Al parecer, durante una buena parte de su cautiverio Cervantes no estuvo confinado a un calabozo, sino que gozó de relativa libertad para deambular por las sucias callejuelas de Argel. No sólo eso, sino que los piratas alentaban a los cautivos prominentes a que escribieran a sus parientes para que juntaran los rescates que les devolverían la libertad.
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