Por el camino a Salitres los niños se comen sus propios piojos. A veces los comparten y se despiojan entre sí, como los micos. Yo voy hacia el otro lado, a toda marcha, desfondando caballos.

Las vacas tienen rabo para espantarse las moscas. No falta desgracia en eso de que vayan a dar a los bidones de leche, las moscas muertas, pero eso no es responsabilidad de las vacas que bastante hacen con ser vacas a modo y dar la teta mansa y la carne blanda. Y permitirlo todo. Vaca mala vive más. Las vacas viejas son las menos idiotas, aunque en general no hay mucha idiotez en el ganado. Vaca tonta, vaca que se va al rastro, y eso lo saben desde becerros, así que se hacen las listas y larga vida con Dios y el vaquero. Sólo lidian con las moscas, pero el creador les dio rabo, que también les sirve para cubrirse el culo. Que lo tienen, pero hay que ser guarro para ir a mirárselo. Y de tanto mirarle el culo a la vaca termina el ojo cagado.

Los niños del camino a Salitres se despiojan y las vacas se espantan las moscas. Los caballos que no corren oyen zumbidos a todo momento. Y los cerdos comen mierda, cosa muy sabida salvo por algunos cerdos.

—Muy buena la comida, ¿eh?

—Sobras, es lo que hay.

—Pues a mí me gusta.

Los cerdos no hablan y se dice que no piensan, pero en esto del alimento todo mundo tiene parecer, igual que lo tienen respecto de lo que hace o deja de hacer el prójimo. Los niños del camino a Salitres reprueban el comportamiento de los piojos y se los comen. A veces es lo único que comen. Poca vitamina pero de proteínas no hay escasez.

Dos o tres veces al año, a veces cada dos o tres años, vienen los de sanidad y rapan a los niños del camino a Salitres. A cero. Los piojos se amohínan un poco pero no se les nota y al final se conforman. Son bichos templados y hasta serenos. Cuando están en su sitio van muy relajados, debe ser por eso que quienes los llevan se notan nerviosos e inquietos, con los dedos merodeando en el cuero cabelludo. Las niñas rapadas del camino a Salitres se rascan hasta escaldarse, como si se buscaran las ideas. También los niños, a menos que tengan un balón a mano. En esto son como la demás gente.

Los escritores se sienten Sansón traicionado por Dalila, es para lo que les dan los estudios y la diletancia. Se buscan las ideas como si fueran piojos anoréxicos que ya no parecen estar, y es que no están. Los escritores de tanto ducharse con shampoo y andar al uso y hasta imponiendo moda ya no tienen escozor en la cabeza, pero no por eso dejan de rascarse y buscarse ideas, más por costumbre que por perseverancia. Hay que escribir de inmediato lo que se viene a la cabeza, como quien pilla a un piojo en el momento en que pincha, de otro modo es muy difícil dar con piojos cebados, que son los más nutritivos y los que difunden la gula entre sus congéneres. Matar al piojo pertinente en el momento pertinente es el más claro acto de sabiduría. Si no se escribe la ocurrencia no hay conjuro y el escritor termina por no discernir entre ideas y ocurrencias. Tampoco es que esté claro el límite, por eso se dice que es arte. Todo por épocas, a veces es de pura ocurrencia el inventario del arte, pero eso es asunto de Saturno.

Está visto que no como quiera se erradica la manía de hurgar en el cráneo. La esperanza es lo último que muere y bien saben los muerteros que los más de entre los cadáveres van con cara de promesa y con los labios en posición de ano afanoso, como quien dice voy a hacer esto o lo otro. La esperanza es lo último que muere, pero la constancia y la voluntad son lo primero, y más bien son nonatas. A lo más sirven para una comidilla familiar o para matar el tiempo en un entierro. Una vez matado el tiempo también se le entierra. Hay sitios en los que no conviene meter la zapa so riesgo de que salga el tiempo muerto, con su olor a cadaverina y bilis, y enturbie el aire de esa buena gente que no tiene más quehacer que matar el tiempo enterrando el tiempo muerto. Las esposas de los de sanidad vienen cada tal y tal, después de sus maridos, cuando ya están ampuladas las cabecitas de las criaturas y a más de una se le nota el neocórtex y les venden ungüentos, sombreros de paja y tónicos para que el pelo vuelva a crecer pronto. Si hiciera falta también les venderían piojos o se quedarían ellas mismas. No es gran negocio, pero de centavo en centavo se llena el saco.

Uno que perdió el tiempo se puso a buscarlo hasta que lo recuperó o creyó recuperarlo o al menos escribió que lo tenía recuperado, pero es un caso de mucha autocomplacencia y, sobre todo, aislado, según se vio después y se tenía visto desde el principio de los siglos: tiempo perdido tiempo que se enfría, endurece, reseca y apesta. El tiempo no es cataléptico, ¡qué más quisiera uno!

Por eso me cago en los límites de velocidad, los biológicos, y voy a donde voy aunque no sepa a qué diablos voy. En el parador que está en la desviación que lleva a San Miguel Arcángel ya pensaré qué sigue. Es un sitio muy propicio para la reflexión, sobre todo cuando uno se vacía entre los enmarañados matorrales con el machete viborero en la diestra y, cuando hace falta, una lámpara sorda en la siniestra. Si Diógenes hubiera usado su linterna para acautelarse de las serpientes no se habría chalado tanto. Tal vez nunca encontró un hombre honrado porque no tenía puñetera idea de lo que es la honradez, quién sabe. A lo mejor tampoco sabía gran cosa de pitones, cobras, coralillos, nauyacas, cascabeles, cincuates, constrítores, etcétera. La serpiente representa la vida renovada, pero en estos parajes nadie vio resucitar a un mordido por serpiente. Algunos trascienden y se hacen leyenda, pero eso ni es vida ni es nada. En el circo prodigioso de Maravillas Induráin hay una corza enana que no sabe que está viva y que lo está sólo porque su fama da de comer a Maravillas. Cualquier día sale sobrando y va a dar con el taxonomista. A la corza enana le da lo mismo el circo que la vitrina de los disecados y las momias. No sería ocioso decidir si esto de la vida después de la muerte tiene sus queveres con la muerte antes de la vida: los hijos de los muertos nacen muertos y así se perpetúa la especie. Por eso voy a todo galope, para llegar al cementerio del tiempo antes que los escritores y los piojos.

 

Miguelángel Díaz Monges
Escritor. Ha publicado Notas de desencanto y otras virtudes.

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