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Agnes Heller. Autora de: Sociología de la Vida Cotidiana, (Ed. Península 1978), Teoría de las necesidades en Marx, (Ed. Península, 1978), La Revolución de la Vida Cotidiana, (Barcelona Ed. Materiales, 1975), El hombre del Renacimiento, (Ed. Península, 1980), Hipótesis para una teoría Marxista de los Volores, (Ed. Grijalbo, 1977).

Nació en Budapest en 1929, discípula de George Lukcacs. A partir de 1963 trabaja como Investigadora del Instituto de Investigaciones Sociológicas de Budapest. En 1968 firma el manifiesto de protesta de la Escuela de Verano de Korcula contra la intervención soviética en Checoslovaquia y en 1973 es expulsada del Instituto. En 1978 abandona su país con un contrato por tres años de la Universidad La Trabe de Victoria, Australia.

El texto que presentamos corresponde al ciclo “La mujer y el Trabajo”, organizado por la División de Estudios de Postgrado, de la Facultad de Ciencias Políticas y Sociales, UNAM. Se publica con la autorización del Director y la Ed. Fontamara (España), que en convenio con la F.C.P.S. publicará un libro recogiendo las ponencias del ciclo mencionado. Subtítulo de la Redacción.


LAS PALOMAS Y EL COMBATE

En la medida en que la esclavitud de las mujeres es de carácter tradicional, todos los movimientos, procesos, eventos, acciones que retan los modos de vida tradicionales, que liberan o eventualmente rompen con ellos, fomentan la liberación de las mujeres de la opresión de sus padres y esposos, y las preparan para la búsqueda de su propio lugar en la división social del trabajo, dejando atrás los más notorios lazos de dependencia personal directa. Sin embargo, no puede aceptarse de antemano que los mismos procesos, eventos y acciones que ofrecen a la mujer el status de una dependencia personal menor sean benéficos para la libertad de la sociedad como ente social. El caso contrario se puede presentar con frecuencia, y de hecho se presenta en la actualidad.

Podríamos partir de una de las más grandes tragedias del siglo: la Segunda Guerra Mundial. Esta guerra, que significó la pérdida de más de 40 millones de vidas tuvo un impacto benéfico, sin duda. sobre la situación general de las mujeres en casi toda Europa. En las guerras anteriores la mayor parte de la carne de cañón la constituían los campesinos, y sus esposas e hijas mantenían la misma vida durante la guerra y aún después, igual que lo habían hecho antes de ésta. Las mujeres trabajaban más, quizás hasta lo doble, sin que les representara una menor dependencia. El hombre mayor de la familia tomaba el mando de los menores y la comunidad de la aldea vigilaba el orden de esta autoridad. Pero en la Segunda Guerra Mundial la carne de cañón estuvo constituida principalmente por obreros industriales, burócratas y miembros de la clase media. Ya que era necesario mantener a la familia y urgía la fuerza de trabajo, gran cantidad de mujeres se convirtieron en esta fuerza. Aprendieron a ganarse la vida; emprendieron y llevaron a cabo con éxito los tipos de trabajo reconocidos habitualmente como profesiones masculinas. Ellas manejaron su ámbito doméstico y entendieron que podían hacerlo independientemente, sin los consejos y la autoridad de los hombres. Durante los aterradores bombardeos mostraron enorme valor y fortaleza mental y física. El sentimiento de inferioridad y dependencia se desvaneció simplemente. Incluso podría agregarse que la liberación sexual comenzó en la Segunda Guerra mundial. En tiempos de derramamiento de sangre, la santidad del matrimonio pierde su importancia. Aun la maternidad de las mujeres solteras fue alentada por el peor de todos los poderes políticos: el nazismo. Sobra decir que después de la guerra la vieja situación no pudo restaurarse completamente. Las mujeres, simplemente, no eran las mismas y no toleraron las mismas cosas que antes habían considerado como “naturales”.

De cualquier modo, nadie debe concluir que la Segunda Guerra mundial representó un progreso, ni siquiera para las mujeres. Las mujeres son un caso particular, pero también son seres humanos y ningún ser humano que mereciera este nombre compararía —o al menos debería comprar— su independencia relativa a costa de la vida de millones de seres humanos. Por otra parte, ha sido un papel femenino tradicional tomar partido por la paz y contra las guerras, debido a que la mujer era generalmente considerado un point d’honneur de los hombres. Esta es una tradición respetable.

EL FEMENISMO ES UN HUMANISMO

El caso de la Segunda Guerra mundial puede auxiliarnos como un modelo. Siempre que hablemos de progreso en la situación relativa, familiar, de las mujeres, debemos tener presente que el progreso sólo puede entenderse como categoría universal. Yo sugeriría aceptar la propuesta teórica de Collingwood de que el prigreso es ganancia sin ningún tipo de pérdida correspondiente. Si existen pérdidas correspondientes nadie debe equilibrar pérdidas con ganancias, porque las pérdidas son inconmensurables. Para decirlo simplemente: si las mujeres ganan algo como mujeres, es decir, en su relación con los hombres, pero pierden algo como seres humanos, entonces de ningún modo podemos hablar de progreso. Cuando Fourier señalaba alguna vez a la liberación femenina como el índice de la liberación humana, estaba en lo cierto, pero hablaba desde una perspectiva masculina. Las mujeres que se ven a si mismas como la mitad de la humanidad tienen que formular el mismo pensamiento desde otro ángulo: aun cuando la liberación femenina es el índice de la liberación de la humanidad, no hay libertad femenina sin libertad humana.

Para decirlo más directamente: ya que en el transcurso de nuestro siglo el mejoramiento de la situación relativa de las mujeres camina paralelamente a la pérdida considerable de una parte de la humanidad o una parte de una comunidad humana particular, las mujeres tienen que evitar dos extremos. El primero de ellos es la opinión formulada por Bebel y repetida en el transcurso de un siglo de movimientos socialistas: el progreso de la humanidad resuelve todos los problemas de las mujeres sin distinción particular. De cualquier modo, esta afirmación no se sostiene en pie ni aunque aceptemos la noción sugerida por Collingwood. Ya que la situación de los hombres y las mujeres es desigual actualmente, puede imaginarse una ganancia sin pérdidas correspondientes pero que no alteraría para nada esa desigualdad; un progreso que no resolvería de ningún modo el problema de las mujeres. El caso de las mujeres es un problema particular dentro del caso general del progreso humano, y el movimiento de liberación femenina está encaminado principalmente hacia ese problema particular.

La otra perspectiva extrema considera el caso de las mujeres como algo completamente independiente y sugiere emprender una suerte de “lucha de clases” contra el mundo machista como tal. Aquí de nuevo se olvidan las pérdidas sufridas por las mujeres —no como mujeres sino como seres humanos. Emprender una guerra clasista contra la mitad del género humano no será, por supuesto, la liberación de la humanidad, y tampoco liberará a las mujeres como seres humanos. De esta situación contradictoria es de la que tienen que estar enteradas las mujeres. Pero aunque no estén enteradas ellas la sienten y este sentimiento causa una presión emocional que puede conducir —como ocurre con frecuencia— y a menudo lo hace a la pérdida de la identidad. Cuando las mujeres se identifican contra la humanidad. esto significa la pérdida de la identidad con el género humano; lo mismo que identificarse con la humanidad sin la especificación del sexo representa la pérdida de la identidad femenina. Sin embargo, estas identificaciones extremas son ideológicas e irreales. La tensión entre la experiencia vital y la ideología arrastra neurosis basadas en el malestar espectral por la inconformidad con nuestra ideología. La experiencia vital saca a la superficie las contradicciones. de ahí que ésta tengan que ser enfrentadas.

¿TRABAJO ENAJENANTE O EXISTENCIA ENAJENADA?

Al principio afirmé que cada cambio social contemporáneo libera el lazo tradicional de dependencia femenina. Fundamentalmente esto se mantiene en pie desde la industrialización. Tal vez el auge de la industrialización fue el evento más relevante en el proceso de liberación femenina. Más allá de la defensa de un punto de vista romántico que ve en la industria la causa principal de nuestros desastres, me gustaría enfocar las diversas contradicciones implicadas en el proceso de la industrialización.

Quizás el caso más claro se da cuando la industrialización o la modernización es disparada y fomentada por poderes despóticos o absolutistas. Mucho se ha hablado sobre la modernización bajo el reino del Sha de Irán. Este proceso comenzó presuntamente por liberar ciertos lazos tradicionales de dependencia femenina, incluso cabe la suposición de que, de haberse prolongado, habría hecho más todavía al respecto. Es posible que las mujeres obtuvieran beneficios, pero como los obtuvieron a costa de oprimir a toda la población ellas perdieron como seres humanos, pagando un precio tremendo. Por otra parte, habría que referirse a las sociedades europeas orientales, en especial a la Unión Soviética. Allá la industrialización condujo al reacomodo de toda la población femenina mediante su casi completa incorporación a la fuerza de trabajo. En primer término, esto aseguró una mayor independencia económica a las mujeres, pero, en segundo término, quedaron en manos del Estado, sujetas a su control absoluto. Así, las mujeres perdieron como seres humanos, aun cuando hayan ganado algo como sexo.

Existen varias contradicciones involucradas aun en los casos menos extremos. Puedo iniciar con el reconocido hecho de que la mujer trabajadora tiene, en promedio, y comparada con el hombre menos trabajo capacitado. Este simple hecho de las sociedades industrializadas actuales lleva complicaciones totalmente diferentes a las que describió Marx en El capital. En tiempos de Marx el desempleo afectaba más a los hombres que a las mujeres, por la sencilla razón de que la fuerza de trabajo más costosa podía ser reemplazada por otra menos costosa. En nuestra época, en parte por los cambios estructurales de la industria, y en parte por la proliferación de los sindicatos, se da únicamente el caso contrario: el desempleo afecta más a las mujeres que a los hombres. Las mujeres tienen que enfrentar una mayor incertidumbre que los hombres. No hace falta aclarar que esto no es un alegato contra los sindicatos; sólo una afirmación sobre el hecho y las contradicciones involucradas. En los tiempos de prosperidad, de cualquier modo, sucede algo bastante parecido, ya que el salario del hombre alcanza para el mantenimiento familiar, las mujeres abandonan deseosamente el ejército del trabajo y se convierten en amas de casa de una familia nuclear. Los lazos tradicionales son reinstalados, pero una vez que la tradición ha sido alterada ya no se le considera una forma natural de vida. Es un argumento bien conocido aquel de que las mujeres que vuelven a la vida familiar están liberadas, al menos, del trabajo enajenante; que el trabajo, en la mayoría de las formas disponibles para la mujer, es enajenante. Esto no pasa de ser una perogrulladas. No obstante, qué deberíamos preferir: ¿trabajo enajenante o existencia enajenada? El trabajo enajenante significa compartir un malestar común. La existencia enajenada dentro de la estructura de trabajo de una dependencia tradicional arraigada es un malestar particular. Aquí se enfrenta de nuevo una contradicción profundamente sentida por las mujeres y experimentada como la pérdida de la identidad.

EL ESPECTRO Y QUIEN LO PUSO

Las mujeres no saben realmente qué es lo que quieren, porque no saben realmente quiénes son y qué deberían ser. Existe una tensión en sus patrones emocionales que se observa en todas partes; aunque haya sociedades menos tradicionales, en la tensión, se presenta con frecuencia. Las jóvenes de ahora son más libres que las del siglo pasado, están más cerca de la igualdad respecto a los muchachos. Ellas se preparan por una parte para enfrentarse con el mundo, y por otra, para el matrimonio. Es una fluctuación entre dos metas: la primera, la meta tradicional, el matrimonio; la segunda, la emancipación, la búsqueda de un empleo. Ambas representan distintas imbricaciones, patrones y actitudes emocionales. Las incertidumbres ligadas a las opciones vocacionales refuerzan la meta tradicional, el matrimonio; sin embargo, la segunda no elimina del todo el sentimiento de incertidumbre. Esta presión no desaparece después de matrimonio, sino perdura con la vida. Estar casada es un éxito, pero, ¿lo es realmente? El sentimiento íntimo de muchas mujeres, “pude haber destacado en otra cosa”, no desaparece ni siquiera en un matrimonio afortunado. Conciente o inconscientemente, esto conduce a la exasperación. El cuidado de la familia no desemboca en la satisfacción, ni es un enfrentamiento con el mundo. Si el empleo solo significa ganar dinero, quedarse en la familia es la tierra prometida. Y aunque el trabajo sea satisfactorio hasta cierto punto, hay un malestar espectral que nunca abandona a muchas de ellas por haber despreciado una tarea notable al no jugar ya el papel de “verdaderas” mujeres.

A pesar de que en promedio las mujeres tienen menos trabajo calificado comparadas con los hombres, debe insistirse, no obstante, que la profesionalización de las mujeres aumentó aceleradamente en este siglo. Aun cuando existen profesiones en las que el porcentaje de mujeres es muy bajo, no existe prácticamente ninguna profesión de la que, por principio, estén excluidas. Anteriormente, he mencionado que la reestructuración de la vida emocional femenina puede ser consecuencia del interés de la mujer en una profesión o en una causa. Los sentimientos investidos en problemas que deben ser resueltos (la entrega a estos verdaderos problemas), cambia los patrones emocionales de la mujer en muchas direcciones. Antes que nada, la actitud general cambia de lo activo, aunque la tradicional actitud pasiva de la mujer no significa necesariamente que las mujeres llevaran una vida inactiva. Sin embargo, la actitud femenina general es la de “esperar algo”. La costumbre de que las muchachas tienen que esperar a que los hombres se les declaren no es sino la expresión de esta actitud general. Durante siglos las mujeres se comportaron como si hubieran concertado una cita en la que la pareja siempre llegaba tarde. Esperar quiere decir tener ilusiones y temor. Ellas esperaron el regreso de los hombres, esperaron a que sus hijos mayores las visitaran; tuvieron ilusiones al respecto y temor de que no se cumpliera. Esperaron el amor por gratitud, una palabra amable; abrigaron esperanzas de obtenerlo y temieron no obtenerlo. Dieron lo que podían, pero sin ningún derecho de reciprocidad; sólo podían esperar que todos sus cuidados fueran recíprocos y estuvieron temerosas de que no fuera así. Esperar implica fatalismo y creencia en la providencia. Es bastante natural que las mujeres tradicionales sean religiosas: su vida es una clase de religión. Lo mismo que Solveig, de Ibsen, es el símbolo de las mujeres que aguardan la gracia. El interés emocional en una profesión o una causa cambia precisamente esta actitud. Ya no existe nada que esperar; hay una tarea que debe emprenderse y realizarse.

Al margen de que el malestar espectral de las mujeres —debido a su presunto descuido de las ocupaciones femeninas— no desaparece tampoco de su vida emocional o profesional, es posible descubrir otras presiones y tensiones que se originan precisamente fuera de una actividad profesional competente. Esto se relaciona también con un hecho social bien conocido, es de nuevo una perogrullada: aunque las mujeres desempeñan bien todas las profesiones altamente calificadas, raramente llegan a posiciones directivas. La comparación entre el porcentaje de mujeres que son maestras respecto a las que son directoras de escuela, doctoras respecto a dirigentes de hospitales, militantes respecto a líderes, conferencistas respecto a profesoras, se muestra bastante equilibrada. No deseo inmiscuirme en la manida discusión del dominio masculino en la vida profesional. En cambio afirmaría los patrones masculinos tradicionales y la creencia hombre en su superioridad, culturalmente heredada, no sólo son responsables del estado de las cosas, sino también y al mismo grado, de los tradicionales patrones emocionales femeninos. Para llegar a ser competente en una profesión se requieren ciertas habilidades mentales o manuales. No obstante, para llegar a ser “jefe” se requiere algo más: el goce poder. Las mujeres, en promedio, se sienten incómodas en situaciones de poder. Por supuesto, hay mujeres mandonas también, pero mucho menos que hombres con inclinación parecidas. Todo el dominio emocional doméstico de la mujer —el cuidado de la familia, la atención de los niño, etc.— se subleva contra la suficiencia y la satisfacción del mando. Esto no tiene nada que ver con la crueldad: las mujeres pueden ser tan crueles como los hombres, pero por impulso, no porque sientan el “derecho” de ser crueles. Como resultado, para las mujeres persiste una ambigüedad emocional respecto a situaciones de mando; por una parte, estar bajo dominio masculino en la vida profesional significa que, a pesar de su competencia, ellas solamente son dominio hombre lo mismo que antes. El sentimiento de humillación aparece en otro nivel y dispara el rencor y la severidad mezcla de sentimientos de auto-confianza e inferior agresivamente desplegados. Las mujeres rechazan las posiciones de dominio; no están acostumbradas y sienten aversión hacia éstas. Es ilustrador que, aunque una cantidad considerable de mujeres participaron en los movimientos revolucionarios, siempre que éstos llegaban al poder las mujeres se “retiraban” inmediatamente de las posiciones directivas. En armonía con esta tradición emocional, yo supongo que la liberación no debe transformarse con facilidad en una nueva forma de dominio —al menos existe una resistencia espontánea contra esto en los patrones femeninos. De este modo, aunque sea inconscientemente, las mujeres “proyectan” una sociedad sin dominio. Solamente esta última, podría poner fin a la tensión emocional y a las contradicciones ya mencionadas.

CASANDRA Y LOS JUEGOS DEL PODER

Casandra era mujer y la clarividencia se consideraba, principalmente, una cualidad femenina. Casandra no era una simple clarividente, su don particular consistía en predecir catástrofes, en anunciar los resultados oscuros y amenazadores de las empresas promisorias. Los juegos del poder, predijo ella, terminaría en desastre. Recientemente alguien se refirió a Hanna Arendt como la moderna Casandra. Acaso el epíteto se adapte más a Rosa Luxemburgo. Luxemburgo tenia la destreza especial de prever futuros peligros en embrión. No sólo le interesaron los peligros aislados, sino todos los posibles peligros del movimiento socialista analizados y criticados por su incomparable talento. Rosa Luxemburgo fue la mujer representativa de este movimiento, y ambas palabras, “representativa” y “mujer” tienen que ser subrayada. Quisiera precisar que sus diagnósticos anticipados de las futuras distorsiones y catástrofes siempre estuvieron ligadas a su condición femenina, y que este don es compartido por todas las mujeres en general. No hace falta decir que esa no es una cualidad innata, sino adquirida y transmitida por la tradición a la que están expuestas las mujeres, aunque sea de manera inconsciente. Es una capacidad del pensamiento y, como todas las de su tipo, esta sensibilidad está integrada a la razón. Nuevamente quiero insistir en que me refiero a una disposición promedio y no a casos excepcionales tan numerosos como puedan presentarse.

Como la mitológica Casandra, Rosa Luxemburgo advirtió las distorsiones y catástrofes con precisión y como resultado de los juegos del poder. Previo la coyuntura en la que una acción común para liberar a la gente se convierte en un nuevo lazo de dominio, ya fuera la formación de un Gabinete, la organización de un partido elitista, la imposición tajante de la voluntad de ese partido sobre el pueblo o el apoyo a una guerra. Todo lo que anticipó y advirtió fue cierto. La destreza del pensamiento de Rosa para analizar males futuros in statu nascendi estaba interrelacionada con su rechazo casi instintivo a cualquier forma de dominio. Este es el mismo patrón emocional que yo atribuí en general a las mujeres, excepto que ella nunca se sintió mal por esa aversión. Por el contrario, lo generalizó como la única y decisiva conducta, como , el patrón emocional más valioso para los socialistas. Ella estaba totalmente consciente del hecho de que el dominio se presentaba como un status natural, hasta para algunos de sus mejores compañeros contemporáneos —sus cartas a Luise Kautski lo avalan—, pero ella rehusó cualquier relación con ese “status natural” y aceptó espontáneamente la tradicional aversión femenina al dominio, una tradición humana básica.

Uno de los estereotipos sexistas modernos supone que los hombres son racionales y las mujeres irracionales, y esto comparte el destino común de todos esos clichés. Seria ridículo afirmar que, ya que Rosa Luxemburgo analizaba cada situación desde la perspectiva de los patrones emocionales femeninos, fue más sensible y menos racional que los hombres de su época. Además de ser una dirigente en el movimiento socialista, fue una estudiosa a la vanguardia de su tiempo. El núcleo del asunto es que su disposición emocional -antes que nada su aversión a la dominación- la preparó para llevar a cabo una percepción particular que difiere las percepciones de sus contemporáneos masculinos y q sin embargo, no es irracional. Me gustaría generalizar esto decir que las mujeres que rebasan la actitud de aguarda hundirse en la esperanza y el temor, que están interesadas una profesión o sirven a una causa, se encuentran menos expuestas, en comparación a los hombres, a los extremos en emocionales de ilusión y desesperación. Advertir el peligro no lo mismo que desesperarse; implica la suposición de que señal pueda ser escuchada. La moderna Casandra no lamenta, sólo quiere convencer.

HACIA UNA SOCIEDAD SIN DOMINIO

Como anteriormente se ha expresado, la industrialización y la modernización causan una influencia conflictiva en la da de las mujeres y conducen a tensiones y ambigüedad emocionales. Si la industrialización es fomentada por gobiernos despóticos, la mayor igualdad de las mujeres en relación a los hombres se paga al más alto precio: con su sujeción, como seres humanos, y la de todos los demás. a la tiranía. Si industrialización y la modernización son fomentadas por Estados democrático-legalistas con una economía capitalista aproximada, las mujeres son replegadas, una y otra vez, a dependencia tradicional que ya no sienten como “natural”, como profesionales tienen que enfrentarse a una lucha por poder perdida de antemano para ellas, en parte porque mayor la destreza masculina para el dominio y en parte por su rechazo a aceptar los papeles masculinos de dominación. Además, se ha expresado que las mujeres son particularmente sensibles a los peligros que encierran los juegos del poder que las hace aún más proclives al papel de Casandra. Mi conclusión fue que sólo una sociedad sin dominio podría poner fin a las tensiones emocionales heredadas en esta conflictiva situación. Ahora, tengo que avanzar un paso más en la misma dirección.

Aunque el crecimiento de la industria hizo posible que la mujeres trabajaran fuera de la economía doméstica, el reconocimiento de su libertad personal e igualdad fue el resultado, del reconocimiento de la libertad e igualdad formales de todo ser humano, en tanto persona de la sociedad civil. En realidad, la teoría del derecho natural se transformó en una lista de derechos del hombre, pero los derechos del hombre han sido sucesivamente reformulados como “derechos humanos” -incluidas las mujeres en tanto personas. Esta lista fue el resumen de los principios de una política democrática enriquecida con nuevos agregados durante el siglo pasado.

Los principios son abstracciones que deben interpretarse en el proceso de la concreción. Ciertas interpretaciones conducen a contradicciones entre los principios, otras no. Yo quisiera referirme a esto con el ejemplo de los antagonismos entre la libertad civil y los derechos de propiedad. No es una elección casual, ya que el conflicto atañe a la contradicción básica entre la democracia y los Estados democráticolegalistas con economía capitalista aproximada. Además, esto tiene una relación particular con nuestro problema específico.

Es un antiguo argumento liberal que el derecho de propiedad y la libertad no sólo son excluyentes entre sí, sino que uno de la precondición del otro. Tiene que agregarse que la misma noción liberal (como la definición de propiedad de Hume) restringe al entendimiento legítimo de la propiedad la posesión de los objetos y excluye a los sujetos, a los seres humanos. Tomando en cuenta la historia femenina, ésta concepción no puede descartarse sin una reflexión. En casi todas las culturas, las mujeres fueron excluidas mayoritariamente, aunque no siempre, del derecho de propiedad: todo pertenecía al hombre, y en ciertas culturas, incluso, la dote pasaba a ser propiedad de éste. Así, hasta el concepto liberal de propiedad proporciona a las mujeres una oportunidad, y su cumplimiento libera a unas, al menos, de su total dependencia económica. En suma, el completo cumplimiento de iguales derechos de propiedad no se logra todavía ni siquiera en ciertos países donde la interpretación libera; de la propiedad ha sido aceptada y llevada a cabo por mucho tiempo.

Con todo, si tomamos en cuenta la noción liberal de propiedad y su cumplimiento, se presentan consideraciones parecidas a las del caso de la industrialización y la modernización. Si excluimos los modelos despóticos de industrialización, podemos decir que la industrialización y la propiedad privada —es el sentido liberal de la palabra— se desarrollaron al parejo. Sin embargo, ya he subrayado que este tipo de propiedad privada dificulta la total concreción de las libertades democráticas g hace ambigua, una vez más, la emancipación relativa familiar, de las mujeres. Si es cierto que una situación de dominio dispara la presión emocional en las mujeres, no es menos cierto en el caso del dominio económico. Es un hecho evidente que aunque a las mujeres les gusta usar y disfrutar riquezas, muy raramente las adquieren y manejan: apenas existen mujeres entre los llamados “capitanes de la industria”. Las riquezas, para ellas, son más un valor de uso que fuente de poder y esta actitud de ningún modo es una ventaja en el rudo mundo competitivo. Cuando me referí a los problemas específicos del desempleo, y luego a la saturación de empleos, subrayaba que la industria capitalista establece desventajas para las mujeres trabajadoras, aunque mejore su libertad en relación a sus maridos. La referencia al profesionalismo subrayaba lo mismo en el caso de las mujeres intelectuales. Mi conclusión fue que lo mismo vale para las mujeres ricas: el derecho de propiedad les ofrece una oportunidad mejorada pero no igual que la de los hombres.

LA INCOMODIDAD EN EL PODER

Tengo que regresar al problema de que los principios de los derechos humanos y civiles pueden ser interpretados de diferente manera. Esto también es cierto para el derecho de propiedad. El derecho de propiedad implica, por definición, una exclusión: si yo tengo algo, los demás están excluidos de usarlo. Sin embargo, existe una diferencia notable en lo siguiente: los demás están excluidos de usar sin mi permiso la misma cosa, o bien cualquiera está excluido de usar cosas semejantes. Por ejemplo, yo poseo un vestido, una casa o un auto y excluyo a los demás de usar sin mi permiso el mismo vestido, la misma casa o el mismo auto, pero yo no excluyo a nadie de tener un vestido, una casa o un auto propio. No obstante, si poseo una fábrica que sólo puede funcionar por el trabajo de cientos de obreros, no sólo excluyo a estos trabajadores de usar sin mi permiso mi fábrica (por la relación específica salario-trabajador), sino además los excluyo de poseer una fábrica: si ellos poseyeran una, no trabajarían en la mía y ésta sería un montón de chatarra. Así, yo los excluyo no tan solo del uso de la misma cosa, sino también del uso de una cosa semejante, de cosas parecidas. De este modo, impidiendo a la gente el uso de la misma cosa no se obstaculiza el desempeño de las libertades, pero sí en el caso del impedimento a los demás del uso de cosas semejantes. Por otra parte, afirmaría que la propiedad, en tanto la exclusión de los demás del uso de la misma cosa sin mi permiso, pertenece al ámbito de la libertad y la refuerza, por la sencilla razón de que tengo que estar a cargo de mi propia satisfacción de necesidades, y también debo tener el derecho de disponer en el reino de mi vida cotidiana. La interpretación del derecho de propiedad, en tanto la exclusión de los demás de la industria y no únicamente en la economía doméstica. En un sistema de autogestión, los propietarios colectivos excluirían a los demás propietarios colectivos del uso y disposición de la misma cosa, pero no del uso y disposición de cosas semejantes. La propiedad puede dejar de ser el medio de dominación sin dejar de ser el refuerzo de la libertad y solucionarse prácticamente todas las contradicciones entre las libertades democráticas y el derecho de propiedad. De este modo, puede concebirse, en tanto socialismo, una democracia radical.

Si es cierto que las mujeres, al menos en promedio, se sienten excesivamente incómodas en situaciones de poder (que ellas prefieren el uso de las cosas, la satisfacción de las necesidades al goce del poder, el mando, el gobierno tan opuesto a sus tradiciones); si es cierto que la posición de dominio dispara en ellas una tensión emocional permanente, entonces, como expresamos, el socialismo, en tanto democracia radical, es la única solución y perspectiva para la liberación femenina. De cualquier modo, al parecer las mujeres por lo general no comparten esta conclusión. Existen al menos tres razones para esta reserva o actitud negativa que enseguida discutiré brevemente.

LA TRADUCCIÓN DE LAS INJUSTICIAS PERSONALES

La primera razón se descubre en el peso formidable de la tradición. Cuando me refería a la esquizofrenia emocional de las jóvenes modernas que no tienen claro si su felicidad y única meta reside en el matrimonio o en algo más, ya estaba en el problema. El papel sexista heredado por el medio ambiente es siempre más o menos internalizado, pero si la meta principal es atraer las miradas masculinas, las mujeres insisten en los patrones emocionales de esperar. Y si un modo de vida más o menos tradicional ya ha sido elegido, el interés revestido es demasiado fuerte para ser derrotado. El sentimiento de fastidio, de amargura al que me referí, será expresado en riñas y resentimiento; no en un proceso de liberación y autoconciencia. La preocupación por quién lavará los platos, los vestidos o la mesa sustituye la búsqueda de una verdadera liberación. Asimismo, es un hecho que incluso muchas mujeres incómodas en una situación de dominio disfrutan si sus maridos obtienen esa posición. Calentarse en el fuego del poder de los maestros es una actitud de servidumbre, aunque el afecto mutuo exista.

C. Wright Mills sugirió una vez que las injusticias personales tenían que ser traducidas en términos sociales. Las mujeres que sufren injusticias habitualmente no las traducen en términos sociales, porque equivocan la identificación de las causas. Por lo general, suponen que si se hubieran casado con otro hombre el mismo modo de vida las hubiese conducido a esa felicidad inmóvil. Esta insistencia no quiere sugerir, por supuesto, que no existan malos matrimonios, que semejante modo de vida no pueda ser mejor o peor si se comparte con personas diferentes; sólo desea subrayar que con frecuencia, las mujeres se parecen a las personas que no pueden dormir y se voltean a un lado y otro en lugar de darse cuenta que la causa de su insomnio es una ansiedad interna que no puede eliminarse con simples cambios de posición. La misma es válida si la causa de la injusticia es identificada con la mala suerte personal o el fracaso con el marido o los niños. El aprendizaje del modo de traducir las injusticias personales en términos sociales cumpliría, por sí solo, la mitad de la liberación femenina.

EL SOCIALISMO Y LAS EMOCIONES DE LAS MUJERES

La segunda razón no es menos obvia. Las mujeres comparten una tradición mediada por todo tipo de ambientes; pero su educación es distinta según la clase social, estrato, lugar, país o cultura donde nacieron. Así, ellas internalizan clases enteramente distintas -normas culturales y nacionales. Su status social puede cambiar con el matrimonio y en la actualidad, también, con la búsqueda exitosa de una profesión. Pero en todos estos casos, el interés revestido radica no sólo en el destino femenil común, sino en su filiación particular de clase, nación o cultura. Las mujeres más tradicionales son las más identificadas con las normas de clase, estrato, nación y cultura de sus padres y esposos. Entre menos tradicionales llegan a ser ellas, están más dispuestas a defender la posición y los privilegios que han llevado hasta lo último en un mundo hostil. De un modo u otro, llegan a estar sujetas a la división general del trabajo. Así, la división emocional del trabajo entre los sexos está unida a la división emocional del trabajo de clase, estrato y profesión. Es muy difícil identificarse por sí misma con la causa femenina común si se está al mismo tiempo identificada con intereses particulares y causas diferentes, acaso hasta en conflicto con éstas. De este modo, la carencia del hábito de traducir las injusticias personales en términos sociales no obedece tan sólo al interés tradicional revestido, sino igualmente a un interés particular de grupo o clase. Ser consciente de que la radicalización de los derechos humanos el socialismo y la democracia radical son la perspectiva de la liberación femenina, puede contradecir el interés en toda clase de privilegios sociales.

OPERACIÓN CASANDRA

La tercera razón es menos obvia que las dos primeras. Antes de abordar su breve discusión, debo volver a un juicio previo. Como ya dije, la separación entre causa femenina y causa humana, puede llevar a la aceptación de considerables pérdidas sufridas por las mujeres en su calidad de seres humanos. Por otra parte, señalé que no puede aceptarse tampoco la afirmación de Bebel de que el socialismo automáticamente solucionará todos los problemas femeninos, ya que incluso si nos plegamos a la sugestión de Collingwood de que el progreso es ganancia sin pérdida correspondiente, un mero progreso universal no pondría fin a la desigualdad de las mujeres. Pero al mismo tiempo sugerí que como democracia radical, el socialismo es la única perspectiva posible del movimiento de liberación femenina. Al parecer, por mi misma he llegado a una contradicción irresoluble.

Lo que parece una contradicción no lo es, de hecho si recordamos que existen imágenes del socialismo completamente distintas. Si pensamos tan sólo en los dos primeros proyectos —el de Saint-Simon y el de Fourier— de inmediato se hace evidente que el primero no encuentra la necesidad de las mujeres y el segundo sí. No cualquier socialismo está en armonía con los patrones emocionales de las mujeres; sólo un socialismo de origen particular. Por ejemplo, la centralización de las necesidades y su satisfacción es contraria a una habilidad femenina particular: el cuidado de la comunidad. El establecimiento de una nueva autoridad es contrario a las necesidades femeninas de poner fin a toda autoridad. En otras palabras, una auto-gestión que interese el cuidado de la comunidad sin ninguna dominación estaría acorde a las necesidades y las mejores capacidades femeninas. Hay algo parecido a esto en Rosa Luxemburgo, cuando ella advirtió los gérmenes de una nueva y posible dominación en todos los demás intentos y propuestas teóricas. Aquí llegamos a la tercera razón por la que las mujeres rehusan aceptar el socialismo. Los modelos de socialismo siempre toman una forma especial, en teoría o en la realidad, que sólo puede ofrecer una solución ambigua a las mujeres, por lo que ellas, correctamente, rehusan aceptarlo. El traducir las injusticias personales en términos sociales no significa tan sólo darse cuenta que existe nada más un modo común de enmendarlas, sino el rechazo a toda solución que no pueda enmendarlas; en suma, la aceptación del papel de Casandra. No puede dársele apoyo a una noción de universalidad identificada con las necesidades de una particularidad, aunque esta particularidad en cuestión sea la mitad de la humanidad, sea el mundo masculino o femenino. No obstante, si nosotras generalizamos y radicalizamos los principios políticos del derecho natural, que expresa que el ser humano nace libre e igualmente dotado con la razón, y nos esforzamos por el cumplimiento de una sociedad acorde a estos principios, entonces nosotras luchamos por una universalidad que abarca las necesidades de los dos sexos. Creo firmemente en la propuesta teórica de que las mujeres tienen una particular afinidad por esta universalidad. No obstante, supone que los hombres compartan también semejante afinidad, porque de otro modo no podría concebirse como universalidad; una sociedad, bajo estos principios, no podría ser realidad ni siquiera en nuestros sueños más osados.

 

Ágnes Heller

Traducción de Gabriel Jiménez