Piper Chapman (Taylor Schilling): Prométeme que no estás viendo Mad Men sin mí;
que cuando salga de aquí haremos binge-watch con ella, juntos, en la cama…
Orange is the New Black
(episodio 2, temporada 1, Tit Punch, 2013)

Las entrañas de Luke Cage no resultaron tan irrompibles como su piel y ahora es necesario remojarlo en ácido para reblandecer su epidermis y extraer la bala… Una chica que no es nadie decidió que siempre sí lo es y que en su Lista de Venganzas Pendientes aún le falta palomear a varios bastardos… Mientras remueve información comprometedora de una laptop, Walter White tal vez —sólo tal vez— piensa si no habría sido mejor emigrar a México y capturar sus datos académicos en el Currriculum Vitae Único de Conacyt… ¿Se convertirá en carnitas el miembro más poderoso de Los Defensores? ¿Tendrá Aria Stark más cabeza que su padre para saber cómo conservar la suya propia por lo menos hasta que pase el invierno? Y, en la más especulativa de estas teorías seriales, ¿Encontrará White la redención al regresar al ambiente académico luego de una temporada en el infierno como capturista de datos?

Ilustración: Oldemar González

Hasta hace poco menos de seis años estábamos obligados a esperar de unos días a una semana entera para averiguar qué pasaría con los personajes cuyas vidas apantallantes seguíamos, encadenados a un horario que, en el mejor de los casos, sólo podíamos aplazar si poseíamos una videocasetera o, más adelante, un reproductor digital. Éramos esclavos de las televisoras, quienes con completa prepotencia y sin temor alguno a represalias (¿cómo protestar? ¿Dejando de ver la serie? ¿Con cartas —no e-mails, sino cartas de auténticos tinta y papel?), decidían a qué hora nos querían en frente de la pantalla, atentos a qué pasó entonces con J.R. o Catalina Creel.

Ni siquiera estábamos familiarizados con el concepto de temporadas de una serie, pues nos hallábamos a merced del número de capítulos que los responsables en Televisa o Imevisión (RIP), a nivel nacional, decidieran comprar; su poder era absoluto y abusaban de él recetándonos durante años (no exagero, en verdad eran AÑOS) los mismos episodios de las únicas dos o tres temporadas de una serie que repetirían ad nauseam y transmitiendo una única vez —o, peor aún, ninguna— el capítulo final que nos revelaría si Higgins era el verdadero dueño del Ferrari que manejaba Magnum o si Albert había sido todo el tiempo El Príncipe de la Colina (queridos programadores televisivos de entonces: si están leyendo, ojalá sean condenados a ver cada lunes, por toda la eternidad, la muerte de Corazón Valiente, el changuito del melodrama más triste jamás conocido, sin importar que se trate de una animación).

No es televisión, o no sólo es televisión: Es streaming

Así de tragicómica era la vida de un televidente del siglo pasado. Pero el día que marcó la primera transformación definitiva de un couch potato, pasivo casi por completo —su actividad reducida a la presión de sus dedos sobre los botones del control remoto durante el usual zapeo frente a la tele—, a un maratonista televisivo activo, con el poder de elegir cuándo y cuántos episodios ver de su serie predilecta, fue el 1 de febrero de 2013. Ese viernes se estrenaron todos los capítulos de la primera temporada de House of Cards en Netflix, y desde entonces millones nos hemos vuelto adictos —si bien, como veremos, habría que ser cuidadosos al emplear este adjetivo— a lo que se conoce como binge-watching: ver en abundancia y hasta en exceso varios capítulos y hasta temporadas enteras de una serie televisiva.

A diferencia de la ahora famosa etiqueta que identifica a una serie como “original de Netflix, ni ésta ni ningún otro servicio de streaming (reproducción por internet de audio y video mientras se descargan los archivos correspondientes) inventaron el binge-watching (que, al igual que selfie y otros términos productos de esta era digital, no tiene un equivalente exacto en español), como bien saben todos los que rentaron en Blockbuster o algún otro videoclub (RIP, de nuevo) decenas de videos de Friends u otros programas para participar en un maratón de series y verlas de un sentón (¿o un acostón?) durante un día o un fin de semana entero, con la amenaza de tener que pagar más por las multas que por la renta si sobrestimábamos nuestra velocidad de temporadas por día. Pero antes de House of Cards sólo podíamos hacer binge-watch gracias a los VHS, CD y DVD o a los archivos descargados en nuestras computadoras (¿a alguien le suenan las palabras torrent y Pirate Bay?), de episodios o series ya transmitidos por alguna cadena televisiva.

Gracias a Netflix (y a los servicios de streaming que han aparecido desde entonces, como Hulu y Amazon) todos los capítulos de una temporada están a nuestra disposición desde el primer día en que se estrena ésta, para verlos, completamente libres de comerciales, cuando y donde queramos (más o menos)… con el consiguiente riesgo de que, si nuestra voluntad no es suficiente para apagar el televisor, la computadora o la tableta (en algunos casos, hasta el smartphone) en esos segundos de transición entre el término de un episodio y el principio del siguiente permanezcamos en vela muchas horas más que el mínimo recomendable para no recurrir a la sobredosis de café que nos evite dormirnos en la clase de matemáticas o en la reunión de trabajo.

Todo practicante de binge-watching —amateur o maratonista recurrente— puede dar varios pasos que vayan más allá de enlistar sin mayor esfuerzo las ventajas operacionales de haberse emancipado del sistema de transmisión televisivo con el que crecimos los no-millennials, y es probable que no tarde en señalar que, por ejemplo, la posibilidad de contar con todos los capítulos de, digamos, la primera temporada de Una serie de eventos desafortunados permite a sus creadores presentar la trama y los personajes basados en los libros de Lemony Snicket (pseudónimo de Daniel Handler) de una manera mucho más compleja que una sola película, dado que su audiencia puede sumergirse en la serie y concentrarse por completo en ver todos los detalles e información presentes en cada episodio, adelantándose y, si es necesario, retrocediendo al ritmo que desee, cuantas veces desee, en contraste con la manera prenetflixiana, en la que los guionistas de una serie se veían forzados a simplificar una historia para que pudiese contarse en menos de una hora (o, peor, de media hora), con raros capítulos especiales de menos de dos horas que nos frustraban al anunciar que “Esta historia continuará la próxima semana”; en el caso de las telenovelas, los capítulos no pocas veces iniciaban con un resumen de lo que hasta entonces se había visto para así refrescar nuestra memoria mientras terminábamos de apoltronarnos en la sala luego de un día de trabajo o escuela.

Teleadictos seriales de temporadas: La patologización de un pasatiempo

Pero antes de apresurarnos a concluir que Netflix y el streaming son lo mejor que nos pudo ocurrir como televidentes, posiblemente la primera gran llamada de alerta reproducida por agencias de noticias e, inclusive, por algunos artículos científicos, la constituyeron los resultados de una encuesta de 2014 de la firma Miner & Co. Studio, dedicada a investigaciones etnográficas relacionadas especialmente con audiencias televisivas. Con el título de Can’t Stop, Won’t Stop: Binge-Viewing is our New Favorite Addiction (No podemos parar, no nos vamos a parar: Bing-viewing is nuestra nueva adicción favorita) y, con base en una muestra nacional de 800 televidentes estadunidenses con edades de 18 a 54 años, los resultados de este estudio señalan que 90% de nuestros vecinos del otro lado del muro trumpiano en proyecto han sucumbido al menos una vez al mes al binge-watching, definido éste por los encuestadores como el consumo de tres o más episodios de una serie en una sola sesión (dicho en forma más coloquial y, quizás, más precisa: de una sola sentada), y siete de cada 10 se consideraron a sí mismos practicantes cotidianos del binge-watching. Un 70% de estadunidenses estuvieron de acuerdo, además, con que esta práctica es adictiva.

La parte preocupante de la encuesta es que los binge-watchers frecuentes reportaron lo que los responsables del estudio etiquetaron como “higiene cuestionable”: el doble de probabilidad de haberse saltado una ducha o un baño que quienes son binge-watchers infrecuentes. El descuido no sólo tenía que ver con el aseo personal, pues estos binge-watchers frecuentes casi triplicaban la probabilidad de pedir comida a domicilio en lugar de cocinar para su familia o, de plano, saltarse una comida completa; además, 27% de los encuestados dijo que, al hacer binge-watching, se sentían aletargados o flojos, 43% veía más televisión debido a esta práctica y a 25% le disgustaba porque, una vez que terminaban de ver por entero la vida de los habitantes de Downton Abbey o de la serie de su preferencia, ya no tenían nada que ver (¿y el Gran Hotel? ¿Y las decenas de series restantes?). En vista de todo esto, los medios de comunicación tardaron menos de lo que tarda Netflix en iniciar el siguiente capítulo apenas termina el actual para anunciar que estábamos ante una nueva adicción que, seguramente, sería incluida en el Índice de Comportamientos Adictivos, próxima a los desórdenes de alcohólicos y comedores compulsivos (binge-drinking y binge-eating, tomar grandes cantidades de alcohol o consumir enormes cantidades de comida en una sola sesión).

Había que apresurarnos a abrir clínicas de Teleadictos Compulsivos Anónimos para “curar” a los binge-watchers de la depresión, el aislamiento y la culpa asociados a este desorden. Pero antes quizás podríamos echar un vistazo a lo que los estudios científicos han revelado sobre el tema, en especial si consideramos que, metodología estadística aparte, la encuesta de la empresa Miner & Co. Studio indica únicamente la percepción de los encuestados acerca de cómo practican el binge-watching, pero esto no necesariamente significa que en verdad lo hagan así y, a partir de sus datos, no hay manera de saber si en realidad dejaron de bañarse por ver si Daredevil logra encarcelar al Kingpin ni, si es así, cuánto dejan de hacerlo (¿un día?, ¿varios?, ¿una semana?).

De entrada, la definición de binge-watching es problemática a la hora de investigarlo ya que, aunque la manera más común de determinar si estamos frente  a esa práctica es a en términos del número de episodios, n, vistos en una sola sesión, con n mayor o igual que dos, este criterio no considera cuánto tiempo pasa una persona frente a la pantalla y no necesariamente representa un comportamiento excesivo (ni, mucho menos, lo emparenta con un drogadicto, sin poder alguno de autocontrol y en busca de una dosis/episodio más). Por ejemplo, la duración de cuatro episodios de 20 minutos de Rick and Morty es menor que la de la gran mayoría de las películas de animación, por lo que ¿dónde queda lo excesivo de dedicar este tiempo a viajar por el multiverso con estos personajes? En vista de ello, los investigadores definen binge-watching dependiendo del propósito del estudio y esta definición, en ocasiones, es proporcionada por los propios individuos estudiados a partir de lo que un consenso o la mayoría de estos últimos perciben como binge-watching. En todo caso, las definiciones más comunes al investigar el binge-watching consideran que lo estamos experimentando al ver entre dos y seis episodios de una sentada, equivalentes a un tiempo de entre 45 minutos y seis horas.

Los motivos del binge-watcher

Mucho antes que patologizar esta conducta ahora tan común, puede que sea útil conocer cuáles son los motivos del binge-watcher, lo que puede que no requiera ciencia de vanguardia, pero si consideramos que hay que agradecer (o maldecir) a Netflix el facilitarlo a millones de personas en la década presente, son todavía escasos, y bastante recientes, los estudios sobre el tema. En uno de ellos, publicado hace apenas unos meses,1 Hongjin Shim y Ki Joon Kim, sus autores, señalan que la intensidad con que practiquemos el binge-watching dependerá sobre todo de qué tanto dominen en nosotros dos rasgos psicológicos: la búsqueda de sensaciones y la necesidad de cognición; la primera se define como nuestra necesidad de experimentar sensaciones y experiencias variadas, novedosas y complejas, y la disposición a arriesgarnos por ellas; la segunda es, en pocas y llanas palabras, qué tanto nos gusta pensar.

La posibilidad de una estimulación libre del aburrimiento y de las restricciones propias de la televisión convencional favorece que quienes tienen una alta tendencia a buscar sensaciones se vean fuertemente atraídos por el binge-watching. Por otro lado, toda serie que busque mantenernos pegados al asiento un capítulo tras otro recurre obligatoriamente a los llamados cliffhangers, esos momentos de suspenso con los que abríamos este texto y que tienen su mayor efecto en aquellos con mayor necesidad de cognición, todos los que por satisfacer su curiosidad no tienen mayor inconveniente en matar a su gato interno y que no pueden irse a dormir sin saber qué fue lo que pasó después.

Shim y Kim identifican que el sentido de eficiencia y la percepción de control que experimentan los binge-watchers son las principales motivaciones utilitarias para este tipo de consumo continuo de episodios, y que la gratificación hedónica (el placer, pues) que obtienen gracias al binge-watching se maximiza al poder seguir ininterrumpidamente personajes y tramas de un episodio a otro, una inmersión que a su vez facilita el escape psicológico del estrés cotidiano.

Los malos hábitos de un binge-watcher, y también los buenos

Sobre el binge-watching como un hábito excesivo y problemático, Màeva Flayelle y sus colaboradores, investigadores en el área de comportamientos adictivos y compulsivos, consideran que es inadecuado aplicar los criterios y terminologías empleados en adicciones a drogas y otras sustancias al caso del binge-watching sin haber explorado las características específicas de este último, incluyendo motivaciones como las descritas por el estudio de Shim y Kim.

A partir de un grupo piloto de siete adultos,2 Flayelle y su equipo determinaron que las emociones involucradas por estos binge-watchers al ver sus series eran principalmente positivas y estaban relacionadas con sentimientos de interés, pertenencia, anticipación y placer, y que, aunque consideraban que su consumo de series era, a veces, demasiado elevado, y que algunos de ellos habían sido cuestionados al respecto por sus familiares y amigos, los sentimientos de culpa estaban ausentes; en vez de ello, tenían la sensación de que habían perdido mucho tiempo frente a la pantalla y de que ver las series en serie había reducido sus áreas de interés. A pesar de esto y de una tendencia a posponer las obligaciones cotidianas, los sujetos de estudio no consideraron que el binge-watching tuviese consecuencias graves en su vida. Con respecto al autocontrol, la mayoría de los binge-watchers (seis/siete) reconocieron que su comportamiento podía volverse problemático y adictivo, pero mencionaron algunas estrategias que habían implementado para mantenerlo bajo control (como, de plano, ni siquiera empezar a ver un solo capítulo).

Otros estudios han hallado una asociación entre depresión y binge-watching, sin que la relación causal sea conclusiva; al respecto, la psicóloga Katherine Wheeler especula que quienes sufren de depresión podrían ser más proclives a consumir episodios seriales en exceso en búsqueda de confort o, simplemente, podrían carecer de la motivación y voluntad necesarias para resistirse al comienzo de cada nuevo episodio programado en automático por servicios como Netflix.3 En resumen, más estudios son necesarios para determinar la flecha de causalidad y la intensidad y gravedad de sus consecuencias. En este mismo sentido, Flayelle y colaboradores advierten que, en ausencia de evidencia definitiva que permita clasificar al binge-watching como auténtica y patológica adicción, intentar “curarlo” con los mismos tratamientos usados con eficiencia en desórdenes adictivos “no sólo es irrelevante, sino también peligroso”.

Sobre si el binge-watcher es en verdad el nuevo couch potato, caricaturizado este último como un individuo sedentario y obeso, apoltronado en el sofá y rodeado de fast-food y cerveza al más puro estilo Homero Simpson, un estudio en el que participaron 500 universitarios, un cuarto de los cuales hacían binge-watching al menos una vez por semana, no halló ninguna asociación entre esta práctica y tener un mayor índice de masa corporal (85% de ellos, eso sí, no consumían frutas diariamente).4 Es posible que esto se deba a que, según otro estudio, la práctica del binge-watching en la gran mayoría de los casos no es parte de una rutina diaria: para maximizar sus beneficios (ver más episodios), sus practicantes usan distintas estrategias y, en particular y por ejemplo, lo reservan para esos fines de semana en que pueden disfrutarlo socialmente,5 lo que nos lleva a que…

A pesar de que el supuesto aislamiento del binge-watcher es una de las consecuencias negativas más mencionada por los medios, estudios como los aquí citados y diversas encuestas coinciden en que la mayoría de los binge-watchers ven su maratón de capítulos acompañados de su cónyuge o amigos o, inclusive, de su perro u otra mascota (una encuesta de Netflix del 9 de abril de 2018 indica que 86% de los mexicanos ve Netflix con su mascota).

Si de relaciones sociales hablamos, a la hora de planear nuestras vacaciones veraniegas puede sernos útil saber que, según otra encuesta de este año de Miner & Co. Studio (The Summer Streaming List), nueve de cada 10 personas planean hacer binge-watching durante las vacaciones de verano, y 65% de los encuestados considera que tienen mayor tiempo de calidad con sus familiares y amigos gracias a que ven juntos las temporadas de las series transmitidas por streaming. Lástima que también dos de cada tres encuestados señalaron que, por culpa del binge-watching, leerán menos libros que en las vacaciones pasadas. Pero bueno, si ya no vamos a leer a Margaret Atwood tirados en las playas de Vallarta, ¿quién se anima a participar en un maratón de 24 episodios y dos temporadas de El cuento de la criada?

 

Luis Javier Plata Rosas
Doctor en oceanografía por la Universidad de Guadalajara. Sus más recientes libros son: La ciencia y los monstruos. Todo lo que la ciencia tiene para decir sobre zombis, vampiros, brujas y otros seres horripilantes y El océano tiene onda. Una obra de ciencia ficción.


1 Shim, H. y K.J. Kim, “An exploration of the motivations for binge-watching and the role of individual differences”, Computers in Human Behavior, 82, 2018, pp. 94-100.

2 Flayelle, M., P. Maurage y J. Billieux, “Toward a qualitative understanding of binge-watching behaviors: A focus group approach”, Journal of Behavioral Addictions, 6(4), 2017, pp. 457-471.

3 Wheeler, K.S., “The relationships between television viewing behaviors, attachment, loneliness, depression, and psychological well-being”, University Honors Program Theses, 98, 2015, 36 pp.

4 Spruance, L.A., M. Karmakar, J.S. Kruger y J.M. Vaterlaus, “Are you still watching?: Correlations between binge TV watching, diet and physical activity”, Journal of Obesity & Weight Management, 2017, pp. 1-8.

5 Merikivi, J., A. Salovaara, M. Mantymaki y L. Zhang, “On the way to understanding binge watching behavior: the over-estimated role of involvement”, Electronic Markets, 2017, pp 1-13.

 

Un comentario en “Atracones episódicos de Netflix: Binge-watcher es el nuevo couch potato

  1. Me parece un ensayo bien hecho que ofrece una explicacion fresca a un concepto novedoso para la poblacion mexicana en general. Me gusto.