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Fabio Morábito advierte que la naturalidad de lo ordinario es sólo artificial. Publicamos uno de los inauditos relatos de Madres y perros (Sexto Piso).


Durante mi estancia en Berlín no leí un solo libro y me dediqué a caminar. En cierto modo sustituí la lectura con las caminatas. Mi primera salida era a las 5:40 a.m., para comprar el pan. Había una panadería frente a mi casa, pero como hacía un pan bastante malo, busqué y encontré otra, algo distante, que vendía un pan excelente y abría a las seis. Acostumbro escribir temprano, así que bajaba a las 5:40 para estar en la panadería a las seis en punto, compraba los “acht kleine Bröchten”, que era la diaria provisión de pan que consumíamos en casa, y regresaba para escribir. Lo hice tanto en invierno, mucho antes de que amaneciera, a ocho o diez grados bajo cero, como en verano, cuando a las 5:40 las ventanas de los pisos altos de los edificios ya relumbraban con los primeros rayos del sol.

Siempre me ha producido placer caminar muy temprano, todavía de noche, cuando empiezan las señales del nuevo día y se encienden las primeras ventanas de los edificios. A veces alguna mujer sola se cruzaba en mi camino y me satisfacía comprobar que venía segura a mi encuentro, porque algo en mi modo de caminar le advertía que no tenía nada que temer. Unos pocos metros antes de encontrarnos una breve mirada, a veces acompañada de una sonrisa, refrendaba su seguridad.

De regreso de la panadería mi aspecto no sólo era tranquilizador, sino incluso insignificante. ¿Qué puede tener de peligroso un hombre que lleva una bolsa de pan bajo el brazo? Las mujeres que se cruzaban conmigo ya no gastaban ninguna sonrisa y ni siquiera me miraban a la cara, arropadas por el ritmo de la ciudad que despierta. En cosa de apenas diez minutos había nacido el Berlín de costumbre, donde nadie mira al prójimo.

Pese a llegar puntualmente a las seis, cada mañana me topaba con un cliente de la panadería más madrugador que yo. Era un hombre entre cincuenta y sesenta años. Desayunaba de pie un café con croissant, leyendo el periódico que tenía abierto sobre la única mesita del local. Siempre estaba ahí, enfrascado en la lectura, y nunca volteaba a verme, de manera que nunca pude verle la cara. Tal vez por eso decidí adelantarme y una mañana salí diez minutos antes que de costumbre, a las cinco y media, y llegué a la panadería al diez para las seis. Para mi sorpresa, ya estaba abierta y el tipo se hallaba adentro, comiendo su croissant y leyendo el periódico. Cuando salí, revisé el horario marcado en la puerta, que decía claramente que el expendio abría a las seis. Un letrero alemán, para alguien no alemán, tiene algo de boletín militar y no puede mentir. Si la hora de apertura era a las seis, ¿por qué la panadería ya estaba abierta a las 5:50?

Al otro día me adelanté todavía más y llegué a las cinco y media. De todas mis caminatas fue la que menos disfruté, porque iba casi corriendo. Vi desde lejos la panadería iluminada. Cuando entré, el hombre del croissant ya estaba sumergido en su periódico, mientras el panadero trajinaba en lo suyo. Estuve a punto de preguntarle a qué hora abrían realmente, pero mi escaso alemán no daba para aclaraciones o cuestionamientos. En los días siguientes dejé de preocuparme por desbancar al tipo de su lóbrego primer lugar, que tal vez se ganaba a base de un insomnio feroz, e imaginé un cuento en que aquella situación se estiraba hasta el absurdo: la panadería no cerraba nunca y el misterioso cliente estaba ahí, con su croissant y leyendo el periódico, como un cuadro de Hopper detenido para siempre.

En efecto, es posible que siga ahí, leyendo su periódico todas las mañanas y en la misma mesa. Después de muchos años sigo preguntándome dónde conseguía el periódico tan temprano, si los expendios no abrían antes de las seis. ¿Leía el periódico del día anterior? Y sólo ahora llego a la conclusión de que probablemente era el dueño de la panadería; por eso era el primero en llegar y siempre llegará primero. ¿Por qué no se me ocurrió antes?

Tal vez si los hechos que cuento hubieran transcurrido a plena luz del día, el hombre no habría pasado de ser una curiosidad, pero en esa hora sigilosa en que una ciudad está a punto de despertar, su presencia en la panadería acabó por simbolizar la situación precaria de quienes escribimos, siempre condenados a tener muchos menos lectores de los que creemos merecer. El hombre era la representación del lector inalcanzable, que nunca iba a ser tocado por mis palabras, porque otras lo absorbían, de seguro más urgentes, más hondas y necesarias que las mías. Nada en mí, ni mi acento extranjero, ni el tono de mi voz, ni mi estilo de hablar, lograron distraerlo un solo instante, y de seguro, si registraba mi presencia, la olvidaba tan pronto como yo salía de la panadería.

*

Durante mi estancia en Berlín, adonde fui para cuidar a mi hermana Karla, no leí un solo libro y, en contra de mi costumbre, caminé muy poco, debido a que los cuidados a mi hermana enferma me tenían todo el día ocupado. No encontraba el tiempo ni las ganas de sumergirme en un libro y tenía que limitarme a leer el periódico, por añadidura del día anterior, porque mis únicos momentos libres eran temprano en la mañana, antes de que Karla despertara, y a esa hora los expendios de periódicos están cerrados. No era algo que me afectara, pues no tengo la costumbre de leer la prensa. Además, más que leer el periódico, me sumergía en él para escapar de la ciudad que me rodeaba, porque aborrezco Berlín, esa ciudad gris y extendida, ruidosa y multitudinaria, donde es imposible caminar. Nunca he entendido por qué Karla, después de la muerte de Moritz, su esposo, quiso quedarse a vivir ahí.

Había una panadería en frente de la casa de Karla. Hacían un pan de mala calidad, como en todas las panaderías de Berlín, pero me quedaba a un paso, cruzaba la calle y ya estaba adentro. Hubiera podido ir en pijama, porque a esa hora no se veía un alma en la calle. Además, puesto que Heinrich, el dueño, era un viejo amigo de Karla (incluso le debía dinero), yo podía bajar a su local antes de las seis, que era la hora de apertura, cuando Uwe, el encargado, y Sabine, su mujer, empezaban recién a acomodar en los anaqueles el pan que les traía una furgoneta. Sabine, tan pronto como me veía cruzar la calle, me preparaba un café con leche y ponía a calentar un croissant en el horno eléctrico. Era yo, en suma, su primer cliente, un cliente anómalo, una especie de amigo de la familia al que atendían antes del horario de apertura. Por esta razón, mientras la frecuenté, la panadería acabó por tener un horario de apertura flexible, ya que, conmigo adentro, Uwe y Sabine dejaban la puerta abierta y cualquiera podía entrar antes de las seis.

Recuerdo a un hombre, a quien nunca le vi la cara, un extranjero, probablemente latinoamericano, que llegaba todas las mañanas antes que nadie y pedía siempre lo mismo, como una cantilena aprendida: “Acht kleine Bröchten”. Supe que era hispanohablante porque Uwe, que no tenía simpatía por los extranjeros, un día le hizo una pregunta malévola, únicamente para saber qué tanto alemán entendía el otro: “¿Cómo se saca el volumen de un polígono?”. Una pregunta estúpida, al que el otro contestó en español: “¿Perdone?”, y Uwe dijo, también en español: “Nada, nada”, y le entregó la bolsa con las ocho piezas de pan. Estaba molesto porque el tipo había entrado en la panadería a las 5:50, diez minutos antes de la apertura señalada en el letrero de la puerta, y le dijo a Sabine: “Esos tercermundistas no saben ni siquiera leer los números”. Yo rehuí sus miradas, porque sabía que por mi culpa tenían que atender a la clientela antes de las seis. Pero ¿por qué no cerraban la puerta, si eso les molestaba? Le platiqué el episodio a Karla, y ella, que conocía bien a Uwe y a su mujer, me dijo que al cerrar la puerta de la panadería se habría creado entre ellos y yo cierta intimidad; en resumen, se habrían sentido obligados a dirigirme la palabra, así que preferían dejar la puerta abierta y atender a algún cliente despistado antes de la hora de apertura. Le creí, porque así son los berlineses, incapaces de llevar una conversación por el simple gusto de platicar. En mi pueblo, por el contrario… pero no quiero hablar de mi pueblo. Di por buena la explicación de mi hermana y dejé de preocuparme. Sin embargo, a la mañana siguiente el tipo despistado llegó todavía más temprano: a las cinco y media. Acababa de acomodarme en la mesita del rincón, de cara a la pared, cuando escuché a mis espaldas la cantilena aquella: “Acht kleine Bröchten”, y hundí la cabeza en el periódico, imaginando la rabia de Uwe. Casi no pude concentrarme en la lectura y dejé sobre la mesa una propina mayor que la acostumbrada. No le dije nada a Karla, pero esa noche apenas pude dormir. Tenía miedo de que al día siguiente el hombre llegara a la panadería todavía más temprano, incluso más temprano que yo, obligando a Uwe y a Sabine a recoger directamente de la furgoneta las ocho piezas de pan que les compraba, un esfuerzo que yo tendría que recompensar dejando una propina todavía mayor que la que había dejado. Ya veía la cara dura de Uwe al verme cruzar la calle y la frialdad de Sabine al servirme mi croissant con café con leche, y estuve a punto de no bajar a la panadería. Pero no tenía otro lugar donde desayunar y, por suerte, el hombre llegó a las seis en punto y de ahí en adelante no volvió a llegar antes de esa hora. Todas las mañanas estaba pendiente de su llegada, y aunque varias veces estuve tentado de girar la cabeza, no lo hice, obedeciendo a no sé qué íntima prohibición.

“Acht kleine Bröchten”. Esas palabras, pronunciadas con acento extranjero, ahora que Karla ha muerto y yo he regresado a mi pueblo, acuden a mi mente cuando menos me lo espero. He vuelto a leer libros, a caminar y, como es mi costumbre, no leo ningún periódico. No he de volver nunca más a Berlín. Apenas recuerdo los rostros de Uwe y de Sabine. En realidad nunca los miré a la cara. Siento que en el tiempo en el que viví en Berlín estuve dándole la espalda a todo y a todos, mientras rezaba para que Karla no muriera, y que lo único que conservo de ese viaje son esas tres palabras pronunciadas por un desconocido.

 

Fabio Morábito
Escritor. Ha publicado El idioma materno y También Berlín se olvida, entre otros libros.

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