Tradicionalmente fascinados con el enigma de la política, los historiadores de México han descuidado el pasado económico del país. Las historias profesionales de la producción se han compilado lenta y esporádicamente. Durante los últimos 15 años, conforme creció el número de historiadores profesionales, las publicaciones académicas sobre los procesos productivos de México aumentaron rápidamente dentro del país, en Europa y en los Estados Unidos. La nueva atención prestada a la historia económica ha sido extraordinariamente, reveladora, aunque también en, por sus premisas teóricas, ha distorsionado seriamente la comprensión histórica. El monetarismo y 13 fisiocracia, por ejemplo, traban, todavía los análisis de temas virreinales. Y las nociones anacrónicas de “desarrollo económico”, han desvirtuado la investigación y la interpretación de más de un aspecto de la historia nacional. Bajo la influencia de economistas teóricamente desarmados para abordar los momentos de conflicto, los nuevos historiadores han esquivado el análisis de los episodios violentos, los mencionan, si acaso, como consecuencias, o por sus consecuencias. Y así, el periodo más profusamente estudiado de la historia económica mexicana -la época moderna, los últimos 100 años de expansión capitalista- es también el más sólidamente inexplicado, porque la materialidad de sus momentos culminantes de violencia sigue siendo un misterio.

Para interrogar al misterio

Las preguntas fundamentales de la historia moderna de México se refieren al decenio revolucionario, los acontecimientos de los años 1910-1920. Por ejemplo: ¿tras el violento desafió de esos años, fue el imperialismo la contradicción principal?. Y si lo fue, ¿cómo construyó las divisiones básicas en la sociedad mexicana, cómo suscitó su enfrentamiento, cómo le puso término? ¿O fueron más bien las propias clases escondidas dentro del país las que generaron la violencia?. En ese caso, ¿cuales clases? ¿Cómo llegó a convertirse su lucha en una guerra civil? ¿Dónde y como actuaron sus agencias estratégicas, cuando fueron los encuentros decisivos? ¿O se trató sólo de un pleito de ambiciones, status e intereses? En ese caso, quiénes integraron los grupos en pugna, cuáles eran sus demandas, cuándo y dónde actuaron en forma crucial?. Por último, cualquiera que haya sido la naturaleza del conflicto, ¿qué carácter tuvo el nuevo régimen revolucionario?.

Son preguntas de la historia social y política, pero no pueden responderse confiablemente mientras no se tengan respuestas para ciertas cuestiones claves de la historia económica. Por ejemplo: ¿qué sucedió con la acumulación nacional y extranjera de capital durante ese decenio? ¿Qué pasó con la producción misma ¿hasta qué punto siguió tendencias y ciclos ya establecidos? (dónde la paralizó o la frenó la violencia? Si la violencia desmanteló una tendencia o incluso un modo de producción, cual o cuáles otros favoreció? ¿Cómo afecto la violencia de una región la producción de otra no tan sacudida por la guerra? ¿Cuál fue la situación económica regional durante la Revolución?. ¿A quienes afectó materialmente la Revolución? Y en tanto que carga económica, ¿quién la soportó, cuánto, cómo? ¿Quién se libró de ella? (Quién obtuvo ganancias de ella? ¿Hubo ciclos en la violencia? Y si los hubo, ¿cómo fue la economía de su generación y su regulación? “Cómo pudo el país aguantar tanta violencia durante tantos años? Desde el punto de vista material, ¿estaba exhausto hacia 1920? Y si no lo estaba, ¿hubo otras razones económicas para que la violencia se diluyera? Sorprendentemente, tanto entre historiadores como entre economistas. hay muy pocas respuestas claras, directas, a estas preguntas. La larga cruda de una intensa borrachera penceriana, les impide imaginar todavía a los mexicanistas de todas las disciplinas, que puede haber “progreso” sin “orden”, producción sin paz. Los estudiosos del decenio revolucionario de México casi invariablemente dan por hecho que, como corresponde a épocas de Revolución (de guerra civil por tanto) no pudo haber entonces en la economía mexicana sino destrucción, trastorno y ruina: un verdadero desastre productivo.

De historiadores profesionales y revistas especializadas, han brotado sólo siete estudios de asuntos económicos -monográficos o artículos- especifícamente dedicados a los de 1910 a 1920. Uno, de Osgoord Hardy, es una breve polémica sobre los problemas financieros de los ferrocarriles durante la revolución. Los otros, que hacen mayor justicia a sus temas, son artículos de Lawrence A. Cardoso sobre la emigración al Sudoeste norteamericano, 1916-1920; de Friedrich Katz sobre el reparto de tierras villista, 1913-1915, de Manuel Machado sobre la industria ganadera, 1910-1920; de David Pletcher sobre una pequeña compañía minera en Sonora, 1911-1920; de Douglas Richmond sobre la política económica de Carranza, 1915-1920; y de Emily Rosenberg sobre los conflictos económicos anglonorteamericanos en México, 1917-1918.(1) Naturalmente, debemos a los historiadores profesionales muchas otras monografías que abarcan periodos mayores, pero cubren, al menos en parte, el decenio revolucionario. Sólo en cine o de esas monografías hay el intento de explorar a fondo las cuestiones económicas durante la revolución. La primera, de Frank Tannenbaum: The Mexican Agrarian Revolution (1929). Además de examinar los cambios en las insinuaciones de la sociedad rural, Tannenbaum detectó los virajes (shifts) de la tenencia de la tierra entre 1910 y 1920, y resumió en tablas las principales diferencias regionales. Explicó también las nuevas normas constituciónales que teóricamente debieron regir los cambios a partir de 1917 y señaló que no se habían aplicado en la práctica: los cambios legales no produjeron una distribución real de la tierra sino hasta después de 1920.

En The Mexican Mining Industry 1890-195O (1964), Marvin Bernstein identificó geográficamente las principales compañías y campos mineros y rastreó sus altas y bajas durante los años de la violencia. Su investigación sobre la minería de esos años sigue siendo la mejor historia disponible de la Revolución como experiencia económica. Friedrich Katz, Díaz; Deutschland una die mexikanische Revolution (1964), reconstruyó los principales intereses comerciales y financieros que Inglaterra, Estados Unidos, Francia y Alemania tenían en México durante la Revolución. así como sus enclaves (stakes) en transportes, inmuebles, minería, petróleo, agricultura y ganadería. Katz mostró claramente su distribución geográfica, la forma en que a veces condicionaban más que sufrían los acontecimientos y fue el primero en consignar las diferencias “geoeconómicas” entre las bases sociales de las diversas facciones contrarrevolucionarias, y las razones geoeconómicas de sus distintas políticas hacia el exterior.

Lorenzo Meyer, México y los Estados Unidos en el conflicto petrolero, 1917-1942 (1968), recordó la pujante expansión de las operaciones petroleras británicas y estadounidenses en el Golfo de México durante la “época de oro” de la industria; exhibió lo poco que había afectado la Revolución a las grandes compañías petroleras entre el Plan de San Luis y el Plan de Agua Prieta.

Aparte de estos trabajos propiamente históricos hay un compacto (hefty) lote de estudios de sociólogos, antropólogos, geógrafos, abogados, ingenieros y científicos con una perspectiva histórica. Ninguno se refiere especificamente al decenio revolucionario, pero cerca de 90 lo tocan por lo menos en parte. Más de la mitad, sin embargo, tiene un enfoque casi exclusivamente institucional y dice poco de cómo se producían los bienes y se prestaban los servicios. Los estudios demográficos y muchos de los estudios agrarios particularmente los de Paul Friedrich: Agrarian Revolución a Mexicano Villge (1970) y Arturo Warman: Y venimos a contradecir. Los campesinos de morelos y el estado nacional (1976)-, son buen alimento de reflexión para el historiador interesado en la economía.

En conjunto, pues, los estudios de corte histórico sobre el decenio revolucionario, terminan por no ser una gran cosecha. Aunque ninguno desconoce los conceptos centrales de la teoría económica todos, salvo el de Warman, se revelan ingenuos frente a lo que sucede hoy en el análisis económico. Sin embargo, contienen lo suficiente para sugerir seis tesis generales.

Primera. Pese al desorden y la violencia, hubo una economía mexicana entre 1910 y 1920. Era predominante aunque no solidamente capitalista, con regiones desigualmente desarrolladas: el Noroeste, el Distrito Federal y el Golfo, más; el remoto Sur, la menos. La producción de petróleo y henequén registró un continuo auge durante todo el decenio.

Segunda. Las condiciones de la producción variaban enormemente de región a región y de año a año. La violencia golpeó más severamente los distritos del Norte y del Sur centrales, sobre todo a lo largo de las vías férreas y en las zonas mineras, ganaderas, algodoneras y azucareras; afectó menos a la costa occidental y al extremo sur, menos aún a la costa del Golfo y Yucatán y mucho menos a la Ciudad de México. Casi por parejo, la mayor violencia se registró en todas partes durante 1915. Al empezar el decenio muchas minas pequeñas cerraron indefinidamente. Pero la Primera Guerra Mundial aumentó de tal modo la demanda que las compañías mineras grandes pudieron soportar el alza de los costos y seguir operando con utilidades, incluso en medio de las luchas más enconadas.

Tercera. Lo más grave que puede decirse respecto a la población es, cuando mucho, que durante este decenio dejó de crecer. Su distribución se alteró levemente con las migraciones hacia el Noroeste, el Golfo y las grandes ciudades, en especial la de México. La corriente migratoria a los Estados Unidos fue un flujo constante que alimentó los estados centrales del Norte, sobre todo a partir del momento que los Estados Unidos entraron a la Guerra Europea.

Cuarta. En la mayoría de las regiones la propiedad de algunos bienes urbanos y rurales cambió de manos, pero el reparto de tierras apenas altero el patrón de concentración, salvo por algún tiempo en algunos distritos sureños del centro. Ahí, en Morelos sobre todo, el patrón de la propiedad se amplió. En 1917, la propiedad “original” de los recursos naturales del país pasó constitucionalmente a la nación. Pero por “concesión”, de hecho, su control privado quedo intacto.

Quinta: Algunas relaciones de producción sufrieron cambios. Por lo que hace a la agricultura, en los territorios del Norte central y en Yucatán, se debilitó el peonaje y se expandieron los mercados libres de trabajo; en los distritos del Centro Sur desapareció el peonaje y reaparecieron las pequeñas comunidades tradicionales. Se formaron sindicatos en la industria minera. de transportes, artes gráficas, electricidad y textiles y hubo el intento de formar confederación nacionales. El sindicalismo fue más intenso en el Distrito Federal, Hidalgo, Puebla y Veracruz. Los empleados de comercio de la Ciudad de México se sindicalizaron. En todos los sectores, tanto los capitalistas como los trabajadores, se vieron sujetos a fuertes aunque desarticuladas presiones políticas, que adquirieron rango constitucional después de 1917. El mismo gobierno administró las haciendas expropiadas en el norte y el sur, los principales ferrocarriles de todo el país y la venta del henequén de Yucatán.

Sexta. Al promulgarse la nueva constitución, con los Estados Unidos envueltos en la Guerra Mundial, la economía mexicana inició una recuperación más dependiente que nunca de los acontecimientos en el país del norte.

Como puede verse, la aportación de los historiadores a las preguntas económicas fundamentales no pasa de ser una tentativa modesta: la de los economistas es aún más decepcionante. Donde se trata más directamente la economía de la Revolución es en varios artículos periodísticos e informes ocasionales que datan de los años 1910 a 1920. Casi todos sus autores tienen formación de economistas y sus relatos, atestados de informes y, a menudo, de análisis perspicaces, bien valen la consideración del historiador, aunque se escribieron con fines distintos. Su defecto no es la parcialidad, sino su excesiva atención a las posibilidades o resultados inmediatos de la Revolución y no a su dinámica material. Opacando esta colección de informes de primera mano, hay unas 500 monografías y artículos académicos sobre la economía del México moderno; de todos, sólo doce tratan específicamente el decenio revolucionario.(2)

Desde 1920 la abrumadora mayoría de economistas que han escrito sobre el México moderno concentran sus esfuerzos en los acontecimientos postrevolucionarios. En su afán de ignorar el pasado para mejor observar el presente, algunos han llegado a extremos antihistóricos. Un ejemplo menor pero elocuente: en el volumen que conmemoraba oficialmente las Bodas de Oro de la Revolución, México: cincuenta años de Revolución (1960), diecinueve autores publicaron artículos sobre la economía mexicana entre 1910 y 1960. La ocasión pedia a gritos, por lo menos un vistazo a los orígenes y la historia, pero cinco de los autores ni siquiera mencionaron los años de 1910 a 1920. Y trece de los catorce que si las mencionaron cruzaron vertiginosamente por ellos a la manera de un prólogo molesto. pero necesario para entrar al tema principal. Abundan los economistas, los propósitos y la exigencia de dar una mayor fundamentación histórica a sus investigaciones, pero la regla parece todavía inflexible entre más reciente es un estudio, menos histórico es su planteamiento.

Unos 85 economistas, autores de artículos o monografías sobre la Revolución, han hecho señalamientos de extraordinaria utilidad para una historia de la economía del decenio revolucionario. Pero en casi todo los casos -más allá de la utilidad histórica de los datos- sus comentarios siguen siendo una especie de obiter dicta. Algunos estudios son buena historia tradicional -notablemente los de Ernesto Galarza: La industria eléctrica en México y el artículo de Miguel Wionczek sobre el mismo tema en Raymond Vernon, ed. Public Policy and Prilvate Enterprise in México (1964)- pero todos, salvo uno, revelan una gran ingenuidad respecto a lo que sucede hoy en el análisis histórico. La excepción es el impresionante artículo de Vonald Keesing sobre la estructura ocupacional: “México’s Changing Industrial and Ocupational Structure from 1895 to 1950” (Journal of Economic History, Diciembre 1969).

No obstante, sin repetir las tesis extraídas de los trabajos de corte histórico, los estudios económicos monográficos sobre el periodo 1910-1920 permiten inferir las características de seis cuestiones fundamentales.

Trabajo. Por muerte, emigración, conscripción o repliegue en zonas de refugio que garantizaban la subsistencia, la mano de obra disponible se redujo, en general, pero no en los grandes centros industriales donde aumentaron la oferta y la demanda. 

Agricultura y ganadería. Los cambios más notorios en el uso de la tierra tuvieron lugar en las regiones centrales del Norte, donde las lagartijas y los zopilotes volvieron a adueñarse de los potreros y la hierba invadió los campos de cultivo; en el Noroeste, donde se emprendió con vigor el cultivo de siembras comerciales como el garbanzo y el algodón; y en el Centro sur, donde los cultivos comerciales cedieron su lugar a la hierba o al cultivo de subsistencia de maíz y frijol. Durante 1915, las cosechas fueron pesimas en todo el país y se redujo a cerca de la mitad el volumen normal. Hubo graves pérdidas en la exportación de azúcar y arroz y los rebaños de ganado mayor, cabras y ovejas, registraron una merma pero los animales domésticos crecieron en número.

Transportes. Después de 1913, los ferrocarriles estaban destruidos o seriamente deteriorados pero lo más costoso era el uso que hacían de ellos las facciones militares y políticas, un uso que propiciaba el mercado negro y la extorsión. Es posible que el número de mulas y burros se duplicara en esos diez años y empezaron a usarse aviones y camiones.

Industria. Debido a la guerra civil, muchos talleres artesanales se cerraron en unos lugares, pero se abrieron en otros. Las plantas industriales sufrieron pocos daños físicos la lucha les cerraba el camino a mercados lejanos, pero ampliaba los mercados inmediatos. La dificultad del transporte provoco una grave recesión en casi todas las zonas industriales del centro y del norte en 1913, y en la ciudad de México durante los dos años siguientes. Pero desde 1916 los principales centros fabriles empezaron a llevar constantemente su producción y para fines del decenio la mayoría había alcanzado nuevamente el nivel de 1910. Aumento también, en forma incipiente, el uso del petróleo y de la fuerza hidroeléctrica para generar energía, pero la Revolución impidió que los industriales mexicanos aprovecharan la oportunidad de la Primera Guerra Mundial para sustituir las importaciones, como lo hicieron sus colegas de Argentina, Brasil y Chile.

Finanzas. En 1914 el sistema bancario se había derrumbado; en 1915-16 no había autoridad financiera, lo cual obligó a improvisar en materia de créditos y permitió que los constitucionalista, por su control de los más grandes centros comerciales, libraran sus más duras campañas militares a poco costo.

En resumen, lo que puede decirse siguiendo la información obtenida por historiadores y economistas. es que los costos de producción subieron en todo el país, pero no por las mismas razones en todas partes, ni por el mismo tiempo, ni en la misma proporción. El desarrollo de la economía era ya desigual, y la Revolución repartió todavía más desigualmente las fuerzas productivas entre los distintos sectores y las distintas regiones. Teóricamente, aunque nadie haya planteado el punto para el caso de México, ésta es una situación que estimula a las empresas y fortalece su capacidad de negociación.

Puestos juntos, los trabajos históricos y los económicos disponibles todavía no aportan las bases para una síntesis histórica; de la economía de México entre 1910 y 1920, durante la Revolución. Como sea, por muchos años han bastado para orientar las visiones de conjunto o por lo menos para enseñar a historiadores y economistas que esos años no fueron de caos absoluto y que en medio de los pendones (flarings) de la violencia la inmensa mayoría de los mexicanos permaneció unida en la producción, casi todos trabajando para sobrevivir.

Todos los historiadores importantes que han intentado visiones generales del México moderno con un ojo puesto en la historia económica del país, han aludido a algunas de las causas materiales de la Revolución; todos, también han puesto especial atención en la política económica revolucionaria. Pero la gran mayoría lo ha hecho dando por descontado que en el mundo material de 1910 a 1920 sólo hubo destrucción. Nada más cinco historiadores generales han revisado la experiencia de esos años violentos con algún sentido claro de su complejidad económica. El primero en desconectarse de la tradición que identifica Revolución y Destrucción que Harry Bernstein. Bernstein entonó los familiares coros de “Nacionalismo, liberalismo, reforma agraria y trabajo, es decir, legislación social”; dio una versión rutinaria de las reformas constitucionales y consignó, según el ritual, los “terribles daños” causados por la guerra civil a los ferrocarriles, el descenso de la población y la “destrucción de haciendas, milpas y otras unidades agrícolas”. Pero también percibió el resurgimiento paralelo de la arriería, el regreso a viejos caminos, “el aumento de la inversión privada en petróleo y henequén”, así como “la lucha renovada entre fuerzas regionales”.

En su obra de diez volúmenes, que lo vuelven el E. H. de la Revolución Mexicana, Jose C. Valdés dedicó muchos pasajes a describir algunas situaciones económicas de los años 1910-1920. Valadés subrayó la destrucción, pero también ciertas variantes regionales y sectoriales y en narraciones vivamente detalladas distinguió los tiempos insufribles de los simplemente malos. En México, the Struggle for Modernity (New York, 1968), Charles Cumberland se refirió a la “ruina” wreckage) y al enorme costo de esos años: “dos millones de vidas, destrucción de las líneas de comunicación internas, acumulación de una deuda insostenible, exterior e interior, sobre las espaldas del pueblo mexicano…La contundente característica del periodo revolucionario fue la de un perfecto caos”. Sin embargo, contradiciéndose en su favor. Cumberland reconoció el boom petrolero en la costa del Golfo, el auge henequenero en Yucatán y la presión catalizadora de la Primera Guerra Mundial sobre algunas empresas mineras.

Ninguno de estos historiadores generales hizo más que describir los cambios económicos del país durante la revolución. Quien primero se propuso analizarlos, fue un historiador aficionado. Desde su reclusión como preso político en la penitenciaría de la Ciudad de México, Adolfo Gilly se sumió también en el problema de la destrucción y consigno claramente sus erecto por regiones y por fases. (La revolución la ininterrumpida, México, 1972.) Pero trató de leer en la destrucción los cambios impuestos por las fuerzas populares a las relaciones de producción. La lucha de 1910-1911, apuntó Gilly” no fue una Revolución; fue una escaramuza entre facciones capitalistas rivales, una de las cuales se autoproclamada revolucionaria. La verdadera revolución fue más bien el movimiento anticapitalista que surgio en el conflicto entre 1912 y 1915, un movimiento de masas cuyo impulso estratégico era abolir las bases del capitalismo: campesinos que luchaban por restaurar la economía precapitalista, obreros que luchaban por realizar el sueño de la sociedad postcapitalista. Cuando, al fin, una de las facciones capitalistas se impuso sobre las otras en 1915 y 1916, llegó el momento de arrinconar, corromper y batir a sus enemigos naturales, lo cual esa facción entre 1917 y 1920) “interrumpiendo” la Revolución y dando paso al Termidor. Pero “la lucha de las masas”, afirmaba Gilly, había ido tan lejos que alcanzó ciertos triunfos irreversibles -como el sindicalismo- y abrió históricamente en México la alternativa del socialismo. Aunque Gilly exageró la profundidad, la extensión y al durabilidad de estos cambios, el suyo fue el primer análisis general que exhibió la función de la guerra civil en el desarrollo económico del México revolucionario.

De modo similar, en la mejor historia sintética de la Revolución de que disponemos, Jean Meyer abordo la destrucción no como un contexto, sino como un tema especifico de análisis: La Revolution Mexicaine (París, 1973). Tras los episodios de violencia, Meyer distinguió con agudeza las disparidades regionales y sectoriales así como las ventajas que algunas camarillas revolucionarias obtenían de ellas. En medio del desorden, Meyer pudo abstraer una comparación reveladora. Medida por su “curva de crecimiento”, escribió, “la historia económica de México no difiere de la de Brasil y Argentina en la misma época” (p. 113).

Los economistas del crecimiento

Si, como puede verse, la investigación monográfica ha dejado pocas huellas notables en las visiones históricas de conjunto, en los estudios económicos generales apenas ha dejado alguna.

La primera reseña económica que cubre el decenio revolucionario es la de Alberto Carreño: “La evolución económica de México en los últimos cincuenta años” (Memorias y Revista de la Academia Nacional de Ciencias “Antonio Alzate”, LIV, 1, 2, 3, 1934). Carreño que vivo la revolución, intentó abordarla seriamente como una experiencia económica y analizó concienzudamente algunos detalles. Pero al final su idea del problema pudo resumirse en que el “comercio fue trastornado, la industria decayó y los ferrocarriles fueron destruidos” (p. 147). La gran mayoría de los sucesores ha hecho suya esta experiencia. En 1950, Sanford Mosk definió formalmente los términos de ese punto de vista: “Los primeros diez años de la Revolución fueron de guerra civil, y poco de positivo pudo lograrse en ellos (en materia económica) Industrial Revolution in México (Berkeley, 1950). El muy influyente primer informe de la comisión Económica para la America Latina, Economic Survey of Latin America (ONU, 1951) hizo nada más tres referencias al decenio revolucionario. Una eufemística, a la “fase activa de la Revolución Mexicana”; otra a los “disturbios” durante el decenio y otra a los “levantamientos revolucionarios” a partir de los cuales “México pudo resumir su crecimiento económico”. El no menos influyente Informe Sobre las tendencias de largo plazo de la economía mexicana del International Bank for Reconstruction and Development: The Economic Development of México (Baltimore, 1963), fue también indiferente a la investigación acumulada. El informe empieza en 1939 y se refiere una sola vez, lateralmente, a la Revolución, en su análisis de los ferrocarriles consignan “un proceso de decadencia que empieza durante el prolongado periodo de desorden civil posterior a 1910”.

Con estos puntos de partida, descuidando la historiografía tanto como la economía, otros economistas recorrieron la brecha. En su famosa versión del desarrollo mexicano, Raymond Vernon se refirió al decenio revolucionario simplemente como “años perdidos para México, por lo menos en términos del crecimiento actual” (The Dilema of México’s Development Cambridge, 1963). En elogio de la revolución de su país, Alonso Aguilar Monteverde observó que fue “en gran medida gracias a la destrucción del viejo orden de cosas que pudieron darse los adelantos subsecuentes” (Dialéctica de la economía mexicana, del colonialismo al imperialismo. Nuestro Tiempo, 1968). Roger Hansen se plegó a la versión excluyente: “Los largos años de insurrección afectaron a la economía mexicana. La destrucción de los ferrocarriles fue particularmente grave” y hubo “profundas caídas productivas” en la minería, la industria y la agricultura (The Politics of of Mexican Development. Baltimore, 1971). Más recientemente Manuel Goyás y Adalberto García Rocha han repetido las certidumbres convencionales sobre caída demográfica, el daño a los ferrocarriles y el desplome de las cosechas de alimentos y la cría de ganado. “El periodo revolucionario… fue de estancamiento, asociado con una acelerada inflación, deterioro de los salarios y desempleo.”

Son muy pocos los economistas que han encontrado alguna expansión material durante los años revolucionarios. Aunque sin dar fechas precisas, Edmundo Flores sugirió vagamente que la violencia rural y la amenaza de expropiaciones en el campo contribuyeron a la acumulación de capital en las ciudades entre 1915 y 1920. Leopoldo Solís adoptó la convicción de que México sufrió una pronunciada caída en todos sus aspectos. Sus tablas estadísticas indican, en efecto, para todo el decenio, descensos absolutos en la producción agrícola, ganadera, minera, industrial y comercial, así como en el Producto Interno Bruto. Pero, como el mismo Solís señala, sus mismos datos revelan aumentos absolutos en petróleo, producción silvícola, construcción, energía eléctrica, transportes, gobierno y en una considerable aunque pobremente descrita sección de “otros”. A todo esto hay que agregar, por el petróleo, una triplicación en el valor de las exportaciones.(3)

Con todo, estos economistas no hicieron más que describir las condiciones económicas de México durante la revolución.

Entre los economistas que han intentado una visión de conjunto de México, sólo Clark W. Reynolds analiza el decenio revolucionario: The Mexican Economy. Twentieth-Century Strucrure and Growth (New Haven, 1970). Reynolds no se propuso nada nuevo: explicar el “crecimiento” económico del México moderno. Pero como él mismo observa, el enfoque central de los estudios previos había recaído en los años prerevolucionarios o en los años posteriores a 1940, lo cual implicaba “que el periodo de revolución y reforma que va de 1910 a 1940 fue una época de trastorno económico y que los cambios institucionales registrados en esos tres decenios tuvieron relativamente poca importancia para el periodo posterior de crecimiento acelerado”. En contraste con esta tendencia, Reynolds aborda el tema directamente a partir de principios del siglo hasta 1960, lo cual obligó a calcular las “influencias positivas y negativas del proceso de revolución y de reforma” sobre la economía del país. Al periodizar su investigación, Reynolds definió como una segunda “época” de “crecimiento” los años que van de 1910 a 1940, con un “punto de inflexión” alrededor de 1925. Sin originalidad, pero con una seguridad sin precedentes, Reynolds sostuvo que la notable expansión económica: de 1900 -1910, se detuvo entre 1910 y 1914, probablemente sufrió una contracción en 1915-1916, pero recobró sus niveles de 1910 hacia 1920.

Desagregando sus datos ofreció análisis un poco más originales sobre los cambios estructurales de la producción y el empleo, la distribución sectorial del ingreso entre la agricultura y la industria y la producción agrícola per cápita de 1910 a 1930. Puede inferirse que durante el decenio 1910-20, aumentó la proporción de mano de obra dedicada a la agricultura y que la industria y la minería salieron de sus crisis con menos trabajador, es que antes; el porcentaje del ingreso nacional generado en el campo disminuyo considerablemente aunque las regiones vivieron realidades agrícolas divergentes: el producto per cápita se eleva (souring) en el Noroeste, aumentó notablemente en el Norte, y descendio en forma más o menos estrepitosa en el resto del país, particularmente en el Centro.

Lo más original del análisis de Reynolds fue su señalamiento de la forma en que el patrón y la extructura del comercio exterior cambiaron durante el decenio revolucionario. Petróleo y minerales, controlados por ingleses y norteamericanos, se volvieron las exportaciones más importantes en términos absolutos y relativos: por el contrario, otros rubros, bajo control mexicano, alemán, español y francés, decrecieron en importancia: y los aumentos en la importación de alimentos y otros bienes sólo fueron posibles a costa de un déficit en la deuda externa. Hay que subrayar que de todos los estudios económicos generales sobre el decenio revolucionario, el de Reynolds es el más solido y completo, en ningún modo definitivo, pero iluminador, razonado y estimulante.

En el largo plazo: 1980-1940

Las preguntas más difíciles de la historia del México moderno no se refieren a sus quiebras (crux), sino a su formación de largo plazo, entre 1980 y 1940. Como la Revolución tiene su propia historia económica, es indispensable preguntarse por el desarrollo anterior a 1910 -¿fortalecido o debilitado durante la Revolución?- y por el desarrollo posterior a 1920, vale decir, por las consecuencias económicas del movimiento revolucionario. Generalmente, las preguntas interesantes giran en torno a las diferencias introducidas durante el decenio revolucionario y -cambios y continuidades económicas- en el desarrollo de las fuerzas, relaciones, modos, estructuras, ciclos, volúmenes y valores reales de la producción entre 1980 y 1940. (Cambió la Revolución el papel de México dentro de la economía internacional? ¿Cómo? Y, dentro del país, ¿cómo y cuándo remodeló, aceleró, disminuyó o detuvo el desarrollo del capitalismo? Cuando el desarrollo se detuvo, ¿qué tipo de relaciones se establecieron entre los del desarrollo dominante y los modos subsidiarios, locales, de producción?

A cambio de lo muy poco que sabemos sobre el corto plazo, tenemos una amplia gama de respuestas. de historiadores y economistas, sobre el largo, 1880-1940.

Notable, dadas las pruebas en contrario y la abundancia de otros desacuerdos sobre la Revolución, es el consenso casi unánime de que los movimientos de 1910-1920 significaron un enorme cambio en la historia económica moderna del país. El modelo de esta certidumbre compartida parece originarse en la argumentación, un poco anacrónica ya, de que todas las revoluciones históricas del mundo, desencadenan transformaciones extructurales, e inmediatas, en todas las esferas de la vida de un país. Los conocedores de la Revolución Mexicana aceptan que no tuvo repercusiones históricas mundiales, pero casi unánimemente convienen en que altero tan drasticamente la historia económica de México como se supone que la Revolución Francesa lo hizo con la de Francia o la Revolución Rusa con la de la URSS. Pese a su peculiar sintaxis, la afirmación de William Glade es típica de este consenso: “la significación fundamental de la Revolución reside en la naturaleza de la revolución misma como un fenómeno social comprensivo que inicia un proceso de cambio rápido y transformación en, prácticamente todos los componentes del complejo cultural. En México, esta descarga de energía ha conducido nada menos que a la restructuración abarcante de todo el medio económico y, correspondientemente, a un patrón radicalmente nuevo de interacción económica”.(4)

Más notable aún, dadas las rivalidades ideológicas, es el consenso en el sentido de que el enorme cambio fue esencialmente institucional. La Revolución, según lo ha expresado Tannembaum a cuenta de muchos otros, fue “un rompimiento del sistema de hábitos, leyes y tradiciones que por mucho tiempo definieron la estructura social en México”. (Particularmente interesante en este punto es la retirada Neoclásica. Suponiendo que puedan separarse las fuerzas “económicas” de las “no económicas”, puede decirse que los Neoclásicos carecen de una teoría “económica” de los cambios habidos durante la Revolución, para explicar lo que ellos llaman los “factores no económicos”. Reynolds admite en su defensa que “habría sido imposible predecir las consecuencias de la Revolución… sobre la economía después de 1910, tomando como única base las relaciones económicas observadas hasta entonces”).(5)

Lo más notable de todo sin embargo dada la insistencia general en la destrucción revolucionaria, es el consenso amplísimo, de hasta quizá un 90 por ciento, en el sentido de que el cambio institucional fue una liberación. En lo internacional, Tannembaum lo dijo pronto y bien: “El congreso Constituyente expresaba el autodescubrimiento de México, la madurez de un pueblo en su intento de resolver sus propios problemas y liberarse del titulaje de los extranjeros que hasta entonces sintiendose más sabios y más fuertes, habían pretendido llevarlo de la mano. En cierto sentido fue el verdadero nacimiento) de un pueblo nuevo, con su propio lugar y su propia influencia en el mundo” (1933). Para la cuestión interna, el juicio de Vernon tiene quizá más peso en estos días: “la reanudación… del crecimiento en la economía… fue más que una simple expansión del crecimiento de la época porfiriana… Las barreras físicas e institucionales entre el mundo tradicional y el moderno de un México dividido fueron rápidamente reducidas, permitiendo un flujo acelerado de capital y trabajo a través del muro divisorio. Además, el sector público abandono gradualmente el papel pasivo que había ejercido hasta antes de 1920, para participar agresivamente en el proceso de crecimiento”.(6)

Del consenso entre historiadores y economistas, brota con claridad la interpretación generalmente compartida sobre los efectos económicos del decenio revolucionario. Es una interpretación que avanza, lógicamente, a través de una serie positivista de etapas discontinuas: Primero, entre 1880 y 1940, la economía fue dependiente en lo externo y raquítica en lo interno. Sus metrópolis externas eran Gran Bretaña y los Estados Unidos. El obstáculo interno era la hacienda, que desperdiciaba tierra, capital y mano de obra. Segundo, entre 1910 y 1920 la Revolución destruyó la vieja organización económica: destruyó muchos capitales y provoco muchos muertes, pero rompió la dependencia internacional del país, demolió la hacienda y liberó capital y mano de obra nacionales para una actividad económica más eficiente. Emancipó también el “alma mexicana”, liberando en la producción el espíritu empresarial y el ánimo cooperativo. De ahí la importancia de la legislación y la política revolucionarias y, sobre todo, de la Constitución de 1917 para reformular los términos de la actividad económica, es decir, para limitar a extranjeros, prohibir los monopolios y castigar a propietarios o usufructuarios que no produjeran. Tercero, así empezó la etapa constructiva. (Aquí, repudiando su anterior genuflexión ante las convicciones institucionales, marxistas y neoclásicas, reasumen sus líneas y lenguajes respectivos). Debido a la Revolución, pero después de ella, el país gozo, supuestamente, de una mayor y más fácil independencia; los cambios en sus fuerzas productivas tuvieron un carácter más deliberado y se introdujeron nuevos medios, relaciones y estructuras de producción: hubo más años de vacas gordas que de vacas flacas y se alcanzaron aumentos sustanciales en el producto nacional, particularmente en la rama industrial para consumo alterno. Era el caso, según la jerga neoclásica, de un “desarrollo económico” nacido (issuing in) del “crecimiento”. 

Desde el punto de vista estadístico, los dos estudios más serios de la economía mexicana moderna, coinciden en las tendencias y se aproximan en las tasas de crecimiento. Leopoldo Solís calcula que entre 1921 y 1940, el Producto Interno Bruto real aumentó a más del doble, generando en los dos decenios un “crecimiento per cápita real de 2.4 porciento al año. Paralelamente, la producción industrial real aumento a una tasa promedio per cápita de 4.4 por ciento. Rynolds periodiza en forma distinta, pero los cálculos a partir de sus cifras dan para el mismo periodo de 1921 a 1940 un crecimiento real per cápita de 1.7 por ciento al año, mientras que el aumento per cápita en la producción industrial es de cerca del 3.4 por ciento. De hecho, ambos autores sostienen que la destrucción revolucionaria fue una inversión social: “Sin la revolución y las reformas anteriores a 1940, afirma Reynolds, el producto per cápita hubiera sido, en el más favorable de los cálculos, de sólo (sic) l8 porciento mayor que los niveles alcanzados realmente en 1940. Los niveles hipotéticos fueron alcanzados de hecho hasta la mitad de los años cuarenta”. Así, amortizada durante 25 años, la Revolución habría reencontrado la línea de un “rápido crecimiento económico a partir de 1940”.(8)

Las opiniones de Reynolds y Solís difieren notablemente en algunos puntos secundarios. Por ejemplo. en los factores determinantes de los cambios en las fuerzas productivas durante los años veinte y treinta. Algunos institucionales argumentan que la Revolución libero recursos para que el Pueblo, representado por el Estado. decidiera sobre su uso y que, en prueba de su sabiduría, el Pueblo decidió tener una “economía mixta” donde cooperaran el Estado y el mercado. Otros institucionales, marxistas en su mayor parte, y los neoclásicos., sostienen que la Revolución liberó las capacidades productivas del país para ponerlas al servicio de una economía de mercado, es decir, a disposición de los capitalistas. y que sólo en tiempos de crisis el Estado asume la tarea de administrarlas.(9)

Por lo que se refiere a la calidad y el ritmo del “desarrollo” y el “crecimiento” del país, el consenso se rompe en tres escuelas. De acuerdo con algunos institucionales, la cosa ha ido bien, el “desarrollo” ha desencadenado el “crecimiento” desde por ahí de 1917 a 1920 hasta 1940 y de entonces sin torceduras hasta la hora presente.(10) Según otra escuela, consorcio de institucionales y marxistas, la economía tuvo un “desarrollo” bueno e independiente en los años 20 y especialmente en los treinta, sus beneficios se derramaron generosamente dentro del país. pero después de 1940 empezó a desplegarse, más o menos en forma continua, un “desarrollo” malo y dependiente, de hecho un “subdesarrollo”, que arrojó demasiados beneficios para los extranjeros y pocos para los mexicanos.”(11) Según la tercera escuela, puramente neoclásica, los continuos “cambios institucionales” hasta 1940 prepararon a la economía para iniciar entonces el “crecimiento” que parecería después milagroso.(12)

Pero en lo que toca la diferencia básica introducida por la Revolución en la historia económica de México, el acuerdo prevalece. En el largo plazo, se dice, la Revolución Mexicana fue económicamente decisiva porque subvirtió la dependencia exterior del país, destruyó un sistema congestionado en lo interno e hizo posible la reorganización de la tierra el capital y la mano de obra; en un sistema más dinámico. Para el especialista de la historia social o política esto significaría el reemplazo de una burguesía oligárquica dependiente del exterior, por una burguesía auténtica, el viraje de una dictadura neocolonial a un partido nacionalista que no se mantiene en el poder sólo por una dominación primaria sino también por el asentamiento popular afianzado culturalmente. Así aparece la lección, por ejemplo, en los escritos de Arnaldo Córdova y Juan Felipe Leal.(13)

La disidencia

Las versiones que disienten de esta concepción son pocas y dispersas, pero vale la pena detenerse en ellas. En conjunto, podrían resumirse en torno a cinco cuestionamientos, unos directos, otros contradictorios, todos significativos. El primero es el rechazo frontal a los supuestos cambios en la oposición económica internacional de México. Lejos de forjarse (waxing) independiente por la Revolución, el proceso productivo del país atrajo más intereses extranjeros que antes. Durante la Revolución y el decenio siguiente, las propiedades y las inversiones británicas y norteamericanas en México aumentaron, en forma absoluta y en forma relativa. En los años treinta, durante la Depresión. Los socios agregados en la propiedad extranjera disminuyeron en forma relativa, pero la participación norteamericana aumentó en forma proporcional.

Las compras y ventas al exterior repitieron, en profundidad, el mismo esquema. Después de la Revolución, la relación entre el comercio exterior mexicano y su producto interno se mantuvo estable (cerca del 20 por ciento del Producto Interno Bruto), pero el patrón de las transacciones comerciales vinculó más estrechamente al país con la economía norteamericana. En el primer decenio del siglo, México compraba 50 o 60 por ciento de sus importaciones en los Estados Unidos; en los años veinte y en los treinta, adquiría entre el 60 y el 70 por ciento. En cuanto a las exportaciones su dependencia del mercado norteamericano era similar en los años veinte a la de principios de siglo: México exportaba a los EU entre el 1O y el 80 por ciento de los bienes que vendia en el exterior. En los años treinta, la demanda norteamericana se contrajo Y México, como es lógico, exporto sólo entre el 50 y el 60 por ciento a los Estados Unidos. Pero para los años cuarenta, el porcentaje remitido a “El Coloso del Norte” rebaso el 80 por ciento. El origen de estos cambios debe buscarse, en principio, fuera de México: en los vaivenes de la economía mundial, en la feroz competencia del capitalismo monopolico norteamericano, ingles y alemán por concentrar y centralizar internacionalmente el capital. Pero una explicación inmediata es que, al menos desde principios de siglo, la historia económica de México ha sido en gran medida, y progresivamente, una función de la economía norteamericana.

Un segundo rechazo se refiere al análisis de la economía del país según los moldes convencionales del concepto de “crecimiento”. Como lo han dicho historiadores de otros campos y, con insistencia, los mismos economistas, la nación de “crecimiento” registra sólo los cambios productivos que pueden medirse en dinero. Desde una perspectiva histórica. por lo tanto, sobrevalora los cambios registrados en el producto total durante periodos de monetización de economías arcaicas o reudales, y durante los lapsos de acumulación primitiva. En el largo plazo, el historiador no debe contabilizar solo el valor de los bienes disponibles en el mercado capitalista, sino también la de los bienes que no llegan a él. Naturalmente, estos cálculos no pueden ser, ni de cerca, tan precisos como los que sirven para calcular el Producto Nacional Bruto en la actualidad, pero desde luego reflejarian con mucha mayor veracidad los grandes cambios en la riqueza real de un país. En el caso de México, para el periodo 1880-1940, estos cálculos globales indicarian quizá que la gran transformación se dio en los años noventa del siglo pasado. Fue entonces, no después de la Revolución, cuando la producción capitalista se volvió dominante y ahí empezó la expansión moderna de la producción total.(14)”

Un tercer punto de disidencia se refiere a los cambios específicos que la Revolución introdujo en la economía de México. Si el capitalismo era ya el modo de producción dominante antes de la Revolución, y se mantuvo e incluso floreció después, ¿cuales fueron los efectos de la Revolución en el largo plazo?. La tesis de Gilly es subgerente. Si los campesinos y la clase trabajadora conservaban su fuerza en 1920. puede decirse, como lo hace Gilly, que conservan el potencial necesario para, bajo una dirección correcta reasumir la Revolución y conducirla abiertamente al socialismo. Sin embargo, una conclusión más histórica, debería tener más respeto por la clase que efectivamente gano el “round” de 1910-1920 y ha conservado el poder hasta la fecha. Después de todo, la lucha específica que los triunfadores han enseñado al mundo a llamar Revolución Mexicana, se refiere a la derrota del primer desafió masivo y popular al capitalismo en México. La diferencia cualitativa que la Revolución introdujo en la historia económica moderna del país fue entonces desorganizar la resistencia popular al capitalismo. Si necesitaramos un apoyo en la historia europea, al modelo a elegir no serian las revoluciones francesa o soviética, sino el Risorgimiento italiano o la Revolución Española de 1868.

En cuarto lugar, hay objeciones a las posturas institucionales, tanto en los hechos como en la teoría. Por lo que hace a los hechos y en relación con la hacienda: a) Ya antes de la revolución, muchas propiedades funcionaban como empresas capitalistas, y, excepto en unos cuantos estados. La Revolución no acabó con ellas.(15) Todavía en 1940 tres quintas partes de la tierra laborable y ganadera del país permanecia en grandes extensiones privadas (mil hectáreas o más) y dos quintas partes en muy grandes extensiones (10 mil hectáreas o más). En relación a los capitalistas: Ya antes de la Revolución había numerosas sociedades anónimas en la economía mexicana y después proliferaron. Los cambios impuestos por la Constitución a muchas empresas -construir viviendas, sostener escuelas. etc. para sus trabajadores- reinstauraron un paternalismo muerto. Las asociaciones nacionales y regionales de hombres de empresa formadas durante la Revolución, promovieron medidas para protegerse de la competencia, no para aumentar su productividad.(16) Por otra parte, es posible que la Revolución “revolucionaria” el espíritu empresarial y el ánimo cooperativo para impulsar la economía. Desde las primeras alocuciones sobre el Nacionalismo hasta las más recientes especulaciones sobre el Ethos revolucionario, la convicción recurrente es que la Revolución hizo a los prioritarios mexicanos más emprendedores y a los agricultores y trabajadores más cooperativos que antes. Pero hasta el momento ningún investigador ha demostrado las diferencias o las similitudes entre las psiques pre y postrevolucionarios. Mientras alguien no lo haga, recurrir al “factor psicológico” para explicar el “desarrollo” seguirá siendo sólo propaganda para recién venidos.(17)

Pese a todo, durante la Revolución hubo efectivamente cambios: transferencias de capital hacia distintas regiones, sectores e industrias, nuevos usos en la tierra y nuevas relaciones de producción, así como muchos otros cambios de este tipo en la industrialización y el “crecimiento” posteriores. ¿Cómo explicar estos cambios desde un punto de vista teórico? Para este embrionario “discurso disidente”, la explicación debería buscarse antes que nada en el estudio de los mercados. Si la economía moderna mexicana se había desarrollado antes de la Revolución y había exhibido nueva fuerza a partir de ella, entonces la razón primera de la renovación no está en los nuevos hábitos, las nuevas políticas y las nuevas leyes, sino en las nuevas circunstancias materiales en las que los capitalistas buscaban sus ganancias y los trabajadores salarios.

Esquemáticamente podría decirse que, conforme la violencia agudizó la ya grave desigualdad regional, el potencial de acumulación había alcanzado al momento en que estalla la Revolución aumentó, hasta lograr el que tenía cuando la Revolución terminó, y que fue ése el potencial que, en circunstancias más ordenadas, se mantuvo estable como la plataforma económica de los años veinte y treinta Sólo en este contexto pueden entrar las instituciones en la explicación. Los rápidos cambios y virajes de las fuerzas productivas en los años revolucionarios, fueron traducidos social y políiticamente en nuevos ordenamientos estructurados constitucionalmente en 1917. No representaban una liberación, sino un nuevo orden de control capitalista. La nueva organización capitalista se mantuvo, posteriormente, como la condición básica y el código rector en la elaboración del nuevo Estado.

Una quinta objeción al consenso prevaleciente sobre el desarrollo en el largo plazo de la economía moderna de México, es que la anticiparon en los años veinte y treinta los abogados de la libre empresa. Por importante que haya sido en lo económico, arguyen, la revolución no fue la causa del “desarrollo y el “crecimiento” postrevolucionario. Por el contrario, el país ha tenido que recobrarse la Revolución para reasumir los ciclos que la violencia detuvo. Donald Keesing ha sujerido prácticamente el mismo argumento -que la Revolución fue sólo una interrupción y que el “exitoso desarrollo” del porfiriato fue la causa directa, la fuerza y el modelo real “crecimiento” postrevolucionario del país.

No es posible, sin forzar las cosas, reunir tal variedad de objeciones en una posición definida de menos armar un planteamiento coherente que cuestione a fondo las explicaciones históricas y económicas habituales. Sin embargo, La Revolution Mexicaine de Jean Meyer quizás sea un anticipo. En el largo plazo sostiene Meyer, lo económicamente decisivo de la Revolución Mexicana fue que favoreció al imperialismo norteamericano contra el británico y que otorgó tantas ventajas al capitalismo nacional y extranjero en las regiones más desarrolladas que, aún en medio de la mayor violencia, hubiera sido posible continuar y luego tener un “crecimiento” económico agregado, suficiente para construir las fuerzas del auge posterior a 1940. Para un historiador social o político, esto significaría que la Revolución Mexicana no supone el reemplazo histórico de un tipo de régimen por otro, sino el fracaso histórico de la burguesía mexicana para “cuajar” y erigirse como clase nacional. Explicaría el rápido hundimiento de la burguesía en los conflictos de facciones regionalmente encajonadas pero con ambiciones nacionales, su decisiva pérdida de la confianza popular durante la Revolución, su necesidad de entregarse a un grupo de lideres regionales para poner fin a la violencia, y su eventual necesidad del Estado para conducir las reformas políticas y sociales, su consistente incapacidad para suscitar el apoyo popular y su mantenimiento continuo, aunque por lo general velado, de la tiranía.(18)

A la tenue (dim) luz de lo poco que sabemos sobre los aspectos económicos de la Revolución, lo mucho que damos por supuesto y lo frágiles que son nuestras certidumbres, debemos de admitir que lo urgente es ampliar considerablemente la investigación sobre el tema. Con rapidez se acumulan estudios solidos de las luchas sociales y las crisis políticas del decenio revolucionario. Pero esos estudios no serán del todo confiables mientras no pueden apoyarse en historias de la producción y la distribución.

Algún día quizás, los historiadores de la Revolución se preguntarán porque sus predeceros ignoraron por tanto tiempo estos problemas. Se preguntaran si, inconscientemente al menos, nuestra motivación secreta era resistirnos a entender el significado de la Revolución. Entenderán a fin de cuentas, el peso de la cultura en cuyo interior trabajamos, una cultura que convirtió a la Revolución en un resistente fetiche que vuelve al análisis de las constantes y las variables, así como la concepción materialista de su urdimbre, cuestiones tan difíciles de lograr como la camaradería.

Jonh Womack Jr., historiador norteamericano, es autor del libro “Zapata y la Revolución Mexicana”, Siglo XXI Editores, 1969, Es titular en la cátedra de Historia Latinoamericana en la Universidad de Harvard. El presente ensayo resume un estudio más amplio, basado en una abundante bibliografía,

Notas:

1. Hardy: “The Revolution and the Railroads of Mexico”, Pacific Historical Review, Vol. III: 3, (September, 1934), pp. 249-256 Cardoso: “Labor Emigration to the Southwestern, 1916-1920: Mexican Attitudes and Policy”, Southewestern Historical Quarterly Vol. LXXIX: 4, (April, 1976), pp. 400-416; Katz: “Agrarian Changes in Northern Mexico in the Period of Villista Rule, 1913-1915”, en Contemporany Mexico. Papers of the IV International Congress of Mexican History. Los Angeles, University of California, 1976; Machado: “The Mexican Cattle Industry”, Southwestern Historical Quartely, Vol. LXXIX: 1, (July, 1975) pp. 1-20; Pletcher: “An American Mining Company in the Mexican Revolutions of 1911-1920”, Journal of Modern History, Vol. XX: 1 (March, 1948), pp. 19-26; Richmond: “El nacionalismo de Carranza y los cambios socioeconómicos, 1915-1920”, Historia Mexicana, Vol. XXVI: 1, (Julio, 1976), pp. 107-131; Rosemberg: “Economic Presures in Anglo-American Diplomacy in Mexico , 1917-1918”, Journal of Inter-American Studies and World Affairs, Vol. XVII: 2 (May, 1975), pp. 123-152.

2. Julio Riquelme Inda: “Aspectos de la agricultura nacional”, Boletín de la Sociedad Mexicana de Geografía y Estadística, 5a. época, Vol. VIII (1918), pp. 110-144 y “Las cosechas de maíz en el año 1916,”, Ibid., Vol. IX: 1 (Enero, 1919), pp. 131-144; Enrique Martínez Sobral: “La curva estadística del papel moneda mexicano”, Ibid, Vol. IX: 2 (Julio 191), pp. 379-393; Francisco Valdés: “Datos estadísticos acerca de la acuñación en la Casa de Moneda”, Ibid., pp. 407-423; Carlos Díaz Duffo: “Geografía económica mexicana”, Ibid., pp. 281-298; José Romero: “La inmigración y la emigración en México durante el último año económico,” Ibid., Vol. (1912), pp. 23-32; Gabriel Oropeza: “Las obras hidroeléctricas de Necaxa, Puebla”, Memoria y Revista de la Academia Nacional de Ciencias “Antonio Alzate”, Vol. XXXVII: 1-6 (1920), pp. 249-266.

3. Manuel Goyás y Adalberto García Rocha: “El desarrollo económico reciente de México” en Jones Wilkie, Michael Meyer y Edna Monzón de Wilkie, eds. Contemporany Mexico. Papers of the IV International Congress of Mexican History. Los Angeles, 1976; Edmundo Flores: “The Significance of Land-Use Changes in the Economic Development of Mexico”, Land Economics, XXXV: 2, Mayo 1959; Leopoldo Solís: Hacia un análisis general a largo plazo del desarrollo económico de México”. Demografía y economía. Vol. I. Núm. 1, El Colegio de México, 1967).

4. Glade: “Revolution and Economic Dvelopment:

A Mexican Reprise” en William Glade y Charles Anderson: The Political Economy of Mexico. Madison, University of Wisconsin, 1963, p. 98.

5. Tannembaum: Mexico, the struggle for Peace and Bread. New York, Knopf, 1950, p. 51; Clark Reynolds: The Mexican Economy. Twentieth Century Structure and Growth, p. 12.

6. Tannembaum: Peace by Revolution: An Interpretation of Mexico. New York. Columbia University, 1933, pp. 167-68; Raymond Vernon: The Dilemma of Mexico Development, p. 78.

7. Hasta hace unos quince años, muchos investigadores sostenían que la economía se encontraba en un bind de feudalismo (o de “semifeudalismo”, al menos) lista para explotar. Véase B.T. Rudenko: “México en vísperas de la revolución democrático-burguesa de 1910-17”, en Alperovich, Rudenko y Lavrov, La revolución mexicana. Cuatro ensayos soviéticos. México, Ediciones Los insurgentes, 1960, pp. 11-85; Jesús Silva Herzog; Breve historia de la revolución mexicana. México, Fondo de Cultura Económica, 1960, 2 vols., I, pp. 7-41; Frank Tannembaum: Mexican Agrarian Revolution, Washington, Brookings Institution, 1929, pp. 102-122; Jan Bazant: “Un estudio comparativo de la Revolución Mexicana”, Cuadernos Americanos, XXXVIII: 2, marzo 1948, pp. 106-112, y “Feudalismo y capitalismo en la historia de México”, El Trimestre Económico, XVII: 1, enero 1950, pp. 81-98; Luis Chávez Orozco: Historia económica y social de México, Editorial Botas, 1938, pp. 160-171.

8. Reynolds, op. cit., pp. 325-26.

9. El primer punto de vista, típicamente, en Manuel González Ramírez: La revolución social en México; Tomo I. Las ideas y la violencia. México, Fondo de Cultura Económica, 1969, pp. 441-600; El segundo en José Luis Ceceña: México en la órbita imperial. México, el Caballito, 1970, pp. 112-124; Ernesto López Malo: Ensayo sobre la localización de la industria en México. México, UNAM, 1960, pp. 75-6, 80-81; y Leopoldo Solís: “Hacía un análisis general a largo plazo del desarrollo económico de México”, pp. 54-59. Véase también, Anatol Shulgovsky: México en la encrucijada de su historia. México, Fondo de Cultura Popular, 1968; pp. 23-90, 209-128, 167-192.

10. Véase Charles Cumberland: Mexico, The Struggle for Modernity, pp. 272-323.

11. Véase, entre otros, Alonso Aguilar Monteverde Fernando Carmona: México: riqueza y miseria. México, Editorial Nuestro Tiempo, 1967, pp. 125-135; Daniel Cosío Villegas: “Las crisis de México”, Cuadernos Americanos, XXXII: 2, marzo 1947, pp. 29-51 y Gilberto Loyo: “La Revolución no ha terminado su tarea”, Revista de la Universidad de Yucatán, I, 4, julio 1959, pp. 101-113.

12. Leopoldo Solís: La realidad económica mexicana: retrovisión y perspectivas. México, Siglo XXI Editores, 1970, pp. 99-122.

13. Arnaldo Córdova: La formación del poder político en México, Ediciones Era, 1972, La ideología de la Revolución Mexicana. La formación. La formación del nuevo régimen. México, Ediciones Era, 1974; La política de masas del cardenismo. México, Ediciones Era, 1974. Juan Felipe Leal: La burguesía y el Estado mexicano. 2a. Edición. México, El Caballito, 1974.

14. Ningún historiador o economista ha desarrollado explícitamente esta tesis, pero ha sido apuntada o sugerida por Sergio de la Peña: La formación del capitalismo en y México. México, Siglo XXI, Editores, 1975, pp. 157-237; Fernando Rosenzweig, “La industria” en Cosío Villegas: Historia Moderna de México. El porfiriato. Vida Económica, Vol. I, pp. 326-339; y José C. Valadés: El Porfiriato, Historia de un régimen. El Crecimiento. México, Editorial Patria, 1948, 2 vols. I. pp. 222-23, 276-98, 318-30 y II, p. 298.

15. Jan Bazant: Cinco haciendas mexicanas. tres siglos de vida rural en San Luis Potosí, (1600-1910). México, El Colegio de México, 1975, pp. 103-119, 123-179; Friedrich Katz: “Labour Conditions on Haciendas in Porfirian Mexico: Some Trends and Tendencies”, Hispanic American Historical Review, LIV: 1 febrero, 1974, pp. 1-47; Arturo Warman: Y venimos a contradecir …, pp. 53-89; George M. Mc Bride: The Land Systems of Mexico. New York, American Geographical Society, 1923, pp. 160-181; Helen Phipps: Some Aspects of the Agrarian Question in Mexico. A Historical Study. Austin, University of Texas, 1925, pp. 131-148 y Tannembaum; The Mexican Agrarian Revolution, pp. 315-369.

16. Para fundamentar estas objeciones, véanse: Frank Brademburg The Making of Modern Mexico, Englewood Cliffs, Prentice Hall, 1964, pp. 264-317 y: José Luis Ceceña: México es la órbita imperial, pp. 51-80, 86-94; Marco Antonio Alcázar: Las agrupaciones patronales de México. México, El Colegio de México, 1970, p. 37.

17. El estudio más serio sobre el problema sigue siendo el de Frederick Turner: The Dynamic of Mexican Nationalism. Chapel Hill, University of North Carolina, 1968. Pero Turner confunde el entusiasmo de los nacionalistas mexicanos, que retrata con precisión, con sus efectos reales en la historia mexicana, que no estudia en profundidad. Puede encontrarse una sólida argumentación de que el nacionalismo es fundamental en México postrevolucionario, pero como una corriente llena de contradicciones (“paradojas”) más que como una simple “liberación”, en Carlos Monsiváis: “La cultura mexicana en el siglo XX”, en Wilkie, Meyer y Monzón de Wilkie: Contemporary México…, p. 624-670. Un buen estudio de la forma en que los nacionalistas mexicanos han tratado de convertir sus esperanzas en efectos ideológicos en Josefina Vázquez: Nacionalismo y educación en México. México, El Colegio de México, 1970, pp. 133-259.

18. Algunos autores que exploran esta dirección: Jorge Carrión y Alonso Aguilar Monteverde: La burguesía, la oligarquía y el Estado. México, Editorial Nuestro Tiempo, 1972; Ricardo Cinta: “Burguesía nacional y desarrollo”, en El perfil de México en 1980. México, Siglo XXI Editores, 1970, III, pp. 168-199; John H. Coastworth: “Los orígenes del autoritarismo moderno en México”, Foro Internacional, XVI: 2, octubre 1975, pp. 205-232; Anatol Shulgovski, op. cit., pp. 37-68, Sergio de la Peña: “Comentario” y Manuel Villa “Las bases del estado mexicano en su problemática actual”, en El perfil de México…, III, p. 200-298 y 426-460, respectivamente. El maestro a estudiar para estos asuntos es Gramsci, particularmente en sus notas sobre la historia italiana.