Su ausencia nos impediría entender las diferencias, su exacerbación lleva a la anulación de todas ellas. En los adjetivos descansan nuestras contradicciones.

Haciéndola de separador de páginas, encontré una nota en uno de los libros de mi biblioteca: “Cuando al mentiroso que afirma estar mintiendo, se le pregunta si lo está haciendo y éste responde que sí, ¿está diciendo la verdad?”.

Ya se había preguntado aquello, en el siglo IV antes de la era común, Eubulides de Mileto. Su paradoja, cuenta la leyenda, le hizo la vida imposible a más de un filósofo. La calificación de mentiroso determina la condición del sujeto al punto de confrontar el posible momento de verdad. Es quizá, ahí, que perdemos las posibilidades del conocimiento. Sin la condición del mentiroso no tendría objeto la discusión. La frase contiene una paradoja sólo por su adjetivo.

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Ilustración: Víctor Solís

Prestar atención a la prensa y más, a la infinidad de sentencias que habitan en los discursos rápidos, puede provocar un atisbo de sonrisa trágica. Es inmensa la cantidad de calificativos fatales con los que las preguntas se convirtieron en espejismos para quien decide no dudar. El adjetivo, imprescindible para saber si una mesa es de metal o madera, si mi anterior sonrisa contenía alegría o tristeza, fuera del terreno práctico se incorpora a las verdades o certezas que no piden desarrollar un discurso y se quedan sin perspectiva. La simplificación del juicio se hace prejuicio, aunque comúnmente el último implique la falta del primero. No es lo mismo decirle ladrón a quien se sorprende con las manos en un botín que tildar de delincuente a una prostituta.

Tomo, al azar, la columna de un diario. El tema no importa. Su sujeto es, dice, un fiasco, una pantalla, una simulación, un vendido, un maloliente, un supuesto, un inoperante. Un lamentable. Es demoledor, desgarrador, despreciable, insensible, surrealista, laberíntico y aterrador. Me detengo, llevo la mitad del texto y en su brevedad no tengo la menor idea de lo quería decir y empiezo a creer que me quiere convencer de algo, como lo hace el cura que habla mal del agnóstico del pueblo. Son tantos los males que encarna que ya no es poseedor de ninguno. En contraposición el ejercicio es similar. En un periódico diferente encuentro que se escribe sobre un individuo lleno de virtudes: gallardía, confianza, esfuerzo. No le falta, pues, atrevimiento ni valor. Habla de alguien que es correcto, limpio, solidario, consciente, esperanzador y pragmático —con la carga positiva que, dependiendo de la intención, puede entenderse como negativa—. En dichos juicios, casi por norma, se argumenta apelando a un sentido común que parte del convencimiento de una idea, sin darse cuenta de que la intangible cualidad que da valor a un dictamen proveniente de lo que se supone evidencia, es contraria a la paradoja de la cual se podrán desprender las verdades que se proclaman a partir de un espacio que las impide. En esos adjetivos, cuando son tantos y tan vacíos, nos ahorramos la reflexión. ¿Qué implica en los terrenos del pensamiento, un clasirracista y elitista intelectual que se transformó en todo eso por no querer ir a cierto barrio en bicicleta? En la vocación de lo políticamente correcto, de lo estridente y lo complaciente, hemos sobreadjetivado al universo. Ya no gozamos con la comodidad que otorgaba el sentirnos de un nuevo siglo. La frase y disculpa de novato que llevaba el inicio del milenio se ha quedado atrás y con ella la pena que acompaña a designios e intransigencias que han ocupado el lugar de las ideas complejas.

No se trata de evitar los juicios, mucho menos los adjetivos, sino de entender las posibilidades del lenguaje y usarlos con una discreción mayor a la de las balas de un fanático para explorar los terrenos del pensamiento y, al recorrerlos, llegar a los juicios con menores riesgos. Claro que una palabra ocupa menos espacio, pero yo no quiero menos espacio a la hora de intentar explicarme de qué se tratan las cosas más allá de lo inmediato. Cuando el adjetivo no construye una paradoja e imposibilita su contradicción o defensa es posible que debamos darle vuelta y revisarlo.

La historia de las paradojas es la historia de la inteligencia de nuestra especie. Su existencia se aleja de la fuerza del prejuicio. Si algo parece verdadero, imaginemos que es falso y sigamos el ejemplo en dirección opuesta. Hemos olvidado que las paradojas no son meras contradicciones, son proposiciones que se pueden contradecir. Son el camino que se arriesga y tiene que aceptarse en la imposibilidad de negar el absoluto de las creencias. Es la negación del dogma a través de la posibilidad de aceptación del hecho y el error. Incluso su propia equivocación.

Las herramientas tecnológicas dan la impresión de estar transformándose en un buen vehículo para transitar en el mundo geométrico del es o no es simple, el de la afirmación contra la negación poco profunda, el de la verdad o la mentira en los espacios que se suponen evidentes para ocultar una verdad más elaborada, si es que eso existe. Son instrumentos que se alejan de la contradicción. Casi siempre es una imagen. La palabra cada día parece importar menos. Aquí ambas funcionan de igual forma. Es el video de exhibición que, disfrazado de denuncia, califica a primera vista, sin más. ¿Para qué abrir la posibilidad de que lo evidente resulte erróneo? ¿Para qué intentar ser racional? Toma tiempo, es incómodo, no es popular. Hacerlo obligaría a discernir sobre los eventos para saber si contienen lo que encierra un cuadro, o si atrás de ellos, en los contornos de una imagen que no cabe en la pantalla, hay algo más que la historia que se intenta contar. Existen las dos posibilidades. Pensar es un ejercicio que cae mal.

Si la racionalidad es una construcción que emerge de las contradicciones, el adjetivo que no participa de esa edificación la impide. Busca imponer un juicio que se presume verdadero y encuentra réplica en quienes adoptan el adjetivo como argumento. La pregunta “¿por qué ese tipo es un idiota?” no se cuestiona las razones de una idiotez como da sentencia sobre su pobre capacidad. De aquéllos que hablan sólo con calificativos, en mi casa se decía, a riesgo de sonar contradictorio: “son de una bella mediocridad”.

Líneas atrás mencioné el sentido común como antípoda de las paradojas. Es una condición a la que se le han dado atributos que aún no descubro. ¿Quién dice que el sentido común es inteligente? En realidad se trata apenas de una construcción de la obviedad y ésta, a menudo, no necesita más que lo evidente para constituirse. El sentido común de un necio sostendrá que la prostitución es criminal, como no tardó en mostrar un funcionario local de cortos aires —según indica su puesto, no un calificativo gratuito—, hace no mucho, en la capital mexicana. Entonces “¡contra las putas!”. Será la conclusión más rápida. No lenones, clientes, pederastas, encubridores, abusadores, y traficantes —estos son sustantivos—: las putas son las malas. Es como si a fuerza de sumarse a ciertas causas lo lógico del sentido común se fuera diluyendo. Enfrentarse a situaciones del estilo sin la posibilidad de contradicciones en un afán de responder con certeza lo que preocupa es una ruta sencilla. Llena de afectos masivos. De sentimientos que se enorgullecen en lo ordinario y acusan de lo que termina por ser conformista, ¿quién quiere tener un mercado de cuerpos fuera de su casa? Corramos a la solución más rápida. A la que da respuesta al sentimiento de masa, del que no me consideraré ajeno aunque me niego a glorificar lo rudimentario de la condena.

Para, de distante y por ende opuesto. Doja, del conjunto de ideas. Explica el griego. Paradoxa, insiste el romano: lo contrario a la opinión común. En ella, el adjetivo hace jauja. Su peso será poderoso, dependiendo de la costumbre. El gordo será malo en un país de flacos, el extranjero deleznable en uno de nacionales. El narizón en la isla de los respingados y el valiente en tierra de cobardes. ¿Pero no es cobarde quien prefiere evitar las dudas y, al hacerlo, huye de las contradicciones para no ver las paradojas?

Todo prejuicio es lo que no entró al juicio verdadero, se escapó de él para refugiarse en la opinión de las masas, que se bastan con el consenso, con lo inmediato, con el vacío de la reflexión donde la nada no es racional.

El adjetivo resume pero también evita desarrollar una idea, se queda en la ocurrencia. Su nivel más bajo y menos inteligente. En el lenguaje las posibilidades de nombrar las cosas no excluye la capacidad de extender su definición a más de una palabra. Su reducción no admite incertidumbres, reniega a las contradicciones y, en consecuencia, lo hace de la verdad por limitarla a lo más básico. Como la pareja que se declara amor en exceso, de seguir como vamos, a un imbécil ya no le insultaremos al decirle que lo es. La verdad de una imbecilidad nacerá de su propia paradoja y la verdad es un error rectificado. Descansa en la paradoja que se opone a lo inaudito, a las apariencias, a lo evidente.

Maruan Soto Antaki
Ha publicado: Casa Damasco, La carta del verdugo y Reserva del vacío. Su más reciente novela es Clandestino.

@_Maruan

 

3 comentarios en “Contra el adjetivo, una nota a favor

  1. Me gustó el artículo porque me clarifica otra justa razón de porqué mis estudiantes en la Universidad deben leer. Ya se los compartí para discutirlo el lunes en clase. Gracias.

  2. No recuerdo cuando fue la ultima vez que un articulo tan pequeño me impresionaba tanto, (lo he leído ya varias veces), curiosamente dejo de impresionarme cuando vi que lo escribió el hijo de la Doctora Antaki. Debí haberlo sabido, casi me haces sentir envidia. XD

  3. Ojala, no sigas o sigan pensando que el trabajo de tu madre esta olvidado. Si de algo sirve, te podría decir que ella hizo algo por mi, algo que debe ser mas o menos cercano a salvar mi vida.