Ernesto Mallo editó y prologó la antología Barcelona negra (Siruela), mosaico narrativo protagonizado por “una ciudad que, una vez visitada, se queda grabada en el inconsciente”. Publicamos el relato de Mallo incluido en el libro. En el prefacio afirmó: “Barcelona tiene el cambiante color del mar en su afán por parecerse al cielo. Esta antología, que llamamos negra, me ha recordado al leerla que el negro es la suma de todos los colores”.

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No quiero despertar. Sigo entregada al sueño. Ese espejo de la vigilia que todo lo invierte. Cuando estamos despiertos suceden cosas que nos producen sensaciones; en sueños tenemos primero la sensación y luego armamos un argumento. Por eso debe ser que me gusta tanto dormir. Para poder darle la vuelta a las situa­ciones…, aunque a veces puede ser mejor dejarlas como están. El combustible de mis sueños es el deseo. Siempre soñé con ser una mujer poderosa, sin haber imaginado dos consecuencias de ello: una, que tenemos poco tiempo para dormir, y la otra, que a los hombres no les gustan las mujeres con poder. Bueno… a la mayor parte al menos. A mí siempre me gustaron los tipos con cabello oscuro, y cuanto más oscuro, mejor. Como el de quien ronca a mi lado, dándome la espalda, en esta madrugada fría. ¿Es Alfredo?, ¿me dejó, lo deseé, soñé que lo hacía, lo hizo? Sueño con una his­toria común, nos conocimos demasiado jóvenes, con demasiadas ganas de escapar del agobio familiar. Además del color de su cabe­llo me gustó su determinación, su seguridad y también cierto en­canto que convocaba el interés de algunas chicas. Siempre fui muy competitiva y, cuando una no tiene suficiente experiencia, suele sucederle que compita con otras por algo, simplemente porque ellas también lo quieren. Con el tiempo aprendí que hay premios que no justifican la carrera y vi desvanecerse aquella fachada de determinación y encanto. Él fue transformándose en un oscuro dependiente de oficina a quien se le valoraba la meticulosa proli­jidad para anotar números en las celdas de las planillas de cálculo y que, al final, las cuentas coincidieran con lo esperado. Abro los ojos: la noche comienza a clarear en las hendijas de la persiana. Me espera un día cargado de reuniones y exigencias, las de otros hacia mí, las mías hacia otros y las mías hacia mí misma. Puf. Mejor duermo un poco más. Sueño con Sterling, que la de anoche fue una intensa noche de amor, de esas que parece que nunca van a acabar y que, cuando lo hacen, me dejan rendida, exhausta y feliz. Sueño que me despiertan sus caricias. El hombre quiere más, lo noto, no son caricias inocentes, desinteresadas. Y, aunque no son tampoco directas, se adivina en el tacto la intención de ir a más, de ser correspondidas, retroalimentadas, estimuladas. Yo no puedo, ni quiero, ni debo rechazarlas. Aunque luego deba salir corriendo y atravesar la ciudad como un bólido para llegar a tiempo a mis obligaciones, no quiero perderme esto. Esto es la vida. La vida luego de tantos años dedicados al desarrollo profesional y al abu­rrimiento matrimonial a partes iguales. Lo dejo venirse a mí con esa mirada felina que se me mete dentro y conmueve todas mis convicciones. Rato más tarde me vienen a la cabeza aquellas pala­bras encantadas.

¿Cuándo nos volveremos a encontrar?

Cuando el batifondo haya terminado y la batalla haya sido ga­nada y perdida.

Despierto alarmada. Sí, mi trabajo es una sucesión de batallas, una alerta constante, un ganar y perder, pero no es una guerra porque las guerras terminan y esto es un guerrear sin fin. Ya llegué a donde quería, lo más importante de mi posición ya nadie me lo puede quitar. Es hora de dar mis batallas de otra manera. Otros irán al frente, mi función será planear y supervisar el campo de ba­talla desde la colina, con prismáticos, como los generales. Bendigo a San Whatsapp y mando el mensaje para que la reunión comience sin mí, que luego me uniré. Cierro los ojos y vuelvo a sus brazos y al perfume animal de nuestros cuerpos combinados. Me sumerjo con total impunidad en el segundo sueño. Ese que se hace por puro vicio, el voluptuoso dormir de quien ya está descansado, el darle rienda suelta a una gula de sábanas tibias, cojines como nubes. Estoy yendo al encuentro de Dany, mi amigo gay. No sé por qué, me he vestido muy sexi, por fuera, pero lo más llamativo va por dentro, con esas braguitas con diamantes. Voy descalza. Lo veo en la librería y, sorpresa, está conversando con Sterling. Lo conozco por la foto en la solapa de sus libros. Cuando vino a la empresa a dar una charla no pude asistir, estaba demasiado ocupada apagan­do algún incendio. Lo lamenté, había leído un libro suyo titulado Fiebre laboral, una serie de consejos para evitar quemarse en aras del desarrollo profesional. Llegó a mis manos por recomendación de Dany, que siempre me aconsejaba menos estrés y más placer. El ejemplar fue prematuro. Yo estaba demasiado comprometida, de­masiado segura de que quería hacer carrera, y toda consideración que me alejara de mis objetivos era automáticamente relegada. Sin embargo, algunos de los conceptos que contenía se quedaron en mí como un rescoldo, ardiendo en secreto a la espera de que un día los toque y me quemen. Dejé el despacho para hacer algunas com­pras y encontrarme con Dany para tomar un café. Es increíble la cantidad de información que el sueño condensa en unos segundos. En mi sueño sé todas esas cosas, pero no estoy segura de si son un recuerdo o me lo estoy inventando. En todo caso no importa, la memoria también es ficción. Sigo soñando: Dany desaparece del sueño. Camino con Sterling por el Born, una mañana brillante y fría. Odio el frío, pero no me importa y seguimos caminando, conversando muy próximos hasta la hora de comer. Yo digo que debería irme a trabajar. Él me mira a los ojos, lee mi falta de con­vicción y no dice nada. Recorremos un trecho en silencio. Yo rue­go que diga algo. Me posee la misma ansiedad de los momentos previos a los exámenes, cuando trataba de tranquilizarme pensan­do que todos esos nervios son siempre infundados. No hay de qué preocuparse, al final todo sale bien, o como debe ser. La serenidad que transmite este hombre dice lo mismo.

Yo debería comer, ¿te gustaría acompañarme? —dice.

Recuerdo el poema de Proust: “… y entonces yo le pedí con mis ojos que me lo pidiera nuevamente, sí. Y entonces él me preguntó si yo querría, sí. Y sí yo dije, sí yo quiero, sí…”. Y digo que sí.

La moto que atrona el vecindario me sobresalta. El que duerme a mi lado se revuelve brevemente y continúa durmiendo. Me da un poco de rabia que duerma tan tranquilo; a mí cualquier ruido me despierta. Temo desvelarme, hago ejercicios de respiración, la cama se pone blanda y tibia, me hundo. Estoy en la salita de la tele. A los tres minutos de comenzar, Alfredo da su diagnóstico: es la película más aburrida del mundo. Finjo que me interesa mucho. Le contesto que, en cuanto al arte, es un indigente intelectual. Lo ofendo, claro. Es el propósito. Tan previsible siempre, hace lo que yo esperaba. Se va. Regresa el sueño del encuentro con Sterling donde lo había dejado. Él elige un pequeño café del paseo de Co­lón llamado Corner, aunque no está en ninguna esquina. Pedimos unos bocadillos bastante sofisticados y pequeños. Ninguno de los dos quiere perder el tiempo comiendo, pero hay que cumplir con la excusa que nos confina a esta mesa minúscula que fuerza nues­tra proximidad. Hablamos, y en ese hablar se mezclan nuestros alientos produciendo un cóctel que nos embriaga como si de un vino recio y etéreo se tratara. Un momento Koi No Yokan: dos personas se conocen y saben, sin saberlo, que están condenadas a enamorarse. Se produce entonces aquella burbuja en la que nos quedamos solos los dos. Pasan las horas, cambian los clientes, los camareros y la luz del sol, sin darnos cuenta. No hay seducción, ni frases ingeniosas, no nos lamemos las orejas. Sólo conversamos, sobre la vida, el arte, la muerte, la humanidad, la tierra y el cielo. Pero en un momento él advierte algo en mí. Se interrumpe brusca­mente, sorprendido, y me dispara:

¿Te das cuenta de lo que está sucediendo entre nosotros?

No puedo, no puedo decir nada, definitivamente sí, me doy cuenta, ahora que él lo pregunta sosteniéndome la mirada. Dicién­dome con los ojos que también a él lo sorprende. Que tampoco él lo esperaba, pero que la atracción se ha instalado allí entre no­sotros y que nadie hará ningún vano esfuerzo por resistirla. La sensación de algo que viene de muy lejos y se proyecta al infinito. Si fuésemos personas místicas habríamos dicho que nos había al­canzado un amor universal. La risotada me saca del trance. En la pantalla del televisor, Alfredo ríe y se burla de mí y de mi sueño.

Tonta —dice—. ¿Creías que era realidad? No, mi amor, es un sueño. Eso sólo existe en las novelas que tanto te gusta leer. Acá en la tierra, la vida es otra cosa.

Y se retira al lavabo, a mirarse en el espejo, a continuar con su risotada. Esa risa que dice que soy suya como una fatalidad, que nunca voy a librarme de este yugo, que ya puedo soñar cuanto quiera, que él siempre estará presente en lo real. Yo me cubro con la frazada, como cuando era niña, muy niña, y tenía miedo, y le agregaba más oscuridad a la oscuridad. Despierto llena de inquie­tud, el hombre sigue durmiendo a mi lado, temo que sea Alfredo y no Sterling. No quiero comprobarlo, prefiero que se vaya, quie­ro seguir soñando, durmiendo. Respirar nuevamente, repetir el mantra mentalmente una y otra vez hasta que por fin lo consigo. Luego el silencio de la casa sola, el runrún lejano de alguna máqui­na doméstica y el sopor bienvenido. Sueño: oigo a Alfredo salir rumbo al campo de golf mientras habla de películas aburridas. ¿Que cómo lo supe? Por el golpear de los bastones al atravesar la puerta, ese sonido como el de las campanas tubulares de Oldfield. La mañana es brillante, y no hay otra certeza que el camino que me lleva de vuelta hacia Sterling, con esa urgencia, con ese deseo impostergable que me hace atravesar la ciudad como un demonio. Dejo atrás El Born, L’Eixample y la Dreta para llegar a él, a Grà­cia, ¿dónde si no? Me recibe tonteando, como si estuviera espe­rando a otra. El juego certifica que sólo me espera a mí, y también sus ojos, que son de niño; pero no por mucho tiempo, lo sé; en ellos brinca la alegría que le produce verme, mi proximidad y mi deseo que es nuestro. Me desnudo o me desnuda o nos desnuda­mos, quizá siempre estuvimos desnudos desde el primer momen­to, quizá siempre lo estamos. Entre nosotros no hay simulación ni ambigüedades. Tenemos un amor directo que se cocina a fuego lentísimo, que comienza mucho antes de compenetrarnos y termi­na mucho después del clímax, o no termina. Luego conversamos, desnudos claro, largamente. Le cuento mi sueño en el que Alfredo se reía de mí y de esto que hay entre nosotros. Él entonces me mira muy serio, tengo la sensación de que está a punto de desapa­recer, como en Macbeth: “Los cuerpos se han disuelto en el aire, como se pierde en el aire la respiración. O las lágrimas en la llu­via”, al decir de Roy Batty. Pero no desaparece, sonríe y cierra los ojos. El techo es blanquísimo y él se entrega a mi lado al descanso del guerrero. Me conmueve Sterling, parece haberlo visto todo, vivido todo, y me maravilla que me haya elegido. Aunque él sos­tiene que fui yo quien lo eligió a él, que somos las mujeres las que elegimos siempre y que, con divino arte, les hacemos creer que han sido ellos. Me mira, y le habla a una reina. Con él no necesito esforzarme para demostrar que soy buena, soy buena. No preciso hacer notar que estoy buena, estoy buena. Conmigo puedes des­cansar, dice. Me recita que no hay más cielo ni más infierno que este de aquí y ahora, ni más juventud ni más vejez que esta de aquí y ahora. Y ahora es él quien duerme a mi lado, quien pasa su brazo por debajo de mi cuello. Quien me acurruca sobre su pecho y me invita a mecerme en las olas de su respiración. Esa respiración que va haciéndose más y más fuerte, más violenta, que tiene ecos de tornado; me desespero, el sueño ha virado a pesadilla. Despierto. Estoy en casa. Sola. Triste. Inquieta. ¿Qué es esto? ¿Dónde estoy? Me doy cuenta de que nunca estoy despierta, ni cabalmente dor­mida. Que me he quedado atrancada entre la realidad y el sueño sin saber cuál es cuál. La noche se hará eterna, lo sé. Como aque­llas del terror nocturno que amenazaban acabar con mi corta vida. Cierro los ojos con fuerza. Rebusco en la caja de los medicamen­tos hasta encontrar las píldoras que tomo cuando cruzo el océano. Cae por mi esófago como el submarino amarillo de los Beatles y sólo me queda esperar, con los ojos muy abiertos, que la química haga su efecto. Ruedo cuesta abajo hacia el sueño nuevamente. El hombre está a mi lado, siempre de espaldas, y yo sigo ignorando si es Alfredo o Sterling. Necesito saber, diferenciar el sueño de la realidad. Los maorís sostienen que vivimos dos vidas, la de la vigi­lia y la del sueño. Si morimos en el sueño, morimos también en la vigilia. Si tenemos una pesadilla de agonía sólo nos salvaremos si despertamos, de lo contrario amaneceremos muertos. Esto es pa­recido, si despierto y quien está a mi lado es Alfredo me espera el martirio eterno de su compañía; si es Sterling, todo es posible y más. La magia del sueño me corporiza en el hospital donde yace Vero, mi mejor amiga. Le he comprado y puesto una peluca peli­rroja para contrarrestar la devastación que la quimio ha hecho con su cabellera. Se sorprende. ¿Roja?, pregunta extrañada. Toda mu­jer debe ser pelirroja, al menos una vez en la vida, respondo mien­tras despliego sobre su falda la carterita con maquillaje con la que voy a embellecer todo lo que se pueda a esta mujer que agoniza. A ella le divierte mi ocurrencia y se deja hacer. Tose. Le doy agua. Me mira.

Estás rara —me dice.

Le cuento mi dilema.

Estoy encallada entre el castigo de mi vida y el amor de mi vida. Uno de los dos es un sueño y no sé cuál, Vero. Tengo miedo de despertar.

Me pasa por la mejilla su mano helada.

Es como ahora, no quiero despertar, porque en la vigilia tú ya has muerto, Vero. En cambio ahora…

Vero pestañea larga, perezosamente.

Los muertos somos el sueño de quienes nos han querido, ami­ga mía.

La frase me electriza. Me golpea como una verdad que quizá no hubiera querido saber. Que me habla de mi propia muerte. ¿De quién seré el sueño cuando me haya ido? ¿Quién me quiso de verdad? El que aguantó mis desplantes por décadas, el del sueño matrimonial burocrático, o el de ese hombre que me desveló el corazón y me llenó el cuerpo de alegría. Una vez le dije que lamentaba no tener tiempo para nada, y Sterling respondió: Lo úni­co que tenemos es tiempo y no sabemos cuánto. Vero, muriendo, es la certificación absoluta de ello. En otro sueño, quizá, yo podría estar en su lugar y ella en el mío. Mi amiga ha cerrado los ojos. Me aterroriza, le tomo la mano, la llamo por su nombre. Los abre con un cansancio infinito.

Tendrás que enfrentarlo, amiga mía —dice y sonríe—. Mejor temprano que tarde.

¿Cómo?

Debes ir a ver al Sueñero.

¿Quién es?

Un hombre que sabe todo sobre los sueños. Él te dirá cómo hacer para determinar cuál de tus dos vidas es un sueño y cuál la vida real.

La magia consiste en que cosas que demoran mucho tiempo en suceder pasan en unos instantes. En los sueños es lo mismo. Caminando hacia allá ya conozco la historia del Sueñero: Había sido secuestrado en su infancia por Enriqueta Martí, la asesina de niños de la calle Poniente. Logró sobrevivir al cautiverio de aque­lla mujer horrorosa que lo había atiborrado con las pócimas que vendía a sus clientes. Como resultado de la ingesta de aquellos brebajes, le había quedado la facultad de distinguir los sueños de la realidad. La historia me espantó, pero Vero había hablado con tal seguridad que decidí hacerle caso. Tampoco tenía otra posi­bilidad. Las señas que me dio me llevaron a atravesar la Rambla rumbo al Raval en busca de la calle Piclaquers, donde este hombre tiene su tienda para quien sepa encontrarla. Entro en ese local ve­tusto con aprensión. El Sueñero está allí, detrás de un mostrador polvoriento como si fuera un pergamino de sí mismo. Levanta hacia mí una mirada acuosa y tengo la sensación de que ya sabe a qué he venido.

Ah, me encontró —dice con voz cavernaria fingiendo sorpresa.

¿Qué es este lugar? —pregunto sólo para ver si logro controlar el miedo.

Es una tienda de hechizos. Estamos —dice como si hubiera al­guien más allí— especializados en excrementos de animales, muy utilizados en la elaboración de remedios y pociones. La caca de gato, por ejemplo, es muy apreciada —manifiesta con solemnidad señalando un gran frasco que contiene un líquido ambarino su­cio—. También tenemos un buen surtido de huesos de condena­dos. Las falangetas de los ahorcados se venden a muy buen precio como amuletos. La grasa de manos amputadas sirve para elaborar ungüentos que curan la tisis y otras enfermedades terminales, así como para fabricar velas que tienen poderes para descubrir tesoros ocultos. Mientras están encendidas producen un extraño sopor a los que estén cerca, menos al que la utiliza. Por este motivo los ladrones usan estas velas para encenderlas en las casas a las que entran y asegurarse de que, por mucho ruido que hagan, no serán descubiertos. —Se pasa la mano por la baba rala y me apunta con un dedo de uña crecida y mugrosa—. ¿Busca usted algún tesoro o necesita robarle a alguien?

Ninguna de las dos cosas —respondo, apresurada—. Estoy atascada entre dos alternativas.

Dígame.

En uno de mis sueños vivo un matrimonio acabado y triste. En el otro tengo una historia de amor universal.

Y no sabe cuál es la realidad, ¿verdad?

Exactamente.

Pues le diré, querida, que no estoy muy seguro de que la reali­dad exista. Muchas veces tengo la sospecha de que vivimos lo que elegimos vivir, o lo que podemos elegir. O tal vez nuestra vida sea el sueño de alguien que, como usted, no quiere despertar.

Entonces, ¿no puede ayudarme?

No lo sé. Tal vez. Pero la operación tiene sus riesgos.

¿Por ejemplo?

Que el sueño que a usted más la complace sea sólo un sueño.

¿Y qué pasaría entonces?

Lo más probable es que se quede en el otro, el que detesta, para siempre.

Una sombra se desliza fugazmente por detrás del Sueñero y a mí me atraviesa un escalofrío. El viejo sonríe y yo entiendo por qué utilizó el plural, el lugar está lleno de espectros. Tengo la ur­gencia de salir corriendo, pero estoy como amarrada a la silla don­de nunca me di cuenta que me había sentado.

No tema —me tranquiliza—, son inofensivos en el plano en que se encuentran. A no ser que les crea sus embustes no podrán hacer­le daño, los fantasmas son farsantes que se alimentan de nuestro miedo.

¿Podrá ayudarme?

Espere un momento —dice, y desaparece tras una cortina raída que desprende una cantidad insólita del polvo al sacudirla.

Lo oigo trajinar con unos trastos durante un tiempo que parece eterno. Por fin emerge de la trastienda enarbolando una sonrisa amarillenta y desportillada, pero triunfal.

Pensé que no lo encontraría —dice extendiéndome un frasco grasiento—. Es usted muy afortunada, querida.

Siento aprensión hasta de tocarlo, me da la impresión de que algo se mueve allí dentro, entre las brumas de esta pasta rojinegra. El Sueñero percibe mi vacilación y hace un gesto colérico como de retirar el envase.

¿Lo quiere o no? —trona iracundo—. Es su única posibilidad.

Me invade el miedo, pero lo tomo. Ahora lo que quiero es salir de allí cuanto antes.

¿Cuánto le debo?

El viejo sonríe.

¿No quiere saber cómo ha de utilizarlo?

Sí, por supuesto.

Esta noche, cuando esté sola, y esto es muy importante, deberá tomar una cuchara de plata, hundirla hasta el fondo en el envase, sacarla plana y tragarse el contenido de un bocado, sin agua, sin nada. Le advierto que el sabor es muy fuerte.

Muy bien.

Luego apague todas las luces y váyase a la cama. No tardará en quedarse dormida. ¿Y entonces? Por la mañana despertará en la realidad, o como quiera llamarla. El otro sueño habrá desapareci­do para siempre. Sólo será un recuerdo que se irá desvaneciendo con el paso de los días.

Muy bien, muchas gracias.

En cuanto al pago, usted deberá darme ahora algo que lleve consigo y debe ser lo de mayor valor sentimental que tenga.

No dudo, llevo conmigo aquel poema que me escribió Sterling la mañana siguiente a nuestra primera noche. Me duele despren­derme de él, pero siento que debo hacerlo. El Sueñero se da cuenta de que soy leal a su requerimiento y lee el poema, con la voz cas­cada de quien siente nostalgia por lo que nunca tuvo:

Y cuando llegue el tiempo blanco
dibujaré tu voz y tus sonidos
encontraré tus ojos y tus gemidos
en el gélido paisaje de tu ausencia.
Y cuando llegue el tiempo blanco
te encontraré en lo más hondo y sinsentido
reencontrando el valor eterno
de lo que somos
de lo que hemos sido
este amor eléctrico y repentino
misterioso como un relámpago en un día de sol
único, irrepetible, veraz y sincero.
Será, cuando llegue el tiempo blanco,
lo mejor que tenemos y hemos tenido.
Todo lo que hemos hecho y soñado
cobrará por fin sentido.

El Sueñero sonríe apenas, sus ojos se han puesto más acuosos que antes. Dobla el papel en cuatro y lo hace desaparecer entre sus ropas.

Váyase ya —dice con voz entrecortada por toda despedida.

Salgo a la calle y siento que el sol es mi enemigo, que quiere matarme. Para evitarlo, me acuerdo de los maorís y me despierto.

Lo que veo me deja pasmada. En la mesa del comedor está el frasco inmundo que me dio el Sueñero. Me siento a la mesa miran­do hacia la puerta de la calle por donde, en algún momento, vendrá él, Alfredo o Sterling, quienquiera que sea. Frente a mí, el frasco y la cuchara de plata. Aguardo hasta que se hace de noche, sin estar segura de querer meterme eso que hay dentro en el cuerpo. Siento que tengo que hacerlo, pero también me da miedo. Ruidos tras la puerta me apuran. En cualquier momento llegará y si me en­cuentra despierta, será definitivo, y tal vez no sea quien yo quiero. Creo que estoy volviéndome loca. Destapo el frasco. La peste que echa me hace retroceder. Algo se mueve, definitivamente hay algo vivo en su interior. Tomo la cuchara, la hundo en la sustancia, la saco plana y colmada. Cierro los ojos para no ver y me la meto en la boca. Lo que había vivo en el frasco ahora repta por mi interior hacia el estómago. Me asalta una náusea bíblica. Corro al lavabo donde sufro una arcada seca. Salgo dando tumbos rumbo a mi ha­bitación, me derrumbo en la cama y cae la noche del sueño sobre mí como un telón, como si me hubieran aplicado una sobredosis de morfina. A los hombres no les gustan las mujeres con poder. Bueno… a la mayor parte al menos. A mí siempre me gustaron los tipos con cabello oscuro, y cuanto más oscuro, mejor. Como el de quien ronca a mi lado, dándome la espalda, en esta madrugada fría. ¿Es Alfredo?, ¿me dejó, lo deseé, soñé que lo hacía, lo hizo? ¿Es Sterling y sus caricias sabias? Lo último que espera quien duerme y sueña es que lo despierten. Temo despertar, temo despertarlo. Sueño, y en el sueño regresa Vero, ahora pelirroja y sonriente:

Amiga —me dice—, en el paraíso también hay invierno y tú elijes con quién despertar.

 

Ernesto Mallo
Escritor. Ha publicado, además de las novelas de la serie del comisario Lascano, El relicario y Me verás caer, y más de diez obras de teatro.

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Barcelona negra incluye relatos de Andreu Martín, Ernesto Mallo, Empar Fernández, Toni Hill, Rosa Ribas, Milo J. Krmpotic, Teresa Solana, Carlos Zanón, Lilian Neuman y Carlos Quílez.