A quien nos lee,
si quieres apoyar nuestro trabajo te invitamos a suscribirte a la edición impresa.

SUSCRÍBETE

Si se lee la prensa, se presta algo de atención a las redes sociales y levanta el oído en la calle, se podrá coincidir en que el insulto es un concepto que se ha ido depreciando. Su valor se ha hecho mínimo y rudimentario, los insultos ya son pedestres. No faltan los emisarios de buenas costumbres que lo definen como parte de la mala educación, olvidando el florilegio que varios autores han escrito y ahora, se alimenta del menor esfuerzo. El insulto arriesga a confundirse con la grosería, venga, con la simple majadería que no pasa de la palabra, molesta a quienes aún toman en serio los intentos de ofensa con los que un agresor arroja el adjetivo. Ése sin la menor intención de elaborarse interesante. Pero el verdadero insulto es mucho más grande y cuenta con el trabajo estético donde, como en la literatura, puede importar más cómo se dice algo, que lo que se dice. Esta cualidad no sólo se encuentra en los mayores textos, sino, también, en algunas lenguas.

02-insulto

En árabe, algo por el estilo de un “me quiero acostar con tu hermana”, me dijo en Nueva York un taxista iraquí; la experiencia me ayudó a identificar su acento, menos lírico que el de Damasco. Esa frase, mal pronunciada, es una provocación suficiente para arremeterle un cabezazo a su emisor. El tipo, malcarado desde que lo conocí al abordar su vehículo, no imaginó, hasta mi respuesta, que entendería el improperio que arrojó tras mi salida de su coche. Las razones de su enojo importan poco y caerán en la subjetividad, sin embargo, aquella frase que espetó el hombre a mis espaldas —cuando lo escuché ya había descendido e iniciaba el resto de mi recorrido a pie— gozaba de las virtudes que viajan miles de kilómetros para descubrir a quien las reciba. En sus insultos se puede entender parte de la cultura de los pueblos.

Siendo hijo único, mi hermana, por demás ausente, no tenía que preocuparse por sentirse o no atraída a aquel que la deseaba. A mí, lo que ella hiciera en la cama me es tan intrascendente como las tareas carnales del resto del mundo, pero ese insulto que me tenía de destinatario antes que a ella cargaba con un peso mayor a la simple burla. Sus palabras eran poderosas, sobrepasaban algo trivial como una posible insinuación a que ella, quien le despertaba tales arrebatos, fuera, sin ánimo de insultar a mi hipotética familia, un adefesio deforme, maloliente y brillante como la noche, que necesitara de virtudes más inteligentes para llamar la atención que una belleza, quizá, sólo palpable para el iraquí tras conocerla. Partía, como todo insulto, del intento de acabar con el oponente usando un arma rápida y letal.

Sin hablar árabe de forma frecuente, las palabras escapan de mi memoria. Si en este momento, mientras escribo, se me preguntara algo en ese idioma, tardaría por lo menos unos instantes —que ignoro cuánto duren— en articular una frase decente pero, en aquel momento, sin darme cuenta, empecé a contestarle de forma apropiada y lo seguí haciendo por los siguientes minutos con la cadencia propia del verso.

En árabe, como en otras lenguas, insultar es bellísimo. Se mezclan animales, intenciones y el estudio anatómico del individuo. Tales palabras, si bien despiertan la curiosidad médica, se nutren de lo que se considera inaceptable para una cultura, más que por su significado literal. En la tradición árabe los perros se desprecian, entonces, si alguien me ofende usando en su insulto la figura de uno con cuatro patas —sería más ofensivo si sólo tuviera tres y anduviera cojo por la vida— poco importará mi amor a ellos y en violenta reciprocidad, mi cólera estará justificada.

Si lo elaborado de la ofensa parte del lenguaje y éste se construye y responde a los tiempos, poco efectiva habría sido mi defensa, siguiendo las sugerencias de Cyrano de Bergerac a Valvert, y le preguntara al narizón del taxista: “¿Esa nariz os sirve de escritorio, o guardáis en ellas las tijeras?”. Pero no sólo el lenguaje es importante para el buen insulto, depende del ingenio, como le insistió Cyrano a su oponente cuando le propuso cómo enfrentarlo mientras señalaba su propia extensión nasal: “¡Es una roca… un pico… un cabo! ¡Es toda una península!”.

Pero el ingenio que alimenta ese insulto parte de la ironía y ésta abre nuevas puertas a lo que Schopenhauer llamó El arte de insultar.

La ironía, para ser efectiva, se aprovecha de una confusión en la que se puede disfrazar de conocimiento. La burla que cuenta con ella debe tener los elementos básicos que le permitan acercarse a la realidad. Sería imposible que Cyrano se burlara de su protuberancia si ésta no existiera y en cambio, tuviera la nariz de una muñeca —nunca he visto una muñeca narizona—. Menos, si su interlocutor ignorara en qué es distinta una península de cualquier otra formación geográfica. Con esta cercanía a la realidad, la ironía coquetea con la moralidad y se aleja del arte de la palabra. Con su crueldad, lo hace de la comedia. Además de estas cualidades, el insulto irónico, sin duda elegante, necesita de otra cosa que no tiene el insulto ramplón, vulgar y efímero: se debe al tiempo. Es evidente que si tenemos prisa en terminar una discusión, no desperdiciaremos segundos en formular una frase irónica y nos encomendaremos al calificativo. Bribón, mallugo, bellaco, patán, granuja, canalla, guante, zopenco, sinvergüenza, bufón, baboso, alfeñique, berzotas, capullo, mamarracho, gañán, lerdo y pelele que en otros tiempos y latitudes han tenido efectos que invitaban a sacar la pistola en duelo son tan rápidos como sus evoluciones contemporáneas. Que el lector piense los que le vengan a la mente. Así será más eficaz, a pesar de su falta de elaboración, avisarle a un político que es un imbécil que citar al Falstaff de Enrique IV y decir: “No hay más fe en él, que en una ciruela podrida”.

La imbecilidad del anterior personaje será para todos una falta sobre la que no se tendrán que dar más explicaciones. Nadie la considerará virtud y, en su simpleza y poca imaginación, se ahorra la posibilidad de que aquel político, por la razón que sea, tenga cierto agrado por los frutos a punto de putrefacción. Con muy poco trabajo, esto permitiría un segundo insulto. No dudo que al final, aunque nocivas, esas ciruelas sean más dulces.

El insulto no es eficaz si el agresor es el único que considera ofensivas sus palabras y será el ofendido quien posea la capacidad de juicio sobre qué tanto daño le hace lo que le han dicho. Ocurre en varios niveles, desde la retórica del poderoso que, escudándose en su cinismo, declara falacias que le toman el pelo a los pueblos sin fortuna, al individuo que estructura una injuria que no siempre le sale bien. Así, sólo por poner un ejemplo, un tipo que una vez discrepó conmigo al explicar mis posturas sobre la guerra en Siria y luego me calificó con un: “eres un humanista de mierda”, no hizo más que agradarme pese a su escatológica afirmación que, imagino, tenía las intenciones opuestas. Aquel juicio, sin importar su efecto contrario, contaba con las condiciones del insulto: si el espacio o la cabeza no dan para presentar un argumento, se ha convertido en asunto de honor mezquino ser quien tira la última pedrada, aquella que no necesita de la verdad, la astucia, el saber o la razón. La descalificación que evita el objeto del debate y se vuelca en la persona, no en su discurso o en sus ideas. Los “te equivocas”, “no es así”, “mira quién lo dice”, aunque algo sutiles, junto a toda la retahíla de suposiciones con las que sin explicación posterior alguna buscan suprimir lo que dice alguien con quien no se coincide. Terminan hermanándose con el calificativo pobre que apela a que la contraparte reaccione de igual forma para sumergirse en lo pueril, el mínimo ejercicio intelectual o bien, lo meramente animal que por su misma cualidad, de resultar vencedor en la disputa, brinda la satisfacción más primaria y amplia, a la que nadie puede escapar.

Y si el insulto o la ofensa son una última propiedad, como sucede con el amor, al anunciarse recurrentemente pierde su fuerza y la palabra se diluye entre otras de menor compromiso. Esta propiedad que se acerca al espíritu democrático —hacer notar la estupidez es posibilidad universal y, en ocasiones, el estúpido logra con su insulto salvar la distancia intelectual que lo separa de un oponente más capaz— pierde su arte en el uso que cada vez se ve más en las discusiones. Comentarios al margen de artículos, debates trabados en la calificación que sin mayor prosa tilda del lugar común que rija en el argot y la localidad, muestran el poco ejercicio que destinamos al buen insulto. El que se aprende, se practica, sorprende y, como estocada perfecta, inutiliza al contrincante empleando la herramienta máxima del debate: el lenguaje, producto de la inteligencia. Con ella, el insulto se puede transformar en virtud del pensamiento y la estética.

 

Maruan Soto Antaki
Escritor. Ha publicado: Casa DamascoLa carta del verdugo y Reserva del vacío.

@_Maruan

 

6 comentarios en “Notas sobre el insulto

  1. Excelente artículo que trasciende la lingüística y la semiótica para adentrarse en la filosofía del encuentro con el otro. Felicidades!

  2. Excelente visión del insulto para transmitir a la infancia mexicana que hoy tenemos cerca

    • Auch! Muy cierto, desafortunadamente el nivel de nuestro debate en México es más pobre aún que nuestras finanzas.

  3. Tu ego es más grande que tu texto y tu análisis más pequeño que tu contenido. Felicidades ya puedes impresionar mentes más “pacientes” con tu parla cíclica absolutamente necesaria.

    • Casi bravo. Aplaudiría el esfuerzo pero fue tan grande como el de un caracol para ir lento. Quizá, tanto como el de un adolescente para enojarse con sus padres.

      Pruebe algo más: describa el tamaño de mi ego, compárelo con algo (un edificio del que se tira una lombriz, por ejemplo). Hágalo con la pequeñez del texto, enfréntelo a mi estatura, también con su lenguaje, con su desprecio a la paciencia o a la gente que la ejerce. Ya que tiene prisa, hable de la virtud de la impaciencia, esa con la que un topo se estrella con la pared mientras alguien lo ve y dice: “mira, hay bestias y hay animales”.

  4. Sinceramente es un texto pobre, que pone al autor en el mismo auto junto a Azcárraga y su patética “ódiame más”. Al final viene siendo la exposición de un privilegiado diciéndole al otro, sin privilegios, me vale madre lo que me digas, no me interesa…