Uno de los errores más comunes del último siglo y medio ha dicho que las masas son la suma de muchas voces cuando, en realidad, se tratan de la anulación de la voz individual para convertirse en la de la uniformidad. Las virtudes de la multitud son otras, esa no es una de ellas.

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Al toro por los cuernos para clavar la estocada. Diría si no se molestaran los contrarios a la fiesta brava —con los que estoy de acuerdo, por cierto. No vaya a ser que alguien entienda lo que no he mencionado—. O tal vez, recordando a Oscar Wilde, sea que todas las precauciones son pocas cuando se trata de elegir enemigos. Yo no tengo ni uno solo que sea estúpido. Al final, y es algo que no sucede exclusivamente en México, si seguimos como vamos ya no podremos hablar y escribir de nada sin ofender a un sujeto sobre el que no hemos pronunciado el más fugaz verbo o predicado.

Desde hace días se me encrespan los pelos de la barba. Arriba de la frente cada día tengo menos. No he dejado de preguntarme dónde estamos parados, con la retahíla de absurdos que le vinieron a Nicolás Alvarado por un texto que si bien puede ser torpe —mi subjetividad no me da más licencia— por más que releo no me lleva a los senderos que han tomado tanto numerosos enfurecidos, como la Universidad Nacional Autónoma de México y un organismo de gobierno que peca de sobreinstitución en el país donde hemos hecho de las instituciones una burla mayúscula.

El texto que Alvarado escribió del Divo de Juárez ni carga con lo que se ha acusado, ni lo que se acusó debe caer en las diatribas de la última semana. Aunque en el amor por lo efímero ya escucho que el tema es pasado, me niego a claudicar en algo que veo con temor por sus posibilidades futuras. Durante años discutí con la idea de lo que al menos hace tiempo se le llamaba: lectura de comprensión. ¿Cómo es posible leer sin entender lo que está en las páginas cuando el mero acto pide la comprensión sobre lo escrito? El tiempo me enseñó mi limitación. Sí se puede leer sin entender nada.

Son pocas las cosas que, como el lenguaje, muestran el desarrollo de las sociedades. No se trata sólo de las palabras, es su uso, sus trucos y herramientas. Qué hacemos con el lenguaje y cómo lo entendemos, dejan ver qué tanto avanzamos en una línea donde el deterioro trae de vuelta los primitivismos y en dirección contraria se descubren las vías de la pluralidad. A su amparo, tanto la UNAM como el CONAPRED han caído en sinsentidos peligrosos. Enaltecieron la retórica del opuesto y desenmascararon sus contradicciones.

Se ha dado por cosa juzgada, sin reparar en que el intento de ironía que traía el texto terminó en el espejo irónico y cóncavo de nuestra sociedad. Leo en un par de críticas que su mal cometido dejó ver insensibilidad. ¿A quién? ¿A la lentejuela? El párrafo homicida dice:

Las cursivas en clasismo son mías, y las pongo porque en ellas encuentro el origen de mi problema con Juan Gabriel (y digo mi problema porque es mío y no suyo, porque en vida o en muerte a Juanga le vengo guango). Creo que a estas alturas no necesito acreditar el respeto que me inspiran ciertos productos de la televisión comercial ni mi afinidad por la cultura gay. Mi rechazo al trabajo de Juan Gabriel es, pues, clasista: me irritan sus lentejuelas no por jotas sino por nacas, su histeria no por melodramática sino por elemental, su sintaxis no por poco literaria sino por iletrada. Y sé que la pérdida es real y que es enteramente mía.

Asumo que en un país donde las comillas han perdido importancia, la anotación sobre cursivas pasa desapercibida. ¿Qué son las formas de estilo?, se ha proclamado desde todos los niveles. También imagino que las dos instituciones que dictaron sentencia no tardarán en mencionar un texto de Carlos Monsiváis en esta misma revista que entre paréntesis se titula: (Notas sobre la estética de la naquiza), o bien, acerca de una canción que en la farsa amenaza: “Sabes que no descansaré hasta verte a mis pies. Voy a hacer que tú, hincada, me pidas perdón y me implores amor delante de tu amante”. En la firma de las condenas, sólo hablará una raza por un sólo espíritu. De encontrarse con alguien que desconozca a Vasconcelos, quién recordará su estirpe cósmica.

Nos damos cuenta de que la construcción de una oración importa. De escribir sin más los adjetivos se especularían virtudes sobre ellos aunque se hubiera querido disponer lo contrario y, de la misma manera, caerían en desprecios que a falta de contexto se diluirán sin dejar ver un tono amable. ¿En qué momento Alvarado se ufana de un clasismo que se burla del que escribe? La poca claridad de su artículo permitió confusiones, pero eso no es problema de nadie más que de él. Equivocarse en los cómos no es materia de los qués.

Es grande el riesgo de partir de una premisa equivocada. Al no entender o no saber cómo hacer entender una ironía, ésta cayó en sus consecuencias. Apareció la soberbia envuelta en una falsa dignidad. Fracasó en su efecto inmunizador de intolerancias, en su oposición a lo geométrico. Los polos del bueno y del malo. La ironía es demasiado cruel para ser graciosa, de acuerdo. Ronda lo frívolo por naturaleza; la ironía mal lograda deja de coquetear con lo superficial para hacerse superficie. Ninguna de las dos es pecado.

Otra crítica ronda los aplausos al juicio. Se acepta la intención fallida mientras se espeta el reclamo: debía esperar más tiempo. Tal vez. Él así lo ha aceptado. ¿Quién dirá los cánones a seguir para escribir de lo que sea cuando se venga en gana? Quizás ese sea el primer módulo del curso de sensibilización que se le ha propuesto tomar a un autor sin las mayores simpatías. ¿Vale más ser carismático si se quiere opinar de cualquier cosa? Somos tan progresistas que, de nueva cuenta, al Estado le pedimos la encomienda de educar los modos disidentes. Salió el México maoísta. Tres semanas si el difunto no es muy popular. Guarde su pluma por dos años en caso de llenar estadios. Que quede claro, no quise ofender a Mao.

Ese es mi principal conflicto, me rehúso a correr el riesgo de que el discurso bienintencionado marque los límites de quién se expresa. La Historia —y más la reciente en este país— nos da razones para querer evitarlo.

¿Que era un funcionario y la vara mide distinto los centímetros? Relea, señor juez, busque en la oración el sujeto de la ofensa. Sujeto, verbo, predicado.

No son pocos los ejemplos de sociedades en las que cuando sus esquemas fallan, éstas se vuelcan en sus más ínfimas certezas. Al puritanismo no se le da escarbar más allá de lo evidente, se queda en él y estaciona. Su espíritu no tiene por qué gustar del debate.

 

Maruan Soto Antaki
Escritor. Ha publicado: Casa DamascoLa carta del verdugoReserva del vacíoClandestino y Pensar Medio Oriente.

@_Maruan

 

10 comentarios en “Es la lentejuela, carajo

  1. En efecto, Nicolas Alvarado nunca insulto a Juanga, ni por homosexual, ni por “naco” (un poco si), e incluso aclaro que a él no le gustaba el Divo de Juárez y que ese era SU (de Nicolas) problema. Lo que no entendieron las masas fue su muy culto y rebuscado lenguaje y les pareció, lo que aparenta con mucho empeño y consigue con igual éxito: ser mamón! Y el adjetivo no es insultativo, sino ilustrativo. Claro que esa percepción es SU (de las masas) problema. En este mundo donde ya nadie se entiende, ni quiere hacer nada por lograrlo, se nos ha hecho la piel muy delgada y muy sensible a todo como para pedir la cabeza de cualquiera.

    • Esa es SU (de Usted) muy particular y respetada opinion con la que coincido en parte. Efectivamente por mamon, inoportuno y protagonico, Alvarado se llevo un merecido coscorron, quiza demasiado feroz para algunos, pero los errores se pagan caros sobre todo los de soberbia. ¡Bien por la UNAM al haber prescindido de sus servicios! no por expresar su opinion sobre Juanga ( nos vino guanga) sino, repito, por mamon, protagonico e inoportuno, y agrego, por no tener los meritos necesarios para dirIgir TV UNAM.

  2. A mi tampoco me ha gustado Juanga nunca, pero tampoco la forma ni el momento, no el fondo de lo que dijo Nicolás Alvarado y Maruan Soto Antaki, quien lo secunda en lo esencial. Lo diré en forma más sencilla: si algo no te gusta, no te lo comas, no lo veas, no lo leas o no lo escuches o retírate. Recuerdo palabras mejores que las mías y fueron de Raquel Tibol cuando dijo “No me gusta Beethoven y qué”.

      • No entendiste Esteban Sánchez. Este es un foro y se opina de lo que se escribe y puede decirse me gusta o no. El artículo de Alvarado sobre Juanga no me gustó y estoy en mi derecho de opinar, pero de ahí no debes concluir que todo lo que escribe Nicolás Alvarado no me gusta porque no lo dije y fueron poquitas palabras las que escribí, así que vuelve a leerlas para a ver si lo entiendes.

  3. Ah, el viejo truco de “estaba mal escrito y no se entendió”. Yo sí. Punto uno: Alvarado manifiesta ser clasista. Punto dos: Se queda tan Pancho y se va a oír “Soy snob”. No está muy complicado: un funcionario de su nivel no puede publicar eso sin consecuencias. Bien por Graue y la UNAM.

    • Exacto, solo una nota; bien por la UNAM, Graue puso ahi a Alvarado por dedazo suyo sin apegarse al proceso de seleccion de la institucion, sabia habia personas mas calificadas dentro de la UNAM, pero prefirio al subproducto de Televisa

  4. No hay razón para dudar de la sinceridad de Alvarado. Por el contrario, lo que extraña es la naturalidad con la que admite los parámetros con los que descalificó un objeto cultural que dice desconocer (explica que en su casa sólo hay dos CD de Juan Gabriel, propiedad de su esposa). El regodeo en su ignorancia evidencia una pobreza intelectual que por sí sola basta para probar su incompetencia para dirigir un espacio cultural público como TV UNAM. Pero al enunciar sus prejuicios, Alvarado mostró el síntoma de un problema mayor: la abismal diferencia de clases en México, resultado en parte de la sistémica discriminación ejercida desde espacios culturales y educativos que inferiorizan expresiones artísticas “iletradas”. Creo innecesario insistir en los méritos artísticos de Juan Gabriel después de la puntual respuesta que el músico Yuri Vargas publicó en la revista electrónica Círculo de poesía o la columna del periodista juarense Jorge Humberto Chávez Ramírez en el Dallas Morning News que explicó cómo Juan Gabriel “redefinió la música moderna mexicana desde el pop hasta el mariachi tradicional”. Lo que me interesa aquí es señalar que los comentarios de Alvarado son producto de un clasismo consecuente con un habitus cultural que legitima a una clase intelectual en la cual exabruptos como el de Alvarado no sólo son tolerados sino que son constitutivos de la clase misma.

  5. Éste artículo de Maruan Soto, a quien por cierto leía con mucho interés desde que él estaba en el portal SinEmbargo de Zepeda Paterson, es otra  muestra la perniciosa y sistémica división de clases, el desprecio a la cultura popular y el sentimiento de superioridad que detentan muchas figuras intelectuales en México.
    Quienes han intentado defender a Alvarado, en este caso Maruan Dotó aqui en Nexos, implícitamente aceptan que ese discurso racista es bien visto en los no-nacos. De allí que lo apunten como un caso de persecución de la opinión. La medida que la CONAPRED emitió en primera instancia es la correcta pues, lejos de censurar, reconoce que quien ocupa un cargo público no puede decir lo que sea. La autorregulación entre entes públicos siempre será un respiro a favor de la libertad de expresión.

    Eso si, reconozco la sinceridad de Alvarado. Por el contrario, lo que extraña es la naturalidad con la que admite los parámetros con los que descalificó un objeto cultural que dice desconocer (explica que en su casa sólo hay dos CD de Juan Gabriel, propiedad de su esposa). El regodeo en su ignorancia evidencia una pobreza intelectual que por sí sola basta para probar su incompetencia para dirigir un espacio cultural público como TV UNAM. Pero al enunciar sus prejuicios, Alvarado mostró el síntoma de un problema mayor: la abismal diferencia de clases en México, resultado en parte de la sistémica discriminación ejercida desde espacios culturales y educativos que inferiorizan expresiones artísticas “iletradas”. Lo que nteresa señalar aquí es que los comentarios de Alvarado son producto de un clasismo consecuente con un habitus cultural que legitima a una clase intelectual en la cual exabruptos como el de Alvarado no sólo son tolerados sino que son constitutivos de la clase misma.

    Sobre su cargo en Tv UNAM, Nicolás y los demás servidores públicos de cualquier rango deben someterse a un mayor escrutinio por parte de la ciudadanía, allí descansa su posición de servicio. Además, mientras se ostentan como tal, su esfera de ejercicio de derechos se encuentra disminuida. La razón es simple: en su tarea pública la obligación principal es la protección de los derechos de las personas por encima de los propios. En este principio radica la posibilidad de que quien ocupa un puesto público pueda ser responsable de sus actos, pues se puede evaluar si protege o no el interés general.
    Alvarado al aceptar ése cargo de alta responsabilidad en la UNAM se vuelve no sólo un servidor público sino también una de las caras públicas de dicha institución. Cuando habla un alto cargo universitario, la que habla es la UNAM. Y que un alto funcionario universitario muestre públicamente su rechazo ante cierta música o cierta apariencia del cantante con un término cargado de clasismo despreciativo es inaceptable. Las palabras expresan determinados valores y cierta perspectiva política.
    Naco es una palabra que implica desprecio y genera diversas formas de ofensa, malestar o resentimiento. Ante la constatación de la agresión que producen ciertos epítetos, en varias sociedades se ha desarrollado el concepto de “discurso de odio”. Tal vez habría que analizar si la variante del “discurso despreciativo” cabe dentro de esa conceptualización.

    Las palabras escogidas por Alvarado, como “naco” –no, no calificó a las lentejuelas sino a quien las usa—, tienen una connotación claramente racista, inaceptable en un funcionario público. Quizá la normalización de estas expresiones no nos permiten observar cómo al usarlas se invisibilizan ofensas concretas a ciertos grupos sociales por su condición racial. Como ha sostenido Federico Navarrete, el uso de la palabra naco “tiene una función doblemente discriminatoria: en principio todos los morenos pobres están en peligro de ser despreciados como nacos, pero los que mejoran de “condición” son objeto de renovado escarnio por “advenedizos”, es decir, por intentar escapar en vano del lugar de inferioridad que les corresponde en el imaginario de quienes se creen mejores que ellos”.

    Naco/a es un término con gran connotación clasista. Esa palabra tiene un uso coloquial despectivo que se refiere a la “Persona tonta, ignorante, vulgar”; califica a una “Persona de bajos recursos, despreciada por su estrato sociocultural bajo” y también se usa para describir “algo vulgar, sin refinamiento”.
    Nicolás Alvarado (el escritor/periodista) puede criticar lo que quiera pero en su artículo despectivo sobre Juan Gabriel falló en otros dos puntos:
    1. Trabajó en Televisa y en ningún momento dijo allí que esa empresa ha explotado lo populachero hasta tocar cotas de escándalo. Además, siempre ha manejado en tono bufo la imagen del homosexual, jamás lo ha separado de papeles ridículos, “lentejuelosos” y por ello risibles; Televisa acepta al gay, pero para que sea inofensivo lo ha hecho aparecer indefectiblemente como “loca” y como “naca”, dos condiciones que Alvarado detesta.

    2. “Mi rechazo al trabajo de Juan Gabriel es, pues, clasista”; escribió. Asumirse como perteneciente a otra clase (es evidente que a Alvarado los recursos materiales no le faltan, así que no necesita decirlo) resulta imprudente en un funcionario de la UNAM, espacio académico que se supone no debe fomentar esa visión de la realidad. Alvarado puede sentir y puede pensar que pertenece a otra casta, pero no expresarlo porque una universidad pública —esto es elemental— supone un origen no pudiente en la mayor parte del alumnado.