La efímera presidencia de Agustín Basave al frente del Partido de la Revolución Democrática representó un experimento político natural que pasó relativamente desapercibido en la discusión pública. Un hombre de ideas, estudiado en la Universidad de Oxford, se dio a la tarea de sacar al partido del sol de la corrupción y la precariedad electoral para convertirlo en una fuerza política exitosa en la vanguardia de la socialdemocracia. Basave simbolizó ese puente deshabitado que parte desde la teoría política, la academia y su torre de marfil y concluye en el lodo de la praxispolítica mexicana. Entender la colisión y el ulterior fracaso del intelectual frente a las tribus perredistas puede arrojar luz a la hoja de ruta de todos aquellos que aspiramos a hacer del conocimiento una herramienta hacia la utopía.

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Ilustración: Víctor Solís

Surge, sin embargo, una necesaria pregunta previa: ¿en qué consiste el ideario político de Agustín Basave? A finales de 2015, como diputado federal del PRD y precandidato a la presidencia del partido, Basave publicó La cuarta socialdemocracia. Dos crisis y una esperanza, bajo el sello ibérico Catarata. A partir de una idea que brotó durante las elecciones de 2006, Basave optó por adentrarse en el atávico debate entre izquierdas y derechas. La cuarta socialdemocracia es un texto nítido, ordenado y, para mi sorpresa, repleto de ideas.

Desde el comienzo Basave abraza el medio aristotélico entre socialismo y liberalismo, llamándolo socialdemocracia. El autor acentúa las contradicciones internas del capitalismo pero lo hace citando a Hobsbawm, a Piketty y a Stiglitz, desestimando explícitamente a Lenin, a Marx y a Engels. El rango de las ideas, sin embargo, va más allá de lo estrictamente político y también de la nomenclatura tradicional de izquierdas: entre citas de Jean Jacques Rousseau, de Adam Przeworski, de Isaiah Berlin y de Friedrich Nietzsche, Basave teje un interesante ejercicio de conjeturas y provocación ideológica.

Se trata de un libro esencialmente distinto a los textos de políticos mexicanos: hay propuestas claras, pensamiento genuino y manifiesta erudición. Temprano, en las primeras páginas, Basave anuncia la simetría entre izquierdas y derechas, en tanto las primeras favorecen la igualdad a costa de la individualidad, las segundas invierten las prioridades. En el origen, escribe el autor, la derecha nace del cálculo, mientras la izquierda brota de la indignación.

Basave ordena el libro cronológicamente alrededor del concepto teórico y la concreción histórica de la socialdemocracia. El primer capítulo, por mucho el más denso en historia de las ideas, ahonda en el pensamiento de Eduard Bernstein, probablemente el teórico político más influyente para su propio ideario. Basave equipara la trayectoria de Bernstein con la del Partido Socialdemócrata de Alemania y describe geométricamente su trayectoria histórica en forma de una elipse evolutiva: de la curiosidad intelectual y el desapego frente a la doctrina marxista pasó a la militancia dogmática del canon de Marx y Engels, para posteriormente llegar a un eventual revisionismo crítico que, no obstante, desistió en emanciparse por completo del materialismo histórico y la dictadura del proletariado. Para Basave la clave del pensamiento de Bernstein radica en optar por el voto sobre la revolución, el ánfora y no la pólvora, como camino hacia el progreso. A esto llama la primera socialdemocracia, que coloca entre 1875 y 1945.

El segundo momento está ubicado durante buena parte del siglo XX, ilustrado por la alianza electoral obrera con campesinos y la pequeña burguesía, caracterizado por el despliegue de la socialdemocracia nórdica que terminó superando a su progenitora germánica. Es en este momento cuando la democracia socioliberal alcanza su apogeo y, desde las urnas, termina engullendo la vía marxista de las armas. La cima de la socialdemocracia comienza tras la Segunda Guerra Mundial y la construcción de los Estados de bienestar, con la aportación imprescindible del keynesianismo. Basave llama a este episodio la Treintena Gloriosa (1945-1975) que desemboca, no obstante, en el neoliberalismo de los años ochenta.

La fractura del socialismo democrático y su vuelta hacia la derecha liberal es la tercera y última socialdemocracia. Este tercer estadio se caracteriza por “el encogimiento del Estado benefactor y la adopción de una política económica cada vez más apegada a la ortodoxia neoliberal”. La última etapa, que llega a nuestros días, descansa en la premisa del homo economicus: la suma de todos los egoísmos proveerá prosperidad colectiva. Se trata de una invocación, según Basave, del realismo mágico más puro.

Tras un soliloquio sobre el progreso de la socialdemocracia en América Latina, mínimo y poco original pero completo, Basave cierra con una parte propositiva: la cuarta socialdemocracia. Las dos crisis que aparecen en el subtítulo se refieren a la sumisión de la política frente al poder global del capital —a la Bernie Sanders— y, subsecuentemente, a la poca legitimidad democrática de las instituciones representativas que obedecen a los empresarios e ignoran a las mayorías. Según el autor “la gran asignatura pendiente de la democracia es separar el poder político del económico”.

En su llamado a repensar la izquierda, empantanada desde la caída del muro de Berlín, Basave propone blindar a la democracia de volverse una plutocracia liberal a través de un nuevo diseño institucional: un cuarto poder bajo el diseño de pesos y contrapesos de Locke y de Montesquieu, una suerte de tribuno de la plebe al estilo republicano de Roma que “incidiría transversalmente en los tres poderes tradicionales, un órgano colegiado completamente apartidista cuyos integrantes serían electos por votación popular universal (alguna modalidad de sorteo podría ser incorporada parcialmente) y serían obligatoriamente personas sin militancia en ningún partido político”. Su función sería integrar órganos autónomos, rectificar las decisiones legislativas y judiciales “más trascendentes“, así como elegir al jefe de Estado, pues asume Basave su operación bajo una nueva Constitución que instalaría un sistema parlamentario, al estilo de Westminster.

Sin duda estamos frente a un político intelectualmente notable: un contundente contrapunto frente a la abierta ignorancia de La silla del águila de Krauze que pronunció Peña en la Feria del Libro —y, por tanto, una muy digna cabeza de la izquierda mexicana. Pocas plumas como la de Basave demandan tan frecuentemente consultar a la RAE. Por desgracia, en reiteradas ocasiones su arsenal lingüístico no obedece a la precisión de brocha fina y la búsqueda de le mot juste de Flaubert, sino a la pretensión rimbombante. No obstante, es un texto cabalmente escrito y, reitero, con propuestas inteligentes —aunque ciertamente perfectibles— y con ideas vanguardistas que proponen la reestructuración de nuestra arquitectura política institucional.

Basave es un pensador ecléctico que se oculta bajo el velo de Rosa Luxemburgo. El autor se dice abiertamente de izquierda y ataca el capitalismo y el liberalismo económico. No obstante, suscribe el mercado, reconoce sus efectos positivos, abraza la posibilidad de un pacto con el gran capital, defiende el cuerpo de derechos que emanan del liberalismo e incluso reconoce que “el velo de la ignorancia rawlsiano sigue siendo pertinente”. Ahí reside la mayor virtud del texto: Basave sigue una visión irrenunciablemente crítica, sin importar quién reciba el juicio. La refutación a Karl Marx no palidece frente a la de Adam Smith. Subrayo, sobre su visión hacia la cuarta socialdemocracia: “aludo a una serie de transformaciones en las instituciones […] una metamorfosis guiada no por la obsesión de una igualdad imposible e indeseable sino por el paradigma de la igualdad justa dentro de la diferencia fecunda”.

La cuarta socialdemocracia es ejemplar en el lúcido ejercicio del matiz, componente vital en las ásperas y comúnmente maniqueas indagaciones ideológicas entre derechas e izquierdas.En este sentido, la propuesta de Basave transgrede las fronteras de los espectros políticos, pues no plantea una batalla final entre socialismos y liberalismos sino que insiste en que la raíz de los males sociales es el afán de dominio excesivo, “una tentación humana que se da con déspotas públicos o con propietarios privados”. En su embestida final contra el egoísmo y la avaricia como motores actuales de nuestras sociedades, Basave se lanza a la reflexión de la naturaleza humana, propia de los filósofos políticos de peso.

Durante su breve presidencia Basave contribuyó en la victoria de las gubernaturas en Veracruz, Durango y Quintana Roo, tres estados sin transición democrática previa. No obstante, logró las victorias subordinado al Partido Acción Nacional y con candidatos, como el mismo Basave, emanados todos del Revolucionario Institucional. Es decir, el legado del mandarín al timón del PRD es apoyar al PAN en sustituir a priistas del presente con priistas del pasado. La presencia electoral perredista en Tlaxcala, Zacatecas y Oaxaca no se materializó en triunfos. La fuerza del partido del sol en el norte del país, de donde es Basave, permaneció anclada a la irrelevancia. Y, por supuesto, las abstracciones sobre la cuarta socialdemocracia jamás salieron de la torre de marfil.

No obstante, es probable que el desplome del PRD hubiera sido total sin Basave como intermediario de las tribus del partido, esos grupúsculos de ramplones corruptos —como René Bejarano y su Izquierda Democrática Nacionalque están en las antípodas de las ideas y la deliberación. La experiencia de Basave al frente del PRD deja una conclusión que no debemos ignorar: el Partido de la Revolución Democrática se ha traicionado a sí mismo, en tanto que ha demostrado su capacidad para pulverizar un franco intento por encender la llama de la rebelión del demos. Desde el Partido de la Revolución Democrática es imposible detonar, precisamente, una revolución democrática.

El laberinto de las tribus perredistas terminó por petrificar al intelectual. No significa que la vía entre las ideas y la praxis esté definitivamente clausurada pero el experimento de Basave frente al PRD demuestra que el partido de izquierda que debería defender el alza del salario mínimo, la redistribución de la riqueza, el combate contra la pobreza y contra la desigualdad —es decir, la cuarta socialdemocracia—, es un páramo secuestrado por intereses electoreros. No es arriesgado lanzar la hipótesis de que algo similar sucedería en el partido de izquierda que abraza la opción del caudillo mesiánico y redentor.

Antes de tomar las riendas del PRD, Basave propuso en la Cámara baja una iniciativa que buscaba contabilizar el voto blanco como expresión ciudadana en contra del sistema de partidos. Mientras mayor sea el voto contestatario, menor será el fondo presupuestario asignado al Legislativo. No es coincidencia que la columna institucional de la cuarta socialdemocracia sea un cuarto poder democrático y apartidista. En su lectura histórica Basave deposita la esperanza del presente en movimientos ciudadanos como Occupy Wall Street,el 15M de España y el #YoSoy132 mexicano. Una y otra vez Basave apuesta por la política libre de los partidos tradicionales.

¿Claudica el mandarín cuando abandona la cuarta socialdemocracia desde el PRD? Es una lectura válida. Un móvil igualmente plausible es la estrategia: pensar en Basave como un troyano que cede las riendas de la nave sabiendo que la deriva no sólo es ingobernable sino que el hundimiento es ulteriormente necesario. Dar un paso atrás para saltar dos hacia adelante. En todo caso, la moneda permanece en el aire. El puente entre conocimiento y práctica seguirá siendo transitado por generaciones futuras, idealmente distanciadas de los partidos de siempre. Las crisis que propicia la desigualdad exacerbada demandarán una vía genuina hacia la cuarta socialdemocracia. Tendrá entonces Basave una última oportunidad.

 

Arturo Rocha
Politólogo e internacionalista por el CIDE.