Alejandro García Abreu: En el texto “La novela polaca”, incluido en Formas breves, afirma que las “traducciones tienen una importancia decisiva en la historia de los estilos”. ¿De qué manera percibe las traducciones de su propia obra?

Ricardo Piglia: Es una experiencia curiosa. En general no intervengo en las traducciones. En las lenguas que leo —francés, inglés, portugués— miro un poco el tono cuando ya está editado el libro para ver si se parece al que tenía en español. Lo importante es la relación que se establece con los traductores que suelen hacer preguntas muy puntuales y específicas. Son los que mejor leen los libros. Tienen que leer todos los datos y cuestiones. La traducción es uno de los grandes temas para debatir en América Latina. Sufrimos las traducciones españolas. Los jóvenes leen la literatura traducida con criterios lexicales, localizados por los españoles. Tenemos que realizar una reunión en América Latina para empezar a discutir ese asunto. Los escritores, mal o bien, se las arreglan para leer los originales. Pero los lectores jóvenes de Raymond Carver o de Vladimir Nabokov, por ejemplo, están leyendo un castellano que los afecta. Me parece que los escritores no sólo tenemos que pensar en las maneras en que somos traducidos, sino en qué podemos hacer para que no sea el español de España, en el sentido más pleno, el que se imponga como modelo de lengua literaria.

03-realidad

AGA: Uno de los pasajes de “Notas sobre literatura en un Diario”, perteneciente a Formas breves, alude a “Emma Zunz”, cuento de Jorge Luis Borges que plantea un “teatro de máscaras” donde los cuerpos se trasladan de “un escenario a otro a partir de una lógica fundada en la semejanza y en la sustitución”. En múltiples libros suyos se desenvuelve Emilio Renzi, álter ego que surge de su nombre completo: Ricardo Emilio Piglia Renzi. ¿Cómo distingue la constante traslación de Renzi entre los diversos escenarios?

RP: Después de trabajar durante tantos años me doy cuenta de que quizá lo que hago es dejar en mis libros el registro de la vida de alguien que se llama Emilio Renzi. Me sentiría satisfecho si de mí se dijera que se comprende cómo fue la vida de un joven que crece y madura realizando los trabajos que hacemos los escritores e intelectuales en Argentina. De modo que quizá el eje que encontraría —si tuviera que definir un eje de mi obra— es la presencia de Renzi en distintos planos, a veces como personaje secundario, a veces como narrador. No fue algo deliberado; empecé escribiendo los cuentos de La invasión, donde empezó a desarrollarse. Es como la ilusión, la idea de poner en un plano a un personaje como objetivo de la narración.

AGA: En el epílogo de Formas breves escribió que los textos que integran el volumen “pueden ser leídos como páginas perdidas en el diario de un escritor y también como los primeros ensayos y tentativas de una autobiografía futura”. Pienso que El último lector y Crítica y ficción se inscriben en el mismo ámbito. ¿De qué manera relaciona los tres libros?

RP: Pueden ser entendidos en esa línea. Pienso incluso en una posible autobiografía. Uno de los centros estaría constituido por los libros que he leído. Me gusta —al narrar una vida— tomar series: los libros que he leído, las mujeres que he amado, las veces que me he encontrado con los amigos en los bares. Esa idea de vida está en El camino de Ida: en realidad estamos viviendo días en los que somos varios. Si tuviera que escribir una autobiografía es muy probable que la trabajara en esa línea. Se puede percibir en El último lector, en Crítica y ficción y en Formas breves la vida de un lector, más que la de un escritor.

AGA: En El camino de Ida Renzi es consciente de la extranjería. ¿Cómo contrasta la condición del exiliado con la del extranjero?

RP: El exiliado es alguien que no puede volver por motivos políticos o de otro tipo. La idea de que esté bloqueado el regreso es un elemento que constituye una conciencia determinada respecto al lugar en que uno vive. En la novela escribí sobre alguien que no es un viajero, ni un turista, ni un ilegal. Es alguien que está instalado en esa sociedad y tiene un trabajo seguro. Tiene que ver con su propia vocación. Sin embargo, no logra incorporarse de una manera fluida, aunque, como es el caso de Renzi, no se dedique a cultivar el folclore del país del que proviene —sólo ver a argentinos—; trata de integrarse. Tiene que ver quizá con la situación actual, en la que estamos siempre un poco desenfocados. Se trata de la escena de alguien que vive en un país extranjero, donde se siente cómodo y bien recibido, pero no termina de sentirse él mismo ahí. Fue lo que me motivó a escribir el libro. Eso provoca un tipo de mirada —que buscamos los escritores— un poco distanciada de lo real, que nos permite ver elementos invisibles.

AGA: “El mapa es la metáfora de que se es un forastero”, aseguró en Crítica y ficción. Pienso en un mapa y en el itinerario de Renzi que los lectores conocemos. ¿Cuál sería el lugar actual de su  álter ego?

RP: Doy vueltas a eso. Una idea que tengo es que él vuelve a Adrogué por motivos personales y se encierra un tiempo en una de las casas de su infancia para leer su diario. Podría ser una novela. Él está ahí, vive algunas experiencias, pero en realidad repasa distintos momentos de su vida. Otra tentación que tengo es retomar el relato en el instante en que se encuentra con Junior, el amigo de toda la vida que se ha quedado con su mujer. Podrían ir a un bar a charlar y la novela sería esa conversación. Hay posibilidades potenciales, pero en general dejo que las ideas se asienten un poco y luego, en algún momento, aparece un impulso que me lleva a escribir el libro.

AGA: En El último lector afirma que el “procedimiento de relacionar ‘por caminos extraviados’ lo que ha vivido con lo que ha escrito, percibir fragmentos de realidad cifrados en los textos, es una de las claves del efecto Kafka”. Creo que sus diarios —que ocupan 327 cuadernos— constatan ese aspecto kafkiano. ¿De qué manera vierte la realidad en la ficción?

RP: Me doy cuenta de que en muchos casos hay fragmentos de realidad trasladados a la ficción, ciertos elementos que son a veces cambiados de lugar. Por ejemplo, no he visto específicamente a un profesor que tenga un tiburón en el sótano de su casa, pero conocí a alguien que en su sótano tenía un acuario con un pulpo. El sentimiento que me produjo saber que había una casa como esa, una residencia victoriana, donde uno tiene una vida pacífica y en la que hay un acuario con animales peligrosos me llevó a construir el personaje del profesor con el cual él se encuentra. Son piedras de la realidad que uno lleva y luego la ficción las transforma. No recordaba la cita de El último lector porque no me releo.

AGA: Con excepción de sus diarios, que sí relee.

RP: Sí releo los diarios. Pero en general trato de no volver a leer los libros.

AGA: El texto “Hotel Almagro” (incluido en Formas breves y en Los diarios de Emilio Renzi. Años de formación) concluye: “También el Hotel Almagro sigue igual, y cuando voy por Rivadavia hacia la Facultad de Filosofía y Letras de la calle Puán paso siempre por la puerta y me acuerdo de aquel tiempo. Enfrente está la confitería Las Violetas. Por supuesto hay que tener un bar tranquilo y bien iluminado cerca si uno vive en una pieza de hotel”. ¿Cómo percibe el traslado literario en función de las habitaciones de los hoteles?

RP: He vivido mucho tiempo en hoteles. Siempre han sido lugares a los que habitualmente voy. Muchas veces he ido a escribir a un hotel para terminar un libro, porque el hotel pone en suspenso la vida cotidiana, que es muy agradable en un sentido pero también siempre nos está acechando. Hay que pagar las cuentas, no hay que olvidarse de comprar café. Hay que ver qué se comerá en la noche y llevar la ropa a la tintorería o lavarla uno. Los hoteles son grandes inventos. Habría que hacer una historia de los hoteles. En un momento fueron casas o tabernas donde se podía hospedar alguien. Lentamente el concepto empezó a crecer sobre la base de los turistas. Me agrada la gente que vive en hoteles. En Argentina hubo un par de escritores que se fueron directamente a vivir a un hotel. El hotel puede ser usado como un convento, puede ser usado como un lugar de retiro. Es lo que trataba de fijar en este texto.

AGA: ¿Cuál es el origen del desdoblamiento literario a través de Emilio Renzi? En 1967 publicó La invasión, su primer libro, en el que aparece el personaje.

RP: Sí. Uno de los primeros textos es el que se titula “La invasión”. Hay otro texto en el libro titulado “Tierna es la noche”, contado por él. Es el procedimiento básico: a veces resulta un personaje en un relato, a veces es el narrador. Luego escribí Nombre falso, en el que él aparece con más presencia en varios relatos. Pero hasta que escribí Respiración artificial encontré este camino que ahora trato de pensar. Con Respiración artificial encontré el tono. A partir de ahí lo tomé —no de una manera deliberada— como una guía para incluir en la ficción un lugar mío, un lugar que yo conocía bien. Había algo familiar para mí: la figura de Renzi.

AGA: ¿Se planteó el recurso de Renzi como un ancla en su narrativa?

RP: Sí. Es un lugar que conozco, es una voz familiar. Resulta alguien del que sé —cuando empieza un relato— en qué momento de su vida está. Es como si hubiera algo conocido en un mundo que hay que construir.

AGA: ¿Cómo evoca sus primeras lecturas de Cesare Pavese?

RP: Fue muy importante para mí. Descubrí a Cesare Pavese de una manera completamente accidental, como suele suceder. Un escritor italiano que estaba de visita en Buenos Aires dio una conferencia en la Universidad Nacional de La Plata, donde estudiaba, y habló de Pavese. Yo tenía 18 años. Lo que más me impresionó de Pavese, aparte de sus relatos, fue su diario. Sus cuentos me gustan mucho porque son norteamericanos en su tono, aunque él es muy italiano. Él había leído bien a Hemingway y a Faulkner. Pero el libro que he leído más veces a lo largo de mi vida y que me ha acompañado desde el principio es El oficio de vivir, un diario extraordinario. Y sobre él escribí un relato que está en La invasión.

AGA: Lo recuerdo. “Un pez en el hielo” es un relato sorprendente.

RP: Sí, es “Un pez en el hielo”. Cesare Pavese es un autor que está en el centro de mi propia experiencia como escritor.

 

Alejandro García Abreu
Ensayista y editor.

 

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Entrevista con Ricardo Piglia