En la calurosa mañana del 10 de abril de 1917 —tan sólo una semana después de que Lenin promulgara las famosas “Tesis de Abril” tras su regreso a Petrogrado desde Suiza— el abogado Mohandas Karamchand Gandhi descendió de un tren procedente de Calcuta en la estación de Patna, la capital de la provincia de Bihar en el norte de India. El objetivo de su visita era indagar en torno a la explotación por parte de las autoridades coloniales de los agricultores de índigo de la región cercana de Champaran. A su llegada las autoridades distritales exigieron que Gandhi desistiera de su objetivo y, tras la negativa del abogado, lo acusaron de alterar el orden público. Cinco días después, Gandhi se declaró culpable ante un juez de los cargos en su contra, argumentando que la desobediencia civil era el único camino que su concepto del deber le permitía seguir en tales circunstancias. La enorme atención mediática y popular que generó el caso obligó a las autoridades a liberar al acusado, cuya fama como el hombre que se enfrentó al Estado colonial se esparció por toda la India como fuego en una pradera seca. En Champaran la presión de miles de campesinos reunidos para aclamar a Gandhi y presentar sus quejas contra contratistas y terratenientes abusivos llevaron al pago masivo de compensaciones y al cambio de leyes de impuestos en beneficio de los pequeños cultivadores.


Ilustraciones: Estelí Meza

En la campaña de Champaran Gandhi desplegó por primera vez en India la táctica de la satyagraha, la desobediencia civil no-violenta, que había comenzado a poner a prueba durante su larga estancia en Sudáfrica (1893-1915) y que a la postre se convertiría en el pilar de su práctica política. En los años siguientes el experimento se repitió en distintos lugares de la India, cimentando la estatura casi mítica del Mahatma. A partir de este momento la figura y las técnicas de Gandhi se volvieron el centro alrededor del cual giraría la política nacionalista de la India hasta la década de 1940.

La consolidación del liderazgo de Gandhi en los años inmediatamente posteriores a la Revolución de Octubre favoreció la hegemonía del Partido del Congreso entre las filas del movimiento nacionalista y la marginación de las alternativas de izquierda. Gandhi rechazaba la lógica de la lucha de clases y promovía la unión de los distintos sectores de la sociedad India frente al enemigo imperial a la reforma de las estructuras económicas de la sociedad. Sin embargo, su rechazo del socialismo no obedecía solamente a una estrategia de movilización. Gandhi fue abierta y consistentemente hostil al socialismo y al comunismo, doctrinas que asociaba con la amenaza de la violencia y la imposición de patrones culturales ajenos a la civilización India. “La guerra de clases”, afirmaba, “es ajena a la esencia de la India”. En su famoso tratado Hind Swaraj, escrito en 1909, Gandhi enfatizaba la idea de que la independencia de la India debía dar como resultado una forma de gobierno basado en lineamientos civilizatorios propios. La independencia —o swaraj— defendida por Gandhi no podía estar basada en modelos extranjeros, sino que debía nacer de una revitalización de la civilización de la India y un rechazo de la civilización occidental, la cual era tachada como satánica, el resultado de una época oscura y promotora de una concepción degenerada de la vida producida por la ilusión de la velocidad, la productividad y el falso confort. El socialismo, en especial en su variante científica, era visto por Gandhi como un modelo incuestionablemente ajeno y dañino.

Sin embargo, en 1917 la hegemonía gandhiana estaba lejos de estar garantizada. De hecho, su proyecto de desobediencia civil tuvo que imponerse ante una potente corriente de crítica anticolonial materialista que, desde el último cuarto del siglo XIX, había visto en el empobrecimiento causado por la desindustrialización forzosa y la extracción de riqueza hacia Inglaterra como el origen de la ruina de la India. Durante los primeros años del siglo XX la política nacionalista en India se radicalizó de manera dramática, y comenzó a enfocarse de manera creciente en el boicot de productos extranjeros, especialmente los británicos, el desarrollo de industrias indígenas y la protesta, en ocasiones terrorista, en contra del Estado colonial. Al mismo tiempo, y a pesar de la persistencia del liderazgo de las elites urbanas occidentalizadas en la política India desde mediados del siglo XIX, la protesta anticolonial de principios del XX se vio nutrida por el crecimiento de una política obrera de masas en las principales ciudades de la India británica.

Los primeros casos de protesta encabezados por trabajadores industriales tuvieron lugar en Bombay. En octubre de 1908 grupos de trabajadores de la industria textil llevaron a cabo una huelga de seis días, protestando en contra la extensión de la jornada de trabajo tras la introducción de luz eléctrica en las fábricas. Durante la huelga los trabajadores dañaron maquinaria, estrellaron los cristales de una fábrica y destruyeron registros y archivos de sus oficinas. Este episodio puso en jaque a un sector productivo crucial en la economía del Estado colonial y de relieve el potencial de la movilización obrera en favor de la causa nacionalista. A lo largo de la siguiente década la actividad industrial en India creció considerablemente como resultado de los procesos económicos desatados por la Primera Guerra Mundial en Europa. Durante este conflicto numerosos empresarios británicos en India se vieron obligados a abandonar sus negocios para atender a sus deberes militares, abriendo una ventana de oportunidad para la acumulación de capital por parte de empresarios indios. La dificultad de importar mercancías desde Inglaterra para vender en India dio otro gran impulso al crecimiento de grupos industriales locales, entre los que resaltan las casas de los Tata, los Bajaj y los Birla. Como conciencia de estos procesos, entre 1914 y 1917 la producción de las fábricas textiles en India creció en casi un 50%. Este crecimiento llevó al incremento de la importancia de sindicatos industriales, y al surgimiento de sindicatos en otros sectores, como el ferroviario. A finales de 1918 una importante huelga de trabajadores textiles en Bombay reunió a 125 mil obreros, mientras que a principios de 1920 se registró una segunda huelga de alrededor de 150 mil. Este proceso culminó con la creación, en 1920, del brazo sindical del Partido del Congreso, el AITUC (All-India Trade Union Congress), en la que participaron más de 800 delegados de toda la India que pretendían representar a más de 500 mil obreros.

Esta política obrera que durante las primeras décadas del siglo XX comenzaba a gestarse en India se vio fortalecida por el impacto del éxito bolchevique en Rusia. Sin embargo, esta expansión se vio opacada por el inicio de un ciclo de agitación y protestas encabezadas por Gandhi que a la postre llegaría a ser llamado el Movimiento de No-Cooperación. Tras la matanza de casi 400 personas reunidas en la plaza de Jallianwala Bagh, en la ciudad de Amritsar en abril de 1919 por parte de soldados británicos, Gandhi, cuya fama como símbolo de la resistencia anticolonial no había hecho más que crecer desde la campaña de Champaran en 1917, convocó a la población de toda India a manifestar de manera no-violenta su rechazo del Estado colonial a través del boicot económico y la negativa a cooperar con sus instituciones. La respuesta fue apabullante. Entre finales de 1919 y 1921 miles de estudiantes abandonaron sus estudios, cientos de miles de trabajadores administrativos, abogados y policías se negaron a trabajar, las cárceles se saturaron de prisioneros, el sistema de transportes se paralizó y las funciones del Estado se desactivaron. Alejándose de la lógica de lucha de clases que había guiado la protesta obrera en sitios como Bombay, el programa político de Gandhi enfatizaba la importancia de la resistencia pacífica y la unión oposicional de las masas y las elites frente a un enemigo común: el imperio británico.

El éxito arrollador de la movilización paralizó el funcionamiento económico y político del Estado británico y dio inicio a una nueva etapa en la lucha anticolonial India, en la que el reclamo de independencia fue adoptado como el fin último de la política nacionalista. Para los jóvenes formados en el ambiente radical de las primeras décadas del siglo la No-Cooperación marcó el nacimiento de una nueva forma de hacer política alejada de los imperativos de las elites y los altos círculos de poder. A partir de este momento el programa de la No-Cooperación fue adoptado como el credo oficial del Congreso Nacional Indio, y M. K. Gandhi, quien comenzó a ser llamado el Mahatma, se erigió como el líder más importante del nacionalismo anticolonial en la India británica.

El entusiasmo generado por la Revolución de Octubre entre algunos sectores nacionalistas de la India en los años posteriores a 1917 se vio opacado por el impulso del movimiento de No-Cooperación de Gandhi, el cual se nutrió de las premisas nativistas y los sueños de autonomía que impulsaban la política radical de la época. Durante los años siguientes el comunismo y el socialismo permanecieron enclaustrados en los centros urbanos e industriales de la India, mientras que el mensaje de la satyagraha cautivaba a los millones de súbditos imperiales de las aldeas y los campos de India. En 1919 el importante periódico nacionalista The Advocate publicaba lo siguiente: “Afirmar que los líderes indios están inspirados por los ideales bolcheviques […] es una grave perversión de la verdad […]. No existe la más mínima posibilidad de que India abandone el liderazgo de Mahatma Gandhi por el de Lenin”.1

Aun frente a un oponente tan formidable como Gandhi, la política de izquierda echó profundas raíces en India. En décadas siguientes esta corriente se cimentó con la creación de grupos y partidos que actuaron en colaboración y contraposición al Partido del Congreso hasta el fin del imperio en 1947. Por un lado, una importante facción de líderes de inclinaciones socialistas, entre los que se hallaba el joven Jawaharlal Nehru, buscaron llevar al Congreso hacia la izquierda y contrarrestar a elementos más conservadores y elitistas dentro del partido. El creciente éxito de esta facción socialista desembocó en el importante papel jugado por la India, durante el gobierno de Nehru (1947-1964), en el Movimiento de los Países No Alineados y el proyecto del Tercer Mundo. Por otro lado, el Partido Comunista, fundado en 1925, logró consolidarse como una de las fuerzas políticas más importantes a nivel nacional, y gobernar durante décadas los Estados de Bengala Occidental y Kerala. Es importante resaltar que el éxito electoral del Partido Comunista de India no ha venido acompañado de una renuncia de su adhesión a la ortodoxia marxista, lo que lo convierte en una de las pocas fuerzas activas hoy en día en defenderla desde el interior de la arena democrática.

En décadas más recientes la izquierda en India ha estado otra vez a la defensiva ante el éxito espectacular —y violento— de la llamada derecha hindú. Aun así, está lejos de desaparecer, y representa hoy en día un importante bastión de oposición a las políticas neoliberales y el crecimiento del chauvinismo étnico. Sus distintas facciones activas incluyen las múltiples escisiones del movimiento maoísta, un amplio y heterogéneo sector no gubernamental y apartidista estructurado en torno a categorías de clase, casta, género e identidad regional, así como a distintos partidos activos en la arena democrática tanto a escala regional como nacional. A pesar de sus difíciles inicios la izquierda en India, y sobre todo la marxista, ha sabido sobrevivir al eclipse de los ideales gandhianos, la decadencia del Partido del Congreso, e incluso fortalecerse en una época en la que la mayoría de los antiguos partidos socialistas y marxistas del mundo han desaparecido o abiertamente adoptado y celebrado el agresivo lenguaje del libre comercio.

 

Daniel Kent Carrasco
Doctor en historia intelectual por la Universidad de Londres. Actualmente es becario del programa de Becas Posdoctorales de la UNAM en el Instituto de Investigaciones Históricas.


1 The Advocate, Lucknow, 1919. Citado en Zafar Imam, “The Rise of Soviet Russia and Socialism in India, 1917-1929”, en Bal Ram Nanda, ed., Socialism in India (Delhi, Vikas Pubications, 1972), p. 54.