Una conmoción transita cada cuento de Misterios de las noches y los días (Galaxia Gutenberg) de Juan Eduardo Zúñiga (Madrid, 1929). Publicamos un relato incluido en el libro, en el que realidad e imaginación se involucran.

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Durante varios días la lluvia azotó las calles y las fachadas, y en los cristales, con delicados dedos, llamó hasta que el joven conde se impacientó y tuvo necesidad de acercarse a los balcones y mirar el agua que caía y el lustroso empedrado por el que pasaba un coche o algún transeúnte apresurado.

En su gabinete estaba entregado a la lectura de los extensos anales de la nobleza que se apilaban en la mesa de trabajo. Se admiraba de los hechos cumplidos por sus antepasados, ya fueran heroicas hazañas en campos de batalla cubiertos de heridos y cañones desmontados, o hábiles intrigas en palacios donde se firmaban armisticios y bodas reales; sus ascendientes acompañaron a embajadores y a reyes en recepciones en salones iluminados por miles de bujías, o fiestas en las que se imponían condecoraciones o eran otorgados grandes honores.

El joven levantaba la mirada sorprendido de los caprichos que se pagaban con fortunas y los alardes de lujo y riqueza, y se creía testigo de tales pasadas magnificencias.

Se ponía de pie, se paseaba por la estancia y tomaba un sorbo de té frío. Había de ser como sus mayores, igualarse a los prohombres de su estirpe y cuando bajaba por la gran escalera contemplaba satisfecho los retratos de familia colgados en las paredes, aunque ensombrecida su pintura por el paso del tiempo.

Sólo le distraía la lluvia y su monótono insistir en balcones y ventanas. Le pareció una intromisión, igual que si el frío exterior invadiera las tranquilas estancias adornadas de pesados cortinajes, de antiguos muebles y relojes cuyas esferas blanqueaban en la penumbra de los salones. Era como una llamada de fuera, como si más allá de las paredes donde colgaban los retratos de sus ascendientes, alguien quisiera que él saliese y la lluvia fueran las palabras con que le llamase.

Y una tarde se decidió a salir. Le tranquilizaba atender aquella innominada solicitud y experimentar lo que era la lluvia de otoño.

En el portal, rechazó el coche que le proponían y abriendo el paraguas echó a andar despacio, respirando la brisa húmeda. Miraba los charcos y arroyuelos que corrían por las calles, oyó el gotear en los canalones y, al cruzar por delante de jardines, en el follaje, la lluvia golpeaba sus diminutos tambores.

Paseó mucho tiempo, caminó por los barrios elegantes y al anochecer se encontró en los arrabales, perdido en calles desconocidas, entre cendales de lluvia pertinaz.

A lo lejos vio unas luces que parpadeaban y oyó el sonido de una trompeta; fue hacia allí y se mezcló con un grupo que contemplaba la portada de un teatrillo ambulante de feria.

Los artistas les invitaban a entrar y ver el espectáculo; un payaso con una ancha vestimenta y el rostro pintado de albayalde, que a la vez que tocaba la trompeta, se contoneaba sobre la tarima. El agua que caía le había abierto surcos en la pintura de la cara pero él no parecía ocuparse sino de su instrumento. También estaba empapado el vestido de una amazona que saludaba con la fusta, moviendo sus rollizas piernas con botas de montar. A su lado bailoteaba y cantaba un gigantesco negro con turbante rojo y un largo caftán. Igualmente había una mujer con mallas color rosa y un domador que saltaba al ritmo de la aguda trompeta. Y todos canturreaban un cuplé conocido y hacían gestos al público, invitándole a pasar por la taquilla. Y todos goteaban por la lluvia y tenían una mueca de cansancio.

Vio entre los cómicos a un hombre uniformado que igualmente brincaba y sacudía las piernas. Podía ser un portero por la guerrera que llevaba, o un húsar antiguo, y cuando se fijó en aquella figura grotesca, observó que en el pecho lucía unas condecoraciones y el conde se sonrió despectivamente al ver en tal sitio aquel distintivo de nobleza. Pero al mirar su rostro enjuto, con mandíbula pronunciada y ojos hundidos, comprendió que debía de ser un viejo comediante que acababa su vida haciendo de comparsa en una ínfima barraca.

Pero su cara no le era desconocida; creyó haberla encontrado en algún sitio, fuera de allí, y con su escaso pelo no mojado de lluvia. Se fijó más en aquel rostro, hizo memoria y se extrañó por su parecido: era igual al de un antepasado cuyo retrato había contemplado desde niño en la pared del salón de las grandes recepciones.

Exactamente igual; y comprobó, con desagrado, que eran idénticas las condecoraciones que ambos ostentaban. Ahora éstas, según el viejo hacía piruetas, se bamboleaban colgando en una prenda sucia y remendada. Cantaba él también y por la boca abierta se veían las negras mellas de los dientes que le faltaban.

El joven sintió escalofríos y no apartaba su mirada asombrada de aquella máscara estrafalaria. Poco a poco la gente se fue yendo, la trompeta calló y los artistas desaparecieron. Sólo el disfrazado de noble seguía, bajo la lluvia, dando brincos pero ahora miraba al conde y ya en el borde de la tarima, le llamaba con la mano, le proponía subir junto a él y al hacer tal ademán aún más mísero y grotesco parecía.

El conde reconoció en él a su bisabuelo y se horrorizó al hallarlo bajo pobres luces parpadeantes, a la puerta de un teatrucho, decorado con papeles pintados, todo él empapado en una lluvia helada. Le conocía bien de tanto haber mirado y admirado su retrato; el que ganó batallas y dispuso de cuantiosas riquezas, parecía burlarse de su alcurnia encaramado en la entrada de una inmunda barraca de feria.

El viento sacudía el faldón de su casaca, por las mejillas el agua chorreaba; con un gesto plebeyo le animaba a entrar a un espectáculo de probables horrores. Y el conde, bajo el paraguas, intentaba comprender qué significaban aquellas pertinaces lluvias de otoño.

 

Juan Eduardo Zúñiga
Escritor. Ha publicado Largo noviembre de Madrid, Capital de la gloria, Brillan monedas oxidadas y Desde los bosques nevados, entre otros libros.