Monte de Piedad 7.
Aquí estuvieron las Casas viejas de Moctezuma, de las que salieron los españoles en junio de 1520, cargando el tesoro que se perdió en la Noche Triste.


Moctezuma descendió del palio en el que lo llevaban en andas. Cortés le obsequió un collar de vidrios y trató de abrazarlo. Era el 8 de noviembre de 1519. El principo del fin de México-Tenochtitlan.

Ese día Cortés y sus hombres fueron aposentados en el inmenso palacio de Axayácatl, que en el Códice Mendoza quedó marcado como “Casas viejas de Moctezuma”. En ese palacio se encontraban la sala de Consejo de guerra, y el “trono y estrado de Moctezuma, donde se sentaba a cortes y a juzgar”.

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Ilustración: Kathia Recio

Uno de los soldados españoles advirtió que en un muro del palacio había una puerta recién tapiada. Cortés le ordenó abrirla. Adentro había “un inmenso tesoro”: “todo lo que debajo del cielo hay”. Los hombres de Cortés recibieron la instrucción de tapiar la puerta nuevamente y guardar silencio sobre lo que habían visto. En esa habitación se concentraban los tesoros de los tlatoanis anteriores, entre ellos el de Axayácatl, el padre de Moctezuma. Ahí estaba el oro que Cortés mandó fundir y convertir en barras antes de abandonar la ciudad y hundirse con sus hombres en la Noche Triste.

Consumada la Conquista, el capitán se apropió de aquel palacio y levantó la célebre residencia que parecía “una ciudad dentro de la ciudad”: su perímetro abarcaba las actuales calles de Madero, Monte de Piedad, Tacuba e Isabel la Católica. A los descendientes del conquistador les fue imposible, sin embargo, mantener la propiedad, y a principios del siglo XVII decidieron fraccionarla.

Pedro Romero de Terreros, el conde de Regla, fundó muchos años después (25 de febrero de 1775) el Sacro y Real Monte de Piedad, “para proporcionar alivio a la población menesterosa”. Francisco Caravantes empeñó ese día un aderezo de diamantes por el que le prestaron 40 pesos. En 1836 el Monte instaló su sede en el sitio donde alguna vez estuvo el palacio de Axayácatl: donde alguna vez brilló “todo lo que debajo del cielo hay”. La historia, de algún modo, había dado una vuelta perfecta.

 

Héctor de Mauleón
Escritor y periodista. Autor de Roja oscuridad. Crónica de días aciagos, La ciudad que nos inventa, La perfecta espiral y El derrumbe de los ídolos, entre otros libros.