Parabólica

Las trampas de la amnesia

Por Carlos Castillo Peraza

¿Recordará Charles de Gaulle —abogado de cincuenta años, fanático del squash, diputado al Parlamento Europeo— quién fue su célebre abuelo y homónimo, héroe de varias guerras, conductor de los franceses libres durante la lucha contra el hitlerismo, víctima de una decena de atentados por parte de una derecha militarista, colonialista y nostálgica desde que el espigado y soberbio general optó por conceder la independencia a los argelinos?

Tal parece que no, si creemos lo que escribe François Dufay en uno de los más recientes números del semanario galo Le Point. En efecto, el periodista da cuenta de la sorprendente y amnésica decisión del nieto del gran Charles: aceptar ser inscrito en las listas de candidatos a la curul europea que presentará el Frente Nacional (FN), organización ultraderechista, racista y xenófoba que encabeza un turbulento personaje francés apellidado Le Pen.

El pequeño Charles —¿o quizá Charles el pequeño?— ha esgrimido como argumento para justifica su decisión, el deseo de “poner fin a la diabolización de lo que han defendido la soberanía de Francia con el vigor mayor”, con lo que pretende erigirse en continuador de las batallas de su ilustrísimo antepasado. Pero, como lo señala Dufay, a Charles de Gaulle Jr. deben andar fallándole las áreas de la corteza cerebral donde se archivan los recuerdos.

Y es que, en las filas del FN, el nieto se topará ineluctablemente con Jean-Jacques Susini, uno de los involucrados en el famoso atentado de Mont-Faron que pudo costar la vida al valeroso abuelo De Gaulle. El tal Susini fue dirigente de la Organización del Ejército Secreto —conocida como OAS por sus siglas del francés (Organisation de l’Armée Secrète)—, grupo clandestino formado por oficiales que combatieron en Argelia y percibieron la liberación de este país como una traición del general-presidente. Además, uno de los responsables de los estudios del FN es hijo de Bougrenet de La Tocnaye, otro de los conspiradores contra De Gaulle el mayor. A mayor abundamiento, el jefe del FN acude cada año a poner flores sobre la tumba de Bastien-Thiry, organizador de atentados contra el destacado abuelo de Charles el menor.

Desmemoriado el nieto de quien fue llamado, por su estatura y reciedumbre física y moral. La Encina. De allí que los viejos amigos del general apoden al amnésico descendiente La Bellota, probablemente aludiendo a su pequeñez en todo y al hecho de que semejante fruto es alimento para cerdos.

Un olvido español

-Lo conocí —gracias al embajador hispano en nuestro país, De la Iglesia— cuando visitó México hace unos seis años. Era el Ministro del Exterior de España. Estaba en extremo fatigado y, no obstante, desplegaba una lucidez enérgica, animosa, jovial y serena. Hombre de confianza en cualquier terreno, Javier Solana colaboraba entonces con el presidente del gobierno, Felipe González, cuyo partido —el Socialista Obrero Español— se encaminaba entonces, tal vez sin saberlo, a la derrota electoral que le propinaría dos años más tarde el Partido Popular encabezado por José María Aznar.

Me dio la mejor impresión posible. Luego supe que era doctor en Física y que había enseñado la materia. Por casualidad, alguno de sus exalumnos me hizo saber que fue un maestro cumplido, eficiente y querido por sus pupilos. También me informó que Solana se inscribió en el PSOE hace hoy 35 años, es decir, en 1964. cuando fue expulsado de la madrileña Universidad Complutense por sus actividades antifranquistas. Terminó sus estudios en Gran Bretaña y en los Estados Unidos. Su antiyanquismo no le impidió, en esos años, hacerse de un pasaporte estadunidense a guisa de paraguas político. Eran los años duros de la dictadura.

El joven físico y socialista impresionó a Felipe González por su rectitud, su bonhomía y su cultura. Solana—como tantos otros colegas en las ideas políticas— era un pacifista y se oponía, en los ochenta, al ingreso de España a la Organización del Tratado del Atlántico del Norte (OTAN). Pasado perfecto: hoy, Javier Solana no es sólo el Secretario General de la alianza militar mencionada, sino el primero entre éstos que encabeza una acción militar en territorio europeo, es decir, los bombardeos contra Milosevic, el criminal depurador étnico de los Balcanes. Y llegó al cargo no sólo con la venia, sino con el apoyo explícito de Washington dado por el Secretario de Estado Warren Christopher, en 1995.

Tal pasado y semejante presente explican quizá que Javier Solana se declare “melancólico”. Y que invoque su derecho “a cambiar de opinión y a equivocarse”. Por supuesto, si cambió y erró antes, bien podría decirnos mañana que se equivocó hoy. Las leyes de la física no cambian. Las de la política, sí. Estas parecen ser olvidables. Aquéllas, inolvidables. Alguien escribió que la ciencia es “un cementerio de hipótesis”. No soy nadie para rebatirlo ni para sostenerlo. Pero, hasta donde se ve, la política parece ser un camposanto de convicciones, y el discurso de los políticos un interminable obituario de los recuerdos. Quizá sea el único método para ir construyendo esperanzas. Es cierto que no es posible vivir recordándolo todo. Pero, ¿es posible hacerlo olvidándolo?

No olvidar al Estado…

En el número correspondiente al mes de marzo de El Correo UNESCO, un alto funcionario del Programa de las Naciones Unidas para el Desarrollo (PNUD), Omar Norman, reflexiona sobre las transiciones hacia la economía de mercado en los países de la que alguna vez fue llamada “Europa del Este”. Sus meditaciones arrojan las conclusiones siguientes:

El Estado socialista intervenía en todo. Desde su caída, el péndulo se inclinó demasiado en sentido contrario. A menudo, por reacción ideológica contra el pasado, se desmantelaron con excesiva premura las antiguas estructuras. Ahora bien, al Estado le incumbe un papel decisivo en la transición, como lo están demostrando los países de Europa central. Liberalización a ultranza significa monopolios privados, salidas masivas de capitales, desigualdades intolerables y pérdida de confianza en el mercado, en razón de los fraudes financieros. Se necesitan instituciones públicas fuertes que regulen los mercados financieros y transfieran con eficacia los recursos a las categorías más vulnerables. Por último —y eso es lo esencial— hay que reactivar el crecimiento…

…Ni los derechos humanos

Enzo Bettiza, en Panorama, hace una crítica frontal a Madelene Albright, secretaria de Estado norteamericana. El periodista italiano la emprende contra la dama en jefa de la política exterior de Clinton, no por su apoyo a los bombardeos de la OTAN contra Serbia, sino porque en su más reciente visita a la capital china, Pekín o Beijing, la señora dio exhibición palmaria de “doble moral”.

Bettiza recuerda que los atentados contra disidentes y la represión contra opositores creció precisamente en los días previos a la visita de la señora Albright y que ésta, cumplido el rito de las reclamaciones en el tono que las hubiera hecho “un inspector de Amnistía Internacional”, cambió de tono y declaró a la prensa que “no es buena cosa relacionar los derechos humanos con el comercio” y que “es preciso mantenerlos separados si queremos hacerlos progresar juntos”.

La señora, reclama Bettiza, “supo atemperar la dureza metálica de su carácter con una sobredosis de inevitable cinismo”. Mostró así que los norteamericanos combinan con suprema desvergüenza la alabada “moralidad humanitaria” con la muy realista “amoralidad del negocio”.

Don Enzo Bettiza acaba de descubrir el hilo negro. Esperamos que no registre la patente y comience a cobrar royalities. Agradecemos el memorandum, empero. No está de más.       n

Carlos Castillo Peraza. Periodista. Es autor del libro Disiento.