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Presentamos un relato incluido en Madres e hijas (Cal y arena, compilación de María Teresa Priego), libro que ofrece al lector doce cuentos de conocidas escritoras que hablan sobre el otro extremo del cordón umbilical: la madre.


Soy la séptima de las Cleopatras en mi dinastía. La que me antecede fue mi mamá, la Trifene. Mamá es un nombre que le queda grande. Cuando yo no había cumplido un año, huyó. Abandonó el trono por seguir a Antíoco XIII, hijo de Antíoco el Piadoso. Lo había conocido en una embajada. Antíoco XIII tenía el sobrenombre de el Asiático; cuentan que era de una belleza insólita, que caminaba como un gato; que era dado al placer y que amaba la guerra. Licinio Luculo, tras vencer a Tigranes, lo había impuesto en el trono. Antíoco XIII había casado con su propia madre, otra Cleopatra, la Selena. No es necesario explicar que cuando mi mamá se fue tras él, cayó en un trono mucho menor que el de Alejandría. Se equivocan los que dicen que el móvil para abandonar a Auletes fue la ambición. Asfixiada por el círculo de eunucos y el hermano marido —mi papá, ebrio todo el día, el tocador de flauta—, sin pensarlo dos veces, hizo el mal trueque. No iba tampoco tras ninguna vida muelle porque los tres años que estuvo con Antíoco XIII vivieron en campaña, en guerra con los partos. Cuando Pompeyo convirtió el reino de los seléucidas en una provincia romana, destronó a Antíoco XIII. Meses después, Antíoco fue asesinado, a saber si por un insidioso que deseaba congraciarse con Pompeyo o por hombres del senador romano que había entablado trato amoroso con mi mamá, y a quien no convenía para sus planes dejar vivo a Antíoco. Al poco tiempo, mamá estuvo de vuelta en Alejandría, cargada de regalos de Pompeyo para Auletes, incluyendo parte del botín de los seléucidas. La ambición del senador romano la había empujado a volver a Egipto, previo persuadir a Pompeyo de la conveniencia de hacerla volver, porque deseaba a su querida en el trono al que tenía derecho por cuna, seguro del provecho que sacaría de esto. Cleopatra Trifene llegaba dejando atrás a un marido muerto, instigada por el senador que era un vivo, acompañada por las memorias recientes de su dulce compañía. Un muerto, un vivo y un racimo de engaños y fantasías.

Me acuerdo el primer día que la vi. Ella pasó sus ojos por mi persona borrándome al hacerlo. Yo acababa de cumplir seis años. Era la preferida de Auletes. Papá ya consideraba compartir conmigo el trono. Los alejandrinos estaban acostumbrados a rendirme siempre admiración. Esa mirada fría y ciega me provocó una reacción inesperada y magnífica, despertó en mí algo nuevo. Era la primera vez que alguien me veía sin verme. La mudé y busqué cómo atacarla. Encontré inmediatamente cómo. Le regresé la mirada con una sonora risa. Auletes me preguntó, sorprendido, a qué venía ese gesto tan poco propio. Yo señalé los pies de la Trifene: llevaba el burdo calzado de los partos. La ruda vida de guerrera que había compartido con Antíoco XIII la había desacostumbrado al protocolo de la corte. Si ella, al borrarme con los ojos, había pretendido humillarme ejerciendo el que ella creía su poder sobre mí, yo le respondía con una eficaz humillación sonora y pública. Por días enteros se habló del poco afortunado vestido de los pies de la recién vuelta. Había infinidad de anécdotas que hasta entonces se habían guardado para los rincones y los pasillos, y que se repitieron en los salones y lugares públicos.

Supe responderle astuta porque yo no sabía quién era, aunque no tardé en enterarme. Mamá no tenía ningún motivo para sentir apego por su única hija, y sí muchos, desde antes que yo estallara mi burla, para detestar a su rival. Desató contra mí una guerra sin tregua. No desperté ningún apetito de reconocerme.

Había algo en ella de continua desmesura y de permanente rabia. Era más una loba que una posible reina. Me advirtieron que ella era mi mamá, pero yo no escuchaba la palabra. Si eso era mamá, no era un asunto mío. Yo no la necesitaba, tenía a Carmión, que hasta estos días me ha acompañado, de ella mamé sin temor. Nunca de la loba. La loba me parió, pero fue Carmión quien me dio a beber leche y me protegió.

Las rudas costumbres aprendidas no se limitaban a usar el calzado inapropiado para acercarse al rey lágida. Todos se hacían lenguas de Cleopatra Trifene. Se decía mucho a mis espaldas. Pero no enfrente de mí, pesaba que ella fuera mi mamá. Mi carcajada no me había protegido frente a los otros. Mamá hermosa, vivía agitada, no sabía guardar silencio. Había un gesto que le era propio y característico, y que a mí me producía también deseo de burlarme: agitaba las manos sin descanso, tanto como hablaba las bailaba, casi convulsas.

Fuera de eso, la observaba fríamente. La medí. No era una rival digna. Para responder a aquella primera burla, buscaba siempre decirme algo desagradable de mi persona. Esto fue recibido muy malamente en la corte, y peor todavía en Alejandría. No sólo me había abandonado, sino que regresaba a herirme. Su actitud me brindaba simpatías. En esto y en otras, se derrotaba sola. Pero no pensábamos todos igual de ella. Mi papá, Auletes, siempre débil, y dos veces debilitado ante la Trifene por la humillación que le había infligido años antes, aceptó la petición de mis leales de incorporarme al trono, usándome para ponerla a distancia. Al hacerlo, fijamos su lugar en la corte. Los cronistas la reincorporaron a los textos, aunque para congraciarse conmigo la hicieron pasar por otra hija de Auletes, y burlándose de ella la redujeron a niña. Por eso está escrito que él tenía dos hijas Cleopatras.

El senador romano había enviado continuas embajadas, todas conteniendo regalos y promesas de un pronto arribo, pero al verme a mí reina dejó de dar señas de vida. Cleopatra Trifene quedó otra vez anclada entre los eunucos, ahora sin el hermano de marido.

Ante la nueva situación, el senador romano no fue lo único que desapareció de la vista de la Trifene. Regresó a su primera estrategia. Ya no sólo de la vista, mi persona toda se le esfumó. Como si olvidara la tirria que me tenía, me volvió transparente. Regresó a la primera estrategia que había usado al conocerme. No había podido recuperar su lugar de reina por mí, pero no iba a admitirlo frente a su propia hija. Esto durante un poco más de dos años.

Cayó el rey de Chipre. Auletes y yo tuvimos que salir precipitadamente a Roma. Mamá subió al trono de Alejandría y en un acto de magia el senador romano reapareció. La tenía medida, no necesitó tantear el terreno enviando un mensajero cargado de regalos y palabras amorosas, que sonaran a los tontos y solitarios oídos de la Trifene cubiertas de leche y miel, porque sabía que la tenía ganada.

La gestión de la Trifene no fue ejemplar. Como reina no aventajó en nada al nada insuperable rey tocador de flauta, mi papá, Auletes. Si tomaba una decisión, era necia y atrabiliaria. Así como sus manos no dejaban de moverse, sus pensamientos volaban, agitados, perdidos.

Esto por diez meses. Cuando el senador romano vio que aquello no iba por buen camino, fingió no sé qué obligación ineludible y dejó Alejandría. Ella insistía en seguirlo, pero él la convenció con engaños. Ella se aferró a una obsesión: la idea de huir. Deseaba un hombre en el lecho. El senador romano, viéndola todavía reina, la atolondraba con frecuentes correos amorosos, ilusionándola. La Trifene, idiota, pero más cauta que en su primera huida, hizo contratar a unos bandidos sabeos para que una noche, cuando todos descansaban en palacio, lo penetraran en sigilo y la secuestraran. Tenía la intención de hacer creer a Alejandría que Berenice era la responsable del rapto, que la desaparecía para deponerla y ocupar el trono. Planeaba que los bandidos la auxiliarían a llegar hasta donde le fuera sencillo reunirse con el senador romano.

Había pensado en la estrategia de los sabeos con la única fracción de prudencia que contenía su cerebro, creyendo que así, en caso de no encontrar acomodo en Nabatea, seguiría siendo considerada amiga de Egipto. Pero esa minúscula porción de prudencia no le daba luces para entender que ya desde antes de ser falsamente raptada había comprado la enemistad de Auletes al robarle el trono en su ausencia, y que al salir regalaba a su enemiga Berenice el lugar vacío para usurpar sin esfuerzo el anhelado trono.

Sobra decirlo, no hacían falta tres dedos de frente para comprender la índole del afecto que le tenía el dicho senador romano.

Entretanto, habiéndose enterado el dicho senador romano de que su querida estaba por alcanzarlo en Nabatea, adelantándose a la llegada de los bandidos, ofreció el doble de lo ofrecido por la ya entonces ex reina, a cambio de que no la depositaran donde ella había convenido, sino que la llevaran a Nubia a venderla como esclava. Y el producto de la venta, ¡podía ser de ellos! 

Los bandidos sabeos hicieron lo que el senador pagaba, el mejor postor se garantiza el más fiel cumplimiento. Los escribas de nuestra corte, enterados de todo este movimiento por espías y mensajeros, la volvieron a borrar de sus crónicas, desapareciéndola sin reseñar la visita de los bandidos. Nadie pagó rescate para ir a buscarla. Pasó tiempo antes de que nos enteráramos qué le había ocurrido.

Yo creí prudente saber su paradero. Di órdenes de rastrearla. Mis hombres regresaron con informaciones que conservamos secretas. Se hizo público que no encontraron huella de ella. Corrimos la versión de que la tristeza la mató. Pero lo cierto es que mi mamá tuvo larga vida, que dejó de ser esclava, que tuvo a su lado un marido nubio por el que nosotros pagamos una cantidad generosa de dinero. El modo en que esas mujeres viven en racimos con sus maridos es una forma peor que la esclavitud. Allá no necesitó de eunucos para sentirse cercada. Una docena de mujeres la acompañaban noche y día, vigilándola celosamente para que cumpliera con los deberes que todas le tenían a su único varón.

¡Mamá sería, pero nada bueno le debo! Mi enemiga probó ser más eficaz de lo que ella se hubiera imaginado, y por un camino que no previó. Algo en mi persona siente incontrolable repugnancia por el círculo de eunucos y por ver al hermano ocupar el lugar del marido amante, puestos ahí para la protección de la reina. Como ella hizo, hice yo: huí de mi escudo. Como ocurrió con ella, pasó conmigo: caí en la trampa de lo que busqué como salvación. Ser la mitad de un par, ser parte del otro, alcanzar forma completa en la pareja: esos deseos acabaron por hundirme. Aunque yo no terminara mi vida de esclava en Nubia o atada a la vida de un siervo, aunque por mis amores consiguiera pulir el sueño que anidó en mi cabeza —hacer un solo imperio de Oriente y del Occidente—, la inclinación irresistible de que mamá me dotó fue mi condena, me llevó a mi propia traición. Mamá, mi astilla clavada, mi enemiga.

 

Carmen Boullosa
Escritora. Ha publicado: La otra mano de LepantoEl complot de los RománticosEl libro de Ana y El velázquez de París, entre otros libros.

“La astilla de Cleopatra” formó parte de una versión preliminar de De un salto descabalga la reina.

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