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Mario Benedetti: Con o sin nostalgia. México, Siglo XXI Editores, 1977.

Desde hace unos cuantos años, un fantasma recorre la literatura latinoamericana: el sentimiento de culpa o el deseo de los autores por aliviar su buena conciencia liberal, cada vez desmentida. De origen más bien difuso (todo depende de lo temprano que el intelectual haya abierto los ojos a su propia vergüenza política), toma impulso a partir del estallido de los movimientos estudiantiles de 1968, las protestas ante el encarcelamiento de Heberto Padilla en Cuba, la agudización de la lucha terrorista, el ascenso al poder y derrocamiento del gobierno de la Unidad Popular en Chile, la incorporación de intelectuales mexicanos pasado y las modificaciones sufridas en las obras y actitudes políticas de autores tenidos como “progresistas”, “críticos” o “de izquierda”. La cohesión lograda a fines de los cincuentas por el triunfo de la revolución cubana en el grupo de escritores que integraría el llamado “boom”, se ha ido debilitando y diluyendo en sospechas, reproches, polémicas y excomuniones.

Ese sentimiento de culpa tomó la forma del “compromiso” del escritor ante el público (masa imprecisa y brumosa como pocas) para respaldar la actitud beligerante de su obra con actos políticos paralelos. De entre los mismos escritores, o de sus críticos, nacen las divisiones tajantes: o está comprometido, “adentro”, en la realidad a la cual refleja o rescata, o está “afuera”, rehuye la realidad y se abandona al vanguardismo, al esteticismo vacío, a una visión apolítica y/o elitista del arte.

Al erigir el Compromiso como valor de juicio definitivo para dar validez cultural a un escritor, se creó una trampa en que han caído los mismos autores que la tendieron; toda clasificación sospechosa de arbitrariedad por sus criterios de discriminación, por lo que incluye y lo que rechaza, por muy estratificada y amplia que quiera ser (que no es el caso de la literatura “comprometida”). Una división basada en actitudes estrictamente políticas, donde quien no esté en el bando del autor está automáticamente en el contrario, es, por definición, dualista, intolerante y maniqueo. El ambiente cultural latinoamericano se ha enturbiado a veces innecesariamente, aunque algunos autores incluidos en la peyorativa categoría de “vanguardistas” (Lukács es en estos casos el gran profeta) o “esteticistas ahistóricos” como Sarduy, Cabrera Infante y Salvador Elizondo, han asimilado el golpe como buenos luchadores y lo contestaron soslayaron con bonachonería y hasta elegancia (véanse las respuestas de Cortázar y Vargas Llosa a Oscar Collazos en Literatura en la revolución y revolución en la literatura).

En estos momentos, no hay cultivador más ferviente de la teoría (y práctica) de la literatura comprometida, con todo lo que ello implica, que Mario Benedetti. La reciente publicación en un solo volumen (El escritor latinoamericano y la revolución posible, México, Nueva Imagen, 1977) de sus ensayos político-literarios, y de su más reciente colección de cuentos, Con y sin nostalgia, permite advertir las dificultades que opone la puesta en práctica literaria de ideas políticas que suenan originalmente irreprochables.

Sus veinticinco años de actividad literaria lo han llevado a un dominio técnico admirable, aplicado especialmente a la construcción de situaciones y diálogos tan logrados y eficaces en su concisión como los de Cortázar (en cambio sus personajes tienden a ser amorfos) y a un mensaje político obviamente subversivo e izquierdista. Convertido en el Escritor prestigioso a priori, sus obras son las mejores recibidas por un público de jóvenes ilustrados de la pequeña burguesía liberal mexicana, después de las de Cortázar y Gustavo Sáinz. Y es que Benedetti ha sabido desarrollar un estilo que es mezcla de los logros de Borges y algunos maestros del “boom”, como vehículo catártico de las inquietudes y sueños políticos de su ilusionado público.

Su radicalización ha sido constante y creciente, y se advierte en los ensayos -por las nuevas listas, modificadas, de escritores y actitudes “revolucionarias”: véase su reciente artículo El escritor, la crítica y el subdesarrollo- y en la práctica literaria -por cambios de opinión tan curiosos como evidentes. No es ya el mismo Benedetti que escribió en Gracias por el fuego (1965): “Me gusta estar rodeado de cosas lindas. ¿Es tan grave el delito?… Perdóneme, señora, pero usted es espantosa, y a mí me gusta estar rodeado de cosas lindas, voy a hacer una revolución con ese motivo”, que el que advierte en su último libro: “El confort es muelle, cada vez más muelle; ablanda, aquieta, inmoviliza. Y si a pesar de todo te movés, es para ganar más plata, a fin de conseguir más confort” (p. 144).

Conviene precisar la actitud política propuestas por Benedetti a los escritores latinoamericanos, para apreciar con justeza la relación que guarda su teoría con su práctica artística: en sus ensayos incluidos en El Escritor latinoamericana y la revolución posible, opone al escritor progresistas una disyuntiva: que asume “una condición definidamente revolucionaria o simplemente se inscribirá en el ala más o menos liberal de la burguesía”. No sin buenas razones, pero siempre bajo el riesgo de una posición intolerante contra la que está en principio, Benedetti arremete también contra la izquierda exquisita (Carlos Fuentes, Vargas Llosa) aconsejándole que “la preocupación del escritor no puede ni debe ser la del creador aislado, ensimismado, incontaminado, ese clásico oficiante de la desgarradura, para quien la promiscuidad ideológica suele ser un síntoma de independencia… una acentuación de su bien atendida vanidad”. Benedetti no sólo rechaza a los escritores de izquierda que sólo actúan en los libros, revolucionarios de palabras, de dientes para afuera, sino que adapta admirablemente la tesis de Lukács sobre la diferencia entre “posibilidad abstracta” y “posibilidad concreta”, y cómo ésta actúa recíprocamente con los hechos objetivos, tomando ese mismo carácter objetivo, desde el punto de vista sociohistórico (Lukács, Significación actual del realismo crítico). La fórmula benedittiana es mucho más simple en su enunciado pero igual en su intención: hay que escribir de la revolución “posible”, aquella que realmente ha ocurrido, aunque tenga la desventaja de ser imperfecta, pero el beneficio de ser verosímil.

Como proposición de metas, sólo se podría reprochar a Benedetti que el material de trabajo (las revoluciones posibles) sea tan escaso como las luchas triunfantes. En su entusiasmo subversivo, Mario Benedetti ha venido confundiendo, con creciente frecuencia, las revoluciones “posibles” con las ilusorias. Eso se nota ya en un grado alarmante en los cuentos que forman Con y sin nostalgia.

Si técnicamente es un escritor tan eficaz que logra impactar ferozmente al lector con sus situaciones, a la hora de oponer a sus villanos (dictadores militares o magnates reaccionarios) la acción firme y decidida de la revolución popular, su imaginación le juega una mala broma y le manda al diablo sus “revoluciones posibles” para volar a los mundos idílicos donde el hermano guerrillero suplanta a su hermano gemelo policía para matar a los superiores de éste (“Composiciones”), donde el periodista pueblerino predice, y se encarga de cumplir, la muerte del tirano local “(Los astros y vos”), donde los abrumados habitantes del país emigran, dejando sólo a los presos y al presidente, que se suicida (“Sobre el éxodo”) o donde de plano se hace un llamado a la unión de las izquierdas (cuyos representantes están frente al pelotón de fusilamiento) para que no se dejen masacrar mientras discuten (“Oh quepis, quepis, qué mal me hiciste”).

La obvia contradicción entre sus posiciones teóricas y la realidad literaria personal apenas merecían un mínimo comentario de no ser por las graves mistificaciones que propicia. Hay que notar que en ninguna de sus obras Benedetti se refiere, ni de lejos a una “revolución posible” (mucho menos triunfante, como la cubana o la argelina) y que sus ficciones en realidad enturbian la comprensión del fenómeno que pretenden abordar, las condiciones de lucha contra las dictaduras sudamericanas. Cuando habla de resistencia o acción guerrillera, no se está refiriendo a la realizada en Chile o en Nicaragua o en Bolivia, sino a personajes que aspiran a ser inolvidables porque son dinámicos, valientes y calculadores, porque luchan contra tiranos abstractos o menores (el comandante pueblerino de “Los astros y vos”), que están en el poder por ser malos o para encarar todos los males del mundo. Se podría recurrir a la argumentación dada ya anteriormente: no hay muchas “revoluciones posibles” de qué hablar; en ningún país del continente (excepto, siempre, Cuba) el imperialismo yanqui o la burguesía se está batiendo desesperadamente en retirada, ni hay unificación de los grupos de izquierda ni hay una movilización popular tan importante como para hacer temblar a la oligarquía (que sí, en cambio, esté presta para aniquilar eficiente y brutalmente cualquier intento de subversión). Pero incluso ese pretexto no justifica la irresponsabilidad disfrazada de “fértil imaginación”, ni el proponer airado unas bases que no seguirá él mismo, tan dedicado literariamente a fomentar las insurrecciones de la utopía, aquellas basadas en lo que “sería” bueno que pasara “si” las izquierdas se aliaran, “si” los intelectuales o las masas tomaran espontáneamente las armas, “si” los policías tuvieron hermanos gemelos guerrilleros. Presentar expectativas de solución falsas a una situación tan aberrante como la del autoritarismo fascista latinoamericano es, por decir lo menos, absurdo.

Esa manía ya se observaba en Benedetti desde el cuento “El cambiazo”, del libro La muerte y otras sorpresas (1968), donde los adolescentes de un país se volvían contra las autoridades acaudillados por un cantante de televisión; pero la calidad de los otros cuentos de ese volumen diluía bastante los rasgos de torpe idealismo que, anunciados en esa historia, se asentarían definitivamente en Con y sin nostalgia. Lo más lamentable de la posición cultural de Benedetti es la pérdida de una perspectiva que sería por demás útil tomando en cuenta que es una narrador dotadísimo: mucho de esto se nota en su cuento largo, el último del libro, “La vecina orilla”, que alcanza un rango realmente notable dentro de su obra. Aquí, Benedetti maneja las situaciones cotidianas del exilio político con una habilidad tal que aun sus simbolismos más groseros (como el personaje central deambulando por Buenos Aires seguido por cuatro perros callejeros) tienen cierta gracia. Ese cuento matiza el desastre que es el resto del libro y da una imagen prometedora de un escritor que se aproxima peligrosamente a un enviciamiento enfermizo, a un izquierdismo demasiado fácil.