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Publicamos un cuento incluido en Francisco Tario. Antología (Cal y arena, colección Esenciales del XX, selección de Alejandro Toledo, prólogo de Esther Seligson). El volumen confirma que Tario sigue siendo único entre nosotros. La colección Esenciales del XX es una serie de antologías de creadores mexicanos nacidos después de la Revolución Mexicana. Cal y arena se complace en dedicar a Francisco Tario el tercer tomo de la colección.


Todos los días, a partir de aquel otro en que fue asesinada, acostumbraba volver a su casa donde se pasaba las horas muertas.

Aquella intimidad de su casa, los olores de su jardín, el pálido resplandor de los espejos, tanta cosa familiar y querida, envuelta ahora en un conmovedor misterio, proporcionábanle las mejores horas de su muerte, como en otro tiempo le depararan los momentos más inolvidables de su vida.

Mas en otro tiempo persistía en la casa, aun durante las más calladas tardes, un fastidioso rumor, como si la casa entera se llenara de hojas, y que era, hoy lo comprendía, el aliento vivo de su casa, porque entonces su casa vivía, era ella, y el vivir nunca es silencioso.

Siempre existía alguna malsana presencia, que podía ser la del cartero, la del reloj señalando la hora o la de la campanilla de la verja anunciando alguna inesperada visita; o también la de su propio ser al bajar por la escalera, su voz o la de su marido, o el reflejo de su ser en el espejo.

Nunca era completa la calma, como si un mar adormecido removiese sus aguas bajo las plantas del jardín.

Y solía dolerse ella —¿mas cómo oponerse a ello?— de que su vida, que era tan breve y tan bella, se viese turbada a toda hora por tanta y tan insistente presencia. Resultaba inútil vivir, era como una desaforada lucha entre algo que escondía su pensamiento y algo que quedaba oculto entre las flores.

Lo había advertido hacía tiempo, mas solamente hasta hoy conseguía explicárselo. Sólo hasta hoy, desde su silenciosa muerte, desde aquel inmóvil silencio y aquella inmovilidad sin fin, donde no había nada que esperar porque todo cuanto podría esperarse se había cumplido, disponía de una quietud propicia para detener su pensamiento donde le convenía y por tanto tiempo como fuera necesario, a sabiendas de que ninguna urgencia vendría a interponerse entre su pensamiento y ella.

La casa estaba cerrada, desde hacía años se hallaba muy bien cerrada, y tenía un sello a la puerta.

Este sello daba a entender a los paseantes que a ninguno de ellos le sería permitido habitar la casa, que era una casa prohibida, maldita acaso, cerrada a cualquier suerte de alegrías. Que era, en suma, la propia casa de la muerte.

Habían florecido los árboles, cuyas ramas secas caían pesadamente sobre la casa, y, mirando con atención aquel sello, la mujer experimentaba un sobresalto. Aquel sello se refería a ella, hablaba a todos de su intimidad y de su nombre; era como el breve diario de su vida. Y eran todas sus memorias, sus pesares, sus ternuras, sus vestidos. Podría recorrer la mayor parte de su vida con sólo mirar aquel sello.

Tocaba ahora medrosamente este sello, que amarilleaba ya sobre la puerta, y cuidaba de que no fuese destruido, pues sentía como que, al destruirse este sello, se destruiría en ella algo insólito y querido, y que la tenue niebla que la envolvía habría entonces de esperarse, formaría una oscura nube y la apartaría definitivamente de su casa.

Desde el balcón miraba ahora sus pensamientos; miraba en el jardín sus rosas, que se habían vuelto silvestres. Recordaba haber tenido un sombrero amarillo, con un gran manojo de pensamientos. Y estos pensamientos de su jardín, de los que también solía dolerse porque no encontraba en ellos aroma alguno, siendo como habían sido sus flores predilectas, despedían hoy un perfume desconocido, que alcanzaba a marearla un poco. El aroma ascendía del jardín y se difundía por la casa. Aspirando este aroma experimentaba ella una vaga desazón incomprensible.

Todo se conservaba igual; era extraño. El reloj se había detenido en una lejana y misteriosa hora, que ella no recordaba. Y un día que se le ocurrió poner en marcha el reloj, éste obedeció fielmente, con una exactitud graciosa, y continuó durante varios días dejándole oír su música. Parecía incluso que le confiaba la hora, que le señalaba, desde su rincón, algo que necesariamente debería tener lugar en la casa. Y ella sonreía oyéndolo sonar y moverse en el interior de su caja de vidrio. Se sonreía de su gravedad y de su prisa, puesto que nada había ya que señalar ni nada había que hacer, cuando todo, hasta lo más ínfimo, estaba hecho.

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Y durante tardes y tardes enteras sentábase la mujer asesinada en su gran sofá color de rosa, con un libro entre las manos y no lejos del balcón.

Ninguna novedad le ofrecían estos libros; los conocía todos. Mas no dejaba de ser importante volver a pasar la vista sobre un objeto tan conocido cuando las cosas han variado tanto.

Nada nuevo le decían los libros. Le traían viejos martirios de amor y celos, y, al tropezarse con la huella de su perdida vida, con el simple rastro de sus dedos, una flor o una señal que le indicaban algún viejo temblor de su alma, se conmovía y suspiraba, experimentando un delicado amor hacia hombres que no conocía y hacia quienes habían escrito tales libros.

Todo se conservaba igual, y así procuraba ella que siguiera siendo. No deseaba interrumpir el orden de una casa que tan minuciosamente le pertenecía, que era suya aún, cuando todos suponían que se hallaba deshabitada y sola. Había en el interior de aquella casa una vida constante, invisible y activa; una escondida existencia que explicaba por sí misma por qué la casa no envejecía, por qué, a cada mañana, parecía más radiante y soleada, y cómo resultaba posible que compitiera en todos aspectos con las demás casas.

La hiedra cubría sus muros; y era una hiedra joven y tierna sobre la piedra gris del muro.

Y en aquellas memorables noches de frío, cuando su marido y ella regresaban del teatro y la puerta de entrada se abría, dejando ver en el interior toda la casa iluminada, temblando de luz la casa entera, pensaba ella qué misterioso era vivir, ir entrando poco a poco en su casa y sentirse envuelta en luz y calor, transformarse como en una figura de oro o en un pequeño vacío que se llenaba de aquella luz y aquel color tan especiales.

Mas, a esta sensación de bienestar nocturno y de gratitud indeterminada, seguíale inmediatamente otra impresión más grave y precisa, consecuencia de la anterior, y como su fin, cuando ese bienestar de su cuerpo le anunciaba un malestar imprevisto que la desposeía de aquel calor y aquella luz tan especiales. Y así era que ella pensaba, notando ya cómo se cerraba la puerta tras ella, qué horrible sería morir, dejar de penetrar en su casa, de deslumbrarse de semejante modo y dejar de sentir, por las noches, cuando se cerraba la puerta.

Entonces su marido y ella iban subiendo las escaleras, él con el sombrero en la mano, quitándose poco a poco los guantes e inquiriendo si no deseaba beber un café antes de irse a la cama. Prefería de ordinario un licor, pues le agradaba mirar el licor al trasluz; y su marido iba hacia la chimenea y se frotaba, impaciente, las manos. Él decía que qué tiempo o que le había disgustado el estreno y contemplaba un momento el jardín, sosteniendo por una punta los visillos. Era una estancia dorada. Dorada por el fuego que ardía, por lo breve y dulce que es la vida y por las flores doradas que engalanaban el techo. Y ella continuaba diciéndose, todavía envuelta en su abrigo, cómo podrían ser las noches, aquellas noches que la aguardaban, de las que nadie había podido darle noticia. Y si no sería posible que esas noches, tomando en cuenta lo bella y joven que era, pudieran ser de otro modo.

Se resistía a imaginar que aquel mundo intrincado y vivo, tan dorado, desapareciera de golpe. Que lo más apasionado de su vida careciera de sentido. Que todo se quedara a oscuras, como cuando se hace de noche.

Trataba de saber si, al menos, alcanzaría a recordar aquel instante. Si lograría conservar un poco de vida. Y no sabía por qué decidirse, si le diesen a elegir, si por morir rotundamente y olvidarlo todo, o acumular ciertas memorias, ordenarlas y clasificarlas, a fin de revivirlas de nuevo y formar con ellas una segunda vida toda hecha de memorias.

Este olvido de las cosas la desalentaba. No se resolvía por el doloroso olvido; mas lo intuía. Sospechaba que un olvido de esa índole era lo que la aguardaba.

Y entonces se servía otra copa, hacía sonar acompasadamente sus alhajas, o bien retenía la copa entre sus labios, persuadiéndose de su sabor, de la suave miel que la copa le dejaba en los labios, y se resistía a aceptar que tanta luz como iluminaba su casa, tantas cosas como conocía y deseaba, y tantas otras como había agrupado y conservado consigo, tan minúsculas y maravillosas, la sensación de su cuerpo con el licor, habrían de ensombrecerse de pronto, interrumpirse contra su voluntad y hacerles pensar a los demás que nunca había existido.

Rememorando todo ello, la mujer echaba ahora la cabeza hacia atrás, contra el respaldo del sofá, y sonreía. Noche y día se los pasaba sonriendo. La enternecían sus recuerdos. El recuerdo de sus pensamientos la conmovía.

Conmovida, se miraba a sí misma en un sofá, al otro extremo de la sala. Se veía en una tarde de tantas y oía al cochero llamar a la puerta. Por las tardes, siempre salía a dar un paseo. Se sentía pensativa y sola; pero muy bella. Llevaba en la mano unos guantes. Y esta antigua imagen suya la enternecía ahora, bella y joven como era, con aquellos guantes, y se sentía perdidamente atraída hacia ella, hacia esa oscura tristeza que adivinaba en su gesto y aquel anticipado cansancio con que aguardaba el coche.

Conmovida, iba a su encuentro, y se hablaba, y se interrogaba incansablemente acerca de qué pensamientos y qué cansancio podrían haber sido los suyos a aquella hora; qué apetecía, qué esperaba, a quién amaba y, sobre todo, si aquel inviolable secreto que escondía en su alma, para sí sola, podría serle revelado al cabo con más claridad. Pero como aquella imagen del sofá insistía en mantenerse ausente, puesto que era una imagen viva y enamorada, solía inclinarse simplemente sobre ella, tomarle el rostro entre las manos, contemplarlo y besarlo y apretarlo contra sí y repetirle que lo único que alcanzaba a aliviarla un poco era el asombro que le provocaban hoy su antigua juventud y su belleza.

Despertaba más tarde, sola. Ya de día.

Subían del jardín unos vapores, y estos vapores y su soledad devolvíanle el raro bienestar anterior, porque aquella imagen soñada, y hasta su propia voz —”¿en qué piensas?”—, le habían ocasionado un pasajero dolor, como si otra vez existiera de nuevo y contemplara frente a sí, no su imagen viva, sino muerta, según solía ocurrirle en otro tiempo.

La inquietaba saber que sufría, descubrir que había sufrido alguna vez en su vida.

Y entonces se ponía de pie, ya toda envuelta en el sol de la mañana, invisible como un rayo de sol, y vagaba de un lado a otro de la casa. Se sentaba al sol en el jardín o vagaba como una imagen viva entre los árboles. Estaban dorados los árboles e íbase dorando sucesivamente el jardín, porque era el tiempo de las siemprevivas. Y en esta atmósfera de oro, que desde el exterior parecía palparse, vagaba sin cesar, ilusionada, dejando escapar el tiempo, olvidándose del tiempo, sintiéndose gratamente imperceptible, curiosamente insignificante, inclinándose sobre las flores, dejándose traspasar por el sol, soñando en morir nuevamente, deseando morir todavía más, desvanecerse a la ventura y adquirir así otra forma aún más leve de vida, para así gozar mejor de su jardín y de su casa.

Quién la recordaría ya —pensaba.

Y se desvanecía, en efecto; mas sin advertirlo ella. Aun esa misteriosa vida tocaba a su fin. Aun lo invisible tenía su fin, moría.

Era como si, de día en día, cada nuevo aire que soplaba le llevara, sin saberlo ella, una de aquellas inefables hojas de que estaba constituida. Como si un viento, que ni se percibía, le robara cada día una hoja.

E imaginaba ella que todo este desfallecimiento que la invadía, aquella sensación de caer y deshojarse, como si se nublara el cielo o alguien moviese suavemente un abanico tras ella, constituía una juventud y un amor desconocidos, a los que entraba ahora; siendo, como era, que dejaba de existir constantemente, que no era ya ni siquiera su sombra sino el hueco de sí misma, puesto que el sol la hería y la penetraba, la volvía transparente, y, por las noches, se inundaba de oscuridad por dentro; siendo que desaparecía, no perdurando de lo que había sido sino el negro viento de la noche.

Quién la recordaría a ella —se repetía.

Casi nadie la recordaba; era lo cierto. Y por eso moría.

Solamente un último recuerdo, desesperado y preciso, la sustentaba de lejos.

¿De quién podría ser aquel recuerdo? ¿Quién la recordaba a ella, deseando hoy que no muriera?

Vivía sus últimos días a merced de aquel único pensamiento.

Y tan pronto este pensamiento se extinguiera, tan luego dejara de existir aquel recuerdo, ella dejaría de existir igualmente —lo comprendía—, mas no tenía fuerzas ni para pensarlo.

Todo era cada vez más leve en las tardes. Quisiera no olvidar esos atardeceres. Y advertía que escapaba de ella hasta la última hoja. “Me han olvidado” —suspiró. Y miró su casa. El sol daba en los balcones y adivinó el sol sobre la alfombra. Descubrió un claro de sol en su espejo. Se sintió lejana y confundida, infinitamente olvidada, pero dichosa. Le habría gustado quedarse, por cierto. Recordaba ahora, echando atrás la cabeza y riendo sin cesar mientras esto ocurría, una carta que no había escrito.

Después pensó que debería sentarse en la banca. Y así lo hizo. Pero la banca permaneció vacía.

 

Francisco Tario
Escritor. Publicó Breve diario de un amor perdido, Acapulco en el sueño, con fotos de Lola Álvarez Bravo, y Tapioca Inn: mansión para fantasmas. Su última etapa literaria, llena de melancolía tras la muerte de su mujer, culmina con Una violeta de más. Al morir, Tario dejó piezas teatrales que tituló El caballo asesinado y una novela póstuma, Jardín secreto.