, fantásticas o familiares, que se entrelazan más o menos en sucesos aderezados con detalles grotescos, y gente muerta reubicada en nuevos escenarios”.

En el rubro de sueños “profesionales o vocacionales” Van Veen anota dos que sintetizan los temores de cualquier escritor. En el primero, sueña que el manuscrito del libro que escribe le es ofrecido por una mano que sale de un bote de basura, y que lleva errores de ortografía increíbles en cada página. En el segundo, en mitad de la urgencia por llegar a una conferencia a la que se dirige con cierto retraso, le exaspera el semáforo en rojo que lo detiene y la gente que bloquea su camino. Súbitamente se da cuenta, con alivio, que todo lo que tiene que hacer para remediar esa situación desesperante es quitar la palabra “crowded” en el texto. Una vez que lo hace, todo comienza a fluir como por arte de magia. Van Veen reflexiona al respecto: “Por el momento no me voy a detener en el misterioso elemento particular de los sueños —mientras observo que algunas leyes de la lógica deberían fijar el número de coincidencias, en un dominio dado, en el que dejan de ser coincidencias, y en el que, en cambio, son el organismo vivo de una nueva verdad”.

Ilustraciones: David Peón

No hace falta ni siquiera repetir que los sueños jugaron en Nabokov un papel revelador desde sus primeros libros. En un ensayo de 2009 Martin Amis nos recuerda “un sueño recurrente que ronda con sigilo a Humbert después de que Lolita ha huido (se fuga con el cínicamente carnal Quilty): “…deambulaba por mis sueños, pero aparecía en ellos con extraños y ridículos disfraces de Valeria o Charlotte [sus ex esposas], o un cruce de ambas. Ese espectro híbrido me perseguía, arrojando velo tras velo, en una atmósfera de gran melancolía y aversión, o me invitaba lánguidamente desde un vasto lecho o una dura vasija, con la carne abierta como la cámara expuesta de una pelota de futbol. Me hallaba —con mi dentadura postiza rota o definitivamente perdida— en horribles salones profusamente amueblados donde me entretenía con tediosas sesiones de vivisección que por lo común terminaban con Charlotte o Valeria entregadas al llanto en mis brazos ensangrentados, tiernamente besadas por mis labios fraternales en medio del desorden de una subasta: baratijas vienesas, lástima, impotencia y las pelucas castañas de trágicas ancianas recién chamuscadas”. El remordimiento de Humbert se muestra aquí en carne viva. Sin embargo, la visión de los sueños de Nabokov no podría reducirse o vulgarizarse, en palabras de él mismo citadas por Amis, “al mundo indecente y fundamentalmente medieval del medicucho charlatán de Viena, con sus embrioncitos resentidos espiando, desde sus escondrijos naturales, la vida amorosa de sus padres”. “Nabokov —finaliza Amis— apreciaba la anarquía de la vida interior, y criticaba mordazmente a Freud porque él se empeñó en sistematizarla. ¿Hay algún tipo de rivalidad en esta aversión? Baste decir que al final es Nabokov, y no Freud, quien se erige como nuestro poeta supremo de los sueños (junto con Kafka), y nuestro poeta supremo de la locura”.

Efectivamente, Nabokov, lejos de La interpretación de los sueños (1899) de Sigmund Freud, se ocupó del mundo onírico con esa resuelta vocación científica que latía en él de manera incontenible. Recordemos, por ejemplo, que su afición por las mariposas se volvió mucho más que eso, y lo llevó a plantear, a partir del estudio comparativo de su morfología, una teoría sobre la migración de la Polyommatus blues de Asia a América a través del estrecho de Bering en varias oleadas. Teoría que en su momento ni siquiera fue tomada en cuenta, pero que desde finales de 2010, mediante estudios de ADN, quedó demostrada. En 1944, cuando Nabokov tenía 45 años, contó en una carta a Edmund Wilson, que dedicaba 14 horas diarias al estudio de los lepidópteros. Especificaba: “He diseccionado y dibujado los genitales de 360 especímenes y descifrado su taxonomía tal como si se tratara de una novela […] Mi estudio en el que clasifico a las Holarctic Lycaeides ha producido tremendo revuelo en el mundo científico porque trastocó las viejas premisas”. Escribió muchas y muy especializadas páginas sobre el tema, y se jactaba de algo: “Es divertido pensar que me las he arreglado para ingresar a Harvard con el único respaldo académico de una mariposa” (en referencia a su puesto de investigador invitado en el museo de Zoología Comparativa, el cual mantuvo hasta 1945, cuando tomó la cátedra literaria en Cornell).

Su afición por las mariposas es caso de un estudio aparte, y proviene de un febril encantamiento infantil, pero hay que agregar que la manía sistemática de Nabokov lo llevó a finos hallazgos en sus estudios críticos de literatura europea (1980), rusa (1981) y de El Quijote (1983), que son, en materia de análisis literario, claro ejemplo de la frase que alguna vez dijo a un entrevistador: “No hay ciencia sin fantasía y no hay arte sin hechos”.

La inquietud por las imágenes de los sueños y su peculiar lenguaje incomprensible entre el consciente y el inconsciente, devino durante la década de los sesenta el objeto de estudio de la mente científica de Vladimir Nabokov. Da cuenta de ello el libro Insomniac Dreams. Experiments With Time, de Gennady Barabtarlo, editado por Princeton University Press este año. En ese volumen de título sugerentemente paradójico (¿cuáles pueden ser los sueños de alguien que no duerme?) se incluyen los sueños que jalan mecanismos secretos en las obras de ficción de Nabokov, sueños anotados en sus cuadernos de apuntes tempranos y tardíos, y el experimento planteado por J.W. Dunne para demostrar su teoría del “tiempo inverso”, al que se sometió Nabokov en 1964.

“He llegado lejos —dice Nabokov en Habla, memoria (1967)—, pero mi pasado continúa a mi lado y una partícula de futuro está también conmigo”. Si no son las interpretaciones freudianas del subconsciente lo que se esconde en los recovecos oscuros de los sueños, entonces ¿qué respuestas podemos obtener de ellos?

Como nos recuerda Barabtarlo en su Insomniac Dreams: En las novelas que escribió durante los últimos 15 años de su vida, que fue el tiempo en que radicaba en Montreaux, Suiza, Nabokov “pareció ensayar la teoría de Dunne de que el tiempo no es un inexorablemente irreversible río heraclitiano al que no puedes entrar dos veces; en cambio, es una corriente eléctrica alterna de dos vías (que corre hacia el pasado y hacia el futuro de manera indistinta)”.

El ingeniero aeronáutico irlandés John William Dunne (1875-1949) escribió en 1927 un libro en el que no postulaba sus adelantos en la aerodinámica de los biplanos (que no eran pocos, por cierto), sino una arriesgada teoría filosófica sobre la posibilidad de tener “sueños premonitorios”, es decir, imágenes del futuro próximo desarrolladas en la “memoria inversa”, es decir, nuestra memoria inconsciente del futuro.

Barabtarlo encontró en la colección Berg de Literatura Inglesa y Americana de la biblioteca pública de Nueva York el ejemplar subrayado por Nabokov del libro de Dunne, Un experimento con el tiempo, y 118 fichas de cartón (del tipo en las que Nabokov solía escribir el primer borrador de sus obras) con 64 registros del “experimento” planteado por Dunne, realizadas entre el 14 de octubre de 1964 y el 3 de enero de 1965. Nabokov organizó esos sueños en bruto en seis categorías (las dos primeras usadas de manera textual por Van Veen): 1) Profesionales y vocacionales (en mi caso, literatura, enseñanza y mariposas); 2) Visiones tenebrosas (en mi caso, pesadillas con signos fatídicos, calamidades almacenadas en el tálamo del cerebro, series amenazantes y acertijos); 3) Influencias obvias de mi ocupación inmediata e impresiones (juegos olímpicos, etcétera); 4) Recuerdos del pasado remoto (infancia, vida de emigrado, escuela, padres), 5) “Premonitorios”; 6) Ternura erótica y encantamiento amoroso.

Junto a esa clasificación, Nabokov anotó las siguientes “características curiosas en mis sueños”: 1) Preciso momento a la hora de despertar, pero muy brumosa sensación del paso del tiempo; 2) Muchos personajes completamente desconocidos, algunos en casi cada sueño; 3) Detalles verbales; 4) Muy prolongados, muy claros, muy lógicos (sin límites especiales) dentro de la reflexión; 5) Gran dificultad de reconstruir un sueño incluso reciente; 6) Tipos y temas recurrentes.

El hecho de que Nabokov ponga entre comillas la palabra “premonitorios” muestra escepticismo con respecto a la teoría de Dunne, sin embargo se tomó casi tres meses para seguir al pie de la letra su experimento, que consistía en registrar diariamente los sueños al momento de despertar, y prestar atención a los acontecimientos reales que ocurrieran uno o dos días después, para constatar la manera en que el futuro se manifestaba en ellos.

Dunne afirmaba que nuestra experiencia de un tiempo lineal era una ilusión, ya que tanto el pasado como el presente y el futuro ocurrían al unísono en una dimensión superior, y que nosotros los experimentábamos secuencialmente por la limitada percepción mental que podíamos tener de esas nociones. En el momento del sueño, este modo lineal de interpretar el tiempo deja de ser tan concreto como cuando estamos despiertos: la conciencia, que ya no está sujeta a las leyes de la lógica pragmática, puede trasladarse al pasado o al futuro libremente, y así lograr “sueños premonitorios”.

Para explicar este fenómeno Barabtarlo cita la teoría que el monje ruso Pavel Florensky (1882-1937) esboza en su obra Iconostasis (1919-1922), y aclara que muy probablemente no era conocida ni por Dunne ni por Nabokov. El punto de partida es el mismo: “Los sueños suceden en un reino en el que se encuentra la llave de la verdad fundamental del mundo en que habitamos y la condición estructural y dimensional que lo rige: el tiempo”. Pero luego Florensky se va por otro camino: “El credo asigna a Dios como el creador de todas las cosas visibles e invisibles […] Los dos mundos son contagiosos. Su diferencia es tan grandiosa, que pensar en una frontera en la que se junten es inevitable. Una frontera que los divide mientras los une […] Un mundo inaccesible a nuestros cinco sentidos no es solamente real —más real quizás que aquel percibido sensualmente— pero los dos mundos son contiguos, incluso imbricados, y los sueños son la dimensión desconocida donde convergen (se superponen)”.

Tanto en Ana Karenina, la novela de Tolstoi que analiza en sus clases de literatura rusa, como en Pnin, Nabokov detecta “que el tiempo podría ocurrir con una velocidad infinita —dice Barabtarlo—, como un calcetín que se volteara al revés, al punto de adquirir un sentido inverso en su flujo. En otras palabras, se trata de Tiempo direccionado del futuro al pasado, de los efectos a las causas”.

Florensky, preocupado por “la sensación del tiempo”, explica este fenómeno con un ejemplo bastante claro: el sujeto sueña que va a la iglesia, y en su trayecto ocurren distintos acontecimientos ordenados secuencialmente, como el hecho de percibir el aroma de unas flores (alpha) encontrarse con otras personas, caminar sobre un prado o mirar un arbusto. Cuando suenan las campanas de la iglesia, el sujeto se despierta (omega). El ruido que lo saca del sueño es exterior, porque en realidad es el sonido de un despertador, fuera del sistema del durmiente, así como el aroma de las flores, que provino de un algodón perfumado. Hay una secuencia de acciones que van del alpha al omega, pero no existe ninguna conexión lógica entre ellas. Lo que causa el sueño, y lo que lo interrumpe son eventos de origen exterior, y no tienen absolutamente ninguna relación entre sí. El alpha en ningún sentido es causado por el omega, pero sin el alpha no habría omega. No hay manera de explicar cómo llegó la mente a identificar las campanas de la iglesia con el despertador, ya que cuando ese estímulo sonoro llegó, el sueño ya había concluido, junto con todas las acciones encadenadas que condujeron al sujeto precisamente a la iglesia donde están las campanas, a menos que el tiempo del sueño corra al revés.

En Insomniac Dreams se reproducen fotografías de las fichas, con la caligrafía apresurada de Nabokov y sus curiosas marcas de referencia, así como su contenido, transcrito y anotado por Barabtarlo. La mayoría de los sueños descritos mantienen esa lógica onírica que cobra poco sentido en el mundo real, pero dicen mucho, claro, de las obsesiones de Nabokov. Por ejemplo, hay varios que ocurren en andenes de tren, por lo regular con la preocupación de ir con retraso. En uno de ellos, a punto de abordar el vagón, recuerda que ha olvidado su pasaporte sobre la mesa de su estudio en Montreaux. De los que tienen como tema los juegos olímpicos, varios son de Véra, a quien integró a su experimento de manera bastante activa. En otro sueño Nabokov escucha un fonógrafo en un gym, quizá, o una peluquería, un aria de Boris Godunov (la ópera de Mussorgsky), y él se pone a cantar, pero resulta menos agradable de lo que él esperaba, porque el tono se pierde y él mismo comienza a reírse sin ganas. Nabokov, hay que recordar, era un dotado bajo profundo, y cantaba con bastante soltura “La muerte de Boris”. Abundan las mariposas, o los proyectos de viajar a buscarlas donde quiera que se encuentren, pero curiosamente siempre está presente la red que usa para atraparlas: en uno golpea a un agresor con el frágil mango de aluminio y en otro se encuentra rodeado de mariposas bellísimas, pero ha olvidado la red. Sueña con sus clases también, o con sus colegas. Hay uno muy simpático en el que Nabokov se percata de que a Edmund Wilson, con quien sostuvo un intenso intercambio epistolar, no le permiten bajar del tren por la escalera “exclusiva para rusos” y él tiene que saltar al andén, y lo hace con bastante agilidad; ante lo cual Nabokov comenta: “Me sorprendió lo atlético que lucía en su traje negro”. En otro sueño se encuentra Lev Tolstoi sentado, tomando el té y conversando con un grupo de académicos de Cornell. Lo que Nabokov alcanza a escuchar del comentario de Tolstoi es: “No me gustó su Lolita, pero qué bien describe el paisaje ruso…”.

Muy al principio, Nabokov se encontraba entusiasmado por el experimento de Dunne, y se sorprendía de lo bien que estaba funcionando al reconocer en varias ocasiones programas de televisión que él estaba convencido de haber soñado. Sin embargo, para mediados de diciembre ha perdido el interés, y lo suspende abruptamente. Lo que muchas veces parece extraordinario en el mundo de los sueños o de algún estado alterado, ya sea producido por drogas o exceso de oxigeno, por ejemplo, no soporta el escrutinio de la lógica regida por la realidad, y su maravilla se desvanece al recapitularlo y tratar de desarrollarlo o desmenuzarlo para dar forma a una idea con bases concretas.

La teoría de Dunne hizo reflexionar intensamente a Nabokov sobre el sentido de los sueños, aunque en las tarjetas del experimentó se quejó del “peculiar fenómeno de que muy difícilmente puedo componer algo a partir de mis sueños ‘profesionales’. [Aunque] esta noche, sin embargo, al final de un sueño, fui recompensado con una muestra gratificante”. En ese sueño, mientras dictaba a su esposa Véra un pasaje de su novela La dádiva (1952), le susurró una frase en ruso muy lentamente: “No importa acerca de lo que yo esté pensando, cada pensamiento lanzado hacia mi gran futuro, como una sombra se extenderá dentro de mí”. Esa frase, la repite Fyodor Godunov-Cherdyntsev, el narrador de La dádiva, y lleva implícita una fuerte carga de nostalgia que Michael Wood explica en una reseña de Insomniac Dreams publicada recientemente en The New York Review of Books: “Fyodor proyecta su exilio futuro, el cual Nabokov, en el sueño, interpreta como una comprensible pérdida antes de que ésta ocurra. El segundo efecto es algo muy cercano a algo que interesa a Dunne. Piensa en la prematura resolución de ‘irse por siempre’ y ‘no regresar jamás’ a su país, pero al final cae en una tesis que es precisamente lo contrario de la de Dunne: No es que el futuro está ahora en cierto sentido presente, sino que en la memoria, el pasado no puede sacudirse la sombra del futuro, que ha descendido sobre él. Las avenidas y campos abandonados [de su país natal] pertenecen precisamente a la idea del tiempo en que Nabokov no cree [tal como declaró en el libro Opiniones contundentes (1973)], y la idea del emigrante, de nunca regresar a su patria estuvo de hecho inscrita en él —pero después, cuando ellos, Nabokov y Véra, fueron abandonados por Dios, y el acto de la escritura enmascaró esa pérdida como destino”.

Tras el experimento, podría concluirse que para Nabokov no es posible viajar en el tiempo mediante los sueños, ni al pasado ni al futuro, ni desde la emoción ni desde la ciencia. En 1935 envió una carta al editor de Philosophy, la revista cuatrimestral de Cambridge University: “Si concedemos que una deuda en lo general con el pensamiento de Dunne es importante, Joshua Gregory, filósofo británico de considerable renombre, joven colega de McTaggart y Russell, llega a una conclusión muy similar que Van Veen: ‘El presumible regreso en el tiempo está basado equivocadamente en una ilegítima espacialización’, enfatizando un ‘aparente error inicial —un intento de convertir el tiempo en una especie de espacio’”. El matemático británico Bertrand Russell (1872-1970) estaría parcialmente de acuerdo: “Ya que la noción de tiempo no debe confundirse o difundirse con la del espacio”. Quizá la teoría de la relatividad especial de Albert Einstein (1879-1955) podría replicar que el espacio-tiempo es indisociable, pero plegable. Sin embargo recordemos la carta con la que el doctor Wilhelm Heinrich rechazó el ingreso al doctorado en la Universidad de Berna de Einstein en 1907: “Usted ha postulado una teoría interesante en su artículo publicado en la revista Anales de física, pero creemos que sus conclusiones sobre la naturaleza de la luz y la conexión fundamental entre espacio y tiempo son un tanto radicales. En general, encontramos sus postulados más cerca del arte que de la física actual”. Ciertamente, Einstein estaba vislumbrando la física del futuro.

Ese es precisamente el tipo de viaje en el tiempo en el que concedería Nabokov, el que se basa en las palabras generadoras de ideas. “El verdadero escritor debe ignorar a todos los lectores excepto a uno, el futuro lector, quien en su momento no es sino meramente el autor reflejado en el tiempo”, escribió Nabokov en La dádiva. “Por raro que suene esto que voy a decir, uno no puede leer un libro —afirmó Nabokov en una conferencia—, uno puede sólo releerlo”. Y ahí está la clave de un posible viaje en el tiempo mediante “pensamientos premonitorios”, que sólo se podrían tener una vez que se descifra el futuro que habita en las frases del presente. Tomemos prestado el siguiente ejemplo que nos ofrece Barabtarlo: “En el juego de ajedrez, así como en la vida, las reglas generales prohíben regresar las jugadas, pero al analizar un problema de ajedrez, se supone que uno incluso debe hacerlo: regresar las jugadas, una por una, todo el camino, hasta el comienzo. Lo cual es una sólida metáfora de lo que significa leer al revés, como si se retrocediera en el tiempo paso a paso”.

La afición desbordada por las mariposas, “¿es una manía? Nabokov dice que sí —afirma Michael Wood en un amplio ensayo sobre el tema—. Nabokov incluso la califica como enfermedad, obsesión y demonio. Escribe que su ‘deseo’ por una mariposa vista durante su infancia es ‘uno de los más intensos que jamás experimenté’”. La última estrofa de un poema escrito por Nabokov en 1943 valora sobremanera tan sólo el hallazgo de esa frágil verdad: los “oscuros cuadros, tronos, las piedras que los peregrinos besan o los poemas que en morir tardan mil años, tan sólo remedan la inmortalidad de esta roja etiqueta sobre una tenue mariposa”. Me pregunto cómo habrá sido esa mariposa que lo llevó a la clasificación metódica de cientos de ejemplares conocidos como blues por su color estructural, ya que si bien su cuerpo es de tonos crípticos (es decir, grises y ocres, que se confunden con el medio ambiente), sus alas tienen finas láminas iridiscentes que reflejan la luz. Quizá siguió algo parecido a un sueño del futuro.

 

Juan Manuel Gómez
Poeta y editor. Ha publicado Como un pez rojo y El libro de las ballenas, entre otros libros.