En el número 8 de Nexos aparece un reseña bibliográfica del libro Ser Indio en Hueyapan, escrito por una antropóloga norteamericana, J. Friedlander. Este volumen, una de tantas monografías que se fabrican en EE.UU. sobre pueblos mexicanos (generalmente como tesis de maestría o doctorado) y que se publicó en inglés hace tres años, no habría suscitado mayor comentario si no fuera porque el Fondo de Cultura Económica decidió publicarlo en México y Nexos lo lleva a la atención de un público más amplio.

El subtítulo de la obra, “Un estudio de identidad forzada en el México contemporáneo”, resume las conclusiones de la autora. En efecto, como lo señala Esperanza Yarza en su breve reseña, para J.F. “ser indio en Hueyapan significa tener una identidad primordialmente negativa: La suma de las cosas que no se poseen”. ¿Por qué? Porque de acuerdo con la autora lo “indio” en Hueyapan no es más que un intento del gobierno (a través de las misiones culturales y la escuela pública) para hacer que el pueblo se identifique con una imagen inventada desde fuera de lo que debería ser una identidad india, para gozo de funcionarios “hispánicos” (?!) y de conformidad con una mitología nacional que insiste en ver indios aunque estos no existan.

La autora describe algunos rasgos o elementos culturales supuestamente “indios” y demuestra que en buena parte son de origen colonial. También argumenta que lo “indio” en Hueyapan se asocia a carencias y bajos niveles socioeconómicos de la población, por lo que esta se averguenza de su “indianidad” artificial, y desea cuanto antes olvidarse de ella. Sólo que los mestizos urbanícolas de clase media (maestros, misioneros culturales, autores de los libros de texto en uso hasta 1973 y un curioso grupo de “extremistas culturales” que la autora descubrió en el D.F.), que parecen tener todos una considerable influencia sobre Hueyapan, no dejan que los hueyapeños se deshagan de su “identidad forzada”. Por otra parte, estos mismos agentes externos les recalcan constantemente que su atraso económico se debe a que son “indios”, y que mejor les valía dejar de serlo cuanto antes. Extraña contradicción que la autora no es capaz ni de explicar ni de resolver.

Nunca he estado en Hueyapan, Morelos, y no tengo por qué dudar de la validez de los datos empíricos de Friedlander. Sin embargo, es algo discutible su uso poco analítico del concepto indio y de la categoría “cultura”, así como la total ausencia de un marco teórico, que le han permitido a la autora llegar a la conclusión mencionada.

En el Cap. 4, J. Friedlander discute acerca de lo que significa ser indio en Hueyapan. ¿Cómo procede? Pues simplemente preguntando a la población acerca de lo que se siente ser “indio”. Como la palabra “indio”, tal como la usan los mestizos, tiene connotaciones negativas y despectivas, los hueyapeños contestan en forma defensiva y negativa, a tal grado que la autora no se atrevió a indagar sobre este tema durante su primera y más larga temporada de campo. Curiosa manera de analizar la identidad étnica de un grupo social históricamente discriminado y vejado. Es como si se investigara la cultura de los chicanos limitándose a preguntarles cómo se siente ser “greaser”. O bien reducir la problemática de la identidad de los negros en EE.UU. a su reacción ante la palabra agresiva y discriminatoria “nigger”. 

En México la situación se complica porque, como señala correctamente Ms. Friedlander, siguiendo a antropólogos mexicanos como Guillermo Bonfil y Arturo Warman, se ensalza al indio prehispánico y se discrimina al indígena contemporáneo. Pero la autora no parece haber comprendido ni el fenómeno de la etnicidad ni el concepto de dinámica cultural, ya que la primera la reduce a la reacción verbal de sus informantes a la palabra “indio” (cargada como hemos visto, de valoraciones negativas por los mestizos, quienes son los únicos que la usan); y la segunda la reduce a la presencia o ausencia de rasgos de origen prehispánico en algunos elementos de la vida material y espiritual del pueblo.

Sin embargo, la autora señala un hecho, el cual, si le hubiera dado la importancia debida, le habría dado la pista para salir del atolladero. Prácticamente todos los hueyapeños aún hablan el náhuatl, a pesar de 400 años de actividad “civilizadora” por parte de misioneros religiosos y culturales, maestros, funcionarios y demás portadores de la cultura “hispánica”. Si bien el náhuatl de Hueyapan está mezclado con vocablos españoles, J.F. sugiere que su sobrevivencia se debe a que los hueyapeños lo usan como “medida defensiva, como un mecanismo para mantener fronteras sociales… para manipular y mantener alejados a sus opresores”. Pero aparte de esta breve referencia, la autora no explora los alcances de este descubrimiento para su tratamiento de la identidad cultural del grupo. Tal vez porque ella misma no habla náhuatl y no le fue posible penetrar realmente en el mundo etnolingüístico de sus informantes. Es evidente que el uso cotidiano del náhuatl no es un invento de los “extremistas culturales” del Movimiento Renovador de Anáhuac que tanto desilusionó a Ms. Friedlander en la ciudad de México cuando vino a buscar un auténtico movimiento cultural indígena, ni tampoco rasgo impuesto desde fuera por quienes manipulan la identidad indígena para sus propios fines políticos. Es una lástima que la autora no haya sabido distinguir entre la problemática de la pequeña comunidad de Hueyapan en Morelos y la falsa problemática de la “indianidad” a nivel nacional que la autora se había planteado como interrogante al iniciar su investigación.

Todo estudiante de primer año de antropología aprende que las respuestas de sus informantes están condicionadas por las preguntas que se les hacen y como se les hacen, y que los resultados de una investigación dependen en gran medida de los planteamientos iniciales. Ms. Friedlander vino a México buscando una ficticia identidad india y encontró que aquí hasta la palabra indio es un invento del colonizador. Desde luego, no halló lo que pensaba encontrar. Pero no fue más allá para indagar en qué consiste y qué significado tiene una identidad étnica que hasta ahora, salvo raras excepciones, se manifiesta exclusivamente a nivel local o regional respondiendo a necesidades culturales de los múltiples grupos indígenas que conforman la nación y a quienes sólo los forasteros (incluyendo los antropólogos) agrupan bajo el término generalizador y a fin de cuentas discriminatorio de “indios”.

También resulta poco satisfactorio el uso que J.F. hace del concepto cultura, que es una de las categorías claves de la antropología. En su capítulo de conclusiones la autora sostiene que a pesar de las diferencias visibles entre las tradiciones de las comunidades indígenas y la ciudad de México, estas distinciones reflejan los mismos sistemas sociales y culturales. A tal nivel de generalización, ¿qué significado tiene el concepto de cultura que la autora define simplemente como un “sistema de símbolos” en una pequeña nota en su introducción? Si todos los mexicanos participamos en los mismos sistemas sociales y culturales (¿Cuáles? la autora no los define), entonces ¿con qué instrumentos conceptuales analizaremos la multiplicidad de tradiciones y la diversidad cultural de la población?

Cultura es un concepto relativo y dinámico. Una cultura se define en contraste con otras y está en constante cambio y evolución. Si se vacía la identidad étnica de un grupo de su contenido cultural propio (como lo hace Friedlander), entonces no es de extrañar que solamente queden las características socioeconómicas que han estado asociadas a los elementos culturales; en el caso de Hueyapan, la pobreza y las carencias y la dolorosa auto-denigración y auto-negación de quienes han aprendido a verse solamente en el espejo deformado de sus explotadores y opresores.