Presentamos la “Carta-prefacio” que J. M. G. Le Clézio incluyó en La fiebre (Almadía), libro que incluye nueve historias prodigiosas.


Niza, 23 de octubre de 1964

Para ser sincero preferiría no haber nacido. Para mí la vida es bastante fastidiosa. Claro está, a estas alturas el daño está hecho y no puedo cambiar nada. Pero dentro de mí siempre existirá esta pena que no lograré erradicar completamente y que echará todo a perder. Ahora de lo que se trata es de envejecer rápido, engullir los años lo más rápido posible, sin mirar ni a diestra ni a siniestra. Aceptar los pequeños embates de la existencia, intentando no sufrir demasiado. La vida está llena de locuras que no son más que pequeñas locuras cotidianas, pero terribles si se observan con atención.

En lo personal no creo mucho en los grandes sentimientos. En cambio, percibo una armada de insectos u hormigas que nos mordisquean por todas partes. En ocasiones, estas minúsculas flechas negras convergen y hacen trastabillar a la razón humana. Durante algunos minutos, algunas horas, se instala el reino del caos, de la aventura. La fiebre, el dolor, la fatiga o el sueño que emergen son pasiones tan fuertes y tan desesperantes como el amor, la tortura, el odio o la muerte. Otras veces, el espíritu invadido por estas sensaciones sucumbe en una especie de éxtasis material. La visión de la verdad es más deslumbrante que una lámpara incandescente.

Vivimos en un mundo muy frágil. Debemos tener cuidado con lo que se mira, debemos desconfiar de todo aquello que oímos, de todo aquello que entra en contacto con nosotros.

Estas nueve historias sobre pequeñas locuras son ficciones; y sin embargo no han sido inventadas. Su materia fue extraída de experiencias que nos resultan familiares. Todos los días perdemos la cabeza debido a un poco de calentura, un dolor de muelas o un vértigo pasajero. Nos enojamos. Nos extasiamos. Nos embriagamos. Nada dura mucho tiempo, pero es suficiente. Nuestras pieles, ojos, oídos, narices y lenguas almacenan todos los días millones de sensaciones y ninguna es olvidada. He aquí el peligro. Somos volcanes en potencia.

Hace mucho tiempo que renuncié a decir todo lo que pienso (e incluso de vez en cuando me pregunto si existe realmente eso que llamamos pensamientos); me he conformado con escribirlo todo en prosa. La poesía, las novelas y los cuentos son antigüedades peculiares que ya no engañan a nadie, o casi a nadie. Poemas, relatos, ¿de qué sirven? La escritura, no queda más que la escritura, la escritura en sí, que tantea con las palabras, que busca y describe con minucia, con profundidad, que se aferra, que trabaja la realidad sin concesiones. Es difícil aspirar a hacer arte cuando se quiere hacer ciencia. Pero de alguna manera, me gustaría haber vivido ya uno o dos siglos más para saber cómo hacerlo.

Suyo, muy respetuosamente,

J. M. G. Le Clézio

 

J. M. G. Le Clézio
Escritor. En 2008 le otorgaron el premio Nobel de Literatura. Ha publicado: La música del hambreDesierto y El pez dorado, entre otros libros.

Traducción de Francisco Benavides.

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