Durante los siglos XVIII, XIX y XX, desde los pantanos de Luisiana hasta los límites amazónicos de la Guayana y Brasil, así como en múltiples islas del archipiélago de las Antillas, se desarrolló la cultura de la caña de azúcar, narra Raphaël Confiant (Lorrain, Martinique, 1951), uno de los más importantes escritores del Caribe que ha luchado por restituir una identidad que padece todavía los estigmas de la historia.

En un gran territorio, amerindios, europeos, africanos y asiáticos compartieron su destino en un alud verbal feliz y trágico a la vez, con una sola lengua, el criollo, de base léxica francesa. Esta sociedad de las plantaciones —explica Confiant— generó una rica cultura oral en la que se sintetizaban todos los mitos del mundo, y que se formalizó en cuentos, adivinanzas, proverbios y cantos de trabajo. Muchas de aquellas manifestaciones aún no han sido fijadas y perduran solo en la memoria de los viejos contadores —asevera el escritor de Lorrain—.

De aquel mundo, que entró en declive a finales del siglo XIX a causa de la crisis del comercio del azúcar de caña, quedan restos de la lengua y la cultura criollas, así como el tesoro de la literatura oral incluida en Cuentos populares antillanos (Siruela, 2018), un ejercicio de literaturización de la oralidad efectuado por Raphaël Confiant. Presentamos un cuento perteneciente al libro.


Érase una vez un hombre llamado Buenomalo que tenía una joven hija casadera. Ahora bien, como cosa extraordinaria, ocurrió que compadre Caballo y compadre Tortuga vinieron a hacerle sus demandas de matrimonio el mismo día. La joven pidió quince días para reflexionar a fin de poder escoger entre los dos pretendientes, pues amaba a ambos. Al finalizar el plazo, los dos se apresuraron para llegar a casa del señor Buenomalo a recibir el veredicto. A su llegada, la joven, cuyo nombre era Lutima, les dijo:

—Ocurre que yo os amo a los dos. Si escojo a Tortuga, Caballo se enfadará. Y si escojo a Caballo, entonces será Tortuga quien se disguste. Como solución, os concedo dos meses para que os arregléis entre vosotros. Hoy estamos a primero de marzo. Bueno, pues el primero que aparezca aquí el uno de mayo se casará conmigo, a condición de que ambos partáis ese día de Grand-Rivière a las ocho. Tortuga deberá también tomar la vía terrestre.

Cuando Caballo escuchó esta proposición, exclamó:

—¡Esto es pan comido! ¿Es que Tortuga será capaz de seguirme en el camino a mí, Caballo? ¡Pobre Tortuga! ¿Te imaginas que podrás acariciar a la dulce y bella Lutima? Pues bien, ¡ni lo sueñes, amigo!

Así pues, ambos pretendientes se despidieron de la familia y se marcharon de la casa del señor Buenomalo, que vivía en Dillon, camino de Le Lamentin. De inmediato Caballo se hizo fabricar cuatro herraduras de diez metros de grosor. Cuando el herrero se las envió, las probó y constató que le iban maravillosamente.

—¡Ya veremos si con esto Tortuga podrá acariciar a la dulce y bella Lutima antes que yo!

 

¿Qué hizo Tortuga por su lado? Pidió ayuda a todos sus tíos, sobrinos, hermanos, hermanas, en resumen, a toda su familia, y los colocó al borde del camino a un metro de distancia unos de otros, y esto desde Grand-Rivière hasta el umbral de la casa del señor Buenomalo. De ese modo, cada vez que Caballo hiciera un alto en algún lugar, una de las tortugas se pondría en marcha. Por otra parte, resulta que Tortuga tenía un hermano gemelo que se le parecía tanto como dos lentejas en la caca de un soldado. Lo que decidió fue muy sencillo: colocaría a su hermano en Grand-Rivière y él mismo se situaría muy cerca de la casa del señor Buenomalo. El que se encontraba situado en Grand-Rivière estaba perfectamente al corriente de los asuntos de su hermano. Mientras tanto, cada noche Tortuga se daba cita en el Círculo con Caballo para jugar al bacarrá o al dominó, o bien iban a bailar al casino. Caballo no dejaba de chotearse de él:

—Querido amigo, mejor sería que me dejaras a Lutima. Nunca llegarás adonde su padre antes que yo. Lo que más me fastidia es que ese día ni siquiera tendrás tiempo de compartir un ponche conmigo. En lo que tú tardes en llegar a Macouba, estaré ya echado en la cama con mi mujer.

Sin perder la calma, Tortuga le replicaba:

—¡No te preocupes por mí! Nada indica que no sea yo quien te invite al ponche. No estés tan seguro de lo que dices, ¡a ver si va a ocurrir justo lo contrario!

Las mutuas bromas continuaron así hasta el último día. Fue incluso durante esta velada cuando juerguearon con mayor empeño. Todos los partidarios de Caballo, así como los de Tortuga, se habían reunido en el Círculo esa noche y bebían ron a raudales en su compañía. Apuestas maravillosas se habían lanzado tanto a favor de Caballo como de Tortuga, aunque, en todo caso, hubo más a favor de Caballo. Después de haber bien libado, ambos pretendientes terminaron por irse a dormir.

A las cuatro de la mañana, Caballo se levantó, se bañó, se afeitó, se vistió y se puso sus cuatro herraduras recién compradas. Por supuesto, Tortuga hizo lo mismo, salvo que él no llevaba herraduras. A las seis compartieron un vaso de vermú con todos los amigos que habían venido para animarlos y emprendieron el camino. Eran las siete en ese momento. El árbitro, al que habían escogido juntos, envió un mensaje al señor Buenomalo, diciéndole que los dos pretendientes estaban al fin listos. La joven ya se había puesto su vestido de novia y todos los invitados esperaban saber con impaciencia cuál de ambos rivales llegaría primero. Cuando Caballo y Tortuga hicieron su salida, ¡del primer salto Caballo adelantó a su rival en por lo menos cien metros! Todos los partidarios de Caballo se pusieron a gritar con júbilo:
 
—¡Abajo Tortuga! ¡Viva Caballo!

Medio segundo después de la salida, ya Caballo había alcanzado la comuna de Macouba. Iba tan rápido que sus pies cantaban:

¡Volmyo mi yo volmyo!
¡Soy yo Caballo el que llega! ¡Volmyo!
¡Voy a tocar los pechos de Lutima! ¡Volmyo!
¡Voy a acariciar la dulce piel de Lutima! ¡Volmyo!
¡No te hagas ilusiones, Tortuga!

¿Qué hizo Tortuga al ver a Caballo arrancar con semejante brío? Dio un pequeño rodeo y penetró en el bosque para que nadie lo viera. En cuanto a Caballo, este mantenía un ritmo tan endemoniado que, al llegar al barrio de Potiche, una de sus herraduras se le desprendió. A la entrada de Macouba, también otra se le desprendió. Caballo se volvió y no vio ni rastro de su rival. Se dijo: “No pasa nada. Contando la ventaja que le llevo a Tortuga, tengo tiempo más que suficiente para que me pongan un nuevo par de herraduras”.

Entró en una herrería y pidió al herrero que le pusiera dos, pero clavadas con mucha solidez, pues estaba haciendo una carrera con Tortuga. Fue satisfactoriamente servido.

Ahora bien, frente a la entrada de Macouba, había un humilladero y una tortuga se había ocultado ahí. En cuanto vio a Caballo entrar en la herrería, se puso inmediatamente en camino; Caballo, una vez herrado, pagó lo que debía, se pimpló un vasito de ron seco y partió. Arrancó con tal fuerza que una herradura de sus patas traseras chocó violentamente contra una roca, lo que hizo saltar una chispa que provocó el incendio de dos casas. En el tiempo que le había llevado a la tortuga llegar al río Roca, Caballo ya la había rebasado. En lo que caga una gallina, el fulano ya había llegado a Basse-Pointe. Cuando la tortuga vio que Caballo se le adelantaba, se metió entre unos arbustos y se escondió. Al rebasarla, Caballo le gritó con tono guasón:

—¡Ya perdiste, Tortuga!

“¡Ja! Piensas que soy yo quien perdió”, se dijo la tortuga para sí, “pero eres tú el que está en aprietos, gran fanfarrón”.

Caballo prosiguió su camino pitando y, llegando a Vivé, se refrescó el gaznate con otro vasito de ron, porque se moría de sed. Se había quedado sin aliento y su cuerpo chorreaba sudor. El aire que salía de sus ollares echó por tierra el bar y su sudor arrastró los despojos de este hasta el río Capote. Mientras él bebía, una tortuga, oculta detrás de un peral, se puso en camino. Cuando esta llegó al puente del río Rojo, Caballo la alcanzó. Al sobrepasarla, le gritó:
 
—Eh, Tortuga, chico, deja de soñar con lo que no está a tu alcance. No eres tú el que se acostará con Lituma esta noche.

Funeral en una plantación. Litografía impresa alrededor de 1840-1850, restaurada digitalmente. Lo que aquí se narra fue contado en la cultura de las plantaciones de caña de azúcar.

 

La tortuga respondió:

—Pues qué lástima —mientras Caballo le pasaba delante como un rayo. Cuando llegó a la cima del cerro Pomme, dos de sus herraduras se desprendieron. Una cayó sobre el edificio de Gué Suisse, que se hundió, la otra se perdió en algún sitio ilocalizable. Caballo exclamó:

—¡Maldición! Tengo que pasar por el pueblo de Le Lorrain para hacerme herrar.

De modo que se apuró y, a la entrada del pueblo, encontró una herrería donde le colocaron las dos herraduras. Mientras lo herraban, vio una tortuga que pasaba, canturreando:

¡Pobre Caballo, pobre Caballo!
¡Bien parece que has perdido la partida,
pobre Caballo, pobre Caballo!
¡Es conmigo, Tortuga, con quien te mides,
pobre Caballo, pobre Caballo!
¡Yo, Tortuga, llevo la delantera!

Cuando Caballo escuchó esto, le dijo a Charlot, el herrero:

—¡Apúrate, tío! ¡Estoy en plena carrera con Tortuga! Sabes que no debe ganarme.

Charlot se apresuró. Hay que precisar que entre Grand-Rivière y Le Lorrain hay cuando menos treinta kilómetros. No obstante, apenas tres minutos habían transcurrido desde que Caballo partiera cuando llegó a Le Lorrain. ¡Decir que Caballo cabalgaba rápido es quedarse corto! Mientras rebasaba a la tortuga a la altura del puente Jacob, le gritó:

—¡Cantar es lo único que harás! ¡Estás frito!

Después de que pasara Caballo, la tortuga se apresuró a ocultarse. Caballo aprovechó para navegar, navegar, y cuando llegó a Marigot, volvió la mirada y no vio a Tortuga. Entonces entró en una tienda y se concedió un pequeño ponche y luego se encendió un puro. Ahora bien, una tortuga estaba oculta detrás de una piragua que descansaba en tierra. En cuanto vio a Caballo entrar en la tienda, a toda prisa se puso en marcha. Al verla pasar, Caballo le gritó:

—¡No pasa nada! Toma la delantera, en unos instantes estaré pisándote los talones.

Pero Caballo se preguntaba cómo era posible que siempre se encontrara a Tortuga en su camino.

“¡Qué extraña manera de caminar la de este pobre diablo!”, se dijo.

Partió, pues, y a la altura de Plate-Forme rebasó a la tortuga. Mientras lo hacía, le gritó:
 
—De ahora en adelante, si acaso llegas a alcanzarme una vez más, te doy la apuesta por ganada, Tortuga.

—¡Hala! Ya veremos.

Caballo arrancó a la velocidad del rayo y llegó a la ensenada del Carpintero, donde volvió la vista sin distinguir ni sombra de la tortuga detrás suyo. Se sorbió los mocos y prosiguió su alocada carrera. Cuando llegó a Ténos, una de sus herraduras delanteras provocó una chispa al chocar contra una roca y cayó sobre una plantación de caña de azúcar, la cual ardió completamente. En el bosque Saint Jacques, atravesó el río sin mojarse siquiera las patas, pero una de sus herraduras se despegó y cayó en un huerto donde trabajaban no menos de doce arados. En la fábrica de Sainte-Marie, se presentó en la herrería para que lo herraran, luego le dio cinco francos a un chiquillo para que enviara un mensaje de su parte. He aquí lo que decía Caballo:

Al señor Buenomalo, camino de Le Lamentin, en Dillon: Avise a Lutima de que abra bien sus brazos, llego pronto para lanzarle los míos. Tortuga se encuentra todavía en Beauséjour. Firmado: Caballo.

Tortuga estaba oculto muy cerca de la casa del señor Buenomalo. Cuando vio al mensajero acercarse con el recado en la mano, le pidió que se lo leyera, lo que el cartero hizo gustosamente. Cuando Tortuga descubrió que el mensaje provenía de Caballo y que este se hallaba todavía en Sainte-Marie, exclamó:

—¡No pasa nada! ¡Le gano la partida como nadie le ha ganado en su vida!

Durante ese tiempo, ya habían terminado de herrar a Caballo, el cual retomó su camino. Cuando llegó a la calle de la Paja, en Sainte-Marie, y descubrió que Tortuga se le había adelantado, exclamó:

—¡Cuántos problemas me causa este tipo! Cada vez que me detengo él encuentra la manera de alcanzarme.

En el puente de Bella Estrella, Caballo lo rebasó y esta vez no soltó ni una sola palabra. Galopó como loco, sin mirar ni a la izquierda ni a la derecha, franqueó cerros, saltó por encima de ríos. Solo a Lutima llevaba en mente. En la calle de la Paja de La Trinidad, una de sus herraduras traseras se desprendió y cayó sobre el peñón de la Caravelle, rompiéndole un pedazo. Muy cerca de allí había una pequeña herrería, en la que entró y de nuevo se hizo herrar. Se compró un buen grog,1 algo de pan, dos escabeches y un puro. Mientras recibía el cambio, vio pasar una tortuga. Comió con rapidez y partió de nuevo. En Bassignac logró dejar atrás a la tortuga, pero les prendió fuego a dos cañaverales a causa de las chispas que saltaban de sus cascos. Al llegar a Gros-Morne, mandó un mensaje diciendo que no tardaría en llegar. Apenas había salido de la oficina de correos cuando una tortuga entró para expedir también un mensaje al señor Buenomalo. Este decía:

Tortuga ya va camino de Le Lamentin. Caballo aún en Gros-Morne. Tortuga llega en breve.

Después de leer el mensaje, Conejo se puso en marcha y se dirigió hacia la casa del señor Buenomalo. Durante ese tiempo, Caballo proseguía su galope. En Rosières, sus cuatro herraduras se desprendieron de una vez. Una cayó en la Dominica, aplastó una casa y mató a seis personas que estaban alrededor de una mesa. Otra cayó en Santa Lucía y destruyó un hospital, matando a todos los enfermos. Otra cayó en Colón y fue esta la que excavó el canal de Panamá. De la última nadie sabe hasta la fecha adónde fue a parar. Caballo entró en una herrería para que lo herrasen una vez más. En ese momento vio pasar a Tortuga. De pura rabia frotó sus patas contra el suelo con tal fuerza que la tierra tembló, mientras mascullaba:

—¡Maldita sea mi suerte! Tortuga me fastidia de verdad. No veo que me siga, pero en cuantito me detengo en algún lado, halla la manera de rebasarme.

La tortuga que había pasado mientras Caballo se encontraba en la herrería dio un pequeño rodeo y se ocultó. Una vez herrado, Caballo prosiguió su carrera. Pero cuanto más corría menos veía a Tortuga. Entonces comenzó a avanzar a saltos, sin perder el ímpetu. En Régale se bebió un vaso de ron seco, dos cántaros de agua, y seguidamente se lanzó de nuevo a toda velocidad, galopó, saltó, sin ver ni rastro de Tortuga. En Moulin-À-Vent, oyó sonar la campana del obispado de esta manera:

¡Pobre Caballo! ¡Pobre Caballo!
No tocarás a la dulce Lutima.
¡Pobre Caballo! ¡Pobre Caballo!
No acariciarás los pechos de Lutima.
¡Pobre Caballo! ¡Pobre Caballo!
No te acercarás a la guitarra de Lutima.
¡Pobre Caballo! ¡Pobre Caballo!
No tocarás el piano de Lutima.

Al escuchar esta canción, el corazón de Caballo casi se partió en dos. Dijo en voz alta:

—Estoy en un grave aprieto. Tortuga me ha engañado. Esto tiene toda la apariencia de ser un timo.
 
Aceleró el ritmo, pero por más que avanzaba, no lograba distinguir a Tortuga y más resonaba la campana en su cabeza. En Gerbault, oyó sonar las campanas. Estas cantaban:

¡Viva Tortuga! ¡Viva Tortuga!
Has llegado antes que Caballo.
¡Viva Tortuga! ¡Viva Tortuga!
Vas a acariciar a la dulce Lutima.
¡Viva Tortuga! ¡Viva Tortuga!
Tocarás los pechos de la dulce Lutima.
¡Viva Tortuga! ¡Viva Tortuga!
Tocarás con la guitarra de Lutima.
¡Viva Tortuga! ¡Viva Tortuga!
Tocarás con el piano de Lutima.

Cuando Caballo escuchó estas palabras, comprendió que todo estaba perdido para él. Ni siquiera se tomó el trabajo de correr. Se cruzó con una mujer que pregonaba:

—¡Qué hermosos fueron los esponsales de Lutima! Sus atuendos le iban maravillosamente. Y en cuanto a Tortuga, no había otro más elegante que él.

Otra más añadió:

—¡Tortuga no será guapo, pero sí escogió una mujer guapa! No faltaba más. Cuando los otros pretendientes de la joven sepan que fue Tortuga quien la obtuvo, quienes no lo puedan soportar no tendrán más remedio que colgarse.

Una tercera exclamó:

—A juzgar por los ánimos de Tortuga, es seguro que se pitorrea de todos esos festejos, todas esas vituallas, esas bebidas, esos discursos, esos bailes. Él solo espera una cosa: que la noche venga para descorchar la botella de almíbar.

Un hombre que pasaba agregó:

—¡Ay, amigos, qué no hubiera dado yo por estar hoy en el lugar de Tortuga!

Escuchando esto, compadre Caballo por poco se parte en dos. El carillón todavía le retumbaba dentro de la cabeza. Masculló:

—¡Ajá! ¡Así que Tortuga caminó más aprisa que yo! ¡Tortuga se apoderó de Lutima! ¡Maldita sea mi suerte! ¡Una mujer que yo tanto deseaba!

Entonces Caballo enfiló hacia delante, más rápido que una bala. Cuando se aproximó a la entrada que conducía a la casa del señor Buenomalo, los esposos volvían de la iglesia. Tortuga le lanzó una mirada contrita y le dijo:
 
—Pobre Caballo, ya ves que caminé más rápido que tú. Tú pierdes las herraduras, mientras que a mí no pueden ocurrirme esas desventuras. ¡No vale la pena que te enojes! Vamos a tomar un ponche, luego te divertirás con nosotros.

Caballo respondió:

—Para que yo beba, tendrás que llevarme a la cuadra y colocarme delante dos cubetas de vino. Para que coma, deberás ponerme dos haces de hierba.

Los deseos del desdichado pretendiente fueron pronto satisfechos. Bebió y comió hasta saciarse. Y desde entonces Caballo vive en la cuadra. En cuanto a Tortuga, después de haber bien bebido, bien comido, bien bailado, fue a regocijarse en los brazos de su esposa. Caballo permaneció en abstinencia. ¿Por qué? Porque Tortuga le había tomado el pelo.

 

Raphaël Confiant
Escritor. Ha publicado numerosas novelas, entre ellas: Adèle et la pacotilleuse, Case à Chine y L’Hôtel du bon plaisir.

Traducción del francés de Luis Eduardo Rivera.


1 El grog es una bebida caliente muy consumida en las Antillas a base de ron, agua y azúcar, que tiene multitud de variantes (añadiendo limón, canela, miel, clavo…). (N. del T.)