Vi un comentario de Gustavo Hirales en su página de Facebook donde, sin mencionar que hubiera muerto Juan Gabriel, dejaba traslucir algo así. Me fui a la página de Milenio y allí estaba: “Murió Juan Gabriel a causa de un infarto”. Puse de inmediato comentario en mis grupos de Face y en Twitter: “Mi deuda con Juan Gabriel es impagable…”.

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Comenzaron las preguntas sorprendidas al respecto: no lo conocí ni lo vi de lejos, nunca fui a uno de sus conciertos. Alguien sugirió que por ser un icono gay. Lo negué. No lo sentí así nunca. Mis iconos gays son Aquiles y Patroclo o, más cerca, Walt Whitman. Y en música popular Ricky Martin desde que enlistó agradecimientos por un premio y añadió: “And to my boyfriend…”. ¡Bravo!, grité porque, si bien todos lo sabíamos (siendo menor de edad lo admitimos en mi bar El Taller), esa claridad es lo que falta para dar ánimo a tanto jovencito que no ve otro camino que el suicidio.

¿Entonces? A Juan Gabriel le debo la expresión de un sentimiento que en mí es constante: “Sólo yo te quise”. Ante la insistencia en Facebook (en Twitter los diálogos son imposibles), rasqué un poco en esa emoción y dije: es que tengo hasta un poema, dedicado al amor de mi vida, Pepe Delgado, veterinario de especies mayores: vacas, cerdos, caballos, que odiaba los perros. Lo publiqué dedicado a pesar de saber que era casado. Un poema largo y malo. Pero el final me sigue gustando y lo incluí en El sueño y la vigilia, Ediciones Sin Nombre/Conaculta.

         FRENTE A TROYA

…Pero creo, querido Patroclo
por quien me he vuelto casto,
que sólo yo, tu Aquiles,
incendiaría Troya por ti
sosteniéndote herido en mis brazos.

Dicho de otra manera: Se me olvidó otra vez que sólo yo te quise… Un reclamo injusto de mi parte, porque me quiso mucho y lo demostró. Pero es una pena no gay ni buga, universal. Está definido de forma insuperable por Juan Gabriel y, acabo de descubrir, por Billy Collins. Pongo un fragmento de mi traducción:

         EL QUE RESPIRA

En toda esa dulzura, amor, deseo,
no he sido sino yo al teléfono
que corre a responderlo en otro cuarto

para encontrar que nadie hay en la línea,
bueno… a veces un aliento,
pero con mayor frecuencia nada.

Pensar que todo este tiempo,
que incluye navegar en velero,
abrazarse en aeropuertos, y todas esas copas,

no ha habido nadie sino yo con dos teléfonos,
uno en la pared de la cocina
y una extensión arriba en el oscuro cuarto de visitas.

Hay tres canciones que no pongo nunca porque acabo llorando: una griega (por supuesto), una israelí y otra de Juan Gabriel. En ese orden: “La carta”, cantada por Dalaras: “Cuando recibas esta carta yo estaré muy lejos, así aprenderás a no jugar con dos corazones y que no caben dos amores en un corazón”, es la canción que se oye salir por una ventana en las últimas páginas de mi novela Agápi mu (Amor mío); la segunda es un salmo de David musicalizado de forma bellísima en Israel e interpretado por un niño, un ángel de voz prodigiosa, Mishel Cohen, el salmo No me abandones. Y la tercera es de Juan Gabriel: Se me olvidó otra vez.

 

Luis González de Alba

 

Un comentario en “Juan Gabriel y yo

  1. Valiente, inspirador e inesperado por mi, yo no pienso que la gente grande y admirable tenga que identificarse, pero es hermoso el texto y bienvenida la transparencia