Sin lugar a dudas los sismos de 1985 son un parteaguas en la ciudad de México, no sólo en relación a la estructura urbana, sino en la construcción política de la sociedad, derivada de la emancipación social que se produjo en ese momento. En mi opinión fue una excepción a lo cotidiano que permitió la participación y organización masiva fuera del control del Estado, con nuevos equilibrios donde la participación social en la toma de decisiones fue posible.1

Eran tiempos de una coyuntura económica mundial que producía confusión en muchos otros ámbitos. Los embates de la economía global se discutían en México entre la reciente expropiación de la banca en 1982 y el ingreso al GATT en 1985. El descontrol económico producía intereses de más de 150% anual en 1987; ningún negocio daba tanto rendimiento y la economía estaba simplemente detenida. El escenario financiero comenzaba a dominar otras formas de producción.

04-urbana-01

El acceso a la información estaba muy limitado en ese momento y la imaginación social apuntaba a directrices que hoy nos parecerían extrañas. Una exigencia social era, por ejemplo, disminuir la densidad urbana. Un modelo urbano que se usaba como referencia de orden y control era Houston, una ciudad en donde físicamente no existe el espacio público; en esa época la informalidad se combatía con normas y no con un entendimiento económico de la sociedad.

En la década de los ochenta también había grandes confusiones en México en cuanto a la sexualidad y el uso de los cuerpos. Una de las películas emblemáticas de la época es 9 1/2 semanas, dirigida por Adrian Lyne en 1986; un clásico del cine que se presentó en la ciudad en la muestra y en los cines tradicionales de porno, particularmente. Yo la fui a ver al cine Teresa en medio de la más vulgar y velada prostitución. El SIDA se presentaba como el inicio del apocalipsis, y no había debates abiertos sobre la diversidad de género. Esta consideración de los cuerpos es fundamental para entender los objetivos sociales del momento en relación con la ciudad y los espacios que producían, en donde la familia nuclear luchaba para mantener su dominio ideológico ante un conjunto de otredades que aparecían poco a poco y confrontaban la tradición conservadora.

Expresiones mediáticas que despertaban la imaginación en la juventud se podían ver en el canal MTV, donde una multitud de imágenes y posibilidades creativas provocaban a una incipiente y dominada generación que tenía prohibido ir a conciertos de rock: el Estado no permitía espectáculos de ese tipo. Pero diversas películas como The Warriors, dirigida por Walter Hill en 1979 o Escape from New York de John Carpenter realizada en 1981, habían sido inspiradores para segmentos populares de la juventud. Los Panchitos y la Banda Unida Kiss (BUK), en Tacubaya y Santa Fe, eran expresiones de la falta de oportunidades para los jóvenes, pero para gran parte de la sociedad, principalmente de clase media, le parecía una expresión de una vorágine incontrolada de una modernidad desbordada más parecida a una distopia, y que en México ponía de manifiesto un miedo ante las diferencias entre clases sociales.

 

El crecimiento de asentamientos irregulares en las periferias de la ciudad era increíblemente veloz y se percibía, y de hecho lo era, como una realidad fuera del control estatal, en una época donde existía una obsesión gubernamental por controlarlo todo. Para gran parte de la sociedad los “paracaidistas”, como se denominaba a los habitantes de asentamientos irregulares, eran una muestra de la debilidad gubernamental, incapaz de desplazarlos utilizando fuerza pública. Algo que hoy sería profundamente cuestionable.

El mundial de futbol en 1986 desplegaba la representación de un México moderno y alegre, aun en la crisis económica y destrozado por los sismos, mientras que gran parte de la sociedad veía a Cuauhtémoc Cárdenas como la primera opción realmente democrática en el siglo XX y probablemente en la historia del país; la famosa caída del sistema abonaba a la confusión simbólica que se desplegaba entre Hugo Sánchez y Los Panchitos; entre el cascajo de los edificios caídos depositados en Xochimilco y las demandas vecinales por reducir la densidad; entre el McDonald’s de Pedregal y los damnificados del sismo; entre el SIDA y la prohibición de conciertos de rock; entre la campaña de Salinas encabezada con la palabra Solidaridad hasta Súper Barrio y los movimientos populares surgidos de los escombros.

La ciudad de México en la década de los ochenta se puede describir, en oposición a las formulaciones materialistas que nos permiten explicar la realidad urbana, como un lugar donde las relaciones espaciales no estaban organizadas alrededor de la producción y el consumo, pero en cambio estaban desplegadas por una multiplicidad de códigos semióticos.2 El principio de la producción es reemplazado por el entendimiento del intercambio simbólico. En la realidad de la ciudad de México en los ochenta, materialidad y espacio se convierten en simulaciones que nublaban la diferencia entre falso y verdadero, real e imaginario.

En ese contexto y ante la emergencia de los sismos, el Departamento del Distrito Federal, encabezado entonces por Ramón Aguirre Velázquez, tenía la difícil tarea de ordenar el territorio mediante el Programa General de Desarrollo Urbano del Distrito Federal, que fue publicado en el Diario Oficial de la Federación el 16 de julio de 1987.

En dicho documento se aprecia la imaginación del momento: considera un crecimiento al año 2000 mucho mayor al que en realidad tuvimos. Esperaban que el DF tuviera 12.7 millones de habitantes y el área metropolitana 27.3 millones de habitantes, cuando en los censos de 2005 el total de habitantes en toda el Área Metropolitana de la ciudad de México no alcanzó los 20 millones y en el DF hay solamente ocho millones. También se expresa una preocupación por el desplazamiento habitacional en contraste con el crecimiento de comercios y usos mixtos, el programa le da literalmente cuatro renglones al tema de la vivienda, cuando hoy probablemente sea uno de los motores del desarrollo urbano.

En el programa de 1987 se crean Programas Parciales delegacionales entre cuyos objetivos están disminuir la densidad urbana y limitar su crecimiento al “crecimiento natural” o bien a la natalidad en la ciudad, lo cual hoy no sólo es cuestionable, sino que se apuesta por el incremento de densidad. También el documento expresa que es un instrumento que persigue una política de homogeneización de zonas urbanas, cuando hoy buscamos en los planes espacios diversos y heterogéneos.

En todo caso, revisar este programa desde los principios contemporáneos que hay sobre las ciudades sería profundamente injusto.

Los encargados del planteamiento del Programa General de Desarrollo Urbano del Distrito Federal organizaron la planeación reconociendo dinámicas preexistentes mediante el establecimiento de ocho sectores urbanos en los que buscaban reordenar física y económicamente a las dinámicas urbanas; en ellos había ocho centros urbanos que atenderían con servicios y equipamiento a una población de entre uno y 1.5 millones de habitantes, y 28 subcentros urbanos que cada uno atendería a 120 mil habitantes, aproximadamente; muchos de estos subcentros ya estaban consolidados, otros eran incipientes como Santa Fe o El Rosario.

Adicionalmente, se establecieron 14 Zonas Especiales de Desarrollo Controlado, mejor conocidos como ZEDEC, en donde se reconocían dinámicas urbanas especiales como en Polanco por su dinámica comercial y de servicios en un área habitacional, las colonias Juárez, Roma y Condesa que sufrían una emigración derivada de los sismos, además Cabeza de Juárez como un punto de desarrollo social, o bien las expresiones de asentamientos irregulares en la Sierra de Guadalupe y las barrancas del poniente se intentaban atender con este instrumento. También en los ZEDEC se atendían dinámicas industriales de desalojo de la ciudad y se perseguía una reactivación económica del Centro Histórico orientado a la población residente, pero no se hablaba de redensificación habitacional del centro. Entre otros ZEDEC, había uno destinado a los barrios afectados por los sismos, del cual derivaba el programa de reconstrucción de 44 mil viviendas en predios expropiados y 16 mil en predios no expropiados, con una estrategia que consistía en dotar de vivienda a las familias que la habían perdido, pero en los mismos terrenos donde vivían originalmente. En mi opinión fue la última gran intervención de producción de vivienda del Estado dentro de las estructuras urbanas de la ciudad, y que en la mayoría de los casos se han mantenido con ese uso hasta el momento, y en efecto lograron reordenar y, aún más importante, construir un significado de los sismos de 1985.

04-urbana-02

Este programa fue la materialización del Programa de Renovación Habitacional Popular que surgió del gobierno federal para atender la pérdida de vivienda derivada de los sismos y que impulsó el gobierno de Miguel de la Madrid.

En mi opinión, el programa de reconstrucción, a la vuelta de 30 años, resultó exitoso. No solamente son viviendas que siguen en pie y funcionando mayoritariamente como viviendas —y que en efecto atendieron a los damnificados—, hoy en día son edificios consolidados y perfectamente integrados en diferentes colonias y barrios, el proceso de reconstrucción fue arduo. Muchas historias alrededor de eventos increíbles de involucrados en el proceso surgieron, recuerdo que mi a papá, quien es arquitecto, le tocó reconstruir viviendas en Tepito o la colonia Guerrero. Él conoció una señora que nunca abandonó su departamento destruido, incluso durante el proceso de demolición, retiro de escombro y de construcción del nuevo edificio, no se movió del mismo sitio, probablemente en más de dos años. Pero además de las anécdotas humanas hubo otra serie de noticias, o rumores tal vez: que algún constructor se había quedado con dos departamentos, o que a un damnificado no le tocó casa por alguna razón inexplicable. Sin duda y como es tradición en México, se presentaron hechos de corrupción que no tuvieron consecuencias legales. Al fin y al cabo, la participación ciudadana y las estrategias negociadas entre los damnificados y las autoridades, con toda la complejidad de la emergencia y la diversidad de actores, finalmente demostró a largo plazo que la estrategia, o en todo caso táctica, funcionó.

Asimismo, el Programa General de Desarrollo Urbano del Distrito Federal atendió lo relativo a la construcción en otras partes de la ciudad restringiendo las alturas de los edificios, lo cual tuvo efectos heterogéneos. Por un lado, se detuvo la construcción masiva de edificios de baja calidad arquitectónica que se construían en lotes de antiguas casas grandes de las colonias Roma, Condesa, Del Valle, Polanco, entre muchas otras, lo cual permitió mantener algunos edificios patrimoniales y que sin duda motivó una nueva forma de hacer arquitectura y de entender la ciudad. El arquitecto Javier Sánchez fue, probablemente, quien tuvo una mejor visión de las oportunidades que presentaba el momento después de los sismos, las nuevas normativas y el comportamiento del mercado, y es uno de los agentes que produjo un cambio en la imaginación social sobre la colonia Condesa. Por otro lado, restringir alturas estaba en contradicción con las necesidades del mercado, el proceso inmobiliario demandaba oficinas de alto nivel, se requería espacio para los nuevos modos de producción financiera y de servicios; el mundo corporativo no tenía lugar para crecer. Santa Fe, que en el plan del 87 se concibió como un subcentro urbano, le dio cabida posteriormente a estas necesidades del mercado inmobiliario, fuera de la traza urbana de la ciudad.

Las restricciones de altura también han producido una larga confrontación entre desarrolladores inmobiliarios, vecinos y autoridades. Por toda la ciudad se encuentran edificios posteriores a la normatividad de 87 y de todos los demás programas de desarrollo del 92 y 97, así como los emitidos en el siglo XXI, que rebasan las restricciones de altura y que sin duda despiertan dudas en cuanto a la flexible interpretación de las normas, y la manera de obtener los permisos por parte de desarrolladores. En todo caso, existe un desfase entre lo que el mercado demanda, la imaginación de los ciudadanos y la normativa. También hay un desfase entre la velocidad del mercado y la velocidad de adecuar las normas a éste sin dejar de tomar en cuenta las demandas de la población, estos desfases pueden propiciar procesos de corrupción, pero también la necesidad de crear instrumentos de gestión urbana más ágiles que permitan disminuir, en la medida de lo posible, los desencuentros que hay entre las fuerzas que operan en la producción de espacios.

¿Qué necesitamos hacer para encontrar nuevos instrumentos ágiles que tengan una rectoría gubernamental que responda a las demandas y necesidades de la población y que al mismo tiempo tenga la posibilidad de dar espacio de crecimiento a la demanda inmobiliaria? Si algo podemos aprender de los sismos del 85 es que se cambiaron los balances simbólicos e institucionales entre la sociedad y los gobernantes, ese cambio logró materializarse en una estrategia de reconstrucción en donde la sociedad civil participó activamente y representa la última intervención masiva dentro de la ciudad dirigida por el gobierno, también nuevos equilibrios en lo relativo a la seguridad estructural de los edificios.

 

El 6 de julio de 1987 se publicó el nuevo Reglamento de Construcción que sustituyó al de 1976, elaborado por gobierno del Distrito Federal en colaboración con la UNAM, en él se refleja un fortalecimiento a las normas de construcción, un incremento en las medidas de seguridad; además, concibió nuevos agentes  de la sociedad civil como los directores responsables de obras, para elevar la seguridad en los edificios. El prólogo del documento justifica la publicación de este nuevo reglamento en los sismos del 19 y 20 de septiembre de 1985. Desde entonces los edificios cuentan con más y mejores medidas preventivas, desde su concepción estructural hasta las salidas de emergencia.

En resumen, después de los sismos la ciudad reflejó negociaciones entre autoridades y ciudadanos, se realizó la última intervención masiva de vivienda sobre estructuras urbanas dirigida por el gobierno, se fortalecieron los instrumentos de regulación urbana y de construcción, pero sobre todo se consolidó una sociedad dispuesta a exigir y participar de las decisiones. Aunque nadie quiere otro sismo, es entrañable un evento que sacuda fuerte a la vida cotidiana en México, lo suficientemente fuerte como para volver a encontrar escenarios simbólicos de negociación entre la sociedad, el mercado y el Estado capaces de crear un nuevo equilibrio.

 

Arturo Ortiz Struck
Arquitecto. Realizó una maestría en investigación urbano arquitectónica en la UNAM.


1 Para más información en relación a mi opinión sobre lo que produ- jeron socialmente los sismos recomiendo revisar el siguiente artículo: Ortiz Struck, Arturo, “Rupturas de lo cotidiano: La emancipación catastrófica de la ciudad de México”, en Findelke, D., Webels, E., Garza, de la, T., Mancera, F., Topografías de la modernidad: El pensamiento de Walter Benjamin, editado por la Facultad de Filosofía y Letras de
la UNAM, la Universidad Iberoamericana y el Instituto Goethe de México, 2007.

1 Recomiendo revisar a Jean Baudrillard, Simulations, editorial Semiotext, New York, 1983.

 

Un comentario en “Entre la catástrofe y la gestión urbana

  1. Excelente articulo…a mi me parece que la importancia del reglamento del 97 fue que, aparte de normatizar seriamente (sin sobrerregular como lo hace el actual) a partir de la ciudadania y los colegios en conjunto con el gobierno, se eliminaron los peritos firmones. Este reglamento fue la base para los reglamentos de otras entidades y municipios aun en funcion.