Rosario Castellanos: oficio de Tinieblas. México, Joaquín Mortiz, 1977, 5a. edición.

El freno al ímpetu nacionalista revolucionario, la institucionalización política y la separación de los intereses de la clase media frente a los del obrero y el campesino, caracterizaron el momento histórico en que se compuso Oficio de tinieblas, la más compleja y, artísticamente la más acabada de las novelas indigenistas de México. Durante esa época, la influencia potencial de México en América Latina se vio subordinada a las iniciativas de los Estados Unidos, que incluían, entre otras cosas: la política de la guerra fría, el debate entre el autoritarismo militar y la democracia cristiana liberal como alternativas ante la Revolución Cubana la alianza para el Progreso, y el trabajo necesario para realizar la invasión de Bahía de Cochinos. En esa atmósfera más bien sombría, los intelectuales asumieron o parecieron asumir una actitud disidente como creadores y como figuras públicas. Su disidencia cristalizó en una idea: en virtud de su poder innovador la literatura sería crítica por definición. Y, para serlo bastaría con que el escritor o pintor se definiera como engagé (comprometido, situado), como un escrutador de auntenticidades, como alguien capaz de encarnar la lucha contra el aislamiento y la alienación.

¿Cuáles fueron las actitudes y la política de México hacia la población indígena durante el dilatado periodo que va de 1946 a 1962, que resiste la denominación común de años alemanistas? Para esas fechas tanto el papel del Instituto Nacional Indigenista como la ideología del indigenismo habían cambiado dramáticamente, en comparación con sus inicios y, sobre todo, con sus planteamientos de los años treinta. A principios de los sesenta apenas sobrevivía algo del mesianismo cardenista. Ya no predominaba esa visión de un indio indistinguible de sus tradiciones comunales, su apego a la tierra su cultura no occidental su carácter de fundamento de la nación, prueba irrefutable de una revolución exitosa, símbolo privilegiado, en fin, de la identidad nacional. Lo dominante ahora era un intento sentido de modernización, el naciente liderazgo de la clase media, una intención oficial de absorber al indio (con el mínimo posible de conflictos culturales en la pujante corriente sanguínea una nación moderna, cuyo sistema circulatorio supuestamente había madurado y mejorado. Al INI se le asignó la tarea de mediador antes que de innovador, de reformador antes que de promotor de transformaciones sustanciales.

Ese era aproximadamente el escenario en que aparecería por primera vez la mejor novela de Rosario Castellanos. Por aquel entonces la imagen pública del indigenismo, tal como Alfonso Caso y el Instituto Nacional Indigenista la perfilaron, era la de un programa reformista, sustentado en las modernas teorías antropológicas y apoyado por un gobierno retóricamente nacionalista y deseoso de aparecer como relevo y heredero de la tradición cardenista.

El mundo y las atmósferas construidas en Oficio de tinieblas son significativamente más complejas que las de cualquier narración indigenista anterior. La novela desarrolla ampliamente la naturaleza de las relaciones indio-ladino en el escenario no menos extenso de la altiplanicie chiapaneca. Como su propósito es explorar todos los confines del espectro socio-cultural tomando en cuenta tanto los factores de clase como de cultura, es una obra extremadamente ambiciosa. Aparte eso, la escritora complica igualmente su mundo al asumir la novela como recreación y reinvención de la historia. Ambientada en los años treinta, cuando Cárdenas visita Chiapas a fin de activar las fuerzas necesarias para sus planes de reforma agraria y cambio social, Oficio de tinieblas se apropia audazmente los acontecimientos de una rebelión tzolzil de 1864 y los sitúa, transfigurados, en un ficticio escenario cardenista.

Una hábil oposición entre mito e historia radicaliza la complejidad temática y estructural de la obra. La tensión surge de la yuxtaposición de dos planos temporales. Opuesta a la visión propiamente histórica, se encuentra la peculiar visión que de su experiencia desprenden los tzolziles -una visión enteramente ahistórica, característica de las leyendas eternas. Los párrafos iniciales ubican la escena en San Juan Chamula, centro político y religioso de los tzolziles, como un mito cristianizado narrado en el tono y las imágenes del Popol Vuh. Al cerrar ese cuadro de mito y fantasía, el capitulo final narra las consecuencias del fracaso de la rebelión india y sintetiza la experiencia a través de las palabras de un personaje indio. En lugar de bosquejar una crónica de la derrota en términos de batallas ganadas o pérdidas o tierra distribuida o recuperada- la autora opta por inventar un nuevo mito. El narrador de la novela, quien ha descrito los acontecimientos desde un punto de vista omnisciente, equidistante de ladinos e indios y por ello capaz de penetrar en los pensamientos de ambos lados de la línea divisoria, comenta: “Desnudos, mal cubiertos de harapos o con taparrabos de piel a medio curtir, han abolido el tiempo que los separaba de las edades pretéritas. No existe ni antes ni hoy. Es siempre. Siempre la derrota y la persecución.” (p. 362).

Oficio de Tinieblas se desarrolla en dos escenarios geográficos, el pueblo de San Juan Chamula y la ciudad de San Cristóbal de las Casas. A esas dos ubicaciones, corresponden dos conjuntos de personajes, los tzolziles y los ladinos, que suscitan secuencias argumentales paralelas y separadas. Sin embargo las dos líneas generales se entrecruzan y se contaminan; las relaciones sociales de un mundo tienen siempre que ver con el otro: hay un ir y venir constante entre los dos lugares centrales y un proceso de entreveramiento decisivo entre los dos lugares centrales y un proceso de entreveramiento decisivo entre los dos grupos. La estructura causal de los acontecimientos narrados obliga a que los argumentos secundarios se entremezclen -de tal modo que, a fin de cuentas, la secuencia de acontecimientos es la misma para indios y ladinos.

El ritmo, la extensión, el flujo mismo de los capítulos tienden a ser desiguales y a veces sorprenden al omitir algunos acontecimientos que han cobrado interés climático o al divagar en interminables flashbacks (escenas retrospectivas) sobre personajes menores. Lo cierto, pese a todo, es que la perspectiva resulta muy equilibrada -un cincuenta por ciento de los capítulos son narrados desde un punto de vista indígena mientras la otra mitad se concentra en la experiencia ladina. Los que ofrecen el punto de vista tzolzil giran en torno a varios personajes individualizados (en especial Catalina, la sacerdotisa curandera) de modo nunca visto en la anterior ficción indigenista mexicana. Con todo, esa individualización no consiste, según la entiende Rosario Castellanos, en aislar al personaje de sus circunstancias sociales, sino más bien en verlo situado, inserto en el contexto social dentro del que se opera el desarrollo.

A lo largo de la novela los habitantes de San Juan Chamula aparecen desde diversas perspectivas: responden al hambre de tierra y de justicia social, se organizan para lograr esos objetivos y sufren una derrota abrumadora. La narración ilumina el proceso por el que la organización social tradicional del pueblo puede hacer frente a la pobreza y a la opresión: el “sistema de cargos”. Según las exigentes normas de este recurso nivelador, quienes acumulan riqueza están obligados a gastarla por medio de la aceptación de “cargos” civiles o religiosos necesarios para la vida del pueblo. Arrojados de su tierra para ir a vivir al centro del pueblo, San Juan Chamula, los “ricos” elegidos vuelven a ser pobres otra vez, aunque no sin adquirir cierto prestigio y respeto por sus contribuciones cívicas.

Paradójicamente, la cultura tradicional tal y como aparece en la novela, constituye, por un lado una rigurosa fuerza de cohesión y de resistencia contra el aniquilamiento socioeconómico y, por el otro, un mecanismo a través del cual se canalizan los paliativos que permiten absorber y soportar la opresión de un sistema intolerable. En ese sentido la novela está lejos de tratar superficialmente los efectos debilitadores de la superstición, el alcoholismo inspirado por ciertos ritos, la interminable humillación por la clase alta ladina o el resentimiento provocado por el desarrollo histórico.

Hay dos fuentes centrales de contradicción ideológica en Oficio de tinieblas. Una, ya aludida, proviene de la antítesis irreconciliable entre la historia -el cuadro que enmarca los acontecimientos de la sociedad ladina- y el aura mítica que impregna la conciencia y la visión del mundo de los tzotziles. Mientras los ladinos, ejemplificados por Leonardo Cifuentes, han asimilado las lecciones de la historia y aprendido de ellas las tácticas necesarias para imponer y mantener el control, los indios son definidos como actores de un escenario muy diferente donde el tiempo, las experiencias y la razón se ven subordinados a la magia primordial y a los mitos del sacrificio y la resurrección (los cuales están sugeridos en el titulo de la novela que enlaza irónicamente la resurrección de Cristo con la frustrada redención de los indios).

La otra fuente de contradicciones incluye combinaciones de forma y significación ideológica, que son, en algunos aspectos, históricamente progresistas y socialmente críticas, mientras en otros parecen regresivas o cuasivas. Un aspecto positivo de particular relieve es que Oficio de tinieblas exhibe la red de interrelaciones de indios y ladinos como factor determinante de la vida y la historia india. Que esta red ha existido desde la Conquista, es algo que queda claro en los flashbacks de la novela y en las referencias que se hacen a fragmentos de experiencias anteriores, tanto de personas como de grupos. La interpretación de los dos mundos echa por tierra varios lugares comunes de la ficción indigenista anterior y al ser mostrada en toda su áspera asimetría por Rosario Castellanos, resulta tan profundamente arraigada y tan penetrante como en el mundo blanco y negro de Yoknapatawpha County, de Faulkner. Dada la posición de superioridad de clase del ladino, largamente reforzada por la ideología del racismo, la interdependencia aquí no alivia la explotación; antes bien, constituye su vehículo. En el momento histórico y social de su publicación, este aspecto de la novela venía a poner en tela de juicio las teorías integracionistas, que bajo un revestimiento terminológico estructuralista, volvían a debutar en las páginas de Alfonso Caso y Gonzalo Aguirre Beltrán. Esas “regiones de refugio” teóricas en las cuales, por medio de un fomento de la interpenetración, el gobierno trataría de mejorar la suerte no sólo de las comunidades indias, sino de regiones enteras como la sierra de Chiapas, toman una coloración diferente si las comparamos con las implicaciones trágicas que aparecen en oficio de tinieblas.

Con respecto a la historia, por lo tanto, este libro de Rosario Castellanos funciona como un libro desmitificador, tanto en términos de su referencia inmediata -el México cardenista-, como en su implícita relevancia para los lectores contemporáneos de los años sesenta, hacia quienes estaba destinado. Ofrece (como sólo podría haberse hecho desde dentro de las estructuras sociales de Chiapas) una visión detalladamente crítica de los fracasos de las políticas de intención reformista, que pretendían mantener las mismas estructuras básicas.

En todos estos sentidos, Oficio de tinieblas funciona de acuerdo con las mejores tradiciones de la narrativa crítica, examinando y desmitificando los valores oficialmente difundidos. Lo que limita o parcialmente contradice este admirable papel, es su pesimismo sociocultural, el tratar al indio como un sujeto incapaz de entender su pasado o de analizar su presente, y al ladino como alguien que permanece congelado en un inalterable y rígido sistema social corte capitalista y agrario.

Este pesimismo también envuelve a los que buscan el cambio, cuyas intenciones benignas son, a lo más, ingenuas y, en el peor de los casos, arteras y traidoras.

Una manera de resumir la significación de estas dos fuentes de contradicción es examinar las tendencias ideológicas que contribuyen a nutrirlos. Enumeradas rápidamente tales tendencias son: 1) El examen crítico de las debilidades tanto del liberalismo como del relativismo de la antropología cultural norteamericana y transmitida, tal cual, a México a través de las formulaciones de Gamio. En efecto, la noción, idealista y bien intencionada, del mejoramiento de la suerte india por medio de programas de reforma generosamente concebidos que llevarían finalmente a una acumulación menos dolorosa, no puede menos que sucumbir frente a la aspereza convincente de los desgastes de raza y clase patentizados en la novela. Pero el problema de la escritora es que, habiendo comprendido la falsedad y la ingenuidad del relativismo cultural, debe continuar ateniéndose a ese realismo perspicaz de la clase terrateniente al cual ella se oponía en otros aspectos, pero cuyas visiones del “primitivismo” Indio la habían afectado desde la infancia. 2) El freudismo, presente en los análisis psicológicos de sus personajes y en la incorporación de algunas técnicas como el monologo interior. Las nociones de sublimación, subconciencia y represión pueden ser identificadas en las conductas psicológicas de algunos personajes. Este conocimiento de los principios freudianos asimilados en forma crítica y hábil, permite a la escritora ahondar en la caracterización individual, sobre todo de mujeres, centrándose de preferencia en las motivaciones y temas sexuales. En virtud de ello, vemos que la novela hace un muy buen análisis, por caminos hasta entonces inexplorados dentro de la tradición narrativa mexicana, de las interconexiones entre los mecanismos de dominación tanto de clase como raciales y sexuales. 3) El pensar marxista. Las reveladoras distinciones de índole clasista que se observan en el mundo ladino, la interpenetración social de base económica entre San Cristóbal y San Juan Chamula, la visión crítica de los mecanismos de dominación (que incluyen la paranoia racista), el recurso al catolicismo como una especie de mano blanda aculturadora, en fin, el empleo de la fuerza represiva y de la violencia, todos estos aspectos analíticos del mundo de Oficio de tinieblas responden a la influencia de conceptos marxistas. 4) Finalmente, no hay duda de que Rosario Castellanos estaba escribiendo, a principios de los años sesenta, desde una posición existencialista. De ahí la soledad de su voz, la rectitud de su protesta moral y, al mismo tiempo, la poca claridad de su llamado a los lectores y escritores; de ahí también la peculiar confirmación de su propio sentido del compromiso y de la responsabilidad moral sartreana, por un lado; por el otro, los intentos fracasados por trascender completamente la (muy antigua) ideología de la dominación. En consecuencia, en algunos casos la novela caracteriza al indio como un paradigma de nobleza e inocencia, mientras que en otros, no puede menos que retratarlo como un ser instintivo y salvaje. Tales límites no dejan mucho espacio a la autodeterminación. Del compromiso existencialista también se deriva una atención intelectualmente iluminadora pero pesimista, una angustia individual pero visionaria. En todo caso, lo que queda excluido de este esfuerzo por la lucidez, es cierta fe en las posibilidades colectivas que podrían haber surgido de la solidaridad con un grupo. Eso explica, en parte, la ofuscación del indígena ante su historia, su incapacidad para percibir como posible verosímil una alianza entre indígenas mexicanos. La caída de las mujeres ladinas en la alienación y en la desesperanza, como la de los lideres tzotziles en el silencio degradante del exilio, quedan explicados de ese modo. La crítica social, la sensibilidad psicológica, la conciencia de la opresión y de sus de clase, raza y sexo aparecen como posibles en la novela; pero se ven adelgazado también por ese penetrante tono si tan característico de la autora.

Sin embargo, acaso lo más importante, de Oficio de tinieblas es que enriquece sintetiza y concentra la tradición narrativa indigenista. Mucho más significativo aun el hecho de que la novela de Rosario Castellanos fuera publicada en un momento sumamente difícil: un momento de estancamiento político, de acomodo a la agresiva penetración de los intereses económicos y políticos de los Estados Unidos cuyos fines mediatos e inmediatos eran dar solidez definitiva a las estructuras de la dependencia neocapitalista en México. La política subsiguiente hacia el indígena se vio caracterizada por una benévola negligencia, una tendencia hacia la planeación social y la asimilación paternalista impuesta por el INI. Pero la novela exhibe otros valores. Contra sus imperfecciones e incongruencias formales e ideológicas, Oficio de tinieblas logra dar cuerpo a un tratamiento profundamente crítico de la opresión en términos mucho más analíticos que los anteriormente registrados en las letras mexicanas. La narradora teje con gran eficacia una trama causal donde quedan relacionados los factores de clase, raza y sexo. De ese modo desafía, por un lado, la autenticidad de la propaganda oficial de los años sesenta, y por el otro, se enfrenta a esa visión retrospectiva y convenientemente lírica de los logros del cardenismo revolucionario. Otro rasgo distintivo de Rosario Castellanos es su intensa sensibilidad ante las angustias del indígena y la enajenación de las mujeres. Pero sobre todo sorprende su capacidad para representar literariamente como el racismo no sólo oprime sino además exige un precio -la degradación humana del grupo dominado- que sólo un puñado de individuos del grupo dominante no se ve precisado a pagar. Así Oficio de tinieblas se opone a la complacencia oficial ampliamente aceptada, toma riesgos ideológicos mucho mayores y, al mismo tiempo, denuncia una obsesión cara a cara la autora: que la novela no debe acomodarse ni acomodar a sus lectores a las interpretaciones de la historia ya sancionadas oficialmente.