En la Ciudad del Sol, según cuenta Campanella, a los condenados a muerte se les daba a escoger el método por el que serían ejecutados. Y por lo visto, el preferido consistía en rodearse de sacos de pólvora y que se les hiciera estallar. Antes de la ejecución se hablaba mucho con los reos para convencerlos de la justicia del castigo, hasta que ellos mismos pedían la muerte. Y sólo entonces se les ejecutaba, una vez que se habían persuadido de que era justo. Es un verdadero exceso, una sociedad en que hasta los condenados a muerte son felices (la imagen recuerda, inevitablemente, los procesos de Moscú: y eso dice algo de la Unión Soviética, y algo también de la imaginación utópica). En ese tenor escribe Campanella.

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El hecho de que haya castigos en la Ciudad del Sol hace que sea una utopía singular. Normalmente, en un orden perfecto, feliz, como tiene que ser el de las utopías, no hay necesidad de castigar a nadie, porque se ha dejado fuera el delito, el pecado, la maldad. En la Ciudad del Sol los castigos están presentes constantemente. No son muy imaginativos: hay latigazos, exilio, una especie de cárcel, privación de la mesa común o del trato con mujeres, un foso con leones. Salvo por la elaborada fantasía de la pena de muerte, no son muy edificantes ni hablan de una humanidad mejor, ni distinta de la que conocemos. Casi todo es diferente en la Ciudad del Sol, desde el vestido y el modo de comer, la religión o el gobierno, hasta la educación; no obstante, los castigos son básicamente los mismos que ha imaginado la humanidad desde siempre, incluido el alarde teatral del foso de los leones.

La utopía es un género híbrido entre el tratado filosófico, la fábula y el panfleto político, que tiene un remoto parentesco con la ciencia ficción. Es el despliegue narrativo de una idea moral, un argumento disfrazado de crónica. Y por eso, como narraciones son casi todas bastante malas —y como argumentos morales un poco endebles.

El mecanismo de la imaginación utópica es muy sencillo, consiste en suponer realizado el orden que se quiere, y explicar las consecuencias. Suponer, por ejemplo, que existe la propiedad colectiva, o el gobierno de los sabios, y decir que como resultado la gente es feliz, o más bien, mostrar a la gente siendo feliz. Es claro que eso implica una crítica del orden establecido, que puede ser más o menos incisiva, pero no es nunca del todo convincente, porque la superioridad del orden utópico es indemostrable —se apoya en una mera invención.

A pesar de que suelen asociarse utopía, esperanza e ideal, no estoy seguro de que quienes escriben utopías sean optimistas. Porque necesitan que el mundo sea enteramente otro para que sea bueno. Es decir que no piensan que este, tal como es, tenga remedio.

Utopía es un lugar que no existe. Bien. Se sabe desde un principio que es un orden quimérico, imposible de poner en práctica. No obstante, también se supone que es un orden deseable, en que se han corregido todos los defectos de este. Y por eso la utopía sirve como crítica del orden vigente, y como aspiración —o como justificación de una aspiración. Bastan unas cuantas páginas de Campanella para desmentir esa creencia. Nadie querría vivir en una sociedad así.

No es sólo la idea moral de Campanella lo que uno rechaza, sino sobre todo su idea de la felicidad.

Como todas las utopías, La Ciudad del Sol es una reacción contra la modernidad: contra la complejidad y la fragmentación, contra la incertidumbre, la dispersión, la pluralidad, contra el cambio. El orden que evoca Campanella como modelo es uniforme, estático, inmutable. Perfecto.

No es por casualidad que la ciudad se describa mediante números y formas geométricas. Está dividida en siete círculos, cada uno con cuatro puertas; en el centro hay un templo de forma perfectamente esférica, con siete lámparas… El orden se dice en un lenguaje matemático, indudable. Por cierto, algunos detalles de la descripción parecen adornos, que podrían ser caprichosos —no lo sé (peristilos, cúpulas, mármoles, escalinatas). Pero los siete círculos fortificados dejan muy claro que la primera condición de la utopía es dejar al mundo fuera.

Acaso lo más conocido de la utopía de Campanella sea la fusión de la autoridad política y la autoridad religiosa. El príncipe supremo es un sacerdote, que tiene facultades políticas y religiosas. O sea, la Ciudad del Sol es una teocracia. Concedido. Pero de hecho, el príncipe gobierna de una manera bastante limitada, porque el orden que tiene que imponer es el orden de la naturaleza, según puede descubrirlo la razón. El príncipe no es un déspota, sino un sabio. No manda, sino que descubre lo que se debe hacer, es decir, en el fondo, no manda sino que obedece. Es el filósofo rey de tantas utopías, de Platón en adelante.

En realidad, lo importante es que la legitimidad corresponde al saber. En la Ciudad del Sol gobiernan los sabios. Que porque son sabios no pueden ser tiránicos: nuestro Hoh nunca será cruel, ni criminal, ni tirano, precisamente porque sabe tanto. Además, el triunvirato que gobierna, o que administra por encargo del príncipe, lo hace mediante un equipo de expertos, especializados cada uno en lo suyo; bajo Sabiduría están el Naturalista, el Economista, el Astrólogo, bajo Potencia están el Estratega, el Armero, el Ingeniero, el Tesorero, y bajo Amor, el Procreador, el Médico, el Educador. La religión tiene un peso relativamente menor en ese orden. El filósofo rey de Campanella es un personaje singular: impera sobre todas las ciencias, y se avergonzaría de ignorar cualquier cosa. La idea implica que hay una ciencia del gobierno, pero también que hay en general una manera correcta —científica— de hacer las cosas. Y una autoridad para cada ciencia.

Si se piensa un poco, en nuestro sentido común hay un resto de esa fantasía, la imprecisa convicción de que deben gobernar quienes saben (y no ha faltado entre nosotros quien proponga, con menos fantasía que Campanella, que se requiera algún título o grado de estudios para ser elegible como diputado, por ejemplo —pero esa es harina de otro costal).

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Acaso lo más característico del utopismo sea la idea de que el orden social puede ser imaginado, diseñado, pensado en su totalidad, y que puede ser producto de una decisión deliberada. Los solares, dice Campanella, acordaron vivir en comunidad, decidieron vivir según la filosofía. Decidieron que no hubiese riqueza ni pobreza, porque la pobreza hace a los hombres viles, mendaces, y la riqueza los hace soberbios, ignorantes y falsos. Y no hizo falta otra cosa, sino eso: acordarlo, decidirlo. Porque no hay distancia entre la intención y el resultado.

Hay algo casi infantil en la manera como se dan por resueltos los problemas. Para empezar, los solares tienen abundancia de todo (porque son dóciles y trabajadores). Y eso, claro, facilita mucho las cosas. La educación no plantea mayores problemas, porque acostumbran a aprender todas las ciencias sin esfuerzo, casi jugando. A veces hacen la guerra, pero ganan siempre: luchan sólo en defensa de la libertad, contra la tiranía, y sus enemigos son los enemigos del derecho natural y de la religión. En cualquier caso, aunque no estén en guerra, se ejercitan en el arte militar para no acostumbrarse a la comodidad.

La tentación de la utopía resulta del viejo deseo de que todo lo bueno venga junto: conocimiento, virtud y fuerza, prosperidad, libertad, bienestar, tranquilidad. De ahí proviene la intrincada armonía de esos mundos imaginarios, en los que no es necesario escoger entre libertad e igualdad, entre prosperidad y justicia, o virtud o seguridad. La imaginación utópica es en eso claramente antimoderna, se rehúsa a admitir que haya conflictos entre los varios fines deseables, porque eso significaría que cualquier orden va a ser irremediablemente imperfecto —porque pondrá un valor por encima de los otros, y significará una preferencia entre fines incompatibles.

Donde hace falta, para ahorrarse discusiones, Campanella echa mano de la tecnología —en realidad, una especie de magia. Los solares extraen agua donde sea con un ingenioso manubrio. Artificios admirables, remedios secretos les permiten resolver los problemas de la guerra, la agricultura, la navegación. No nos hemos curado de esa ilusión.

No sería exagerado decir que los solares son felices, o que Campanella se imagina que son felices, porque disfrutan de elevados placeres —contemplativos y gregarios, trascendentes. No obstante, están privados de otros, más prosaicos. La comida, por ejemplo, es asunto de los médicos, que deciden lo que se debe comer cada día. Porque en la sociedad perfecta la alimentación es tan sólo un problema de salud. El sexo, igualmente, es una cuestión clínica, que se refiere a la higiene y la procreación. Es muy llamativa la libertad con que Campanella organiza la actividad sexual: la autoridad decide quién debe juntarse con quién, y en qué horario, y las mujeres son comunes (no dice, aunque vendría a ser lo mismo, que los hombres sean comunes), e incluso admite que haya quienes deban practicar el coito por necesidad médica, o por una excitación irreprimible, pero se cuida que lo hagan con mujeres estériles o de poco valor. Bien: es llamativa la libertad, tanto como la disciplina.

Cuidadoso de todo, metódico, Campanella elimina también la más azarosa de las causas de la desigualdad: entre los solares no existe la fealdad. Y ese detalle hace que la Ciudad del Sol resulte especialmente desagradable —de una rara inhumanidad.

Por contraste con ese orden geométrico, inmutable, riguroso, donde está todo previsto, resuelto, con criterios científicos, conforme a la razón, por contraste, digo, se cae en la cuenta de que lo que nos importa en la vida depende en mucho del azar, y que lo valioso es efímero y contingente, precario, frágil, y que es valioso precisamente por esa fragilidad, porque podemos perderlo. Y depende de la improvisación y el capricho, y el deseo.

Es casi inevitable simpatizar con Tommaso Campanella (1568-1639): fraile dominico, agitador, acusado varias veces de herejía, conspirador, torturado por la Inquisición, preso en las cárceles del Santo Oficio por más de treinta años, que vivió a la espera del fin del mundo, acosado por terribles figuraciones astrológicas (es, por cierto, lo más pintoresco del libro, la alucinada fantasía barroca que forman las mutaciones de los ápsides, el trígono de Cáncer, las conjunciones de Mercurio en Sagitario y Marte en Virgo, la nueva Casiopea…).

En los prólogos suele decirse que la lectura del libro que sea es indispensable, importantísima, de enorme actualidad. En este caso, no es así. En sí mismo, el libro de Campanella no tiene mucha importancia. La lectura no es urgente. Pero sí resulta muy entretenida. Es conmovedora la apremiante alucinación de ese fraile preso, torturado, empeñado en imaginar desde su celda un mundo feliz. La tosquedad del diseño, además, hace muy fácilmente visible el componente utópico de algunos de los automatismos de nuestro sentido común. Por ejemplo, la necesidad de creer que todo lo bueno puede venir junto, que no hay necesidad de elegir. O nuestra ingenua confianza en los expertos.

Campanella escribió contra la modernidad, al filo del apocalipsis. Se me ocurre que la mayor virtud que podría tener su libro, leído hoy, sería reconciliarnos con la naturaleza imperfecta, heterogénea, inacabada, cambiante, de la condición moderna. Y con la inevitable fragilidad de lo que queremos, de lo que hace que la vida valga la pena. Aunque fuese sólo por eso, resultaría interesante adentrarse en esa extravagante pesadilla que es La Ciudad del Sol.

 

Fernando Escalante Gonzalbo
Profesor en El Colegio de México. Su más reciente libro es Historia mínima del neoliberalismo, El Colegio de México, 2015.

 

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