Hassan Blasim (Bagdad, 1973) —poeta, cineasta y autor de relatos cortos— es considerado internacionalmente como uno de los mejores escritores árabes contemporáneos. Como muestra de ello presentamos un cuento incluido en El loco de la plaza Libertad (Galaxia Gutenberg), libro en el que narra la desconsoladora experiencia de la guerra y de los refugiados.


Cualquiera que haya estado en un centro de acogida de refugiados tiene dos historias: la verdadera y la que se escribe: lo que pasó y lo que consta. Las del segundo grupo son las que cuentan los refugiados recién llegados para obtener el derecho al asilo por causas humanitarias: se escriben en el Departamento de Inmigración y se guardan en archivos privados. Las verdaderas se quedan guardadas bajo llave en sus corazones, y ellos las siguen rumiando en secreto. No quiero decir con esto que sea fácil diferenciar ambas historias: se mezclan de tal modo que llega a ser imposible distinguir una de otra. Hace dos días llegó a Malmö, al sur de Suecia, un nuevo refugiado iraquí. Le llevaron al centro de acogida y le hicieron unas cuantas pruebas médicas. Le dieron habitación, una cama, una toalla, una sábana, una pastilla de jabón, un cuchillo, cuchara y tenedor y una cazuela. Hoy ese hombre está sentado ante el funcionario de inmigración contando su historia a una velocidad sorprendente, mientras el funcionario le pide que lo haga lo más lento que pueda.

Me dijeron que me habían vendido a otro grupo y parecían muy animados. Se pasaron la noche entera en vela, bebiendo whisky y riéndose. Hasta me invitaron a unirme a ellos y tomar una copa, pero lo rechacé: les dije que era un hombre muy religioso y no podía beber. Me compraron ropa nueva y esa noche me prepararon un pollo para cenar y me sirvieron fruta y dulces. Me había tocado el premio gordo. El líder del grupo incluso derramó alguna lágrima de verdad cuando nos despedimos. Me abrazó como a un hermano.

—Eres un buen hombre. Te deseo lo mejor, y que tengas suerte en la vida —dijo el hombre que tenía un solo ojo.

Creo que con el primer grupo sólo estuve tres meses. Me habían secuestrado una noche fría y maldita. Fue a principios del invierno de 2006. Teníamos órdenes de ir hasta el Tigris y aquélla era la primera vez que recibíamos instrucciones directamente del jefe de Urgencias del hospital. A orillas del río había varios policías en pie, junto a seis cuerpos decapitados. Habían metido las cabezas en un saco de harina vacío, que habían dejado junto a los cuerpos. La policía creía que pertenecían a unos clérigos. Habíamos llegado tarde debido a la intensa lluvia. La policía apiló los cuerpos en la ambulancia que conducía mi colega Abu Salim, y yo me llevé el saco con las cabezas en la mía. Las calles estaban vacías, y los únicos sonidos que rompían el silencio desolador de la noche de Bagdad eran algunos disparos lejanos y el ruido del helicóptero americano que patrullaba sobre la Zona Verde. Fuimos por la calle de Abu Nawas hacia la calle Rashid, conduciendo a velocidad media a causa de la lluvia. Yo me iba acordando de las palabras que solía decir el jefe de Urgencias: “Cuando lleváis a un herido o a un paciente moribundo, la velocidad de la ambulancia muestra lo humanos y lo responsables que sois”. Pero cuando lo que llevas en la ambulancia son varias cabezas cortadas no hace falta correr mucho más que un coche fúnebre tirado por mulas atravesando un bosque medieval. El jefe se creía un filósofo y un artista, “nacido en el país equivocado”, como acostumbraba a decir. A pesar de todo se tomaba su trabajo muy en serio y lo consideraba una especie de obligación sagrada, pues para él ser el responsable de la sección de ambulancias del departamento de Urgencias era algo así como gestionar la línea que separa la vida de la muerte. Le llamábamos Profesor, y mis compañeros le detestaban y decían que estaba loco. Yo sé por qué le detestaban: era por esa manera suya de hablar, tan enigmática y agresiva, que le daba —a los ojos de otros— aspecto de estar jodido. Pero yo sentía por él un gran respeto, y también afecto, pues contaba cosas hermosas y fascinantes. En una ocasión me dijo: “La superstición y el derramamiento de sangre son la base que sustenta al mundo. El ser humano no es la única criatura que mata por su pan, o por amor, o por el poder. Los animales de la selva también lo hacen, de un modo u otro. Pero el hombre es la única criatura que mata por su fe”. Solía envolver sus discursos en un halo teatral; apuntando al cielo declamaba: “El problema de la humanidad sólo se puede resolver mediante el terror constante”. A mi compañero Abu Salim le parecía que el Profesor estaba vinculado a algún grupo terrorista, por el lenguaje violento que utilizaba; pero yo defendía a aquel hombre con lealtad, porque los otros no entendían que era un filósofo que se negaba a hacer chistes fáciles como los que hacían a diario aquellos idiotas de los conductores de ambulancia. Recuerdo todas y cada una de las frases y de las palabras que dijo, porque a mí me cautivaba y me inspiraba afecto y admiración.

Pero permítanme que vuelva a aquella terrible noche. Cuando giramos en dirección al puente de los Mártires me di cuenta de que la ambulancia que conducía Abu Salim había desaparecido. Por el retrovisor interno vi a un coche de policía que se acercaba a toda velocidad. En medio del puente me eché a un lado. Del coche de policía salieron cuatro hombres con máscaras y uniformes del cuerpo especial de policía. El jefe del grupo me apuntó con la pistola a la cara y me dijo que saliera del vehículo, mientras los demás sacaban de la ambulancia el saco con las cabezas.

“Me están secuestrando y me van a cortar la cabeza”, fue lo primero que pensé cuando me ataron y me metieron en el maletero del coche de policía. Tardé sólo diez minutos en darme cuenta de lo que me esperaba. En la oscuridad del maletero recité tres veces los Versos del Trono del Corán, y sentí que la piel se me estaba empezando a levantar. Por algún motivo, en la oscuridad de aquellos momentos pensé en mi peso, unos setenta kilos. Cuando más despacio iba el coche, o cuando más giraba, era cuando más me asustaba yo: cuando empezó a coger velocidad me invadió de nuevo una extraña mezcla de tranquilidad e impaciencia. Quizás en aquellos momentos me venía a la mente lo que había dicho el Profesor sobre la relación entre la velocidad y la inminencia de la muerte. Yo no había entendido entonces qué quería decir, pero le recuerdo diciendo que una persona que está a punto de morir en un bosque sentirá más miedo que otra que está a punto de morir en una ambulancia que va a toda marcha, porque la primera siente que está sola ante los designios del destino, mientras la otra siente que hay a su lado gente que no le abandona. Recuerdo también que en una ocasión declaró, con una sonrisa: “A mí me gustaría encontrar la muerte en una nave espacial, viajando a la velocidad de la luz”.

Imaginé que todos los cadáveres mutilados y sin identificar que había llevado en la ambulancia desde la caída de Bagdad estaban ahora ante mí y, en medio de aquella oscuridad que ahora me rodeaba, veía al Profesor cogiendo mi cabeza cortada de una pila de basura, mientras mis compañeros hacían chistes sucios sobre mi afecto hacia el Profesor. No creo que el coche de policía fuera muy deprisa durante el trayecto, antes de detenerse por fin, pero al menos no habíamos salido de la ciudad. Traté de recordar el Verso de Rahman, del Corán, pero me sacaron del coche y me llevaron a una casa que olía a pescado asado. Oí llorar a un niño. Me quitaron la venda de los ojos y me encontré en una habitación fría y sin muebles. Entonces tres locos se abalanzaron sobre mí y me pegaron hasta dejarme hecho polvo, y la oscuridad volvió a caer sobre mí.

Al principio me pareció oír cantar a un gallo. Cerré los ojos, pero no podía dormir. Sentía un dolor agudo en la oreja izquierda. Tumbado, me giré con dificultad y me volví hacia la ventana, que habían tapado no hacía mucho. Sentía mucha sed. No era difícil imaginar que me encontraba en una casa de uno de los barrios antiguos de Bagdad. Y la verdad, no sé exactamente qué detalles de mi historia son los que les interesan para obtener el derecho de asilo en su país. Me cuesta mucho narrar aquellos días de terror, aunque quisiera mencionar algunos datos que para mí tienen importancia. Sentía que ni Dios, primero, ni el Profesor en segundo lugar, me abandonarían en aquella dura prueba. Sentía intensamente la presencia de Dios en mi corazón, acrecentando mi paz mental e instándome a tener paciencia. El Profesor me hacía tener la mente ocupada y aliviaba la soledad del cautiverio. Fue mi solaz y mi consuelo. Durante aquellos duros meses recordé lo que el Profesor nos había contado de su amigo Dawoud, el ingeniero. ¿Qué había querido decir con aquello de que el mundo está interconectado? ¿Y dónde están el poder y la voluntad de Dios en estas cuestiones? Estábamos tomando un té en la puerta del hospital cuando el Profesor dijo: “Mientras mi amigo Dawoud iba en el coche con su familia por las calles de Bagdad, un poeta iraquí afincado en Londres estaba escribiendo un artículo lleno de ira en el que ensalzaba la resistencia; tenía sobre la mesa una botella de whisky para que le ayudara a endurecer su corazón. Y como el mundo está interconectado, interconectado por los sentimientos, las palabras, las pesadillas y otros canales secretos, del artículo del poeta salieron tres hombres enmascarados. Pararon el coche y mataron a Dawoud, a su mujer, a su hijo y a su padre. Su madre estaba en casa, esperándoles. La madre de Dawoud no sabía nada ni del poeta iraquí ni de los hombres enmascarados, pero sabía cómo hay que preparar el pescado para que comieran cuando llegaran. El poeta iraquí se quedó dormido en su sofá de Londres, sumido en el sopor del alcohol, al tiempo que el pescado de la madre de Dawoud se iba asando en Bagdad, mientras se ponía el sol”.

Se abrió la puerta de madera de la habitación y entró un hombre joven, con el rostro pálido y macilento, que venía a traer el desayuno. Me sonrió mientras depositaba ante mí la comida. Yo, al principio, no estaba muy seguro de lo que podía decir y lo que no. Pero de pronto me lancé a sus pies y le imploré, entre lágrimas: “Soy padre de tres hijos, soy un hombre creyente y temeroso de Dios… No tengo nada que ver con la política ni con las facciones religiosas… Que Dios te proteja… Yo no soy más que un conductor de ambulancia… antes de la invasión y después de la invasión… lo juro ante Dios y su noble Profeta”. El joven se llevó un dedo a los labios y salió a toda prisa de la habitación. Yo pensé que había llegado mi fin. Bebí la taza de té y recé mis oraciones con la esperanza de que Dios perdonara mis pecados. En la segunda oración me pareció que se me estaba formando una capa de hielo alrededor de todo el cuerpo y estuve a punto de gritar, pero el joven volvió a abrir la puerta: llevaba una pequeña lámpara atada a una peana, y le acompañaba un niño que me apuntaba con un Kalashnikov. El niño se colocó junto a mí sin dejar de apuntarme a la cabeza y desde ese momento no abandonó su posición. Luego entró un hombre gordo de cuarenta y tantos años que no me prestó atención alguna. De la pared colgaba una tela negra con unos versos del Corán donde se instaba a los musulmanes a luchar en la Yihad. Luego entró otro hombre enmascarado que llevaba una cámara de video y un ordenador pequeño, y después otro niño, éste con una mesa de madera también de pequeño tamaño. El enmascarado bromeó con el niño, le pellizcó la nariz y le dio las gracias; puso el ordenador sobre la mesa y empezó a colocar la cámara delante de la pancarta negra. El joven delgado probó tres veces el sistema de iluminación y luego se fue.

—¡Abu Yihad! ¡Abu Yihad! —gritó el hombre gordo.

Del exterior de la habitación llegaba la voz del hombre joven:

—Espera un poco. Tienes razón, Abu Arkan.

Y en ese momento regresó el joven cargado con el saco de las cabezas, que habían sacado de la ambulancia. Todos se taparon la nariz, del olor que salía del saco. El gordo me dijo que me sentara delante de la pancarta negra. Yo sentía las piernas paralizadas, pero el gordo me empujó de muy malos modos, agarrándome por el cuello de la camisa. En aquel momento entró otro hombre, rechoncho y con un solo ojo, y ordenó al gordo que me dejara en paz. Este último llevaba en la mano un uniforme militar. El tuerto se sentó a mi lado y me pasó el brazo sobre los hombros, como si fuera mi amigo; me pidió que me calmara. Me dijo que no me matarían si me mostraba cooperativo y amable. No entendí del todo qué quería decir con aquello de “amable”. Me dijo que sólo serían cinco minutos. El tuerto sacó un trozo de papel del bolsillo y me pidió que lo leyera. Mientras, el gordo iba cogiendo del saco las cabezas ya en descomposición y las iba alineando delante de mí. Yo decía, leyendo del papel, que era un oficial del ejército iraquí y que aquéllas eran las cabezas de otros oficiales; que junto a mis compañeros yo había asaltado casas, violado mujeres y torturado a civiles inocentes; que habíamos recibido órdenes de matar de un oficial de alto grado del ejército estadounidense a cambio de importantes compensaciones financieras. El tuerto me dijo que me pusiera el uniforme y el cámara ordenó a todos los demás que se colocaran detrás de la cámara. Luego vino hacia mí y empezó a toquetearme el pelo, igual que hacen los peluqueros. Después se fue a colocar la fila de cabezas y se colocó de nuevo tras la cámara, gritando:

—¡Vamos, vamos!

La voz del cámara me resultaba familiar. Tal vez me recordaba a la de un actor famoso, o a la del Profesor cuando hacía un esfuerzo exagerado por hablar con suavidad. Después de que grabaran la cinta yo ya no vi más a los miembros de aquel grupo: sólo al joven que me traía la comida, y no me dejó hacer preguntas. Cada vez que traía la comida me contaba un chiste nuevo sobre los políticos y los religiosos. Mi único deseo era que me permitiera comunicarme con mi mujer, porque yo había escondido un dinero por si un día hacía falta en un lugar en el que ni siquiera al genio de la lámpara se le hubiera ocurrido buscar. Pero rechazaron mi petición con vehemencia. El tuerto, líder del grupo, me dijo que dependía del éxito de la cinta que habían grabado, y lo cierto es que fue tal que sorprendió a todo el mundo. Al Jazeera difundió la grabación. Me dejaron verla por televisión y ese día dieron todos saltos de alegría, hasta tal punto que el gordo me dio un beso en la cabeza y dijo que yo era un gran actor. Lo que más me enfadó fue el locutor de Al Jazeera, que aseguraba a los espectadores que el canal había constatado con fuentes fiables que la cinta era auténtica y que el Ministerio de Defensa había reconocido que, efectivamente, aquellos oficiales habían desaparecido. Tras el éxito de la emisión comenzaron a tratarme de un modo que puedo calificar de mejor que bueno… Se tomaron ciertas molestias con mi alimentación y mi cama, y me permitieron darme un baño. Su amabilidad llegó al culmen la noche en que me vendieron al segundo grupo. Los tres enmascarados de este grupo entraron en la habitación y, una vez que el tuerto me hubo dedicado una cálida despedida, los nuevos se abalanzaron sobre mí, se liaron a puñetazos conmigo, me ataron y me amordazaron, y luego me metieron a empujones en el maletero de un coche que salió de allí a una velocidad aterradora.

El coche de este segundo grupo iba bastante deprisa. Puede que llegáramos hasta las afueras de Bagdad. Me sacaron en un lugar solitario donde los perros gruñían y se pasaron toda la noche ladrando. Me metieron en un corral de ganado que vigilaban dos hombres por turnos, día y noche. No sé por qué, pero se dedicaron a humillarme y a matarme de hambre. No se parecían en nada a los del primer grupo. Llevaban puestas las máscaras continuamente y nunca hablaban conmigo, ni una palabra. Se comunicaban entre ellos por gestos. De hecho, no se oía ni una voz humana en los alrededores: sólo el ladrido de los perros. Eso fue lo único que oí en el mes que pasé en aquel corral de vacas. Las horas transcurrían en medio de un tedio opresivo, y yo esperaba que sucediera algo, algo que no fuera una cadena perpetua junto a tres vacas. Dejé de pensar en aquella gente, de imaginar a qué grupo religioso o a qué partido político pertenecerían. Y dejé de lamentar mi suerte, aunque sentía que ya había vivido antes lo que me estaba pasando, y que aquel período no duraría mucho. Pero mi sentido del tiempo se había vuelto lento y confuso. Ya no pensaba en intentar una fuga, ni en preguntarles qué querían de mí. Tenía la sensación de que estaba cumpliendo una especie de misión, una obligación vinculante que tenía que llevar a cabo hasta el último aliento. Tal vez había una fuerza secreta que trabajaba en coalición con otra fuerza, humana, en una especie de juego secreto y cuyo objetivo era lograr un fin tan elevado que un hombre como yo no podía entenderlo. Como decía el Profesor, “todo hombre tiene una obligación poética y una obligación humana que cumplir”. Pero si aquello era cierto, ¿cómo iba yo a distinguir los límites que separan ambas? No era fácil, porque yo sólo entendía una cosa: cuidar de mi mujer y de mis hijos, por ejemplo, era una de mis obligaciones humanas, mientras rechazar todo sentimiento de odio era una obligación poética. Y entonces me surgía otra duda: ¿por qué decía el Profesor que confundimos ambas obligaciones y que no reconocemos el elemento diabólico que las impulsa? Porque las obligaciones diabólicas representan la capacidad de parar los pies a un hombre que está empujando a su propia humanidad al abismo, y eso es demasiado para la mente de un hombre sencillo como yo, que apenas había terminado los estudios medios. O al menos eso creía yo.

Lo que estoy diciendo no tiene nada que ver con la solicitud de asilo. Lo que les importa a ustedes es el horror. Si el Profesor estuviera aquí, diría que el horror se encuentra en el más sencillo de los laberintos que brillan en una estrella fría, allá en el cielo que está sobre nosotros. Al final vinieron un día cualquiera, después de medianoche, al corral del ganado. Uno de los enmascarados extendió varias alfombras finas en un rincón. Luego su compañero colgó una pancarta negra con la inscripción “Grupo de la Yihad Islámica, División Iraquí”. Luego entró el cámara con su cámara: me sorprendió ver que era el mismo de la otra vez, cuando yo estaba con el primer grupo. Los gestos que hacía con la mano eran los mismos que hacía el primer cámara. La única diferencia fue que ahora se comunicaba con los otros sólo con gestos. Me ordenaron que me pusiera un zaubblanco y me sentara delante de la pancarta negra. Me dieron un trozo de papel y me dijeron que leyera lo que estaba escrito en él: que yo formaba parte del ejército mehdi y que era un famoso asesino, que había decapitado a cientos de suníes y contaba con el apoyo de Irán. Antes de terminar yo de leer, una de las vacas emitió un fuerte mugido y el cámara me dijo que lo leyera de nuevo. Uno de los hombres sacó a las tres vacas y así pudimos terminar de grabar la escena del corral.

Más tarde me di cuenta de que todos los que me compraban me hacían pasar por el mismo puente. No sé por qué. Un grupo me llevó por el puente de los Mártires hacia Karkh, que está en la orilla occidental del Tigris; el siguiente también me llevó por ese mismo puente, pero en sentido contrario: fuimos hasta Rasafa, que está en la orilla este. Pero si continúo con esto creo que no voy a terminar nunca de contar la historia, y me preocupa que digan ustedes lo que han dicho otros cuando la he contado. Así que creo que lo mejor será que la resuma, antes de que ustedes me acusen de inventar cosas. Me vendieron a un tercer grupo. El coche pasó a toda velocidad por el puente de los Mártires, una vez más. Me llevaron a una casa de lujo y, en esta ocasión, mi prisión fue un dormitorio con una cama estupenda y muy cómoda, como ésas que salen en las películas cuando los actores practican sexo. Mis miedos se desvanecieron y yo comencé a captar el concepto de misión secreta para el que había sido elegido. Me propuse llevar a cabo la misión para no perder la cabeza, pero también decidí que iba a poner a prueba sus reacciones en algunos asuntos. Después de grabar otro video más, donde yo contaba que pertenecía a un grupo islamista suní y describía mi trabajo, que era volar mezquitas y mercados chiítas, les pedí algo de dinero, en pago por mi labor de actor. Su respuesta inequívoca fue una paliza que no olvidaré en mi vida. Durante el año y medio que duró mi experiencia como secuestrado me llevaron de un escondite a otro. Grababan videos conmigo hablando, contando que era un traidor kurdo, un cristiano infiel, un terrorista saudí, un agente de la inteligencia baazista siria o un miembro de la Guardia Revolucionaria del Irán del zoroastrismo. En todas estas cintas yo asesinaba, violaba, prendía fuegos, ponía bombas y perpetraba crímenes que nadie en su sano juicio podría imaginar. Todas las grabaciones se emitían en canales vía satélite y se difundían por todo el mundo. Expertos, periodistas y políticos se sentaban a discutir lo que yo hacía y decía. Sólo nos salió mal la cosa cuando rodamos un video en el que yo hacía de soldado español, y tenía a mi lado a un combatiente de la resistencia con un cuchillo pegado a mi cuello: exigía que las fuerzas armadas españolas se retirasen de Irak. Todos los canales vía satélite se negaron a difundir el video porque los militares españoles se habían marchado del país hacía un año. Estuve a punto de pagar caro este error: el grupo de secuestradores quería matarme, en venganza por lo que había ocurrido, pero el cámara me salvó con su sugerencia. Para mi último papel en aquella serie de grabaciones tenía una brillante idea: me vistieron con el uniforme de un soldado afgano, me recortaron la barba y me colocaron un turbante negro. Detrás de mí había cinco hombres de pie, y luego trajeron a otros seis chillando y gritando, invocando la ayuda de Dios, del Profeta y de su familia. Cuando yo anuncié que era el nuevo líder de Al Qaeda en Mesopotamia mataron ante mis ojos a todos aquellos hombres como si fueran cabezas de ganado, y comenzaron a amenazar a toda criatura viviente.

Una noche, ya tarde, el cámara me trajo mis ropas y me llevó hasta la ambulancia, que estaba en la puerta. Metieron las seis cabezas en un saco y echaron éste al interior del vehículo. En ese momento advertí los gestos del cámara y pensé que seguramente hacía de cámara para todos los grupos, que podía incluso ser el cerebro de aquel horrible juego. Me senté al volante con las manos temblorosas. Entonces el cámara me dio la orden, sin quitarse la máscara: “Ya sabes el camino. Cruzas el puente de los Mártires, y al hospital”.

Solicito asilo en su país por todo esto: son todos asesinos e intrigantes. Mi mujer, mis hijos, mis vecinos, mis compañeros de trabajo, Dios, su Profeta, el gobierno, la prensa, hasta el Profesor, que yo había creído siempre que era un ángel. Ahora tengo la sospecha de que aquel cámara que trabajaba para todos los grupos terroristas era el mismísimo Profesor. Su lenguaje enigmático no es más que la prueba de su connivencia y su naturaleza vil. Todos me dicen que no es cierto que haya estado ausente durante un año y medio, que volví a la mañana siguiente de aquella noche de lluvia y que esa misma mañana el Profesor me dijo: “El mundo no es más que una hipótesis sangrienta. Todos somos asesinos y héroes”. Y que aquellas seis cabezas no prueban nada de lo que estoy diciendo, de la misma manera que no prueban que la noche no se extenderá por todo el cielo.

Tres días después de que esta historia se archivara en los registros del departamento de inmigración se llevaron al hombre que la contó a un hospital psiquiátrico. Antes de que el médico pudiera empezar siquiera a preguntarle por sus recuerdos de infancia el conductor de ambulancias resumió su historia real en dos palabras: “Necesito dormir”.

Ésa fue su humilde súplica.

 

Hassan Blasim

Escritor y cineasta. Autor de Madinah. City Stories from the Middle East.

Traducción del inglés de Amelia Pérez de Villar.