croata

Presentamos un relato incluido en A todos nos falta algo. Antología del cuento croata (Cal y arena). En la mayor parte de los cuentos seleccionados, la guerra, aunque sea en trazos, es parte integral de la paz, pero a diferencia de la postura dominante de los años noventa, los escritores ahora tienen la libertad de darle la espalda, y así el gran denominador común ya no existe.


El frío es insoportable y Rana, con la cabeza rapada, lleva una minifalda.

—¿No tienes frío en la cabeza?

Estamos de pie sobre el hielo, delante de su edificio, hoy por la noche será Navidad. Mis anteojos se empañan con el vapor de la conversación. Ella lleva una chaquetita con capucha y fuma, tiritando.

—Te pregunto si tienes frío, ¿no tienes un gorro?

—¿Tú tienes frío? Me cago en ti. ¿Qué pregunta es esa?

Ella es así, habla así, un hombre normal le daría una paliza, pero ella sabe que yo no le haré nada. Tira un cigarrillo y enciende otro, haciendo caso omiso de mí. En aquel momento aparece Hermano en mi coche. Sale, sopla en el cuenco que arma con sus manos para calentarse y coloca una bolsa de mujer en la cajuela.

—Jaja, Rana, no seas siempre una idiota —dice y le pone con fuerza la capucha en la cabeza.

—De veras es problemática. Que se acomode en el asiento de atrás y no la dejes salir de ninguna forma antes de llegar a Zagreb, porque se va a escapar. Yo qué sé dónde lo hara… Que orine en una bolsa de plástico. Ayer la dejé sola diez minutos, me dijo que tenía que ir al baño y se rapó la cabeza.

Hermano baja del asiento del conductor y ella se acomoda en el asiento de atrás.

Rana ha crecido mucho, se graduó el verano pasado, mide 1.80, tiene 19 años y los ojos verdes delineados con negro. antes de que su hermano cierre la puerta de golpe, ella le grita:

—¡Eh, hermano, pendejo, ojalá te mueras!¡Pendejo!

Está más loca que antes —me viene a la cabeza—, aunque nunca fue muy normal.

Acelero. El coche ronronea y se desliza, bajando la fangosa colina llena de charcos congelados. Suspiro de alivio cuando veo a Hermano desaparecer balanceándose hacia el edificio. En el retrovisor veo el perfil rapado de Rana: se mete la uña azul del pulgar en la boca. Las calles están sucias y desiertas. Aquí y allá, en alguna ventana, brillan los adornos o la cruz hecha de lucecitas navideñas, y un Papá Noel de plástico con la nariz rota escala una cuerda para alcanzar un balcón cualquiera.

—Hay hielo en la carretera, pero afortunadamente el viaje no es largo —le digo al retrovisor.

El día anterior recibí la llamada de Hermano preocupado, pidiéndome que me llevara a su hermana por unos meses, tal vez un año entero, a mi casa de Zagreb. Tal vez definitivamente —pensé— y no conozco a esa chica.

—Tu hermano me pidió que te llevara —le digo amablemente—. Está muy preocupado por ti. ¿No te das cuenta? Ni siquiera ha podido esperar a que pase la Navidad para esconderte. Ahora estás enojada, pero vas a estar bien, no te preocupes. Vas a trabajar en mi tienda: la verdad es que necesito a alguien que me eche una mano.

—¡¿Tu negocio no se había hundido?!

Yo y Hermano no somos muy amigos y yo y Rana tampoco. La última vez que los vi fue hace dos años en Bosnia, en el funeral del hombre que era nuestro padre, mi medio padre, tal y como ellos son mis medios hermanos. Recuerdo que cuando vi por primera vez a Rana tenía cinco años y tenía puesto un camisón de franela porque tenía gripe, no paraba de estornudar. Ahora todo el camino lo pasa en silencio, como blindada.

Afuera ha empezado a caer nieve nueva, brillante, y el mundo, tan pronto como salimos de la ciudad, se ve increíblemente bonito a través de los cristales del coche, parecido al arte naif: sólo bonito. Casas en los valles bajo la nieve, todas igual de blancas, incluso las que no tienen ventanas ni puertas. El huomo de las chimeneas se pierde entre las colinas. Hay muchos alminares nuevos en los pueblos adyacentes a la carretera, y torres de las iglesias, nuevas y altas, que se están construyendo, según por donde pasemos.

—Mira esto, Bosnia con nata —le digo para romper el silencio.

—Claro. Mierda con nata, el mismo sabor de siempre.

Trato de sintonizar alguna estación de radio.

—Si tú lo dices…

Eso es asunto de ella, yo no tengo nada que ver con Bosnia. Aparte del padre que compartimos y de ellos dos, y ni siquiera nos parecemos.

En el radio algún cantante de música popular maldice el amor. Mejor eso a que ella me taladre los oídos con su silencio. Tiene la frente y la nariz pegadas a la ventanilla. Una chica grande que parece una niña, un gran bebé calvo. Me miro las patillas a través de mis anteojos en el espejo retrovisor, a hurtadillas, en la parte plana de la carretera. Tiene razón, maldita sea, estoy perdiendo rápidamente el pelo.

—¿Quieres pasarte delante? Es más cómodo.

Está completamente doblada sobre sí misma en esa falda. Niega con la cabeza, que en seguida esconde entre sus rodillas, que rodea con sus brazos y alza a la altura de su mentón. En la coronilla le descubro un arañazo reciente y la piel algo irritada, probablemente de afeitarse. ¿Para qué lo hizo? Rana tenía el pelo largo, del color del oro, casi blanco durante su niñez, lo recuerdo bien. Luego lo tuvo rojo y después negro, un piercing en la ceja. Más tarde, verde con un piercing en el ombligo y todavía más, amarillo canario, ésa fue la última vez que la había visto.

—Bueno —vuelvo a intentarlo— siempre te ha gustado Zagreb. Vas a estar bien, es una ciudad grande. Cine, compras, conciertos, salidas nocturnas, ya verás, mucho mejor para una chica joven…

Levanta la cabeza y me mira como si yo fuera idiota y la vuelve a colocar sobre sus rodillas sin decir una palabra. Se queda así todo el camino, inmóvil. En la radio pasa el informativo varias veces, predicen una tormenta de nieve y veinte grados bajo cero por la noche. Sólo se mueve cuando pasamos por las aldeas cercanas al cruce de la frontera. En aquel momento le entran los nervios.

—Para. Porfa, necesito mear. No seas cabrón, manito. No voy a huir. Te lo juro. ¿Adónde iría?

A nuestro alrededor hay un desierto de nieve, campo abierto. Algunas casitas vacías al lado de la carretera y el bosque en la distancia. Un kilómetro más adelante vemos una casa grande con el signo de neón que dice "Taberna". La fachada, de color amarillo limón, sólo está terminada en la planta baja. Estaciono cerca de la entrada, parece que está abierta. Al salide del coche, Rana estira los brazos sobre su cabeza como para rendirse o para saludar y casi sonríe un poco, la primera vez que lo hace desde que la recogí.

Frente a la taberna hay un árbol navideño algo mustio pero decorado, y en el interior, por encima de la barra, cuelgan las fotografías de los generales de la Guerra Patria enmarcadas con cintas relucientes de año nuevo.

Mientras espero a Rana, pido café para dos y me sitúo cerca de la estufa. Espero que no huya por la ventana del baño, como en las películas.

Hermano me dijo:

—Lo de darme vergüenza es lo de menos: "Aquí tienes sus documentos, escóndelos inmediatamente en un lugar seguro en Zagreb. La identificación, el pasaporte, la licencia de conducir, y lo demás y algo de dinero. Será suficiente para los gastos de alojamiento y la comida, al menos para los primero tres o cuatro meses".

Había en el sobre bastante más que para comida: Hermano sabe lo mucho que necesito el dinero. Y yo también lo sé. En ese mmomento me hizo un guiño y me dio una palmadita en la espalda, me apretó el hombro, como de hermano a hermano, como un amigo a su amigo. Tienes que guardar sus documentos bajo llave. Prométemelo. Por tu vida…

—Me lo ha dicho todo y para que quede claro —le digo a Rana—, en eso lo apoyo totalmente. No se puede perseguir a un hombre casado. Me inclino sobre la mesa acercándome a ella.

—Un hombre casado y además uno de ellos. De verdad han pasado todos los límites. Realmente quieres que alguien te dé una paliza y te tire a la basura.

Rana me mira sin pestañear con sus ojos verdes, el maquillaje se le ha corrido.

—¿Qué quieres decir con lo de "uno de ellos"?

—Sabes bien lo que quiero decir. Personalmente, no estoy ni a favor ni en contra de ellos, pero te lo digo por tu propio bien. Has pasado todos los límites. Ni en Zagreb, ni en Frankfurt, ni en Londres, ni en ningún lugar del mundo es un asunto sin importancia, ni mucho menos…

—Oye, ¡¿cómo que "uno de ellos"?!

En aquel momento Rana ríe. de manera forzada y entrecortada. Me lanza su cuchara de plástico y ésta aterriza en el mantel.

—Quieres decir un-a de ellos. Es mujer.

—Mujer —repito como si estuviera soñando.

—Sí, mujer. Se llama Senada. ¿Por qué me miras con esa cara de sorpresa? —dice Rana hamacándose en su silla.

Rana cuidaba al niño de Senada de vez en cuando, eso lo sé. La vi sólo una vez. Una mujer pálida de ojos negros, dos o tres años mayor que Rana.

—Y no la estoy persiguiendo. La persigue ese marido idiota que tiene y la está matando desde que se casaron. Yo no persigo a nadie, nosotras dos estamos juntas. Ahora ya lo sabes todo, toda la verdad.

Siento que la sala gira y mi café, junto con el ácido del estómago, sube hasta mi garganta. Inhalo con tanta fuerza que siento dolor.

—¿Desde cuándo te gustan las mujeres? Antes tenías novio.

—No me gustan las mujeres. Me gusta Senada. Ella es mi mujer, entiéndelo. Queríamos irnos con el niño a la casa de su hermana de Sarajevo. Allí encontró trabajo. Pero su marido se dio cuenta de todo y se presentó en la puerta de la casa de mi hermano. Le confiscó sus documentos, como mi hermano hizo conmigo para que no podamos vernos, al cruzar la frontera. Te ha mentido. Miente más de lo que habla. Pero la verdad, como puedes ver, es aun peor de lo que pensabas —dice y dispara otra ráfaga de risa.

—¡Para ya! —le grito—. ¿Fue hermano quien te rapó la cabeza?

Se sonroja.

—Qué más da —digo secamente, con un suspiro. Tomo la llave del coche y dejo unas monedas sobre la mesa.

—Espérame en el coche, está abierto.

Palpo el sobre con sus documentos y el dinero en el bolsillo interior de mi abrigo.

En la barra lo envuelvo varias veces con cinta adhesiva y lo guardo en el mismo lugar.

Tan pronto como bajé por las escaleras de la taberna, me golpeó una piedra, o tal vez un trozo de hielo (el golpe fue frío y cortante). En el cuello. Me sorprendió la vehemencia con la que Rana saltó sobre mí, mordiéndome las mejillas y las orejas. Enrolló sus piernas alrededor de mi cintura, se encaramó sobre mi espalda y me pegó y mordió hasta que me quitó los anteojos y me robó las llaves del auto. A duras penas logré deshacerme de ella, tirarla al suelo, meterle nieve en los ojos y en la boca. Bajo mi peso Rana lloraba, gemía y gritaba como loca. Los pocos clientes de la taberna se apiñaban contra las ventanas, observaban todo lo que sucedía: ellos veían a un loco estrangulando a una chica calva. Me di prisa, antes de que algún idiota tuviera el valor de intervenir. La apreté con todo mi cuerpo para que no se moviera y con la mano libre saqué a tientas el sobre de mi bolsillo:

—Veo que tienes todo planeado, pero te falta algo —le dije al oído, tumbado sobre ella.

Con la mano le quité la sangre, mía, que le manchaba la cara.

—Feliz Navidad, hermanita —le digo—. Y para Senada también.

Y le metí el sobre por detrás, en las nalgas, muy adentro, para que no se cayera:

—Sin esto no llegarás lejos.

Me dio una patada entre las piernas y yo me revolqué en la nieve doblado de dolor. Tumbado en la nieve vi borroso aquel árbol navideño mustio y decorado, delante de la taberna, en la frontera entre Bosnia y Croacia. Las lucecitas parpadeaban en rojo-blanco-azul-rojo, o tal vez en algún otro orden… Y mis anteojos descansaban sobre la nieve, milagrosamente intactos. Esperé hasta que llegara tambaleándose hasta el coche y luego me los puse, con cuidado, para no dañarme la oreja herida. Habían predicho muchos grados bajo cero y tormenta con nieve, mucha nieve. Faltaba por lo menos una hora y media hasta Zagreb. Rana finalmente encendió el coche y enfiló en dirección opuesta a la frontera, hacia Senada. Entonces la gente salió de la taberna. Agarré una piedra y la lancé hacia el coche. Apunté bien: se oyó cómo se impactaba contra la ventana trasera. Para que cuando hablen de esto, no digan que la dejé ir sin pelear.

 

Olja Savičević Ivančević.
Poeta y escritora.


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