Un premio literario es un juego en el que se participa de acuerdo a reglas que el jugador está obligado a respetar si realmente aspira a la meta. Al final del juego sólo hay un as. El jurado-verdugo trae por lo regular una espada afilada para aniquilar a cuanto participante se le atraviese. Y a veces las cartas están marcadas.

Queda claro que el premio no es la poesía, sino un medio, un paso a la consagración, aunque no siempre el resultado enriquece el jardín de la poesía de un país.

Hay poetas que padecen el síndrome del concursante compulsivo o de concursitis aguda, y quienes construyen su obra al margen de los flashazos de las convocatorias, aunque pocos resisten un cañonazo de 120 mil dólares, ofrecido por el Premio Manuel Acuña, convocado desde Coahuila. O los 100 mil dólares que hasta hace poco aportaba el gobierno de Venezuela por el Premio Víctor Valera Mora, misma cantidad que ofrece la Fundación Marazul desde Caracas por el concurso Entreversos.

Ilustración: Alberto Caudillo

En México el Premio Bellas Artes de Poesía Aguascalientes tuvo como antecedente los Juegos Florales de Poesía (1931-1967), que dieron paso al premio tal y como se le conoce hoy y que se entregó por primera vez en 1968 a Juan Bañuelos (1932-2017), por su libro Espejo humeante y en 2017 a Renato Tinajero (1976) por Fábulas e historias de estrategas.

El Aguascalientes es el premio más importante del país y muy probablemente de Iberoamérica, por el monto económico (medio millón de pesos), su permanencia y porque de ahí han surgido voces de valía indiscutible, por la variedad de registros poéticos y porque lo han recibido tanto voces jóvenes como de mayor edad.

Leer los libros ganadores permite bucear en las aguas de la poesía mexicana y compartir hallazgos. Encontrar poemarios que no envejecen y libros que terminan en el olvido. Y sobre todo autores imprescindibles, ya sea porque fundaron un canon o porque le abrieron camino a otras voces.

Espejo humeante de Juan Bañuelos fue el primero en obtener el premio. Debutaron como jurado Rosario Castellanos, Agustí Bartra y Porfirio Martínez Peñaloza. El reto era mayor, pues los últimos triunfadores en la modalidad de Juegos Florales habían sido nada menos que José Carlos Becerra y Rubén Bonifaz Nuño.

Partiendo de la poesía indígena y de la reivindicación de las luchas sociales, el poeta chiapaneco realiza una travesía del sur al centro del país: “He mirado la patria largamente./ Se le nota tristeza hasta en el mapa”. No están en sus poemas los sucesos del 68, pero sí referencias al movimiento ferrocarrilero y el reflejo de una atmósfera violenta: “En este instante la multitud de mi persona desemboca en la Avenida Juárez y empiezo a oír el dodecafónico tableteo de las armas entre la égloga del miedo”.

No me preguntes cómo pasa el tiempo de José Emilio Pacheco (1939-2014), publicado en 1969 y ganador del premio un año antes, me sigue pareciendo de lo más revitalizante escrito por un autor de lengua española. Hecho con otras lecturas, que asume la tradición como ruptura y no como una losa fría que aplasta con su sonsonete a quien la carga. Poemas en prosa, poemas que parecen ensayos, traslaciones, luces y sombras del 68, el historial de los vencidos, el desencanto y el pesimismo que se desplegaría en los años setenta como una bandera del desastre y el derrumbe que vendría. JEP tenía entonces 30 años.

Pudiéramos decir que mientras en la poesía de Bañuelos hay soporte ideológico, en Pacheco el compromiso es con el lenguaje y con una visión apocalíptica del mundo: “Piensa en la tempestad para decirte/ que un lapso de la historia ha terminado”.

Vistos a distancia, Espejo humeante y No me preguntes cómo pasa el tiempo son, a la luz de la poesía mexicana, dos momentos sólidos y dos voces que influirán en los poetas que vendrían.

En 1971 Óscar Oliva (1938) con Estado de sitio abunda en el registro de la poesía comprometida. Aunque a veces el tono militante de sus versos parece opacar al poeta, el libro sostiene el estandarte de la lírica moderna: “Ahora voy a rodear de eucaliptos tu cintura/ De semen tus eucaliptos verdaderos/ De sol tus planos arquitectos/ Oh tú que eres Botticelli en un ramo/ Sor Juana entre mis piernas”. Algunos de sus versos no distan mucho de los temas de hoy: “Estoy caído en un hoyo de cien metros/ Mi padre me busca con sus sabuesos,/ de casa en casa,/ de matorral en matorral”.

No puede pasar por alto La zorra enferma de Eduardo Lizalde (1929), el tigre mayor, premiado en 1974, aunque me parece que Cada cosa es Babel (1966) es muy superior a la obra galardonada. Textos lapidarios, de madurez, con una ironía que no deja títere con cabeza y un tono amargo.

En los primeros 10 años del premio hay además poemas luminosos de Alejandro Aura (Volver a casa) y Raúl Navarrete (Memoria de la especie), y un libro de franca ruptura y desafío a la poética de entonces: Un (ejemplo) salto de gato pinto de José de Jesús Sampedro (1950), ganador en 1975, a los 25 años.

Otro libro de ruptura es El ser que va a morir de Coral Bracho (1951), aunque en una tónica distinta a la de Sampedro. Mientras que Un (ejemplo) salto de gato pinto tiene como directrices el psicoanálisis, el rock, el surrealismo y las corrientes de la contracultura en los años setenta, El ser que va a morir, ganador en 1981, está más cercano a la transgresión, no sólo verbal, sino ante el deseo y el erotismo, lo semántico y la sintaxis mediante vocablos inventados a través de una estructura compleja.

El premio de poesía en 1984 fue para Música solar de Efraín Bartolomé (1950), con un libro decisivo en la obra del poeta chiapaneco. Contiene páginas luminosass y con tonalidades y registros en los que ríos, selvas y nombres propios se desdoblan como un abanico en el que se despliega la vocación del pedernal y lo terrestre. “A veces/ la vida muestra todo su obsceno resplandor”, escribe en “Elegía frente al río” y “Hay una barca que se abre ante el mar como una espera”, en “A la orilla del sueño.” Poeta de aliento largo, vuelve la mirada, desde la crónica poética, a la región, el sureste abrupto.

El ganador en 1987 fue José Javier Villarreal con Mar del norte. Una obra de las que crecen con el tiempo. De versos largos con lecturas asimiladas de Yeats, Eliot y Pound, así como de las imponentes figuras de Góngora y Lope de Vega. Los versos de largo alcance de José Javier siguen la infancia con la mirada, recovecos marinos, playas y lugares en los que el pasado se difumina y se recrea a través de voces tan familiares como fantasmales.

Dicen adiós al siglo XX cuatro libros que a mi parecer se sostienen de principio a fin: Del lunes todo el año de Fabio Morábito (1955), donde lo cotidiano se incorpora al poema desde la sencillez aparente. A la salud de los enfermos de Juan Domingo Argüelles (1958), donde la resurrección del dolor, la cicatriz amorosa, el retorno a las formas clásicas, al poema y al lector como temas son motivos de luz. En memoria del reino de Baudelio Camarillo (1959) donde predomina el dominio de una lírica del retorno a la tierra y la celebración ante el amor. Balanza de sombras de Antonio Deltoro (1948) donde la cotidianidad se manifiesta como elemento sorpresivo y transformador y la mirada busca lo que a la otra mirada le pasa en blanco.

Los resultados de las convocatorias del 2000 al 2017 dejan algunos libros que van haciendo huella. Los hábitos de la ceniza de Jorge Fernández Granados, ganador en 2000, ofrece una mirada nítida hacia las raíces y lo vivencial mediante un lenguaje preciso y una poética que pudiéramos llamar de los circuitos terrenales. Coliseo de Héctor Carreto (1953), ganador en 2002, de los pocos libros de la poesía mexicana en que el humor se vuelve herramienta crítica y acompaña al poema retomando la tradición de la poesía latina y renovándola. Libro del abandono de Javier Acosta (1967), ganador en 2010, profundiza en la materia y el espíritu y reivindica el silencio y el razonamiento filosófico. Te diría que fuéramos al río Bravo a llorar pero debes saber que ya no hay río ni llanto de Jorge Humberto Chávez (1959), ganador en 2013, es en cierta manera un libro de ruptura en el sentido que involucra la crónica como elemento poético para dar fe del memorial fronterizo y de la violencia. Un libro que asume el reto de leerse como prosa y que vuelve la mirada a la poesía beat y que plantea con cierto desparpajo las desgarraduras del país. Me llamo Hokusai de Christian Peña (1985), ganador en 2014, es un viaje en partida doble: a la vida del artista japonés Katsushika Hokusai (1760-1849) como pretexto poético y al yo lírico del autor. En este doble fondo el fantasma de la enfermedad y la vuelta a la infancia se traza un juego calculado, administrado con dosis de ironía y una apuesta a la búsqueda de los lectores del futuro a través de una ventana en la que proyección y el documento compactan el tono ensayístico.

Sobre Fábulas e historias de estrategas su autor, Renato Tinajero Mallozzi (1976), ganador en 2017, ha dicho que no busca la ruptura sino el diálogo. En libros como éste queda claro que en poesía no se puede improvisar, que el ajedrez no es un juego para todos y que el bisturí es una herramienta de suma importancia a la hora de ofrendar el poema a la hoja en blanco.

Mar de fondo de Francisco Hernández, La transparencia del deseo de José Luis Rivas, El diván de Antar de Elsa Cross, El cardo en la voz de Jorge Esquinca, Espuela para demorar el viaje de Ernesto Lumbreras, Cantos para una exposición de Eduardo Langagne y Alegrial de Eduardo Milán, ganadores entre 1982 y 1997, son determinantes en la trayectoria de sus autores y contienen textos que reconcilian la poesía y la vida. Lo mismo que La puerta giratoria de Jorge Valdés Díaz-Vélez, Casa nómada de Malva Flores, Dylan y las ballenas de María Baranda, Hay batallas de María Rivera, Boxers de Dana Gelinas, El deseo postergado de Mario Bojórquez, Teoría de las pérdidas de Jesús Ramón Ibarra y Las maneras del agua de Minerva Margarita Villarreal, ganadoras entre 1998 y 2016.

Un premio con la edad y la importancia del Aguascalientes no es ajeno a las luces y las sombras. En dos momentos, 1979 y 2008, el premio fue declarado desierto y otorgado a Elías Nandino y Gerardo Deniz como reconocimiento a su obra. La polémica más recalcitrante la protagonizó Tríptico del desierto de Javier Sicilia, ganador en 2009. Un round triste y demoledor para la poesía mexicana en el que apropiaciones completas de Celan, Rilke, Eliot y la Biblia en el texto de Sicilia, que iban más allá de la intertextualidad, fueron evidenciados por el crítico Evodio Escalante.

 

Margarito Cuéllar
Poeta y ensayista. Sus libros más recientes son Las edades terrestres y Moléculas en movimiento migratorio alrededor de una posición de equilibrio.

 

Un comentario en “De aquel tiempo a esta parte.
Notas sobre el Premio de Poesía Aguascalientes

  1. Receta para ganar el Aguascalientes :
    1. Un título kilométrico y ‘social’
    2. Lenguaje exuberante
    3. Por lo menos un jurado de tu localidad.