Maruan Soto Antaki publicará este mes Pensar Medio Oriente (Taurus), libro en el que, entre muchas reflexiones, intenta entender los porqués del fundamentalismo —del que piensa las raíces junto a sus síntomas— y sólo quedan las dudas. En esta conversación con el ensayista y editor Alejandro García Abreu, el escritor de origen sirio aborda la gestación del libro, los vínculos entre la Biblia, el Corán y la Torá, su época de formación y la percepción de la muerte. Múltiples textos incluidos en el libro fueron publicados en Nexos. El autor afirma: “[me asomo] a esa zona a la que le debo parte de mi identidad, de mis rencores, alegrías y tristezas: Medio Oriente”.

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Alejandro García Abreu: “En el siglo VII una lengua dio origen a la identidad árabe. En el año 611 iniciaron las primeras prédicas coránicas y a mediados del 622 —con la migración de musulmanes de La Meca a Medina, hoy ciudades a poco más de trecientos kilómetros de distancia— comenzó la era islámica, diez años antes de la muerte del profeta Mahoma”, planteas en Pensar Medio Oriente.

Maruan Soto Antaki: La era islámica se fecha a fuerza de calendario. Es el inicio de catorce siglos de una historia que sigue apareciendo en las noticias. En Pensar Medio Oriente intento compartir herramientas que ayuden a no sólo conocer esa parte del mundo, sino a reflexionar sobre ella. Sobre sus triunfos y fracasos, sobre sus conflictos y futuros. Medio Oriente no es sólo lo musulmán. En mi casa, querido Alejandro, se decía que “para entendernos a los árabes hay que hacerlo a partir del lenguaje”. La identidad nace ahí, es producto de algo que la opinocracia —ahora el mundo está lleno de arabólogos que nunca han pisado un país árabe— parece olvidar al referirnos a una parte del mundo que nos llega con la tragedia, con las guerras, las dictaduras y el fanatismo religioso. Se asume que lo árabe es lo islámico, los camellos, el café o la comida —los pastelitos con dátil—, las mujeres cubiertas y los imanes. Se trata de algo más profundo e intangible. Cuando el profeta Mahoma —le vamos a decir Mahoma a Muhammad, la castellanización es válida— predica en el siglo VII no existía esa unidad árabe o islámica. Existían tribus que hablaban los dialectos prearábigos, que eran parecidos entre sí, no iguales. Como todas las religiones, el islam surge por la necesidad de unificar grupos y territorios separados. Mahoma toma uno de esos dialectos para darle el carácter literario a una lengua con la que se propagará su palabra y se escribirá el Corán. Estamos hablando de un idioma establecido para que los habitantes de una región comprendieran una serie de reglas impuestas por la necesidad de convivencia. Pasa el tiempo, los musulmanes crean un imperio, la zona habló árabe: el islamismo y el arabismo terminan íntimamente ligados hasta el punto en que lo árabe no es sólo una cultura o las cosas que te dije antes, es la identidad. La lengua hace que las creencias de esa parte del mundo se encuentren en el idioma. Hay árabes judíos, árabes cristianos y árabes musulmanes. En todos nosotros, la identidad tiene el mismo origen, que sobrepasa las fronteras de la doctrina.

AGA: “Para entendernos a los árabes hay que entender nuestra relación con la lengua y por qué hoy, catorce siglos después de Mahoma, un árabe de África del Norte habla distinto a un saudita o a un sirio. Nosotros tenemos dos idiomas que se hacen muchos. La limitación del árabe del Corán permitió la interpretación, como ocurre con cualquier otro aspecto axiomático de la vida”, alegas en Pensar Medio Oriente.

MSA: La lengua del Corán se convirtió en el árabe clásico. Puede que hoy no te sirva mucho en la calle pero es el que reza todo musulmán, ya sea saudita, sirio o marroquí, también el iraní que habla persa o el belga converso. Incluso si estos últimos no saben más palabras en árabe que las del libro sagrado. Tras la lengua clásica apareció el árabe cotidiano, que tiene variantes en todas las regiones y se forma con una base del clásico, más la herencia local y la influencia de las conquistas, y de la espontaneidad. La tradición dice que el árabe fue un préstamo de Dios, perfecto y por lo tanto inamovible, enfrentándose a la necesidad de interpretación para existir en la modernidad. Toda una rama de la jurisprudencia se desarrolló para deducir a partir del texto sagrado lo permitido y lo prohibido en la vida contemporánea. El árabe, individuo y lengua, se hicieron sujetos de interpretación.

AGA: Afirmas: “Mi ateísmo o agnosticismo parte de mis años formativos, pero se alimentó del estudio de las doctrinas”. ¿Cómo recuerdas tu época de formación?

MSA: Me eduqué en escuelas de republicanos españoles. Mi madre salió de un país musulmán, mi padre fue un profesional del partido comunista. Esa proximidad me obligó a ser crítico de los planteamientos dogmáticos. Recuerda que el comunismo también se hizo Iglesia. Ahora, criticar altares sin pisar la capilla es gratuito y tal vez idiota. Me considero agnóstico porque de afirmarme ateo me convertiría en creyente, me digo ateo por los años de lecturas religiosas que me llevaron a cuestionar las religiones. Hablar de Medio Oriente es imposible sin prestarle atención a las religiones, cuentan mucho más allá que en otras latitudes.

AGA: Has releído los textos religiosos que conservas en un librero de tu biblioteca. ¿De qué manera percibes los vínculos entre la Biblia, el Corán y la Torá?

MSA: Hace un año, comiendo en mi casa, mi editor en Taurus, Romeo Tello A. —a quien los dos queremos bien— señaló ese librero. Sobre él tengo una réplica de la Piedra Rosetta; una bonita tontería de museo. La de los tres idiomas que permitieron entender los jeroglíficos egipcios. ¿Sabes por qué está ahí? Cuando pasas por los distintos textos que se consideran sagrados puedes darte una idea de qué querían decir, de para qué se escribieron y empiezas a revisar los fundamentos de nuestras sociedades. Las religiones tuvieron una función incuestionable en la historia. Dieron las herramientas de orden y unicidad que necesitaron las sociedades primitivas. Sigo sin encontrar un elemento más eficaz para esos propósitos que la religión que se antoje. Son el punto de origen del pensamiento que permitió la filosofía y luego la política. Sin embargo, su gran falla es depender de la exclusión del que no comulgue. La negación del otro. Casi todos los textos religiosos se presumen incluyentes, siempre y cuando se acepte la doctrina. Es la imposición de la utopía en la que coinciden las formas más aberrantes de la religión. En Pensar Medio Oriente tuve que ser más extenso al escribir del mundo musulmán. Hago recuerdo de un encuentro en Siria con un amigo sunita que me decía: “el islam ha recuperado lo mejor de las religiones monoteístas que la precedieron, definimos la más renovada de las tres sin los errores de las anteriores”. La frase sólo se sostiene en lo cronológico. Los vínculos entre los tres libros obedecen a la adaptación de sus narrativas acorde a sus necesidades, compartiendo los mismos errores. ¿O las religiones se saben autocríticas? Si lo fueran no habría dogma.

AGA: Incluiste un epígrafe de Mahmoud Darwish: “Hemos triunfado sobre el plan de expulsarnos de la historia”. ¿De qué manera recapitularías esa posible expulsión tras la escritura del libro?

MSA: A la de Darwish le sigue una cita de Amos Oz. No podía poner el uno sin el otro. Son quizá los dos mayores escritores que tenemos entre Palestina e Israel. El espíritu de la expulsión se encuentra en los dos pueblos, por eso se complementa el epígrafe, advirtiendo la necesidad de ponerle un alto a la imposibilidad de coexistencia. El epígrafe es doble porque Medio Oriente es doble, o triple. Es un rompecabezas que hay que entender por separado y de forma individual. Sus fichas se entrecruzan constantemente. Los que lo hacen más a menudo son Israel y Palestina y en ellos convergen otros objetos narrativos cuya importancia se ha ido modificando con el tiempo. Para llegar a Darwish y a Oz tuve que entender de dónde vienen ellos y su literatura. Es evidente que me centro en la perspectiva árabe, que es la que más conozco y espero que alguien lo haga del lado judío. El libro me llevó a pensar: qué es ser árabe, qué es el islam, qué sucede en Medio Oriente. Si bien abordo la ocupación en Palestina, intento exponer cómo la revolución iraní de 1979 es una de las principales causas de lo que hoy leemos en los periódicos. Por ese camino llego a: qué es el terrorismo, por qué importa tanto Siria y qué es el Daesh. El epígrafe es una primera conclusión de todo esto.

AGA: “Si no nos detenemos en algún punto, si no aceptamos un compromiso poco feliz, poco feliz para ambos lados, si no aprendemos a coexistir y contener nuestro ya quemado sentido de injusticia. Si no aprendemos a hacer eso, terminaremos en un Estado condenado”, dijo Amos Oz. El segundo epígrafe de tu libro implica el sentido de la felicidad. ¿Qué significa para ti?

MSA: Creo entender la noción de lo poco feliz, me cuesta la de la felicidad. Es absoluta y con los absolutos me llevo mal. Me sale lo agnóstico. Oz habla del punto de equilibrio en que sin hipocresía, sin demasiada bestialidad, nos damos cuenta que tenemos que convivir según la regla máxima de la humanidad: incluso sin quererte puedo pasar frente a ti sin hacernos daño.

AGA: “La experiencia no sólo como memoria y testimonio, sino como lección”, escribió Alberto Ruy Sánchez en el prólogo.

MSA: Alberto fue de una generosidad con la que estoy infinitamente agradecido. Son muchas las variables que nos han impedido entender qué pasa en Medio Oriente, y que tampoco nos dejan ver porqué nos debe importar. Está la exacerbación de lo correcto, o la relativización. Por ejemplo, en una entrevista hace tiempo, mi interlocutora equiparó la burka o el hiyab a los zapatos de tacón. El relativismo ha permitido darle legitimidad a lo que no se puede legitimar, y también ha cerrado los ojos a lo mejor de las sociedades. En Pensar Medio Oriente quise acercar las nociones que permitan tener con el lector un idioma en común para poder debatir Medio Oriente desde el conocimiento de una memoria que apunta a lo detestable, pero también a lo fantástico de los pueblos en esa zona. Intenté combinar mi propia experiencia con las voces que he encontrado ahí.

AGA: “No quiero quitarle un ápice de tragedia a la muerte, pero el principal problema ni siquiera es la muerte misma, sino los frágiles argumentos usados para castigar lo que se considera una acción o forma de vida contranatural —cambie usted la última palabra con la sandez que se quiera usar para calificar el acto condenado—”, escribiste sobre las expresiones contra la lapidación de una mujer en países islamistas. Has escrito sobre el suicidio. Dedicaste Reserva del vacío a la muerte voluntaria. ¿Cómo contrastas los distintos tipos de muerte en el marco de las religiones?

MSA: El año pasado platicamos tú y yo sobre cómo las religiones sirven de casa de asistencia ante la muerte. Son un refugio con el que la muerte encuentra su justificación y su nulidad, al extender la vida a terrenos librescos. En la parte de Pensar Medio Oriente que rescatas escribo acerca de las condenas que vemos en los territorios y países teocráticos que adoptaron la sharia, la ley islámica, como forma de regulación social. El problema aquí es el dogma impuesto a los espacios civiles, que tienen que mantenerse en una jerarquía superior a los de la creencia, sólo porque la creencia no es de todos y la vida civil sí. Esas muertes son el síntoma de la irracionalidad, no su objeto de estudio, como en ocasiones sucede. Hace unos meses, en todo el mundo, la organización PEN repudió la condena a muerte que el gobierno saudita impuso al poeta palestino Ashraf Fayad por el delito de apostasía. Es decir, el abandono de una creencia. Muchos autores nos sumamos, hicimos lecturas públicas y los menos criticamos el salafismo saudí que le dictó sentencia —explico el salafismo con más calma en el libro—. Al final le levantaron la condena y vinieron los abrazos. Sólo que el problema siguió ahí. La muerte por horca, por decapitación, por crucifixión, arrojar a un homosexual de un edificio, lapidar a una mujer o a un hombre bajo la justificación de una doctrina es el acto criminal que muestra la barbarie y el fracaso de una especie. Nuestro problema, el de todos, es cómo la interpretación de una doctrina solapa el salvajismo. La solución es eliminar las posibilidades de justificación. La vida civil se debe situar por encima de la religiosa: el laicismo.

AGA: ¿Qué te condujo a incluir en el libro “Encuentro con Yasser Arafat”, la entrevista realizada por tu madre, Ikram Antaki, publicada originalmente en 1980 por Editorial Acere?

MSA: El tiempo y, espero, algo de madurez. Nunca habría incluido algo de mi madre en mis primeros libros. Con el tiempo, apareció la necesidad de discutir con ella y con Arafat. No es secreto mi vinculación y postura con el tema Palestina-Israel, así como la política de Medio Oriente, pero algunos de esos temas jamás tuve oportunidad de debatirlos en casa. Problema de la orfandad temprana. Pensar Medio Oriente, a diferencia de los otros libros, sí contó con una intención, de la que ya hablamos. ¿Cómo se puede intentar compartir las herramientas de reflexión que creo pide la ocupación en Palestina sin revisar el discurso y las posturas que le siguieron a las guerras de Los Seis Días y de Yom Kipur? ¿Cómo hacer el esfuerzo de entender qué sigue, sin prestarle atención a la evolución de los discursos que un día legitimaron la violencia? Busqué tener con mi madre y con Arafat el diálogo que ojalá se tenga entre el viejo conflicto y el actual. La entrevista no sólo es el documento histórico que da cuenta de esa primera estancia en Managua y el exilio de Abu Ammar —el nombre de guerra de Yasser Arafat—, es la muestra de la importancia del lenguaje en la conformación de la identidad árabe que mutó del idioma a la negación criminal de dos pueblos. Los árabes incluidos, por supuesto. Haciendo uso de lo más deleznable que ha dado la imposición: el terrorismo. El Corán está escrito en verso. Antes de Mahoma, la lírica era la forma de las lenguas prearábigas. En el siglo VII se usó esa estructura para abrirle las puertas a una lengua hecha para ser recitada. Posiblemente por eso lo mejor de la literatura árabe clásica sea poesía. Ikram preguntó en verso, Arafat respondió en verso. “Encuentro con Yasser Arafat” es una muestra de lo mejor y lo peor que tiene nuestra cultura.

AGA: Ella dijo en la entrevista: “Conocí la desesperanza y conocí el despertar. Mi hijo pertenece a la generación de la esperanza”. ¿Coincides con el planteamiento?

MSA: Todos los padres ven en sus hijos la generación de la esperanza. En el caso de los pueblos, sus más jóvenes cargan con la posibilidad del triunfo sobre los fracasos de los más viejos. En el mundo árabe, desde 1947, a cada generación se le ha dado esa responsabilidad. Y seguimos sufriendo a Hamás y a Netanyahu. Al hablar de Palestina, la esperanza en Medio Oriente tiene que cobrar tintes más reflexivos, que perpetuarán nuestra tradición esquizofrénica de unidad y disociación. Nir Baram —escritor con quien platicaste en su más reciente visita a México— y yo, cada quien en su trabajo, intentamos hacerlo. Si enarbolo la identidad árabe tendré que irme a la solución de dos Estados. Si quiero mostrar algo de razón me daré cuenta de que ya pasó el tiempo en que esa opción tenía sentido. Hoy, la esperanza está en dos pueblos que se encuentran juntos. No uno y otro. Un solo Estado que elimine el sistema de apartheid en que viven los palestinos.

AGA: Escribiste: “Hay un punto en el que dejan de contarse los años de una guerra. En el primero, las muertes daban la impresión de valer la esperanza”. ¿Cuál es tu percepción actual de la esperanza?

MSA: La inteligencia no es hermana del optimismo. Tuvimos la ilusión de no balcanizar las Primaveras árabes. Se balcanizaron. Esperábamos que no se usaran armas químicas y se usaron. La esperanza es ese espejo borroso de lo que éramos o de lo queremos ser. Hay esperanza de paz, tiene que haberla. Adonis, el poeta sirio, decía: “La esperanza forma parte de la personalidad de todos los pueblos”. Cuando hay tantas piezas móviles, la personalidad cambia. En Pensar Medio Oriente planteo las complicaciones de una paz duradera en Medio Oriente, incluyendo Siria. Es como hablar de erradicar la injusticia, resulta hipócrita —esa es una frase de mi madre—. Lo que sí es posible es aspirar a un nivel inferior, a la equidad, como lo es forzar la posibilidad de burbujas de tranquilidad en Medio Oriente, que permitan el desarrollo temporal de las sociedades.

AGA: Planteaste que el Daesh no busca negociar, su principio básico es la aniquilación de aquel que no comulgue con ellos: Raqqa, Palmira, París y recientemente Bruselas. ¿Crees que existe una negociación con el concepto de muerte?

MSA: Lo plantea Daesh en cada atentado, en cada cabeza decapitada. En los actos genocidas. La historia ya nos enseñó qué pasa cuando alguien habla como lo hacen Abu Bakr —el líder del Daesh— y sus seguidores. Con la muerte se negocia en la literatura, en el arte, pero ellos no son la muerte. Los miembros del Daesh son criminales que hacen lo imposible para imponerse sobre los demás. ¿Crees que se hubiera podido negociar con el tercer Reich? ¿Cómo se sienta uno en la mesa de la demencia?

AGA: “Hace poco más un año, un mensaje me avisó de un misil que había caído a un lado de mi sobrina mayor, en el barrio cristiano de Damasco. Su compañero murió de inmediato; tristes catorce años”, afirmaste en el libro. ¿Cómo es tu relación a distancia con tus familiares?

MSA: La guerra aniquila las familias y sus anclas. En estos poco más de cinco años han muerto dos de mis tíos, hay uno más que ignoro si sigue vivo. Mi casa desapareció, supongo que también el departamento de mi abuela. Mis primos viven, uno en Dubái, otra en Estados Unidos y una más entre Siria y Líbano, porque su madre espera a morir en su cuarto de los suburbios de Damasco. No hay familia después de eso. Siria era un país donde no hay nadie que no tenga a algún muerto entre los más de 270,000 nuevos cuerpos que van sumando día con día. Se habla de lo que no duele; en la guerra ha claudicado la capacidad de conversar sobre ella. El mayor número de asesinatos sigue estando en manos de la dictadura de Assad y su apoyo ruso, pero después de Al-Nusra —la escisión de Al-Qaeda en Siria— y el Daesh siempre nos preguntamos si la Primavera de 2011 valió la pena.

AGA: Planteaste que Siria no es sólo Siria, es el reflejo de Medio Oriente.

MSA: Dediqué una parte de Pensar Medio Oriente a Siria, no sólo por la recurrencia en las noticias o mi propia cercanía a ese país. Tiene más que ver con esas piezas móviles que mencioné. Tras la muerte de Mahoma, como explico en el libro, le sucedieron los cuatro califas ortodoxos que aceptan las dos grandes vertientes del Islam. Osman, el tercero —bajo quien se reunió el Corán—, entendió que el control de Siria le permitiría hacer del Islam un imperio. Siria no es un territorio rico, nunca ha sido un país petrolero, pero estaba en el lugar perfecto. Por su tierra pasaron Alejandro Magno, los romanos, los griegos, las cruzadas, los bizantinos. Es el punto de encuentro e inflexión de Medio Oriente; su posesión es la posibilidad de control regional. La Historia con mayúscula. Las posibilidades de ese control regional desde el siglo VII son las que se disputaron entre las grandes potencias en el XIX, después en 1956 y 1957, más tarde en 1973. Siria es la reunión de los problemas, la caída del Imperio Otomano, el refugio del genocidio armenio, el avance de la ideología panárabe que una vez reunió a Egipto con Siria en un solo país. Es el establecimiento del progresismo ideológico de la mayor organización política árabe, el partido Baath, en Siria e Irak.

AGA: Piensas en la desesperanza: “Mientras no cambien las estructuras de la región, que por lo pronto parecen inamovibles, sólo conoceremos la pausa de un conflicto en espera del siguiente. Medio Oriente tiene que aprender a vivir en esas burbujas de tiempo”.

MSA: Esas burbujas pueden ser pequeñas o grandes, lo vimos en Egipto a mediados del siglo XX, Líbano apunta a querer eso. Jordania tiene lo suyo. Las estructuras regionales emparentan el gobierno civil y la teocracia. A las dictaduras les funciona la unicidad de la doctrina, con la que se anula al individuo en pos de una imagen de la sociedad. Sin individuo no hay democracia, pero los países árabes la anhelan. Es, de nuevo, el proceso esquizofrénico que impide a Medio Oriente tener la claridad que pide para sí mismo y para su convivencia con el mundo exterior.

AGA: En este libro decidiste enfocarte en Siria, Egipto, Irak, Arabia Saudita, Israel y Palestina. ¿De qué manera contrastas sus conflictos políticos, religiosos y bélicos con los que atañen a Latinoamérica?

MSA: No tienen nada que ver. Ponerlos en la misma tabla es ocioso. Llevo años insistiendo y tratando de explicar por qué no se relacionan. Lo más espantoso que tuvimos en el continente fueron las dictaduras sudamericanas, que si bien tenían relación con los militares y la iglesia no son comparables con lo que sucede en Medio Oriente. Tampoco la insensatez y violencia de nuestros gobiernos y políticas recientes. Parece que tenemos una vocación de buscar la titularidad de los gobiernos más miserables, los más ruines y represores. Con todo y lo bestia que han sido, ¿qué se parece de este lado del mundo a la dictadura de Hafez Al-Assad? En 1982 en la ciudad de Hama, en menos de un mes, Hafez masacró a entre cinco y cuarenta mil miembros de la Hermandad Musulmana. Se sigue hablando de gas Sarín. En los primeros años de la guerra civil siria, más de una marcha fue aniquilada con las bombas que cayeron de aviones MiG. ¿Cuáles son nuestros conflictos religiosos que se parecen a los que llevan a un animal a inmolarse en Kabul, explotando a todos a su derredor? Nuestra corrupción es grande, gigante, pero no se compara a tener que comprarle lo más básico a la policía secreta.

AGA: Recurres a múltiples menciones sobre el temor: “El niño palestino tiene miedo. También el israelí que se refugia bajo los brazos de su padre en Tel Aviv, cuando Hamás dispara misiles. Las víctimas de Boko Haram no son ajenas al pavor. El migrante que cruza el Río Grande, observado por rangers armados, siente miedo. El violento que lo centra en su mirilla es parecido a la víctima. El chico acosado en la escuela. El acosador. La lista es larga…”.

MSA: El terrorismo en Medio Oriente es una enfermedad crónica. Es un cáncer que ha hecho metástasis y se alimenta de la fragilidad humana, del miedo. Una de nuestras emociones más auténticas, tal vez la más democrática. Tiene la capacidad de hospedarse en todos los sectores a partir de sus propias condiciones. Por eso el terrorismo es eficaz, saca lo más primario de nuestra especie. Rompe con las nociones de otredad que permiten el conjunto. Vemos el triunfo del miedo al interior de la guerra civil siria, en la torpeza de la paz entre Palestina e Israel, en la xenofobia de Europa dirigida a los refugiados. El miedo se ha convertido en el motor del mundo. Tras los últimos atentados en París, cuando ocurrió la matanza del Bataclán, Salman Rushdie declaró: “La única forma de vencer al terrorismo es no aterrorizarse”. Vaya paradoja contemporánea. ¿Cómo hacemos para que el miedo deje de ser el alimento del odio, para ir contra nuestra naturaleza primitiva? Sólo se me ocurre una forma, aprovechando la capacidad más maravillosa de nuestra especie: la posibilidad de pensar. Para pensar necesitamos establecer bases comunes que inciten al diálogo, siempre y cuando éste pueda existir. No tienes idea lo complicado que es convencerse de esto cuando se te cierra la garganta al ver lo que ha pasado en Siria estos cinco años.

AGA: “He recorrido Siria de esquina a esquina, me he perdido entre sus calles y mercados, allá pasé Navidades con la comunidad griega ortodoxa, cenando en una iglesia hoy en pedazos, cerca de la tumba que contenía el cuerpo de mi bisabuelo. Después de cuatro años, recordaré cómo era ese país antes de la guerra. Ahí todavía hay gente buena”, atestiguas en un texto. ¿Cómo distingues la bondad después de la guerra?

MSA: En Alepo, al norte de Siria, una ciudad destruida primero por la dictadura y después por el Daesh, había un clérigo que se llamaba Amim Qasim. Musulmán, claro. Como no podía sacar a la gente de la ciudad para llevarlos a un lugar seguro, empezó a conseguir arroz, pan, azúcar y agua para dar a quien lo necesitaba. Me dijeron que las filas afuera de su mezquita eran enormes. ¿Sabes qué es lo que me da más miedo de la guerra? El hambre. Debe ser espantoso tener hambre. Amin Qasim era un hombre bondadoso, lo mataron en 2014. Hoy no paro de escuchar testimonios acerca de mujeres que se hacen cargo de niños huérfanos, o de niños con padres en los muchos frentes. Mujeres que tenían catorce o dieciséis años al empezar la guerra. Pocas o ninguna con hijos. Ya son madres sin parir. En la guerra hay rapiña y también bondad. Veremos qué pasa cuando termine.

Alejandro García Abreu
Ensayista y editor.

 

2 comentarios en “Esquizofrenia y desesperanza: Pensar Medio Oriente
Entrevista con Maruan Soto Antaki

  1. Pensar.
    Pensar como el comienzo de la solución a los problemas de las sociedades actuales. Pero qué difícil cuando las necesidades básicas están en incumplimiento: casa, vestido y sustento por nombrarlas en la forma en que yo las concibo.
    Pero a los que nos quedan precarias formar de satisfacerlas, habrá qué pensar y dialogar para que cada día se sumen más al ejercicio.
    Ya espero el libro! Gracias MSA!

  2. Interesante aun cundo Moruam habla de lca influencia de su madre Ikram, de uien yo fui disiciulo a mediados de los 80s, si noto batante quizas porque leyo sus fichas, con las que nos instruyo sobre Cultura y Política Arabe en el CIECAS . su libro sobre los árabes de Siglo XXI, con una desafortunada introducción que nos alejo., lo felicito por sus éxitos editoriales e Inshalla nos reencontremos un día, puesto que el cambio mucho de niño a joven adulto y al vernos en la Cineteca no lo reconocí, cuando presentara u endodne este libro ?