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Alejandro Schejtman. Economista, trabaja actualmente en la Comisión Económica para América Latina (CEPAL); autor de varios estudios sobre la economía campesina.

CRISIS AGRÍCOLA Y REVISIÓN DE LA CUESTIÓN AGRARIA

Hasta avanzada la década de los sesenta, la preocupación por los problemas estructurales del agro se reducía al problema del reparto o si se quiere, al debate sobre la relación deseable entre los componentes ejidal y privado de la ecuación nacional. No es de sorprender esta falta relativa de interés por profundizar en los problemas estructurales del agro si se considera que desde el fin de siglo, el comportamiento de la agricultura se ajustaba al ideal que el paradigma clásico le asignaba a la relación entre agricultura y desarrollo económico, o más específicamente, entre agricultura y crecimiento del complejo urbano industrial. (Véase el artículo de Johnston y Mellor, “El papel de la agricultura es el desarrollo económico”, El Trimestre Económico, XXI, abril-junio 1942).

El producto agropecuario creció en dicho lapso a una tasa superior al 4.5% promedio anual, con un incremento acumulativo en dicho lapso por persona empleada del orden del 2.8%. La demanda interna de alimentos e insumos fue satisfecha plenamente y a precios estables e incluso decrecientes (1950-1963) en relación a los precios industriales. Las importaciones agropecuarias en este lapso no sobrepasaron nunca el 5’70 de la oferta local total de estos productos, ubicándose en general en torno al 1% y 2%. La relación de precios ciudad-campo creció en un 33% en la década 1940-1950 y descendió en un 23% en el periodo siguiente (Centro de investigaciones Agrarias -CDIA-, Estructura agraria y desarrollo agrícola de México, F.C.E., 1974, 104, y L. Gómez Oliver, “Crisis agrícola y crisis de los campesinos”, Comercio Exterior, Vol. 28, junio de 1978, p. 723). Se generaron divisas de origen agropecuario a un ritmo creciente (aproximadamente 6.5% promedio anual) hasta llegar a representar más de la mitad del total de exportaciones de bienes. El sector rural aportó, con creces, la mano de obra que el crecimiento urbano industrial reclamaba, con salarios que crecieron apreciablemente menos que la productividad en el sector industrial. En efecto, la población rural pasó de cerca del 65% al 45% de la total en el lapso referido, y la productividad por hombre en la industria creció (a precios de 1960) en más de un 119%, mientras que el salario mínimo urbano lo hizo sólo en un 31%. Fueron generados excedentes transferibles a la acumulación industrial a través de los sistemas fiscales, bancario y de precios, equivalentes en algunos años al 15% del producto agrícola. Finalmente, el desarrollo de un sector de agricultura moderna y, en menor medida, la disminución de la autosuficiencia campesina, contribuyeron a la formación más o menos acelerada de un mercado interno para insumos y bienes finales manufacturados.

A partir de la segunda mitad de los sesenta, todos los elementos de este modelo empezaron a revertirse: concluyó la autosuficiencia alimentaria y las importaciones de maíz y frijol alcanzaron proporciones sin precedentes; el saldo neto en la balanza agropecuaria, que en el año 1965 financiaba la cuarta parte del total de importaciones, se convertía en una fuente marginal de recursos llegando incluso a ser negativo en algunos años. Los precios agrícolas crecieron a un ritmo mayor que los del conjunto de la economía, sobre todo en el período 1970-1977. El flujo de mano de obra continuo siendo significativo, pero lejos de constituir un “aporte” al desarrollo, se convertía crecientemente en una traba, al no existir condiciones para su absorción productiva en otros sectores y al aumentar en forma creciente los costos sociales de la emigración hacia las áreas urbanas.

La necesidad de profundizar en el análisis de la crisis agrícola y la de diseñar estrategias o políticas que permitieran abordar los problemas de pobreza rural que la crisis había agudizado, volvieron a poner de relieve y a colocar en el centro de la temática sectorial el análisis de los problemas estructurales, dejando atrás, por insatisfactorios, los intentos de explicación basados en relaciones simples de casualidad, donde la pérdida de dinamismo de la oferta quedaba “explicada” por la inversión los precios, la demanda interna, la demanda internacional, o cualquier combinación de estas variables. Así, desde finales de la década de los sesenta se asiste a una proliferación de estudios y de publicaciones sobre la cuestión agraria, cuyo enfoque y/o proposiciones de estrategia se inscriben en distintas corrientes teóricas e ideológicas, a cuya caracterización -necesariamente esquemática- están dedicadas las páginas que siguen.

Es preciso aclarar de entrada, que la agrupación que aquí se hace de las distintas corrientes de pensamiento, así como de las viertientes que componen cada una, están basadas fundamentalmente en el enfoque interpretativo y sólo secundariamente en las proposiciones de orden político o estratégico. Hacemos esta advertencia porque algunos autores que, desde el punto de vista del enfoque empleado llegan a caracterizaciones diferentes de la estructura agraria, coinciden, sin embargo, en sus planteamientos estratégicos centrales y viceversa. En segundo lugar, y para evitar confusiones con la terminología empleada en la clasificación, se habla aquí de corriente cuando los autores comparten, en sus análisis, categorías que pertenecen a un mismo campo teórico; de vertiente, cuando en el interior de una corriente se advierte el empleo de categorías analíticas complementarias de teorías distintas a la que define a la corriente, de tendencias o variantes cuando en el interior de una vertiente hay discrepancias en el contenido e implicaciones teórico-políticas de las categorías empleadas. En tercer lugar, y a modo de defensa anticipada, debe señalarse que estamos conscientes de los problemas de sobre simplificación en que se ha incurrido al caracterizar las distintas corrientes, vertientes y tendencias, pero todo intento de agrupación de escritos diversos dentro de determinadas categorías obliga a desestimar diferencias que, aunque nosotros consideremos secundarias, no son percibidas como tales por los autores involucrados.

Esquemáticamente pueden identificarse dos grandes corrientes en el análisis de la cuestión agraria que, con cierta liberalidad en los términos, podemos denominar la corriente estructuralista y la corriente histórico-estructural o del materialismo histórico. Para la corriente estructuralista, el análisis de la cuestión agraria gira en torno al binomio conceptos de tamaño y tenencia, mientras que para la segunda es el concepto “relaciones sociales de producción” el que constituye el eje analítico de las diversas vertientes que en ella se distinguen.

LA CORRIENTE ESTRUCTURALISTA O EL CONTINUISMO CRÍTICO

Tanto desde el punto de vista de su enfoque del problema agrario como desde el de las estrategias implícita o explícitas en sus diversas formulaciones (o vertientes), esta corriente puede ser considerada como el continuismo crítico de los planteamientos agrarios de Revolución Mexicana: continuista en el sentido de no cuestionar las premisas básicas del modelo general de reproducción de lo que se ha dado llamar el “Estado de la Revolución” (A. Córdoba, La Ideología de la Revolución Mexicana. Era, 1973); y crítica, en el sentido de que todas sus vertientes destacan, desde distintos puntos de vista, las suficiencias, inequidades e ineficiencias que caracterizan a la estructura agraria vigente.

Sería largo enumerar a la totalidad de autores y de trabajos adscribibles a esta corriente; la gran mayoría de aquellos ha estado ligada, de modo más o menos directo, al Centro de Investigaciones Agrarias (CDIA), al extremo de que si no buscáramos una denominación más descriptiva, podríamos haber hablado del “enfoque CDIA”. Varios de estos autores (S. Reyes Osorio, S. Ekstein, J. Ballesteros, I. Restrepo, S. Maturana, I. J. Sánchez, entre otros) han colaborado en el estudio sobre estructura agraria realizado por dicho centro a fines de los sesenta, que será considerado más adelante. También incluimos en esta corriente a M. Meza Andraca. M. A. Durán, E. Alanís Patiño, R. Fernández y Fernández y Edmundo Flores, casi todos ellos vinculados en algún momento al Centro de Investigaciones Agrarias.

El marco conceptual y, en cierta medida, los planteamientos de estrategia de esta corriente, están estrechamente vinculados a las formulaciones de la CEPAL de los años sesenta, ya sea el papel que se espera desempeñe la agricultura en el proceso de desarrollo, como por la percepción de la estructura agraria como una estructura heterogénea y dicotómica. Por lo que toca a la relación agricultura-desarrollo esta corriente considera como estructura agraria deseable, de modo implícito o explícito, aquella capaz de satisfacer las demandas de desarrollo urbano-industrial en términos de generación de bienes salarios a precios estables, generación neta de divisas, transferencia de excedentes invertibles y formación de mercado interno para bienes industriales.

Aunque el término “heterogeneidad estructural” no aparece empleado por estos autores, de hecho la estructura agraria es percibida por ellos, al igual que por la CEPAL, en términos de un sector tradicional y atrasado y de un sector moderno y/o dinámico a los que se incorpora o agrega, en el caso de México, la división entre el sector ejidal y el privado. El estudio sobre Estructura Agraria y Desarrollo Agrícola en México realizado a fines de los años sesenta por el CDIA contiene sin duda la formulación más desarrollada, en lo que a estructura agraria se refiere, y la de mayor contenido empírico y de mayor influencia entre las producidas por esta corriente.

Esta formulación constituyó una adecuación a las condiciones mexicanas de la metodología desarrollada por el Comité Interamericano del Desarrollo Agropecuario (formado por la CEPAL, la FAO, el BID, la OEA y el IICA) para sus estudios sobre la tenencia de la tierra y desarrollo socieconómico del sector agropecuario en varios países de América Latina. (Véase S. Barraclough y A. Domike, “La estructura agraria en siete países de América Latina”, Trimestre Económico, abril junio 1966). Este comité y el CDIA concebían la estructura agraria como una suerte de continuum donde las diferencias entre las diversas unidades eran fundamentalmente de tipo cuantitativo (por ejemplo, tamaño del área controlada o valor del producto o empleo generado). De este modo, a partir del valor de la producción alcanzada por las distintas unidades agropecuarias en el año 1960, el CDIA definió los siguientes estratos: infrasubsistencia (IF), subfamiliar (SF), familiar (FL), multifamiliar mediano (MM) y multifamiliar grande (MG). 

Aunque los niveles que permitieron al CDIA definir sus respectivas categorías eran más o menos arbitrarias, en teoría el valor de la producción se empleó como una aproximación empíca a una distinción más sustantiva: la que se da entre unidades que no logran absorber el potencial del trabajo familiar (IF, FF), aquellas que sí logran absorberlo (F), y aquellas que en distinto grado requieren de trabajo asalariado para explotar las tierras disponibles (MM, MG) (Véase CDIA, ob. cit., pp. 197-200).

Aunque el estudio del CDIA no sacara todas las implicaciones analísticas de la categorización empleada, la formulación anterior significó un avance en la percepción de la heterogeneidad estructural del agro. Recordemos que los análisis precedentes se basaban en estratificaciones censales directas, donde los cortes por tamaño eran absolutamente arbitrarios. El CDIA redujo el análisis de las diferencias entre estratos a comparaciones puramente cuantitativas sobre disponibilidad y uso de recursos y sobre algunas magnitudes alcanzadas por las relaciones insumo-insumo e insumo- producto, sin entrar a considerar las diferencias en las formas de organización social de la producción o en las relaciones sociales de producción que pudieran haber derivado, de un modo relativamente directo, de sus propios criterios de estratificación, como lo harían algunos autores de la corriente histórico-estructural.

Lo anterior se refleja de un modo claro en le análisis que hace le CDIA sobre las relaciones entre tamaño-tenencia y eficiencia productiva, relaciones abordadas en términos fundamentalmente neoclásico, pues suponen implícitamente que los distintos tipos de unidades productivas que la estratificación distingue, estarían guiados por objetivos idénticos y emplearían una misma “lógica de manejo” en la asignación de los recursos disponibles. Por “lógica de manejo” entendemos los términos en que se adoptan las principales decisiones sobre el uso de los recursos disponibles, es decir las decisiones del paro qué se produce, qué se produce, cómo se produce, y qué destino debe darse a la producción.

PRODUCTIVISTAS Y AGRARISTAS

Entre los autores de la corriente estructuralista no se advierten diferencias de enfoque que permitan reconocer distintas vertientes; sin embargo, si se consideran sus planteamientos sobre política agraria es posible reconocer por lo menos dos vertiente productivista por el énfasis en los aspectos de carácter técnico-productivo, y vertiente agrarista, por el énfasis puesto en los problemas agrarios (de reparto) y en los problemas agrarios (de reparto) y en los problemas de organización campesina. Esta especie de “debate interno” de los estructuralistas dicotómicas: la de propiedad ejidal-propiedad privada (o entre posibilidades de avance vs. agotamiento de reparto agrario) y las de explotación individual-explotación colectiva.

Contrastando las posiciones extremas de cada una de las vertientes indicadas, se nota que mientras los autores más conservadores de la vertiente productivista serían partidarios de fortalecer las formas de explotación familiar y de dar garantías a las tenencias privadas, los más radicales de la vertiente agrarista sostendrían la existencia de un cierto margen de tierra susceptible de ser repartida (el llamado neolatifundio agrícola y las concesiones ganaderas), y consideraría a las formas de explotación colectivas (en rigor cooperativas más que colectivas) como formas superiores a la individual, y por lo tanto dignas de ser extendidas a una parte importante del sector ejidal. Sin embargo, la mayoría de los autores de la corriente estructuralista estaría entre los dos extremos indicados. Por lo mismo, más allá de los contenidos retóricos de algunas formulaciones, las diferencias entre las vertientes indicadas serían más bien diferencias de grado. En relación al reparto Edmundo Flores (a quien adscribríamos en la primera corriente), afirma por ejemplo que ” según el código agrario existen 3.5 millones de campesinos con derecho para ser dotados de tierra, pero ya no hay tierra qué repartir… sin embargo, la vieja guardia agrarista, todavía con el entusiasmo de los buenos tiempos, y ciertos miembros de la izquierda pasmada, con una estoica falta de información, propone seguir repartiendo tierras a base de disminuir la extensión legal de la pequeña propiedad” (Vieja resolución, nuevos problemas. J. Mortiz, 1970, p. 78). El estudio del CDIA, por su parte, y en particular S. Reyes Osorio, a quien ubicaríamos claramente en la corriente agrarista, apunta que “si se llevara la reducción de la propiedad privada hasta 25 hectáreas de riego o sus equivalentes… sólo se alcanzaría a un total estimado de 330 000 beneficiarios, es decir, aproximadamente el 7% de la población activa sin tierras” (op. cit. p. 73).

Respecto a las opciones de organización ejidal, las diferencias, aunque de mayor significación, siguen siendo de grado, pues ningún autor de esta corriente plantea la colectivización del total de los ejidos o la parcelación de los ya colectivizados. Así, por citar algunas opiniones encontradas, tendríamos en un extremo la de Ramón Fernández y Fernández: “en el contraste de propiedad individual con propiedad comunal, tenemos que insertar como básica de la estructura agraria ideal a la propiedad individual y dejar un lugar para ensayos sociales a la propiedad comunal, para que en ellas se tenga la explotación colectiva” (Temas agrarios, FCE, 1974. p. 14). Por otra parte, Edmundo Flores, con cierto pragmatismo, señala que “la pobreza del campesino en la etapa actual del desarrollo mexicano no puede remediarse manipulando la organización individual o colectiva que los partidarios de las ideologías corrientes discuten con tanta pasión y con tan poca dialéctica. Que la empresa agrícola en un país sea de propiedad individual o colectiva depende de preferencias tradicionales e ideológicas y de limitaciones ecológicas y técnicas, y no determina la prosperidad o el fracaso del sector” (op. cit. p. 78-79).

Por contraste, Reyes Osorio, al describir la política de organización campesina del echeverrismo, diría: “se ha planteado dentro de este esquema general de organización el problema de la colectivización ejidal, que no es en el fondo más que la tarea de reintegrarle al ejido el sentido de unidad económica, social y productiva, que debe tener” (en (Iván restrepo-ed.-, Los problemas de la organización campesina. Edit. Campesina, 1975, p. 36). Si tuviéramos que hacer una síntesis de los principales aportes de la corriente descrita al análisis de la cuestión agraria, tendríamos que mencionar cuando menos los siguientes: 1) haber contribuído a dar expresión cuantitativa a una óptica de la estructura de tenencia de la tierra más desagregada que la disponible hasta entonces, y que serviría de base a todos los estudios posteriores; 2) haber ofrecido, en sus definiciones sobre las distintas categorías, una primera aproximación a una tipología de productores rurales en la que el uso o no de la mano de obra extrafamiliar constituye un elemento de diferenciación sustantiva; 3) haber desmitificado la supuesta ineficiencia de las explotaciones de tipo campesino mostrando que en igualdad de circunstancias no puede afirmarse nada muy concluyente sobre posibles diferencias en la eficiencia del uso de factores entre las formas de propiedad privada y ejidal. (Véase S. Eckstein, El ejido colectivo de México, FCE, 1966. I. Restrepo Los problemas de la organización campesina, Cap. VIII; CDIA, ob. cit., 217

LA CORRIENTE HISTÓRICA-ESTRUCTURAL O DEL MATERIALISMO HISTÓRICO

Más allá de las diferencias, a veces significativas, que pueden advertirse en la forma que tratan la cuestión agraria los distintos autores que hemos incluido en esta corriente, se comprueban en ellos semejanzas en aspectos sustantivos del marco conceptual y del enfoque empleado, que permiten considerarlos como una sola corriente de pensamiento. Antes de entrar a analizar autores y formulaciones específicas, creemos conveniente explicitar los rasgos comunes que sirven de fundamento a su inclusión en una misma corriente de pensamiento. En primer lugar, está la presencia significativa (en algunos casos exclusiva) de categorías conceptuales que se derivan del materialismo histórico. En segundo lugar, tanto en los escritos que inician esta corriente como en otros de fecha más reciente, las críticas a las diversas interpretaciones dualistas reconocen que son “el resultado de un único proceso histórico” y que “las relaciones que conservan entre sí las regiones y los grupos arcaicos o feudales y los modernos o capitalistas, representan el funcionamiento de una sola sociedad global de la que ambos polos son parte integrante”. (Véase R. Stavenhagen, “Siete tesis equivocadas sobre América Latina”, Sociología y subdesarrollo, Editorial Nuestro Tiempo, 1971, p. 17). En tercer lugar, todos los autores de esta corriente adoptan de modo implícito o explícito, parcial o total, las tesis de la teoría de la dependencia, al considerar que el proceso de generación de las estructuras agrarias nacionales es parte de un proceso histórico que caracteriza a la inserción subordinada de las economías periféricas en la división internacional del trabajo. Finalmente, y en relación al tema central de este artículo, los autores de la corriente histórico-estructural analizan la heterogeneidad agraria a partir de las relaciones sociales de producción, o si se quiere, de las formas de organización social de la producción y de la lógica del manejo de recursos que caracteriza a las diversas unidades que componen el conjunto. En este sentido tanto el tamaño de las unidades como las formas de técnicas son sólo uno de los elementos que inciden en la caracterización de la estructura agraria y no los únicos, o preponderantes, como en la corriente estructuralista.

LAS PRIMERAS FORMULACIONES

Los escritos de R. Stavenhagen deben, con justicia, considerarse como precursores de la corriente materialista, pues constituyen, en sentido estricto, un verdadero puente entre la vertiente agrarista del estructuralismo y la corriente que analizamos. A mediados de los sesenta Stavenhagen publica una de las primeras críticas latinoamericanas a las tesis dualistas, “Siete tesis equivocadas sobre América Latina” y, posteriormente, en un esfuerzo colateral a su contribución al estudio sobre la estructura agraria promovido por el CDIA, hace uno de los primeros intentos por examinar la estructura agraria mexicana como estructura de clases, introduciendo el análisis de las relaciones sociales de producción en las categorías de estratificación propuestas por el CDIA. (Véase su ensayo “Aspectos sociales de la estructura agraria en México”, en Neolatifundismo y explotación. Ed. Nuestro Tiempo, 1968). En ese trabajo, Stavenhagen distingue las siguientes componentes (clases sociales) en la estructura agraria:

1) El minifundio ejidal y el privado constituyen para el autor una misma categoría: “la rigurosa distinción entre el sector ejidal y el sector privado que hacen algunos autores, resulta significativo solamente a nivel de la estructura formal de tenencia de la tierra. De hecho, la gran mayoría de los ejidatarios son minifundistas funcionales y apenas se diferencian de los propietarios minifundistas del sector privado” (op. cit. p. 51).

2) Las unidades familiares son consideradas como algo más que minifundios, sin llegar a ser explotaciones prósperas y productivas en alto grado: “Suponemos que se trata de explotaciones familiares de tamaño suficiente para proporcionar ocupación plena a por lo menos dos personas activas” (op. cit. p. 48).

3) Por último, Stavenhagen separa a los propietarios medianos de los grandes propietarios arbitrariamente, en función del tamaño de sus predios: de 25 a 200 hectáreas los primeros, y de más de 200 hectáreas, los segundos (ibid).

Si se excluye a las clases o estratos si tierra (burguesía comercial rural y proletariado rural), la estructura social del agro, según el autor, estaría constituída por una clase campesino-minifundista (ejidal y privada); por una de productores familiares y por una de terratenientes medianos y grandes, llamados por primera vez neolatifundistas, que estarían “estrechamente ligados (confudidos a veces) con la burguesía rural las ciudades regionales y aún con ciertos sectores de la gran burguesía a nivel nacional” (op. cit. p. 55).

Además de introducir, desde una perspectiva histórico-estructural, el análisis de las clases sociales- análisis que en los años setenta constituiría la preocupación principal de una de las vertientes de la corriente materialista-, en los escritos de Stavenhagen encontramos insinuada la noción de un sector capitalista y de un sector campesino cuando se destaca el carácter subfamiliar y familiar de algunas unidades productivas frente al carácter de “empresarios agrícolas en el verdadero sentido de la palabra”, de otras. Tocaría, sin embargo, a la segunda vertiente de la corriente materialista dar mayor contenido analítico a la contraposición entre agricultura capitalista y agricultura campesina.

MARXISTAS, CAMPESINISTAS Y TERCERISTAS

En la primera mitad de los años setenta, recogiendo las categorías de Stavenhagen, profundizando sus análisis o desarrollando categorías alternativas surgen los estudios “fundacionales” de lo que a nuestro juicio constituyen las dos vertientes originales de la corriente histórico-estructural que, atendiendo el enfoque teórico, podemos dividir en una vertiente marxista propiamente tal; la que se inicia con Capitalismo y reforma agraria en México (Era, 1974) de M. Gutelman y sobre todo con la obra de Roger Bartra: Estructura agraria y clases sociales en México (Era, 1974), y en una vertiente campesinista cuyas primeras formulaciones preceden a las de Bartra y se encuentran en Los campesinos, hijos predilectos del régimen (Ed. Nuestro Tiempo, 1972) de Arturo Warman, desarrolladas posteriormente con mayor rigor teórico en… Y venimos a contradecir del mismo autor (Ed. La Casa Chata, 1976). A fines de los setentas emerge también con relativa claridad una tercera vertiente que, a falta de un nombre más descriptivo denominaremos ecléctica o tercerista, pues incorpora elementos de las diversas vertientes y tendencias de la corriente materialista y tiene además puntos de convergencia con la vertiente agrarista del estructuralismo.

A) LA VERTIENTE MARXISTA

Incluímos en esta clasificación a aquellos autores que derivan sus categorías conceptuales de un modo directo y exclusivo de los escritos de Marx en lo que se refiere al análisis de la estructura agraria, y de los escritos de autores clásicos marxistas en sus análisis sobre las formas de penetración del capitalismo en la agricultura (especialmente de Lenin, El desarrollo del capitalismo en Rusia, y de K. Kautsky, La cuestión agraria, Ediciones de Cultura Popular, 1977).

En su ensayo sobre la reforma agraria en México, M. Gutelman recoge la clasificación de Stavenhagen para integrarla a un análisis sobre la acumulación, que, no obstante criticado desde el punto de vista teórico y empírico por otros autores de esta misma vertiente, ofrece uno de los primeros intentos por caracterizar la dinámica del desarrollo de la agricultura mexicana en términos de “penetración del capitalismo en el agro” con un enfoque que sería común a otros autores de esta vertiente.

Gutelman describe la heterogeneidad estructural en los siguientes términos: “La agricultura mexicana” está lejos de ser enteramente capitalista, ya que en ella la producción no se basa de modo esencial en la división entre capitalistas y proletarios, sino que todavía se sustenta bastante en las formas de la pequeña economía mercantil en que el pequeño productor es el propietario de sus medios de producción. La inmensa mayoría del campesinado, privado o ejidal, se halla en este caso. Cada quien labra su tierra con sus propios instrumentos sin recurrir al trabajo asalariado” (op. cit. p. 206). A nuestro entender, ésta es la primera vez que el sector no empresarial aparece caracterizado en estos términos. Por desgracia, Gutelman no desarrolla mayormente esta conceptualización a pesar de que no son necesariamente obvias las razones que lo llevan a calificar como “pequeña economía mercantil” al sector campesino. (Para una crítica al uso de este concepto en la caracterización del campesinado véase J. Tepicht, Marxisme et agriculture: le paysan polonais, A. Colín, París, 1973, pp. 13 a 46; A. Schejtman, “Economía campesina: lógica interna articulación y persistencia” en Revista de la CEPAL núm. 11, agosto de 1980, p. 123, donde se da una lista de autores que sostienen o critican la tesis del “modo de producción mercantil simple”, y A. Bartra, La explotación del campesino por el capital, Editorial Macehual, 1979, p. 24-51.)

De mayor rigor metodológico y de mayor influencia en el debate agrario que se desarrolla en la vertiente marxista, desde la segunda mitad de la década pasada, es el ensayo ya mencionado de Roger Bartra, Estructura agraria y clases sociales en México. En este estudio Bartra hace un intento para analizar la estructura agraria como estructura de clases, sirviéndose de los antecedentes publicados en el libro del CIDA pero, a diferencia de Stavenhagen, presenta una nueva interpretación de la información en términos de categorías extraídas de la teoría del valor. Para este propósito define, a priori, 21 tipos de unidades productivas que surgen de la combinación de tres elementos: tipo de tenencia (que puede ser sociedad ejidal, ejido parcelado, propiedad privada y arrendamiento); valor de la producción (en que emplea los cinco estratos del CIDA) y tipos de tierra (distinguiendo entre las de riego y las de temporal).

Definidos los tipos de unidades el autor establece, también en forma apriorística, una serie de funciones objetivo (expresadas como seis diferentes conceptos de ganancia) que serían asimilables a los distintos tipos de unidades. El procedimiento descrito lleva a distinguir tres sectores fundamentales en la estructura agraria: el capitalista desarrollado, el mercantil simple y el de campesinos pauperizados o semiproletarios. (Para una crítica de estas categorías, así como del análisis realizado en base a ellas, puede verse el trabajo ya citado de Gómez Oliver pp. 127-151).

El primer sector -que coincide con el estrato multifamiliar grande del CDIA- se caracterizaría fundamentalmente por el predominio o, mejor, la existencia exclusiva de relaciones de tipo salarial en la producción; el segundo sector, según Barra, sería el “típicamente campesino” y tendría, entre otras características, una producción basada en el uso del trabajo familiar, de carácter predominantemente mercantil y dirigida a obtener un ingreso en que el salario (autoatribuído) y la ganancia se confunden en una sola categoría de ingreso familiar (op. cit. pp. 72 y 7475). Dentro del grupo de los “campesinos típicos” Bartra distingue un estrato de campesinos medios y uno de campesinos acomodados, el primero con tendencia inexorable a la “proletarización” y el segundo al “aburguesamiento”, entendiendo esta última como transformación en empresarios propiamente. El tercer sector -el de campesinos pauperizados- se caracterizaría: a) porque el grueso de su producción sería de autoconsumo; b) por la presencia sistemática de pérdidas monetarias netas en el proceso productivo (que definen “una situación esencialmente antieconómica”), y c) por el carácter secundario de la agricultura como fuente de ingresos en relación a otras actividades. (op. cit. p. 91). Aquí Bartra distingue también dos estratos: el de “campesinos pauperizados propiamente tales” y el del “semiproletariado”, que sería el segmento de este sector en el que el grueso de los ingresos provendría de la venta de fuerza de trabajo, mientras que para el primer estrato la mayor parte de los suyos provendría de otras fuentes distintas tanto de la producción parcelaria como de la venta de fuerza de trabajo.

En Bartra hay también un plantemiento crítico de las tesis dualista, expresado en torno a la “articulación modos de producción”. En efecto, los fenómenos interpretados por Stavenhagen como “neocolonialismo interno” aparecen formulados por Bartra en los términos de “articulación entre un modo de producción capitalista que es dominante y un modo mercantil simple subordinado, generados ambos en mismo proceso de desarrollo histórico del capitalismo dependiente”. 

A fines de los setenta y a partir de diferencias de apreciación sobre los alcances y el significado del proceso descomposición campesina, así como sobre la vocación histórica de esta clase, surgen dentro de la vertiente marxista dos tendencias interpretativas con perfiles bastante definidos y que, usando la denominación acuñada por Feder (“Campesinistas y descampesinistas”, Comercio Exterior, Vol. 27′ dic. 1977 y Vol. 28, enero 1978), aunque con un contenido distinto al que este autor le da, podemos llamar la tendencia proletarista (o, con menos optimismo, descampesinista), y la tendencia campesinista (o, perdonando la expresión, marxo-campesinista, para no confundirla con la vertiente campesinista a la que nos referiremos más adelante).

Además del propio Roger Bartra, se encontrarían dentro de la primera tendencia Luisa Paré (El proletariado agrícola en México, Siglo XXI, 1977), M. Coello (“Caracterización de la pequeña producción mercantil campesina”, Historia y Sociedad, núm 8, 1975), y menos ortodoxamente H. Díaz Polanco (Teoría marxista de la economía campesina), mientras que en la tendencia campesinista podrían incluirse los trabajos ya citados de Armando Bartra, L. Gómez Olivier y Gustavo Gordillo, entre otros.

En su ensayo “La explotación del campesino por el capital”, que es tal vez el análisis teórico más acabado de la tendencia campesinista dentro de la vertiente marxista, Armando Bartra rastrea las discrepancias entre proletaristas y campesinistas y las describe de este modo: “(los proletaristas)… consideran que el proceso de descampesinización y proletarización del campo mexicano se ha desarrollado a tal extremo que la única tendencia objetivamente viable de los trabajadores rurales es la lucha proletaria. En esta perspectiva, el actual movimiento de carácter campesino se califica de antihistórico y, en última instancia, conservador, y en algunos casos se explica por un desfase entre las condiciones objetivas y las subjetivas”.

Esta tendencia, sin embargo, admite el potencial revolucionario de los trabajadores rurales en la medida en que estos comiencen a asumir su verdadera naturaleza y adopten reivindicaciones y formas de organización y lucha de carácter proletario. “(Los campesinistas)… consideran que el desarrollo del capitalismo en el campo mexicano explota y arruina parcialmente la economía campesina, pero no puede sustituirla radicalmente por una agricultura empresarial y una proletarización integral y masiva de los trabajadores, de modo que no sólo se reproduce una parte sustancial de la economía doméstica sino que la mayoría de los explotados rurales -con o sin tierra- se ven objetivamente forzados a desarrollar una lucha cuyo centro es la defensa y reconquista de su condición campesina. Visto así el movimiento rural actual, cuya tendencia principal es de carácter campesino, tiene una base estructural que el capitalismo mexicano difícilmente puede modificar y es, por tanto, un movimiento históricamente válido y objetivamente anticapitalista. Esta posición no niega la descampesinización económica de un importante segmento de la población rural, y reconoce también la presencia de un sector asalariado que comienza a desarrollar luchas de corte proletario; pero considera que esta tendencia no es hoy, ni será en un futuro inmediato, la principal, y que además no es excluyente de las tendencias campesinas mayoritarias que el propio sector asalariado comparte en mayor o menor medida”. (op. cit. p. 13).

LOS CAMPESINISTAS

Desde el punto de vista metodólógico esta vertiente de la corriente histórico-estructural se caracterizaría por integrar algunas categorías del marxismo (en particular el concepto del modo de producción), con otras derivadas tanto de los escritos de Chayanov como de la corriente antropológica que, con acierto, Marvin Harris ha denominado “materialismo cultural-ecologista”, y que está representada por los estudios de J. Steward, Eric Wolf y S. Mintz.

A principios de la década pasada, Arturo Warman publicó uno de los primeros estudios en que encontramos una caracterización explícita del campesinado como un sector específico, con diferencias cualitativas respecto al que participa en la agricultura capitalista en lo que a “lógica de manejo” se refiere. En Los campesinos, hijos predilectos del régimen, Warman afirmó que “…para (el campesino) no tiene sentido la obtención de una utilidad como objetivo de su actividad productora. Con ella persigue fundamentalmente su subsistencia y el camino más razonable para hacerlo es sustraerse de las normas de la empresa: no vender sino consumir directamente, y no tener inversiones, costos de producción en dinero, sino sustituirlas por trabajo, único recurso sobrado en la sociedad campesina” (p. 121). Por contraste, “…la relación de la empresa (capitalista) con la tierra, tiene un signo distinto a la que caracteriza al campesino. El empresario no pretende la subsistencia, el equilibrio, sino el crecimiento, la reproducción de sus inversiones” (p. 118).

Tanto en los párrafos citados como en el conjunto de referencias a la economía campesina, se advierte en Warman una clara vinculación con los escritos de A.V. Chayanov (La organización de la unidad económica campesina, Ed. Nueva Visión, 1974), que ejercerían gran influencia en los estudios agrarios latinoamericanos de la década de los setenta, y que Warman recoge tanto de los propios escritos de Chayanov como de los términos en que E. Wolf los incorpora a su obra teórica sobre el campesinado. (Los campesinos, Ed. Labor, 1971).

En su crítica a las tesis dualistas, anota Warman: “Los sistemas empresarial y campesino son complementarios. Entre ellos se establece una relación simbiótica, de mutua dependencia, aunque ésta sea de carácter injusto y asimétrico. Empresa y campesino son parte de otro sistema mayor, en nuestro caso, el de subdesarrollo capitalista y dependiente… El Campesino y la empresa son sistemas de producción diferentes. Cada uno de ellos tiene sus propias bases y límites de los cuales se torna inoperante. Contrariamente a lo que se opina con certeza absoluta, estos sistemas no son formas sucesivas y obligadas de evolución, una más primitiva y la otra más avanzada, sino que son, en el tercer mundo, desarrollos contemporáneos y complementarios que se ajustan y modifican mutuamente”. (op. cit. p. 120). Por otra parte, el concepto de neolatifundio por otros autores en la literatura agraria para referirse a la gran propiedad territorial que subsiste o se genera después de la etapa de consolidación de la reforma agraria, es ampliado por Warman para incluir las diversas modalidades de control del proceso productivo de vastas extensiones, incluído el que se formaría a partir del crédito de la banca estatal (op. cit. pp. 45-67).

Frente a la tesis de descomposición proletarización de -redundando- los “proletaristas”, esta vertiente enfatiza la persistencia de los campesinos en el desarrollo capitalista de la agricultura de los países periféricos; contradice también los planteamientos sobre lo deseable de una modernización que desintegra la economía campesina y la comunidad rural, y que ve al campesinado como una fuerza anticapitalista, con potencial revolucionario y en contradicción antagónica con el “Estado de la Revolución”.

Como puede apreciarse en cuanto a la caracterización de la persistencia campesina y del potencial revolucionario de esta clase, hay más coincidencias entre la vertiente campesinista recién descrita y la tendencia de igual denominación de la vertiente marxista (las marxo-campesinistas), que entre tal tendencia y los “proletaristas” de su misma vertiente, a pesar de compartir, por así decirlo, una misma ortodoxia metodológicas. Más allá de las diferencias indicadas, las dos vertientes descritas coinciden en considera que la superación de la contradicción Estado campesinos no puede ser resuelta en el marco del actual Estado, sino por la vía de su transformación radical.

Por contraste con la tesis anterior, otros autores de la corriente histórico-estructural o materialista, apoyándose en una percepción teórica distinta del campesinado como clase del caracter del estado mexicano contemporánea, no solo discrepan de la existencia de una contradicción antagónica Estado campesinos, sino que, por el contrario, sostienen la viabilidad de superar, o más precisamente, de morigerar significativamente el grado de explotación a que está sometido el campesinado, a partir de una suerte de alianza entre los campesinos y el estado.

LA VERTIENTE ECLÉCTICA O TERCERISTA

Así podría denominarse, a falta de un término más preciso, a esta vertiente, haciendo abstracción de la concepción del Estado que estaría detrás de las tesis que la animan, porque eso esca a los propósitos de este artículo y remitiéndonos a las tesis agrarias que le sirven de fundamento, encontramos en los escritos de Gustavo Esteva la formulación más coherente de tales tesis. En “La economía campesina actual como opción de desarrollo” publicado en 1979 (Investigación Económica. No. 147, enero-marzo de 1979), Esteva resume las tesis que ha ido desarrollando sobre el campesinado a los largo de una serie de artículos publicados entre 1977 y 1978. En este ensayo destaca la presencia de ciertas tendencias en el desarrollo de la periferia que conducen a una particular caracterización del campesinado contemporáneo; entre ellas:

1) El alcance limitado y la lentitud del proceso de proletarización como consecuencia de la debilitad de “las fuerzas locales impulsores de la expansión capitalista” y de la fortaleza del campesinado en su capacidad de resistencia y sobrevivencia;

2) El paso del control de la tierra al control “desde afuera” del proceso de producción primaria en la expansión capitalista del agro, que se traduce en un reemplazo de la “proletarización clásica” por un esfuerzo orientado a “subsumir” a los productores a la lógica del capital. Esteva utiliza los neologismos “subsumir” y “subsunción” para abarcar los conceptos de subordinación e inclusión que caracterizan a las relaciones capitalista de producción, cuando el trabajo queda “subordinado al capital sujeto a su orden, mando o dominio, e incluido en su lógica”.

Como consecuencia de estos procesos se estaría gestando lo que el autor llama “la economía campesina moderna”, en la que el campesinado constituirá una “clase proletaria específica” en formación. No cabe, por lo tanto, ni la conceptualización de la economía campesina como un modo sui generius o como modo mercantil simple, ni la de inserción en el conjunto de la economía y de la sociedad como resultado de una articulación subordinada entre distintos modos de producción que presentan las dos vertientes de la corriente analizada. “Esta última (es decir, la hipótesis de la articulación de modos de producción) refleja, acaso, la impotencia de la teoría empleada ante las modalidades actuales de operación capitalista, y no contribuye a la comprensión de la situación prevaleciente”.

A partir de la caracterización del campesinado como “clase proletaria específica”, deberían “establecerse mecanismos y formas de organización que reconocieran las semejanzas y diferencias de tales esfuerzos entre los obreros industriales y los campesinos. Junto al sindicato y a la contratación colectiva obrero-patrón (que se vincula a la negociación sobre el precio y condiciones de la fuerza de trabajo), podría darse impulso a la organización campesina y a la contratación colectiva mercantil (que se asocia a negociaciones en torno a los resultados de un proceso productivo que se realiza con una combinación de tierra, medios de producción y fuerza de trabajo de los campesinos, de un lado, y capital, del otro” (op. cit. p. 245).

Aunque en este artículo de Esteva no se especifica cual es el papel que se espera cumpla el Estado en el desarrollo de estas nuevas formas de organización y de relación con el capital, en otros artículos el autor explicita la necesidad de su resplado activo. Otros autores que incluiríamos en esta vertiente serían O. González, (“Economía política de la estructura agraria mexicana”, Comercio Exterior, Vol. 27, diciembre de 1977, pp. 1447 a 1457) y J. Boltvinik (“Estrategia de desarrollo rural, economía campesina e innovación tecnológica en México”, Comercio Exterior, Vol. 26, julio 1976, pp. 814-826). Para una crítica a las tesis de esta vertiente y en particular de G. Esteva, véase A. Bartra (ob. cit., pp. 15-23). Al último después de más de 15 años de desarrollo, el debate moderno sobre la cuestión agraria en México sigue tan intenso como la propia crisis que los autores consignados aquí se han propuesto interpretar.