realidad

La invención de la realidad. Antología de cuentos brasileños (Cal y arena, compilación de Paula Parisot) busca mostrar la riqueza del relato brasileño contemporáneo. Presentamos un cuento incluido en el volumen en el que están representados veintiún autores.


Primero abajo, dice él. El agua de la tina es tibia, los jabones tienen forma de corazones y fresas. ¿Cuántos años tienes? Cuarenta, respondo. Cuando Nelson toca mis pies, tengo treinta y cinco. Más adelante, como máximo treinta. Estoy en camino a la edad en que usaré bikini, y el malecón estará lleno, e iré hasta la playa con bolsa y lápiz labial. Nelson no estará cerca, pero sé que es cuestión de tiempo para que él también aparezca en escena.

El agua de la tina es verde a causa de las sales, oigo apenas el gotear disperso, y cuando llego a los veinticinco años, me dejo sumergir, el cuerpo completo relajado, cada músculo, cada fibra. Siento apenas la mano de Nelson, su voz grave hablando de mis piernas. Siempre insiste en hablar de mis piernas, es a esa hora cuando debo entrar, decir que tomé sol e hice ejercicio toda la tarde. ¿Había mucha gente en la playa?, pregunta. ¿Alguien se metió contigo?

Tengo veinte años cuando cuento que un hombre se me­tió conmigo. Un hombre, murmura Nelson. Sí, un hombre que estaba sentado en el kiosko y me preguntó a dónde iba tan de prisa. El hombre se levantó y comenzó a seguirme, me contó que vivía cerca, en un edificio a dos cuadras de ahí. ¿Y dijo algo más? Respondo que no, pero sé que Nelson no me cree. Va a insistir hasta que yo confiese. Es para eso que me puso en la tina y me dio una copa de vino. Hace mucho que Nelson lo sabe: no hay nadie más débil ante la bebida que yo.

A los dieciocho años, una mujer es débil para casi todo. Es incapaz de oír la invitación del hombre de la playa sin prestarle atención. Es lo que le digo a Nelson mientras me enjabona los tobillos. Sube sus dedos por mis pantorrillas, por las rodillas, y las preguntas se vuelven tan incisivas, que me obligan a describir con mucho detalle la conversación con el hombre de la playa —el momento en que entro en el departamento, cuando él toma las copas del armario, cuando me propone el primer brindis— que a veces llego a tergiversar la historia. En el instante en que Nelson toca mis muslos, llego a confundir las fechas y a olvidar que tengo dieciséis años, cuando el hombre se sienta a mi lado, los dos en el sofá del departamento, yo ya bastante mareada, y me pregunta si tengo calor.

Nelson sabe lo que el hombre quería. Aún así, se obstina en insistir: ¿te pidió que te quitaras el bikini? ¿Te invitó a bañarte con él?

Mis respuestas son las mismas de siempre: yo no sabía qué hacer, a los quince años no me imaginaba que el hombre me llevaría de la mano. Era un día húmedo, tan húmedo como hoy, Nelson sin camisa a mi lado, las gotas de vapor sobre su frente. Nelson sube los dedos por mis muslos, es el momento en que cambiamos de tono, en que me pongo a hablar casi susurrando: sí, el hombre me pidió que me metiera a la tina.

A los catorce años, no tienes idea qué tan intenso puede ser el contacto con el agua. Dejas que el hombre te enjabone, y la sensación es tan intensa que puede incluso cambiar tu vida. En aquel momento, mi vida comenzó a convertirse en lo que es hoy: no tuve hijos, no trabajo, por las tardes hago compras o busco algo para distraerme hasta la hora en que oscurece, y necesito regresar, y tengo que ser rápida porque Nelson me espera impacientemente. Ya pasaron décadas así, pero Nelson continúa pidiéndome que entre al baño tan pronto pongo un pie en la casa. En dos minutos ya estoy ahí, lista para conducirlo, sus dedos recorriendo mi cuerpo hasta encontrar el lugar correcto. Entonces cierro los ojos y respiro profundamente, y me preparo a morir y nacer de nuevo dirigida por la voz de Nelson, como si el tiempo se hubiera detenido desde que la oí por la primera vez, así, ahora, para siempre, frente al kiosko de la playa.

 

Michel Laub
Ha publicado cinco novelas, entre ellas Diário da queda. Ha recibido los premios Bienal de Brasília y Bravo Prime, entre otros.

Traducción de Rodolfo Mata y Regina Crespo.

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