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Arturo Azuela: Manifestación de silencios, México, Joaquín Mortiz, 1979, 331 pp.

No falta quien aún espera la gran novela mexicana de estos tiempos deslustrados. Así como pasadas glorias dieron en su momento novelas consideradas determinantes para la literatura mexicana, hoy parecería que a falta de obras asombrosas lo único que queda son premios para fabricarlas. Para la ruina de los galardones, nuestras mejores novelas están por arriba y por debajo de nuestros mejores premios. La primera traición que se hace frecuentemente a una buena novela es hacerla merecedora de un premio que le designan y que tiene poco que ver con la obra aunque mucho, quizás, con el escritor.

El Premio Villaurrutia otorgado a la primera novela de Azuela, El tamaño del infierno, fue comprensible: la primera novela de un escritor con aptitudes en el empleo de los puntos de vista y en la cimentación y desarrollo de una intriga donde demuestra destreza en el manejo del suspenso, así como cierta soltura narrativa; sumado a esto y sin desmerecerlo, figuró el interés literario que estimula este informe novelado de la familia Azuela. El Premio Nacional de Novela para Manifestación de Silencios, su tercera novela, puede hacerse comprensible, pero lo mejor es no tratar de explicarlo. La novela misma pide esto al exaltar la importancia de la labor literaria no reconocida, cosa que aunque no es profesión de fe, da testimonio de que el autor probablemente no ha sido carcomido por el éxito. Y con todo, es notorio que la última obra de Azuela no sobresale especialmente por su valor literario.

Con Un tal José Salomé, Arturo Azuela vino a comprobar que era un novelista con recursos técnicos. En su primera novela había logrado un despliegue multiforme de posibilidades narrativas. Errores, los tenía: dificultades con el manejo de tiempos y desestabilidad en los diálogos. Con un cambio radical en la manera de contar, se ceñía en su segunda novela al logro de una unidad estilística mitad poética, mitad retórica, a través del esforzado sostenimiento de un lenguaje homogéneo. Los recursos técnicos de Azuela estaban ya a la vista. Por un lado, desenvolvimiento de la estructura: por otro, artesanía lingüística.

En Manifestación de Silencios, estos recursos llegan a un afianzamiento que es, al mismo tiempo, casi un retroceso. De nuevo las fallas fundamentales, ahora amplificadas: el tiempo convertido en series de abruptos saltos y tropezones; los diálogos donde parece que hay una sola voz: la de un narrador de conversaciones (excepción hecha del personaje Sebastián Cardoso). El primero de estos defectos significa, en gran parte, el fracaso de la novela. Al considerarla una novela fallida no quiero caer en la cantilena que crítico: la de un escritor prometedor del que se espera una obra redentora de la prosa nacional y que de repente nos decepciona. Hay que reconocer, ante todo, que esta novela muestra un singular apresuramiento en su confección. Azuela es un escritor con recursos técnicos, y ese es precisamente uno de sus riesgos: sus novelas tienen mucho de esqueletos. La inteligencia de Azuela es obvia en las tres novelas y, por lo mismo, inquietante: una buena inteligencia puede aniquilar una buena novela. Cierto melindroso afán de expresión literaria lleva al autor a mostrarse como un medidor precipitado. Un superficial cuidado en las palabras lo conduce a la sobreprotección, con la cual su lenguaje, de apariencia fluida, se coagula, y el léxico provoca la inquina en el fuero interno del lector.

La historia personal de un grupo de amigos, enlazada a la historia del México de los últimos treinta años, forma un engranaje donde política y pasión se entrecruzan. Manifestación de silencios se extiende, por una parte, como una porción de historia que se divide en dos tajos: antes de 1968 y después; asistimos por otra parte a la historia personal de José Augusto Banderas -el personaje «novelesco» de la novela- que, aunque ha tenido estrecha vinculación con el momento histórico que le corresponde, ve a su protagonista impelido por la pasión a abandonar la lucha política y a huir del país; José Augusto es un personaje que bloquea pasionalmente su lucha social.

Se podría decir que la tercera novela de Azuela toma elementos sustanciales de las dos anteriores. De El tamaño del infierno, repite la conformación de una historia mítica; aquí, la familia Azuela inventaba la historia legendaria de un tío Jesús a partir de unos cuantos datos y recuerdos comunes; en Manifestación de silencios los amigos y conocidos de José Augusto Banderas crean su historia mítica a partir de las correcciones y aumentos que hace Sebastián Cardoso de los rasgos que conoce de la hégira de aquél personaje. Como en Un tal José Salomé, la estructura general de la novela está partida en un antes y un después. En aquella, son un acontecimiento personal (la muerte de Leodegario) y otro social (la invasión de El Rosedal por la ciudad) los que dividen la novela. En ésta, los parteaguas son también un acontecimiento personal (la huida de José Augusto Banderas del país) y otro social (el desencadenamiento del movimiento de 68).

No obstante, Manifestación de silencios no se parece demasiado a las otras novelas. Para empezar es plenamente citadina: transcurre entre la Glorieta de Chilpancingo, la Plaza Miravalle, una casa en Coyoacán y el bar La Concordia, en San Angel, y en ciudades del extranjero. Nuevamente, como lo hiciera en El tamaño del infierno, Azuela incorpora registros autobiográficos y personajes de la vida real. Aunque en ninguna de las dos novelas hay una expresa intención copista, es notoria la influencia de los personajes reales y bien conocidos por el autor en la conformación de caracteres similares. En Un tal José Salomé los personajes son de elaboración más artificiosa y, por así decirlo, menos confiable; pero aún así, en sus dos novelas últimas Azuela ha perdido casi todo lo que ganó en el terreno de los personajes con su primera.

Manifestación de Silencios deja una duda sobre la obra de Arturo Azuela. ¿Se trata de la obra de un escritor que ha asumido ya la posición de novelista consumado? Esperemos que no: hay muchas carencias que no deberían quedarse sin llenar, pero que pueden seguir surgiendo si no se les dedica atención. Azuela, novelista, necesita hacer a un lado la precipitación y la publicación continua. Una novela próxima bien descansada puede superar el escollo grande dejado por la última. Si se logra, esperemos que no sea la gran novela mexicana de estos días y que pase inadvertida por los premiadores.