Somos esa mujer lastrada con bultos de ropa en papel amarillo y tres niños que no andan sino se arrastran del vigor de la madre, y somos ese hombre de anteojos negros que lleva en la axila el portafolio de su obligación, y somos aquellas dos muchachas vestidas de blanco, tambaleantes en el incierto centro de gravedad de sus tacones blancos e inseguras del blanco brillo de sus aretes luminosos de imitación de esmeraldas, y somos también la fatiga del albañil que se impacienta como nosotros, manchado en las manos, el pelo, la ropa, con los duros dientecitos grises del cemento, y somos los que llevamos las corbatas vencidas y los pies tristes porque la hora es tristísima en el túnel, y somos las mecanógrafas, las empleadas, las sirvientas, las costureras miopes, y somos el panadero que bosteza a las seis de la tarde, el cartero que siente la miseria en las rodillas, el velador de obras en construcción que trata de avanzar más aprisa que nadie con su bolsa de pan y sus cigarros para el frío y para el tedio, y somos los desempleados, hombres y mujeres que hoy volvimos a fracasar en la entrevista que en la mañana parecía tan esperanzadora, y somos los delincuentes que no pedimos más que una cartera con billetes suficientes para vivir hasta el lunes, y somos, en fin, el aroma a cera derretida que se acumula en el aire, y somos la respiración y el envenenamiento de todos, las gotas de grasa caliente que nos salen de la cara y el oxígeno que nos repartimos en migajas, mientras una serie de muñecos oscuros, cortados todos y vestidos todos por el mismo sastre, aunque son ojos y páncreas como nosotros, se transforman en aparatos que repiten, piensan, gritan y ordenan "boberías" -una palabra que Drinkwater aprendió en Cuba-, endurecidos por la azul consistencia de su atuendo lleno de números, rayas bordadas y placas metálicas, de manera que los extensos corredores de la estación Pino Suárez del Metro están atestados de prisas e impaciencias, congestionados por una muchedumbre de pulmones y zapatos y conversaciones en voz baja que aguardan a lo largo de cincuenta metros, en filas de veinte en fondo, esperando el "siga" que se resisten a dar las tres mujeres policías, y esto es en verdad el hacinamiento, el gigantismo del feto que desbordó el tamaño uterino y no avanzamos.
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