Mis primeros dos años de vida fueron los dos últimos del gobierno de Luis Echeverría. Nací en la Ciudad de México, cobijado por el cuidado de la familia de mi madre, una muchachita de 23 años con un hijo de cuatro y un recién nacido. Era una casa de clase media en la Nueva Santa María que habían logrado comprar como resultado del éxito de una tienda de regalos. Era un salto descomunal. Mi abuela, nacida en 1922, pasó de no terminar la primaria, tener su primera hija siendo adolescente, vivir en una vecindad en Santa María la Ribera y trabajar de gritona en la Lagunilla, a vivir en una casa propia y amplia, con cochera y coche, y viajar recurrentemente a España. El milagro mexicano.

El confort de mis primeros años desapareció rápido. En 1981 nos mudamos a Chiapas. Llegamos a Yajalón después de cuatro horas de un tortuoso camino desde Palenque. Mi milagro mexicano mutó en una realidad implacable de pies descalzos, discriminación atroz contra indígenas, alcoholismo, violencia cínica, soldados que daban mucho miedo, escuelas en las que uno nada aprendía, inundaciones, maltrato sistemático hacia mujeres, la erupción de un volcán, todas las carencias posibles, y en la pantalla de la televisión José López Portillo llorando sus torpezas frente al Congreso. El inicio de las crisis mexicanas.


Ilustración: Raquel Moreno

El resto de mi infancia transcurrió entre anormalidades económicas y normalidades políticas. Inflación, devaluaciones, deuda externa; al lado de la suave elección de Miguel de la Madrid, las grandes movilizaciones priistas, don Fidel Velázquez en la CTM, los pactos de solidaridad económica. Ante la incertidumbre, protocolos. Con 12 años cumplidos huimos a la ciudad de Querétaro. A una realidad aplacable. La ciudad crecía, se industrializaba, generaba empleos, ofrecía mejores opciones educativas. Era una de las primeras beneficiarias del recién iniciado proceso de apertura económica.

Vivíamos en un departamentito y con su trabajo como secretaria mi madre nos mantenía a flote, mientras sus dos hijos adolescentes recibían una educación técnica (soy técnico en electricidad por la secundaria y técnico en seguridad industrial por un CBTIS). Tanto mi hermano como yo empezamos a trabajar por aquellos años. Entre los 15 y los 19 años fui distribuidor de Broncolín, repartidor de pizzas, mesero, carpintero, microbusero, y finalmente encuestador del INEGI. Fueron años de calma y relativa prosperidad. De algo cercano a la devoción hacia Carlos Salinas de Gortari, que nos llevaba, por fin, hacia el primer mundo. Se negociaba el TLCAN; se controlaron devaluaciones e inflaciones y el PRI se volvía el partido de los que sí saben, los expertos salvadores, los admirables tecnócratas.

A mí la realidad me pasaba un poco de lado. Estaba mucho más ocupado en mantenerme económicamente, salir del closet y planear cómo carajos iba a lograr ir a la universidad, que en un proceso de reflexión sobre un país que, todos parecían acordar, iba bien. A mis 19 años decidí venirme a la Ciudad de México a ser psicólogo por la UNAM. Un mal cálculo de fechas, el recorte en manos de una amiga de un anuncio en La Jornada, y la promesa de una beca de manutención me llevaron en 1994 al CIDE y a descubrir una vocación que desconocía. No volví a ser el mismo, me volví quien soy.

1994 fue el año del levantamiento zapatista, los asesinatos de Luis Donaldo Colosio y José Francisco Ruiz Massieu, la puesta a prueba de un instituto electoral ciudadanizado, la elección de Ernesto Zedillo y el inicio de una de nuestras peores crisis. El fin de la normalidad política de un régimen autocrático de partido hegemónico.

Me fui al doctorado a NYU en 2001 (que nunca concluí) con la satisfacción de la alternancia en México, el arribo a un sistema en el que “los partidos pierden elecciones”, diría Przeworski, el encuentro de aperturas económicas y políticas, la promesa de que ahora sí se verían los frutos de ambas, el programa más ambicioso de generación de capacidades (Progresa), y una composición plural en el Congreso. En NYU el fetiche de la democracia no existía, había en cambio una revisión crítica de la economía política del desarrollo, un cuestionamiento teórico y empírico al neoinstitucionalismo, un renacimiento del entendimiento del Estado.

Con eso en mente regresé a México para encontrar un país que había hecho poquísimo para redistribuir poder de su clase política a sus ciudadanos. Una democracia que había dejado intocadas instituciones autocráticas al tiempo que cumplía con los requisitos de una democracia procedimental. Un Estado en el que a lo público antepusimos lo político o lo privado: el acceso al Estado pasa por estructuras corporativas y/o por el acceso privilegiado al poder. Un sistema sin mecanismos de rendición de cuentas verticales y con mecanismos de rendición de cuentas horizontales atrofiados. En pocas palabras, una democracia que desde su propio diseño institucional margina y desprovee de herramientas para combatir esa marginación.

Estoy convencido de que uno puede jalar la cuerda de cualquier problema en México y al final aparecen ciudadanos desprovistos de mecanismos de control político y judicial frente al poder. La viabilidad de la democracia y la economía mexicanas exige una redistribución del poder público.

El rescate del Estado mexicano pasará por una reconfiguración progresiva de sus instituciones o no será. ¡Vamos!, un Estado en el que un niño que creció rodeado de carencias pueda escribir este texto, no como una anomalía, sino como el resultado esperado de su acceso libre a lo público, a oportunidades y capacidades que pudo, en el ejercicio de sus derechos, traducir en bienestar.

 

José Merino
Politólogo. Colabora en Data4.mx

 

Deja un comentario

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *