El escritor Natsume Soseki es considerado “el padre de la literatura japonesa moderna”. A continuación, una semblanza literaria por los 150 años de su nacimiento

La narrativa japonesa, más que cualquiera otra escrita en Oriente, con sus límites difusos y sus entrecruzamientos inesperados, se encuentra presente en lengua española a través de distintas publicaciones. Varios de sus autores se han instalado de forma permanente en el gusto de los lectores y sus obras son reeditadas con una periodicidad de la que no disfrutan autores de la propia tradición hispanoamericana.

Son ejemplares los casos de Junichiro Tanizaki (1886-1965) o Yasunari Kawabata (1899-1972), a cuyas respectivas obras, debido a la claridad con la que es posible percibir en ellas líneas de luz de la sensibilidad japonesa, se recurre con la seguridad de leer a representantes de una literatura que subraya cómo la experiencia puede transmutarse en un lenguaje para llegar a los demás. Yukio Mishima (1925-1970), por su parte, ha dejado como nadie una estela de memoria debido a los controvertidos hechos de su vida y de su muerte. Sus libros se reeditan y se leen lo mismo por los más jóvenes que por lectores reiterados.


Ilustración: Ricardo Figueroa

A fecha más reciente, la presencia de Haruki Murakami (1949) se aquieta y ahora gana espacio la obra de Hiromi Kawakami (1958), narradora japonesa de finísima sensibilidad y trazo estilizado que con cada libro que se traduce al español avanza para reafirmase como uno de los relevos más sólidos en una literatura que privilegia la sutileza de consignar la perfección de los actos mínimos que pasan desapercibidos, por encima de la estridencia que nace de explotar la violencia y otras formas de la comodidad estética.

Como una presencia menos visible, aunque avanza a paso sostenido, la obra disponible en español de Natsume Soseki (1867-1916) se integra a este círculo de autores que son referencias inapelables. Novelas como Botchan (1906) y Kokoro (1914) logran un retrato naturalista en el que igualmente se cuelan los estragos oníricos, las figuraciones esperpénticas producto de la soledad y el delirio, así como las vetas propias de la literatura japonesa, siempre próxima a la naturaleza y afín a consignar la posibilidad de hallar sentido a la vida hasta en deleites casi mudos.

Ahora la faceta del narrador se complementa con la del ensayista. Si bien ya podían leerse los ensayos sobre teoría literaria que editaron Michael K. Bourdaghs y otros autores para la Columbia University Press de Nueva York —Theory of Literature and Other Critical Writings (2009)— , este volumen no estaba al alcance de los lectores en lengua española y hacía falta un ejercicio de astucia para hallarlo y otros más que pueden encontrarse como parte de los esfuerzos de la academia anglosajona. Es válido buscar una ensayística en donde se genera una narrativa porque nada crece de manera aislada. No se aterriza como un signo en la página a partir de la nada. El narrador deriva de una experiencia vital y así escriba las historias más desaforadas desgaja franjas de su vida para instalarlas en el terreno de la ficción.

Los Cuadros del Londres victoriano (Olañeta, 2014) permiten asomarse a su escritura prosística, cercana al relato de viaje y a la crónica de la vida interior. El autor japonés vivió dos años en la capital británica (1900-1902) —regresó a Japón en enero de 1903, de ahí que la fecha registrada pueda variar en algunos libros— y es fácil hallar en sus notas de viaje que no fueron los más felices. Le atormentaba el culto a la técnica entonces vigente, la misma que retrata Charles Dickens, George Eliot y Wilkie Collins. Aquel desarrollo industrial emborronaba los rostros para transformarlos en otra pieza en la línea de ensamblaje. Era la Inglaterra de las fábricas humeantes que nunca se detienen, en las que se contrataba menores de edad y mujeres embarazadas, porque los derechos sociales aún no existían en la regulación.

Son los albores del siglo XX y las ideas de socialismo aún no llegaban a los parlamentos, a las iglesias, a las fábricas y a los obreros que décadas más tarde intentarían ponerlas en marcha. El eco de la revolución mexicana resonó en la esfera occidental, pero nadie entendía el movimiento y los “sombrerudos” se asemejaban a bárbaros incapaces de darse a sí mismos un gobierno legítimo con un mínimo de justicia social. Y aún estaba lejos el año de 1917. Soseki, escritor casi íntimo, se reconoce extraviado en una multitud en la que es una figura más, sin apenas definición, lejos de las prácticas japonesas milenarias que privilegiaban el reconocimiento del individuo en tanto parte de una colectividad.

Jordi Fibla, en el prólogo a los Cuadros, confirma esta intuición: el autor japonés era un lector voraz de los autores clásicos de lengua inglesa aunque no era un anglófilo en el sentido más puro de la palabra. Llegó a Londres por un golpe del azar. Esta afinidad electiva lo orilló al claustro voluntario aunque en su parte benéfica, el periodo británico funcionó como una etapa de gestación de varias de las obras que se publicarían años después. Soseki se habría colocado un dique de escritura alrededor para abandonarse a las tramas de sus novelas y otras piezas, como los sueños o sus poemas, algunos de los cuales igualmente ya se encuentran disponibles traducidos al español.

Es usual que los autores orientales contrasten la situación japonesa con Occidente. Lo hicieron Tanizaki, Kawabata y Mishima, porque es un llamado a la autodefinición y a un trazado de límites: ¿en dónde empiezan las prácticas occidentales e inician los rasgos definitorios de mi identidad? ¿Qué me hace diferente de los otros en términos de cultura? La globalización hace que este proceso identitario pierda vitalidad porque ya no es claro qué es Occidente y dónde deja de serlo. En la actualidad el cine norteamericano distribuye un modo hegemónico de entender lo que es el aparente triunfo del capitalismo, que además restriega en el semblante de las demás naciones.

Soseki se encontraba de cara a quien entonces ejercía el dominio global —la Inglaterra decimonónica, auténtica Babel de fin de siglo—, pero este ejercicio de la definición extralimita sus energías y termina en un encierro del cual no se libraría sino hasta que logra volver a Tokio a reemplazar a Lafcadio Hearn (1850-1904) en la cátedra de la universidad, mérito académico que expresa su consolidación en el sistema de beneficios culturales con independencia del posible valor de su obra narrativa.

Como una extensión más precisa que los Cuadros, Mi individualismo y otros ensayos (Satori, 2017) permite que cualquier ejercicio de comprensión de su pensamiento se amplifique en deltas para leer su obra con mayor provecho con la perspectiva de la literatura en lengua española. El volumen reúne cuatro conferencias impartidas ante diferentes audiencias, que ponen de relieve su inquietud respecto a Japón como unidad de sentido, la idea de progreso, el individuo en tanto que voluntad de sobrevivencia.

Estas reflexiones son un producto natural en un periodo en el cual todo se resumía en la posibilidad de un mañana luminoso producto de la ciencia y la técnica. El dominio de la naturaleza como principio rector de la actividad humana fue una de las constantes de la revolución industrial, en contraposición con el ideal japonés de conservacionismo y vida contemplativa. En medio de esta despersonalización, se impone como un reto intranquilizar a las buenas conciencias con una reafirmación del individuo, en contraste con la urgencia de allanarse al triunfo del proyecto colectivo. Es otro de los vértices que permiten asomarse a la incomodidad de Soseki en la órbita británica.

Debido a que en 2016 se cumplieron 100 años de su muerte y este 2017150 años de su nacimiento, en Japón se iniciaron las actividades editoriales para volverlo a las mesas de novedades. No es infrecuente verlo señalado como el “padre de la literatura japonesa moderna”, apelativo que resulta comprensible con la lectura de su obra, que se vuelve de lectura necesaria en un contexto en el que el individuo extravía el rostro y además se imagina que ya no lo necesita.

 

Luis Bugarini
Escritor y crítico literario. Es autor de Estación Varsovia.