Publicamos uno de los relatos incluidos en Próximamente en esta sala. Cuentos de cine (Cal y arena), libro compilado y prologado por Jorge A. Abascal Andrade. Presentarán el libro el sábado 3 de diciembre a las 18:00 horas en el Salón Mariano Azuela de la Feria Internacional del Libro de Guadalajara.

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Los domingos me paraba antes que todos. Brincaba de la cama y brincaba el Blaqui. Mi perro. Hacía todo lo que yo hacía. Como que me arremedaba. Se dormía conmigo. Debajo de las cobijas. Se enredaba entre mis piernas. Ese domingo íbamos a ir al cine. Mi papá lo había prometido. Iríamos a la matiné del cine Jalisco. Era lo que más me gustaba de mi colonia. Sus cines. Estaba el Jalisco, el Ermita, el Hipódromo, el Cartagena. A mi mamá no le gustaba ir a esos cines porque decía que eran horribles. Todos apestosos. Pero no era cierto. Exageraba. Como en todo. Por la misma razón me regañaba. Porque me acostaba con la misma ropa que había traído puesta todo el día. Una semana completita. Pero yo decía que eso era normal.

Ése era un domingo especial. Era Domingo de Ramos. Y seguro pasarían una película de romanos. Había varias. Que las veíamos siempre. Las mismas las volvían a pasar cada Semana Santa: El manto sagradoDemetrio el gladiadorRey de reyesQuo vadisBen Hur

Pues ese domingo daban El manto sagrado Demetrio el gladiador. Nomás. Con Víctor Mature. No había más que entrar al cine para sentir la grieta. Para enfurecerse con todos los romanos que se burlaban de Jesucristo. Verlo cargar su cruz les sacaba los peores instintos.

Lo primero que me sorprendió esa mañana fue ver a mi mamá en la cocina. No porque no fuera su lugar favorito de la casa, sino porque era muy temprano. ¿Qué haces aquí?, le pregunté. Pues ya sabes, hijo, preparando el desayuno. Tu papá quiere que vayamos al cine y ya se nos fue el santo al cielo. Ya no va a haber tiempo para un desayuno formal. Así que estoy preparando unas tortas. ¿Y de qué van a ser? Ya sabes, de jamón, de huevo, de salchicha, de queso de puerco… De pollo para tu hermana. Y hasta una de bistec. Ésa la quiero para mí. No, va a ser para tu papá. No, yo la quiero para mí y me la quedo. ¿Ya viste qué lindo pajarito está en el árbol? ¿Cuál…?, preguntó mi mamá. Yo le señalé la rama del árbol, y se asomó a la ventana. Ése de ahí. Velo. Se lo señalé una vez más. Y en lo que se asomó se la apliqué. Tomé la torta de bistec y me eché a correr. Cuando menos el desayuno ya lo había solucionado. Escuché sus gritos. Demasiado tarde.

Digo que fuimos al cine Jalisco. Todavía no empezaba la función. Estaba a punto. Creí que iban a ser tres películas pero nada más fueron dos. Las mejores. Yo me senté entre mi mamá y mi hermana. Mi papá llegaría unos minutos tarde mientras buscaba dónde estacionar el coche. De repente la cortina se hizo a un lado, apagaron las luces y apareció el león del anuncio. Oí el chiflido de mi papá. Ya andaba por ahí. Con el chiflido no había pierde. Se lo respondí. Se aproximó y se sentó. Ahora sí estábamos todos juntos. Por fin. Mi mamá nos preguntó si teníamos hambre y todos respondimos que sí. También mi hermana. Que tenía once años y se ponía de sangrona porque ya le empezaba a preocupar conservar su línea. Según ella, comía pura comida dietética. Nadie le hacía caso a sus jaladas. Ni mi mamá.

Me tocó la torta de huevo con chorizo. Le di la mordida y casi la escupo. Estaba picosísima. Me volteé a ver a mi mamá. ¿Qué chile le pusiste?, le pregunté furioso. El más bravo. A ver cuándo te vuelves a robar una torta. Ni que hubiera sido para tanto. Me dije. Pero ni modo. Le quité la otra raja y me la comí como si fuera el último platillo de mi vida. O ésa era mi intención, comérmela. Pero se me chispó de las manos cuando le quise dar una súper mordida del tamaño del cine Jalisco. Carajo. Todo estaba en mi contra. La quise agarrar en el aire pero fue por demás. Ese día santo, Domingo de Ramos, Jesús me la estaba haciendo de jamón. Como si fuera el prefecto de la escuela. Como pude, me agaché y la recogí. Por pedazos. Pero tampoco me podía agachar a gusto porque la película estaba en uno de sus momentos de máxima emoción. Me agachaba y veía. Veía y me agachaba. En fin. Quién sabe dónde cayó la torta porque estaba embarrada como de una rebaba. ¿Mocos? ¿Gargajos? Quién sabe. Pero la recogí y la limpié con la servilleta. Si era un mandato de Dios, me la comería. Yo era un fiel seguidor. Lo acepté y la devoré cual muerto de hambre. De todos modos, Jesucristo estaba rodeado de limosneros y menesterosos. Así se veía en las películas. Miserables que no servían para nada. Siquiera a mí me había regalado una torta. Pisoteada. Pero al fin de huevo con chorizo.

 

Eusebio Ruvalcaba

Escritor. Ha publicado: Desde la tersa noche, Elogio del demonio, 96 grados Con olor a Mozart, entre otros libros.