Tres parpadeos en una jornada y está fuera. O muerto. O algo peor. Lo sabe, pero no se puede saber. No hay registro —y si lo hay, se pierde entre toneladas de bytes acumulados; si lo hubiera se necesitarían espeleólogos, que ya no existen, para recuperarlos— hasta la fecha de que haya pasado. Uno. Piensa: Dos, tres. Susurra: Y fuera. El ruido a su alrededor es apenas perceptible; no por inexistente, más bien por asimilado. Tacatacatacatacas que se sienten, a duras penas, como granitos de sal sobre porcelana. A su lado sólo hay un vaso de café. Y él —¿dónde habrá leído esto?— está compuesto, como todos, por materia que suele tapar drenajes.

Son tres los parpadeos, porque el dos no ha sido decretado como número de ese año. Tampoco el anterior —de nuevo, ¿quién sabe?— y quizá tampoco del que sigue, pero la creación no lo ha decidido, porque la creación decide, nunca aparentemente, sobre la marcha.

Asimov tecleaba 90 palabras por minuto. Esto lo sabe porque fueron tres, también, las notas que publicaron hoy sobre “Lo que Asimov le puede enseñar al redactor altamente empático”; tal vez ayer lo sabía, pero, si es así, se le fue entre los dedos, o entre los pasos que Kant seguiría para resolver tus deudas. Redactó las notas (350 palabras cada una) en minuto y medio. Al mismo tiempo, 70 banquetas en el mundo cambiaron de lugar, 210 agamas africanas transmutaron en astromelias, 34 sombreros de copa salieron volando, 35 palabras desaparecieron y el hocico de un husky siberiano pequeñito empezó a oler a té chai. Los otros medios retomaron, inmediatamente, la nota del perro.

La oficina está particularmente tranquila, como está particularmente tranquila cada hora de la semana: una, dos, tres, treinta y nueve notas diarias. Cada día es mejor y cada día está lleno de oportunidades. Porque la creación, ésa sí impaciente, llena los minutos con oportunidades. “Cada minuto es una oportunidad” se lee en la manga del café y, por supuesto, en cada sorbo hay posibilidades. Esto lo recuerda a cada tecla presionada: cada una conlleva la obligación de ser feliz, porque se sabe presente y estar presente en cada momento es lo que cuenta.

Dos. Susurra: No puede haber un tercero. Llega la siguiente nota. Le da un sorbito al café. Teclea. Mientras lo hace su mano derecha comienza a temblar. Sigue con una mano. Se le escaparon 40 palabras en un minuto. No importa. Ahora no sólo hay oportunidades, sino un reto. Y “Cada reto es una oportunidad” se lee en la manga del café. Sigue. La creación ni frente a los retos se detiene.

No tarda en reparar que, al terminar la palabra 278 de su nota sobre “Cómo la empatía ayudó a Asimov a escribir 500 novelas”, la pupila de su ojo izquierdo empieza a desorbitarse. Del lado izquierdo va al derecho y, de ahí, la pupila aparece, de pronto, en medio del procesador de texto. Se ve desde ahí y la ve de regreso. ¿Qué hacer? No se puede saber. No hay registro —y si lo hay, se pierde entre toneladas de bytes acumulados; si lo hubiera, se necesitarían espeleólogos, que ya no existen, para recuperarlos— hasta la fecha de que haya pasado.

Con todo y sin pupila termina la nota. De pronto, al publicarla, los ve. Inmediatamente hay frente a su pupila millones, millardos tal vez, de personas; de pronto, al publicarla, 350 pupilas brincan a 350 notas distintas; de pronto, al publicarla, hay frente a esas 350 personas millones, millardos tal vez, de personas. De pronto, al publicarla, la creación está expuesta: perpetua, redundante, reciclada.

No se detiene.

Le llegan las siguientes notificaciones. Toma la tercera en la fila. “Si Asimov estuviera vivo, sería el ser humano más empático del planeta”. Comienza. A su alrededor los tacatacatacatacas que antes se antojaban inocuos ahora se sienten, intercalados, como rasguños de husky siberiano que huele a té chai, todavía inofensivos pero molestos y francamente incomprensibles. Tarda minuto y medio para redactar 175 palabras, el mismo tiempo que tarda en darse cuenta que ahora es la mano izquierda la que tiembla. No puede escribir más. Había demasiada creación —¿dónde habrá leído esto?— sucediendo al mismo tiempo.

Tres. Susurra: Por fin.

“Cada desgracia es una oportunidad” se lee en la manga del café. 93 películas de superhéroes que esperaban el verano para estrenarse se proyectan en 93 salas que tenían programados 93 documentales de vanguardia. 27 veleros en el lago de Valle de Bravo desaparecen para aparecer, sin pudor y sin piedad, en una pista de carreras. 54 ollitas de peltre vacías de pronto están copeteadas con chapulines. Una puerta se abre.

La creación entra a la oficina. Exaltada, fúrica pero empática, agita su cabellera y da un taconazo. La creación, poderosa, cuando está en la oficina pide que la llamen por su nombre: señora Debayle, por favor. Conmoción. Terror. Empatía. Todo revuelto, pero palpable.

¿Y después? No se puede saber. No hay registro —y si lo hay, se pierde entre toneladas de bytes acumulados; si lo hubiera, se necesitarían espeleólogos, que ya no existen, para recuperarlos— hasta la fecha de que haya pasado.

 

Raúl Bravo Aduna
Editor y escritor.

literal-bravo