En México no ha habido aún un solo momento en el que ni gobierno ni sociedad en general crean genuinamente en la educación como un valor en sí mismo, más allá de la promesa de movilidad social.

Durante el siglo XIX no habían suficientes recursos para financiar un sistema de educación público eficaz, cierto. Habían preocupaciones por conseguir un alfabetismo mínimo, debido al reconocimiento de que el ejercicio democrático requiere de la diseminación de la información. Cierto también. Pero esa motivación, es en primer lugar política y no tanto, digamos, ontológica: preocupaba que la gente supiera leer, pero no que en realidad leyera.

Ilustración: Izak Peón

La Iglesia católica de entonces no fomentaba la lectura, y las iglesias protestantes, que sí lo hacían, eran minúsculas y enfrentaban un rechazo social que llegaba a ser violento. En el espectro político, los socialistas, los anarquistas, y los anarcosindicalistas fomentaban la lectura y creían en ella. A veces los liberales y los conservadores también. El gobierno ciertamente manifestaba algunas preocupaciones en torno de la educación, pero demasiadas de ellas tenían que ver con mostrarle al mundo que México evolucionaba, que había civilización en México. Esa motivación no es del todo mala, pero sí revela cierta falta de convicción de que la educación es una fuerza emancipadora indispensable.

 Así, mientras Thomas Edison patentaba sus miles de inventos, el gobierno de México se abocaba a construirle palacios a una civilización deseada: palacios de justicia, palacios a la reforma penitenciaria, palacios de bellas artes… Amo a la Ciudad de los Palacios, y estaría muy dispuesto a defender, si no a todos, al menos a la gran mayoría de ellos, pero hay un dejo en aquella grandilocuencia palaciega de “Dime de lo que presumes y te diré de lo que careces”. Los palacios sirvieron para anunciar y recordar que existen una serie de temas dignos de inversiones colectivas, pero no hubo, me parece, un compromiso amplio con esos ideales.

Y el problema no es sólo del gobierno, sino también de la sociedad, y muy principalmente de nuestras elites. Recuerdo alguna vez, hace casi 30 años, una discusión en una mesa de egresados de Stanford, a un ex compañero de generación, economista o ingeniero (no recuerdo), alegando que México no debía invertir en universidades, porque no serían nunca competitivas con las de Estados Unidos. Que era mejor invertir en educación primaria y en la formación de torneros. Le pregunté si a él no le gustaba escuchar a Mozart. Respondió que sí. Le pregunté si no le parecía importante que los taxistas pudieran acceder a la educación musical requerida para que también lo pudieran escuchar. No me respondió.

Cuando hacía trabajo de campo para mi tesis doctoral, viví en Ciudad Valles, San Luis Potosí, que era una ciudad pequeña con una élite ranchera y comercial muy rica. No había una librería en el pueblo, sino una papelería donde se vendían un puñadito de libros, junto a regalitos de mercería. Ahí veías llegar por las tardes a unos bebesaurios de 15 o 16 años en uniforme escolar, que venían a comprar estampitas para hacer sus tareas, mientras chacoteaban entre sí. (Óigase en voz de adolescente): “¿Me da una de Oceanía, una de Melchor Ocampo, y una de la Batalla de Waterloo?”.

Las estampas eran bonitas —una versión industrial de los retablos de las iglesias—, pero ¿qué educación había ahí, más allá de aprender a pegarlas en un cuaderno, y a copiar el reverso? Hacer la tarea con esas lindas estampas era un placer no muy distinto a llenar formularios curriculares para el Conacyt.

La Revolución trajo una indispensable transformación en la educación pública — importantísima— pero tendió demasiadas veces a justificarla toda con la promesa de la movilidad social, y no como un valor intrínseco, humano. Y la idea de que todo el problema surge de la pobreza tampoco es exacta. Los judíos de Rusia y de Polonia del siglo XVIII no creían demasiado en la ciencia; su amor al conocimiento no se había volcado aún a lo mundano, como sucedería en el siglo XIX. Vivían en comunidades llenas de miseria, pero incluso los pobres intentaban estudiar la Torah y el Talmud. Creían que la Verdad estaba cifrada en cada letra de la escritura.

No había en esos pueblos más librerías de las que yo encontré en Ciudad Valles. Pero el lujo de los rancheros de Valles que conocí en 1984 no era encontrar la Verdad cifrada en algún texto, sino tener televisión de satélite con 250 canales para ver el Playboy Channel, que entendían aunque estuviera en inglés, y jugar cartas. Lo más que esperaban del sistema educativo era presumirle su camioneta a alguna maestra. Pocos creían en la educación como un valor generativo.

Pero estamos ya en el alba de la cuarta revolución industrial. En diez o quince años, los robots y la inteligencia artificial habrán diezmado no sólo lo poco que viene quedando del proletariado industrial, sino también una buena parte de los trabajos de escritorio que hoy nos emplean. Se va a necesitar educación para cocinar, para manejar, para el empleo y para el desempleo, para la política y para inventar nuevas artes de vivir.

El México que yo quiero es un país en que exista un sólo consenso amplio, y es que la educación importa de verdad.

 

Claudio Lomnitz
Profesor de antropología de la Universidad de Columbia. Es autor de La nación desdibujada. México en trece ensayos y El regreso del camarada Ricardo Flores Magón, entre otros libros.

 

Un comentario en “Tomarse en serio la educación

  1. “La educación es una fuerza emancipadora indispensable”: es una frase que trasluce el significado de la educación, pero en un sentido filosófico, más evanescente que objetivo. El concepto de educación en el sentido contemporáneo ha tendido a velar su significación como “herramienta cultural”, como medio de transmisión de conocimientos que permiten a los individuos y a las sociedades “enfrentar los desafíos de sus biografías e historias”. El sentido practico instrumental de la educación se ha extraviado en aras de su significación cultural, y esto no quiere significar que se privilegie la educación técnica por encima de la humanista, nada más lejano. La educación tiene sentido instrumental tanto práctico como humanista. La conquista de nuestro destino, el tomar las riendas de nuestra existencia, depende de que los individuos se den cuenta de que, lo que está de por medio es el progreso material y espiritual de una sociedad y las clases dirigentes si en verdad lo son, tienen que encabezar la “larga marcha” hacia un destino de progreso previsible y no considerar a las sociedades (a sus integrantes) como galeotes que los empujan hacia el enriquecimiento obscenamente material (los cristianos dirían hacia el ejercicio conspicuo de uno de los pecados capitales:”la codicia”). La educación en su sentido más práctico es la modelación del espíritu para que individuos y sociedades enfrenten en mejores condiciones su destino; para evitar exponerse a fuerzas destructivas y conducirse por las vías de progreso material y cultural, pero sobre todo en sentido práctico. ¿Que quiere decir todo esto?, el capitalismo puede ser vivido de diversas formas, los países desarrollados lo han vivido de manera que existen en mejores condiciones, los países pobres ni siquiera se han dado cuenta de que pueden mejorar su existencia, ese es el significado de la educación. Claro que hace falta que las clases sociales y sobre todo las clases dirigentes, asuman su compromiso y estén a la altura del papel histórico que les corresponde. En México, las clases dirigentes, en contadas ocasiones han estado a la altura de su compromiso histórico, más bien han existido y hemos existido en una especie de inercia histórica. Saludos al profesor Lomnitz.