Hay poetas que son en sí una explosión. Poetas efusivos en su acción y en sus versos. Truenos, relámpagos, cataclismos. Se me viene a la mente Pablo Neruda. En contraposición, otros van por el camino de los silencios con un sigilo que apenas los distingue. Invisibles, escurridizos, reveladores.

El Premio de Poesía Reina Sofía de Poesía Iberoamericana al poeta venezolano Rafael Cadenas (Barquisimeto, Lara, Venezuela, 1930) es un reconocimiento a una voz que sin prisa, pero sí con constancia, se abre paso en la poesía latinoamericana desde los lejanos años sesenta. Parco al hablar, lo recuerdo en el bullicio de las calles de Santo Domingo en República Dominicana haciendo todo lo posible por pasar desapercibido. Mientras los demás participantes a la feria del libro —debió ser mayo del 2002— despotricábamos contra la impuntualidad caribeña, su silencio era para algunos de nosotros una lección de paciencia. Era como si las palabras le dolieran al dejarlas salir, aunque cuando fluían aunque cortaban, parecían alumbrar. Venezuela era el país invitado y la delegación de ese país era abundante. La mayoría cercanos al régimen de Chávez. Que yo recuerde Cadenas era el único disidente. Cuando hablaba del régimen de su país le salía un doble filo a sus palabras. Agudo, certero, lapidario, irónico.


El poeta venezolano Rafael Cadenas en la Feria Internacional del Libro de la Universidad de Carabobo
Forografía: Guillermo Ramos Flamerich, bajo licencia de Creative Commons.

Cadenas leyó sus poemas en la Sala de Bellas Artes 3 ante un auditorio medio vacío. Parecía arrastrar las palabras, pero su poesía dejaba en claro que estábamos ante un poeta de resonancia mayor, aunque sus escasos oyentes tuviéramos que parar las antenas para que sus versos no se extraviaran entre la euforia caribeña.

En 2007 coincidimos en el Festival de Poesía de Bogotá. En una mesa el concilio de los parcos: Rafael Cadenas, Ernesto Román Orozco y yo. En la otra Juan Calzadilla y el resto. Cadenas lanzando dardos con veneno al régimen de Chávez. Calzadilla, también poeta de alcances mayores, era entonces cercano colaborador del gobierno de Venezuela. La poesía los había acercado, pero la política los distanciaba.

Pensé que saludaría a Cadenas en 2016 en un encuentro de poetas en Caracas. Pero su nombre se mencionaba en voz baja en el festival.

Los espíritus silenciosos no se oyen, pero sí se ven. Y desde el interior iluminan. Con sus Cantos iniciales (1946) Cadenas conoció el exilio. Le siguieron: Una Isla (1958), Los cuadernos del destierro (1960), Falsas maniobras (1966), Intemperie (1977), Memorial (del mismo año), Amante (1982), Gestiones (1992), Sobre abierto (2012) y En torno a Basho y otros asuntos.

En México, su Obra entera (2000) significó un verdadero parteaguas de siglo gracias al Fondo de Cultura Económica. Y fue hasta 2013 que la UNAM incluyó una selección de sus textos prologada por Julio Ortega en la serie Material de Lectura.

“…El poema de Cadenas extrema su adivinanza, arriesga su traza, y se abandona a su suerte, entre unas imágenes de asombro y la ceniza de unas palabras. La poesía es trabajo, como en la alquimia; esto es, el largo proceso que se demuestra a sí mismo en una tarea de convocaciones y revelaciones”, ha dicho Julio Ortega. Y es así porque la voz de este poeta, parece emerger de los abismos filosóficos, lo que lo ha llevado al cultivo del aforismo y el ensayo con la misma precisión y profundidad con que eleva sus versos.

Contrario a lo que se pudiera pensar, la poesía de Rafael Cadenas no es un monólogo. Desde sus raíces tiene un estrecho arraigo en el otro. El otro no es su propia figura en el espejo, como suele abundar, sino el que está al otro lado del puente o del río, el que desde la otra orilla lee los versos de Cadenas como quien asiste a una premonición. En Cadenas la derrota no es un himno, aunque para muchos lectores de su generación y de hoy, desde la zona del desencanto, la hayan convertido en una bandera.

Escribe en Una Isla:

Yo estaré en la ciudad, sin validez, frente a las puertas
humilladas.
Volveré a tu silencio, ciego litoral.
Pero no esperes mis ojos.

¿Quién celebra la llegada del nuevo día, el advenimiento
de la niebla, el término de la levedad?

Otra temporada se inicia y mi esclavitud a los dioses
transparentes ha terminado.

Cadenas sabe que el poeta, como el jugador, se entrena a diario. En su campo de entrenamiento, acompañado de una almohadilla y con fondo musical, desde la oscuridad y sin espectadores, se mantiene en vigilia, atisbando en una esquina o desde un rincón, a la espera de que el mundo termine de pasar. “Soy de todas maneras un aprendiz. No he podido alcanzar mis rodillas con la frente, todavía me es imposible arquearme hacia atrás hasta tocar el suelo, tampoco logro pararme sobre las manos”, dice en el poema titulado precisamente “Mi pequeño gimnasio”.

En poetas como Cadenas la palabra es un latido más que un murmullo. La línea se convierte en una delgada sombra, más que en una tabla de salvación y el espacio en blanco, hermanado al silencio, es el germen de una cofradía en la que los adornos poéticos son innecesarios. Para eso está el lenguaje, su herramienta viva que lo mantiene en pie, así sea la derrota un lema, un estandarte o una manera de nombrar al mundo.

Decía José Emilio Pacheco que “Alta traición”, su poema más citado y leído, era el que menos le gustaba. Decía que pertenecía a un momento en que él era otro y que el país al que hacía referencia ya no existía. Con el poema “Derrota”, de Rafael cadenas, sucede algo parecido. Siente que el texto alude a un momento y a un tiempo que ya no le corresponde.

“Yo que no he tenido nunca un oficio/ que ante todo competidor me he sentido débil/ que perdí los mejores títulos para la vida/ que apenas llego a un sitio ya quiero irme (creyendo que mudarme es una solución)/ que he sido negado anticipadamente y escarnecido por los más aptos/ que me arrimo a las paredes para no caer del todo/ que soy objeto de risa para mí mismo/ que creí que mi padre era eterno/ que he sido humillado por profesores de literatura/ que un día pregunté en qué podía ayudar y la respuesta fue una risotada/ que no podré nunca formar un hogar, ni ser brillante, ni triunfar en la vida/ que he sido abandonado por muchas personas porque casi no hablo/ que tengo vergüenza por actos que no he cometido…”.

Cuánta certeza contienen los versos de Rafael Cadenas. Yo no diría que su poética es la del fracaso, sino que su palabra está provista de un delgado filo que va cortando, desde la aspereza y lo amorfo, pequeñas cortezas para iluminar. Qué es la desdicha sino el lado inverso de la felicidad. Qué es la tristeza sino el corte de caja de la alegría. Qué es la noche sino memoria del día. Qué es el tiempo sino las monedas gastadas que nunca nos pertenecieron. Qué es la certeza sino el principio de la duda. Qué la razón sino el punto suspensivo de la locura. A las interrogantes sus poemas sugieren, más que joyas falsas como respuestas, alegorías, paradojas, sentidos opuestos. Cadenas es un hacedor de caminos, ha dicho Fabienne Bradu.

Al leer a Rafael Cadenas es imposible no pensar en Heidegger, cuando apunta que “sólo en el genuino hablar es posible un verdadero callar. Para poder callar necesita el ‘ser ahí’ tener algo que decir… El silencio es un modo del habla”.

 

Margarito Cuéllar
Dirige la revista Armas y Letras de la UANL y el Centro de Escritores de Nuevo León. Su libro más reciente Poemas en los que nunca es de noche (Ibáñez, Bogotá, 2018).

 

Deja un comentario

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *