Significa temblor en náhuatl, movimiento de la Tierra. Los mesoamericanos, en particular los aztecas, creían que la Tierra se estremecía a causa de los astros. Los sacerdotes, explicadores de aquellas culturas, veían que las estrellas del firmamento, que observaban noche con noche, no eran estáticas, que estaban eternamente en movimiento. ¿A dónde iban cuando no eran visibles? Decían los místicos religiosos que los entes que habitaban el cielo nocturno al transitar por debajo del mundo a veces tropezaban o sufrían alguna desventura y ello ocasionaba el estremecimiento de la Tierra. Tlalollin. Si la peripecia ocurría a un astro mayor, como al sol, pues entonces el temblor era mayor. Como teoría del génesis de los sismos era tan plausible como cualquier otra de las cosmogonías del mundo precientífico.

Hoy los sismólogos somos los primeros en admitir que, en cuanto al conocimiento sobre sismos, queda un largo camino por andar, pero sabemos mucho más sobre los terremotos y sobre su ocurrencia que nuestros antepasados prehispánicos. México es tierra de temblores, desde Tijuana hasta Tapachula hay pocos rincones del país donde los sismos no sean parte del imaginario popular, donde el tío o la abuela no tengan una historia sobre una chimenea colapsada o un mar picado después de la violenta sacudida. Pero, ¿por qué? ¿Por qué ocurren sismos en el planeta?¿Es especial el país? ¿Es más propenso a los sismos que otras partes del mundo? ¿Cómo planeamos y nos protegemos ante la inevitabilidad de un temblor? Excelentes preguntas todas ellas y alrededor de las cuales gira la disciplina científica de la geofísica y uno de sus campos particulares, el de la sismología. Vamos, como decía mi maestro de geometría analítica, por partes, como el descuartizador.


Ilustración: Patricio Betteo

La superficie del planeta está fracturada, como la superficie de un huevo cocido que se dejó caer, está divida en distintas masas rocosas de entre ocho y 60 kilómetros de espesor. Son placas tectónicas y el devenir de la humanidad ocurre todo sobre ellas. Usted y yo, nuestras familias, nuestros gobernantes, nuestros amigos y enemigos, todos ellos desde hoy y hasta el primer protohumano y el primer procarionte (organismo unicelular) vivieron sobre una placa tectónica. Es más, estas placas están en constante movimiento, aquí chocando unas con otras, allá alejándose unas de otras. Como teoría científica la tectónica de placas es una joven moza, más joven que la teoría de la evolución y que el descubrimiento del ADN. Aunque Alfred Wegner, genio científico, propuso la hipótesis de la deriva continental desde 1912, contaba entonces con poco sustento empírico, y sus ideas, correctas en retrospectiva, no fueron adoptadas por sus contemporáneos. Parece sorprendente, pero no fue hasta la década de los 1960 que finalmente, mediante la cartografía detallada del profundo e inaccesible fondo marino y del estudio del magnetismo de sus rocas, se encontró evidencia incontrovertible de que la superficie del planeta, como los astros en el firmamento, no es estática, se mueve toda ella a la velocidad a la que crece una uña. Fue un revolución geofísica al más puro estilo de Thomas Kuhn.

El país cuenta con una de las historias sismológicas más antiguas del mundo. El Servicio Sismológico Nacional existe desde 1910 y desde entonces hay observatorios, estaciones sísmicas que registran los movimientos del terreno. Los sismólogos de hace 100 años eran taxónomos y su labor científica radicaba en la clasificación y elaboración minuciosa de catálogos detallando el tiempo de ocurrencia de un sismo y su posible ubicación. Iban y venían las décadas y el catálogo crecía. Se hizo evidente que los sismos mexicanos tenían un patrón peculiar, parecían ocurrir la mayoría frente a las costas de Jalisco, Colima, Michoacán, Guerrero, Oaxaca y Chiapas. Hacia 1960 con la nueva teoría de la tectónica de placas estas observaciones sísmicas de súbito golpe cobraron un significado obvio. Los sismos ocurrían en el contacto entre dos placas y ese contacto estaba justo frente a las costas del océano Pacífico. El macizo continental del territorio nacional, sus 32 entidades federativas, flotan sobre una barca tectónica que hoy llamamos Placa de Norteamérica y que, a unos ocho centímetros al año, se dirige de forma inexorable hacia el suroeste chocando contra las placas oceánicas de Cocos y de Rivera que contienen al Pacífico mexicano. Es esta colisión cataclísmica entre las masas rocosas, casi inamovibles y que hoy llamamos subducción, la cual es responsable de los espasmos que con los años y décadas producen los sismos, los tlalollin.

Hay muchos detalles importantes que se han perdido en la traducción entre el nuevo conocimiento científico, producto de la revolución de la tectónica de placas y el conocimiento popular del mexicano respecto de los sismos nacionales. “Flotan”, decimos de las palcas tectónicas. ¿Flotan sobre qué? Esta aseveración sugiere que el material subyacente, que llamamos manto, es líquido. ¡Para nada! Si pudiésemos penetrar 60 kilómetros por debajo de la corteza (y no podemos, el pozo más profundo jamás barrenado tan sólo alcanzó 12 kilómetros) y recoger un pedazo del manto, encontraríamos una roca, muy caliente, de un bello color verde cristalino. Ocurre que ese material del manto a escalas de tiempo geológicas parece líquido. Es decir, si pudiéramos grabar en sección transversal al planeta tomando una fotografía cada día por 100 mil años y las juntáramos para formar un película de sólo un minuto de duración, veríamos que sí, la corteza rígida parece hundirse, subduce decimos, dentro del manto líquido. Pero a escalas de tiempo de una vida humana, 70 años más o menos, desde el zócalo capitalino y hasta los dos mil 890 kilómetros de profundidad, donde encontramos el hierro fundido del núcleo terrestre, todo es roca, dura y maciza. Es difícil de creer, requiere imaginación, es verdad, y fue por ello que en un comienzo los científicos rechazaron las ideas de Wegner, sin embargo hoy sabemos que todos los procesos geológicos de la superficie terrestre, el Popocatépetl, la Sierra Madre, el Mar de Cortés, tienen su génesis en la tectónica de placas.

Al mismo tiempo que se cimentaba la tectónica de placas como modelo geofísico mejoraban los instrumentos de medición a pasos agigantados. Los sismómetros que a comienzos del siglo XX eran simples péndulos mecánicos con una pluma evolucionaron. Las nuevas generaciones de sensores, primero electromagnéticos, luego digitales, permitieron medir señales cada vez más pequeñitas y analizarlas, ya no con ojos humanos e imperfectos sino con computadoras. Los catálogos que antes sólo contenían los sismos más grandes, aquellos percibidos por la población y de magnitudes mayores ahora se extendían a magnitudes chiquititas. Se encontró que cada día ocurren en el país cientos y miles de pequeñísimos e imperceptibles temblores. Estudiando estos catálogos de eventos se observó que tiembla igual en lunes que en fin de semana, igual de noche que de día. Igual en fiestas paganas que en Semana Santa, con gobiernos de izquierda y de derecha, cuando el atardecer es rojo carmesí y cuando es todo lúgubre y gris, cuando hace calor agobiante y frío acuchillante. Sin embargo, sí encontramos algunas regularidades interesantes en el comportamiento de los sismos. Una de ellas es la ley de Gutenberg-Richter, nombrada en honor a los eminentes sismólogos que la describieron por primera vez. De forma muy sencilla la ley dice que hay más sismos pequeños que grandes y que con cada incremento en magnitud hay 10 veces menos sismos. Es decir, si en un periodo de tiempo y una región dada se observan mil sismos de magnitud 3, entonces veremos 10 veces menos sismos de magnitud 4, o sólo 100. De nuevo dividiendo por 10, veremos sólo 10 sismos de magnitud 5, etcétera. Esta ley ha sido confirmada una y otra vez en todo el planeta. Pero a pesar de algunos patrones como la ley de Gutenberg-Richter sabemos, gracias a décadas de mediciones, no sólo en México sino alrededor del mundo, lo que ocurre en la superficie de las placas tectónicas, aquí donde vivimos todos, tiene poco que ver con la frecuencia o con la sincronización de los terremotos. De forma muy burda, a las placas les importa un comino lo que ocurre sobre ellas.

Pero el ser humano es soberbio. Es innegable que esa soberbia le ha sido útil y le ha permitido domar a su entorno. El fuego, la agricultura, la transformación de minerales desde una roca agreste hasta una reluciente espada de acero forjado son la razón de la ubicación privilegiada de la humanidad como especie ápice dentro de la pirámide biológica. Es natural creer que, por qué no, si sabemos dónde y por qué ocurren los sismos habríamos de poder hacer algo al respecto. Una idea común que se escucha con frecuencia es por qué no activar o disparar sismos de magnitud menor, digamos de magnitud 5 o 6, para disipar energía antes de que se acumule suficiente para un gran evento de magnitud 7, 8 o 9. Es cierto que los humanos somos capaces de generar terremotos. Las pruebas nucleares del siglo XX por parte primero de Rusia y las potencias occidentales y luego por Israel, Sudáfrica, India y Pakistán, ocurrieron, la mayoría de ellas, en pozos profundos y generaron vibraciones en superficie similares a las de un sismo de magnitud 5 o 6. De forma similar en partes de Estados Unidos se ha vuelto común la práctica del hidrofracturamiento o fracking. Se inyecta agua con arena y químicos a altísimas presiones al sustrato rocoso para abrir fracturas que permitan el movimiento y extracción de hidrocarburos que, de otra forma, habría sido imposible recuperar. El fluido inyectado frecuentemente halla la forma de introducirse en fallas preexistentes que yacían durmientes, las lubrica y reactiva generando sismos de hasta magnitud 5. ¿Por qué no hacerle fracking a una zona de subducción?

¿Por qué no? Una cosa que sí es inevitable es la tectónica de placas, no podemos detenerla o aminorar su paso. La placa de Norteamérica se mueve a ocho ineludibles centímetros cada año. Es como un acreedor infatigable que insiste, de forma terca, cobrar su deuda sísmica. Ello significa que en todo el territorio nacional habrán de ocurrir, más o menos, unos cinco eventos de magnitud 8 o mayor cada siglo. Asumiendo que pudiéramos utilizar la tecnología del fracking para disparar eventos sísmicos existe aún la ley de Gutenberg-Richter; indica que para pagarle al acreedor sísmico esos cinco terremotos de magnitud 8 que se le deben es posible sustituir el pago con 50 eventos de magnitud 7 o 500 de magnitud 6. Recuerde, si estuvo usted en cercanía del sismo de Puebla-Morelos del 19 de septiembre de 2017 y de magnitud 7.1, lo que sintió. Ahora imagine que necesitamos 50 de ellos cada siglo para evitar cinco de magnitud 8. Uno cada dos años. ¿Le parece un buen trato? A mí tampoco me queda tan claro que sea un buen trueque, y es por ello que aunque pudiésemos disparar eventos en las zonas de subducción (y aún no lo podemos hacer) hay buenas razones para evitarlo.

¿Cómo se siente un sismo? Depende de la magnitud, pero también de la distancia. La mejor analogía es la de una lámpara. Un gran sismo es como una lámpara de halógeno bien brillante, mientras que un sismo menor es sólo como la linterna con la cual lee un niño un libro debajo de sus cobijas. Quizás es menos potente, pero si la distancia es corta, un metro o menos, puede ser igual de brillante que la lámpara de halógeno a cientos de metros. Lo mismo ocurre con los terremotos. Los sismólogos distinguimos entre la magnitud, que es una cantidad intrínseca, característica del tamaño, de la dimensión física del sismo y la intensidad de la sacudida que depende de la distancia al evento y de la geología de cada lugar. Por ello el sismo del 19 de septiembre de magnitud 7.1 a 120 kilómetros de la Ciudad de México fue mucho más dañino que el sismo de magnitud 8.2 del 7 de septiembre y que ocurrió a 700 kilómetros de la ciudad. Por cierto, los sismos son igualitarios, algunos osarían acusarlos hasta de comunistas. No los hay sólo trepidatorios u oscilatorios. Todos los terremotos generan siempre dos tipos fundamentales de vibraciones, que en el argot de la sismología se llaman ondas P y ondas S, trepidan y oscilan todos y siempre. Amable lector, si conoce usted el origen del mito que los sismos son de sólo un tipo o de otro le agradecería ponerse en contacto con este sismólogo pues nadie parece saber con certeza cuándo esta noción deformó el conocimiento popular.

¿Qué hay de su predicción? Abundan anécdotas sobre el perro Rintintín y el caballo Nube Negra que, en retrospectiva, aseguran sus dueños, se comportaron de forma peculiar 30 o 60 segundos antes del temblor. No existe evidencia, más allá de lo anecdótico, que confirme que hay comportamiento aberrante de los animales antes de un sismo. Han existido otras hipótesis con fundamentos físicos mejor apuntalados sugiriendo la existencia de precursores. Un precursor es un fenómeno físico que es posible observar antes de un gran sismo y que, como ave de mal agüero, alerta de una catástrofe. Famosas entre estas hipótesis se cuentan el comportamiento eléctrico de las rocas y la liberación de exhalaciones de gas radón. Todos los sismólogos queremos que existan precursores, ansiamos su descubrimiento. Pregunte a su sismólogo más cercano y hallará que a todos nos motiva de alguna forma u otra el deber colectivo, el querer resguardar a nuestra sociedad civil del daño, del dolor ocasionado por los terremotos, que si bien nos apasionan también nos colman de agonía. Bajo la fría y calculadora mirada del método científico ninguno de los precursores ha demostrado tener mella suficiente para ser de utilidad práctica. No existe hoy evidencia creíble de que sea posible predecir un terremoto.

Los aztecas creían que los sismos, tlalollin, eran el tropezar de los astros. Si bien aún estamos lejos de poder predecir el siguiente gran terremoto, sabemos que en México, como en otras partes del planeta donde dos placas tectónicas se encuentran, habrán de ocurrir una y otra vez. Es cuestión de tiempo que el conocimiento y la técnica avancen lo suficiente para poder, con seriedad, hablar de predicción, pero estimo que estamos a muchas décadas, si no es que a siglos, de poder hacerlo. Nos compete como sociedad hacer conciencia de esta limitación fundamental. El conocimiento es poder, sabemos más o menos con qué frecuencia ocurrirán sismos, además sabemos cómo construir sociedades sismo-resistentes, con códigos de construcción modernos y robustos que se obedezcan al pie de la letra, con sistemas de alerta temprana, con servicios de emergencia profesionales y preparados. La mejor forma de resguardarse es ser un agente activo, tomar medidas hoy, investigar, reformar, reforzar, no estar nunca contento y plácido con la situación actual pues siempre se puede hacer algo de forma mejor, más eficiente, más segura. Si existió solidaridad para ayudar al prójimo, atrapado entre el cascajo y la varilla, seguro también existe la materia prima para que la sociedad mexicana se prepare de forma concertada para lidiar con la ineludible verdad de que habrá más sacudidas. ¿Qué esperamos?

 

Diego Melgar Moctezuma
Sismólogo y profesor de la Universidad de Oregon.

 

4 comentarios en “Tlalollin: La ineludible verdad

  1. Muchas gracias Diego. Excelente punto de vista. Coincido contigo y aprendí conceptos nuevos como la analogía con la luz de la lámpara. Felicidades!!!

  2. Un artículo “ineludible” para quien requiera conocer de forma sencilla y didáctica el porqué se mueve nuestra “Madre Tierra”. Felicidades y gracias maestro Diego.

  3. Un artículo “ineludible” para quien requiera conocer de una forma sencilla y didáctica el porqué se mueve nuestra “Madre tierra”. Felicidades y gracias maestro Diego.

  4. Una colaboración híbrida entre la Ciencia y la magia de la Narrativa. Gracias y felicidades. Me dio más información, sobre todo ese espesor fluctuante de 8 a 60 kilómetros de placas tectónicas como corteza fracturada… Lo retomé en un artículo-crónica, con el reconocimiento probado de tu personalidad como sismólogo y la asignación de créditos…

Deja un comentario

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *