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La caída del imperio templario en Michoacán no ha sido garantía para que sus habitantes disfruten de tiempos  de paz. Al contrario, nuevos grupos están disputando  el territorio en nombre de “una nueva limpia”


La incertidumbre y el miedo son acompañantes fieles de la Tierra Caliente michoacana. Inevitablemente lo son, también, de mis exploraciones de la misma. Al recibirme en una de las esquinas polvorientas de Apatzingán —predomina la terracería en la ciudad más importante de la región—, el contacto a quien originalmente había pretendido entrevistar me refiere a los otros tres hombres que lo acompañan. Da una breve explicación: “Ahorita, por lo de las elecciones, es más oportuno que platiques con ellos”. Mis conocimientos acerca de estos últimos no van más allá de lo que había extraído del aglutinante y profundamente incierto día-a-día, es decir, de los rumores y chismes. Esas voces aseguraban que los hombres, en cuya camioneta poderosa me subo después de una breve introducción mutua, son el nuevo poder fáctico en la ciudad; que son parte de los que habían destronado a los Templarios; que son los representantes locales del cártel rival del estado colindante hacia el oeste; que son, en síntesis, “gente peligrosa”. Tanto estas aseveraciones, su manera de conducir —recio, como dirían los terracalentanos con su estirada entonación tan típica— como el hecho de que estamos trascendiendo poco a poco mis límites cognitivos de la zona urbana resucita un sentimiento familiar. El que se me grabó en la memoria cuando, en los tiempos de antes, Nazario Moreno y Servando Gómez se decían “el gobierno” (sic) y me recibieron con la confidencia correspondiente.

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Drástico es, en el destino de nuestro breve viaje, el contraste con el pasado. Abandonamos el vehículo en la calle y, por gradas de concreto que forman un estadio, descendemos a la cancha. Si no fuera por su relleno humano, sería un simple lugar dedicado el voleibol. Tal como se encuentran cientos en esta región. Aquí se puede observar a Apatzingán desde su posición de altura. Bañando el sol poniente el paisaje de estrechos cañones urbanos construidos contra un fondo de altos cerros en naranja y magenta, se prestaría perfectamente para un mirador turístico. Este espacio tiene dominación masculina. Destaca la ausencia absoluta de mujeres y se respira la intensidad sudosa de las luchas por los siete mil pesos que se paga a los ganadores de cada partido.

La atracción verdadera para este sociólogo-etnógrafo es, sin embargo, otra. Los aproximadamente cien hombres que adornan el espectáculo con huevos de tortuga (“Esto no lo permite el gobierno”, me dice uno con sonrisa desafiante) y Coronitas frías, le proveen el sueño de una muestra. Empieza mi interlocutor su “quién es quién” del caleidoscopio de actores armados que habitan el mundo postemplario. “¿Ves a ese? Es narco, y ese también [se ríe]… aquí andan todos, pero no hay bronca, aquí nos respetamos todos… ¿Y ves a esos tres? Son de las defensas rurales… Esos de allá son de nosotros [de las autodefensas, perdón: la Fuerza Rural], esos también pero no oficializados, sólo de apoyo… cuando entramos en lo fuerte, puedo juntar 150 hombres en 40 minutos”. Proporciona claves esenciales no sólo con lo que dice, sino también con la forma pseudoconspirativa en la que lo hace. Como para subrayar que la rara y súbita presencia de este güero provoca las sospechas usuales —¿será de la DEA?—, uno de los presentes se acerca, sube mi playera y pone una Colt .38 Súper en mi pantalón. En voz alta agradezco “el regalo” a su patrón, que visiblemente disfruta la microcomedia de su autoría. A pesar de que la atención plena de los presentes es nuestra sin duda, mi guía da media espalda a los que señala mientras que me susurra información al oído. Hasta cierto grado, pienso, sigue vigente la ley suprema de los Templarios: ver, oír y callar. Lo que es no cuadra con lo que debería ser. Y lo que muchos saben no se vocaliza abiertamente. Días más tarde, un ex sicario me da la clave del silencio: “saber mucho es peligroso”.  

Quienes por el momento se han quedado con el poder invierten considerable energía en consolidar la imagen de que esta ciudad vive una nueva levedad. Cristóbal es uno de ellos y ocupa ahora una posición central. Fue nombrado comandante de la Fuerza Rural después de que su predecesor, su hermano mayor Emilio, fue sustituido de su posición. Emilio, como lo expresa una persona cercana a la familia, “no mostró la valentía que se requiere para ser líder”. Cristóbal es uno de los 72 hijos que procreó su padre Rafael Álvarez.

El clan de los Álvarez está conformado por cantantes de corridos, actores de películas de charros, gobernadores, senadores y poderosos empresarios tanto lícitos como ilícitos. Una especie de Buddenbrooks apatzinguenses, que fácilmente inspiraría una gran novela familiar al corte de Thomas Mann. Cristóbal, sosteniendo en alto una fotografía de gran formato donde aparece parte de su familia, añade el ingrediente de tragedia y sufrimiento que no puede faltar a tal obra. “Nos quitaron dos hermanos”, constata antes de explicar que el surgimiento y la posterior instalación como poder fáctico de la Familia Michoacana provocó su expulsión de la región. Han regresado para reclamar lo suyo, después una larga década de exilio en León, Guanajuato, como parte de la ola “autodefensa” armada, que ha remodelado y ante todo fragmentado el paisaje del poder.

Los acontecimientos del 6 de enero, cuenta una  asesor del grupo, causaron “celebración” a pesar de que “sí fue matanza… y no portaron armas”. Una vez ganada la contienda por la supremacía sobre Apatzingán contra los Viagras, Cristóbal demuestra gran confidencia en los logros obtenidos. “La gente está tan agradecida con nosotros que nos regalan cosas”, resalta mientras me da un tour por los negocios que han reabierto en los últimos meses. Contrarresta así las amplias sospechas acerca de que son ilícitas las fuentes de financiamiento del “movimiento”, en particular con su participación en el negocio de las famosas “cocinas” michoacanas. Más llamativo resulta el hecho de que un hombre a cuya cabeza se ha puesto precio se mueva sin escolta o arma. Su tranquilidad, destaca, es resultado de que “Apatzingán está blindada”.

Esta imagen coincide con los logros de la intervención federal que subrayan algunos de sus representantes en pláticas informales, concedidas sólo bajo la estricta condición de proteger su anonimato. Aun así, esquivan preguntas críticas con el arte de la difusión discursiva que, quizás más que en cualquier contraparte suya a nivel mundial, han perfeccionado los políticos y funcionarios mexicanos. A tal grado que, cinco minutos y un bombardeo de cláusulas y oraciones subordinadas después, uno ya ni sabe qué carajo había preguntado. Son menos simplistas las expresiones que extraigo, que las aclamaciones de Castillo, Osorio Chong et al., “todo está bien en Michoacán”. O bien, como afirmó su presidente municipal a finales de junio, Apatzingán “está libre del crimen organizado”. Aún así, y quizás debido a la indiscernibilidad de una estrategia que merezca tal clasificación, no saben, o bien no quieren plantear, una visión del futuro más allá de vagos planes de desarmar a las autodefensas y de “aplicar la ley”. En vez de eso destacan que al menos ahora ha regresado cierta actividad económica y se ha superado el terror anterior. Lejos están de la situación a la que se enfrentaron a inicios de 2014, es decir, cuando llegaron como parte de la armada federal para anestesiar, amputar y equipar con prótesis el cuerpo estatal michoacano podrido. Mis informantes más preciados —los cronistas de la vida cotidiana: gente común y corriente como microempresarios, jornaleros y taxistas— coinciden en que ha habido ciertos cambios. Revela mucho que ahora son ellos mismos los que buscan activamente conversar cuando ven en sus ranchos lo que se parece a “prensa internacional”. Hablan con relativa franqueza sobre sus (des)encuentros con los Templarios. Antes, sin haber tejido un lazo de confianza durante días o incluso semanas, hubiera sido impensable que compartieran su trauma como ahora lo hace un señor de unos 70 años, contándole con la mirada baja a un desconocido que sigue sin rastro de 16 familiares suyos. 

Recita el célebre historiador regional, Luis González y González, a los terracalentanos que “basta rasguñar un poco el suelo para poder sacar diablitos por la cola”. Aunque estas líneas se refieren a las notorias condiciones climáticas de la Tierra Caliente, proveen además un diagnóstico pertinente de su presente sociopolítico. Rasguñar tantito es suficiente para penetrar la delgada superficie narrativa de reforma, progreso y seguridad. Se revelan rápidamente profundas fisuras. Se manifiestan en instantes como en el que la candidata de Morena a la diputación local y yo nos trasladamos en su camioneta. Pocos días antes fue asesinado su compañero Enrique Hernández, candidato del mismo partido a la presidencia municipal de Yurécuaro, Michoacán. Tanto por lo anterior como por llamadas, mensajes y visitas intimidantes a su casa de campaña, la atmósfera ha sido tensa. Cuando estamos cerca del cuartel militar, la candidata me pide que esté pendiente de una moto que identifico por el retrovisor. Tripulada por dos jóvenes, nos sigue por las próximas tres vueltas. Mi reflejo de quitarme el cinturón para ser más flexible —para poder agacharme— resulta innecesario. Desaparece la moto una vez que nos paramos  en nuestro destino. Sin embargo, la cautela que inspira tal ocurrencia, finalmente banal, tiene sustento en  acontecimientos recientes. Bajo condiciones de una (para)militarización que actualmente no permiten comandos montados en camionetas de llevar la muerte, andan los diablitos en dos ruedas. Entre los habitantes de estas tierras sigue inspirando terror la “moto negra”, aquella en la que asesinos a sueldo anduvieron disparando hasta que hace mes y medio fueron abatidos por la Fuerza Rural. Es emblemática esta leyenda real para un clima de inseguridad que se caracteriza por la certeza de que la “paz” es efímera y que será, tarde o temprano, interrumpida por grupos que intentarán volver a una mayor concentración de la violencia. Unos dicen que observan cómo “hombres armados” entran a hurtadillas a la ciudad de nuevo, bajo el cobijo de la noche. Otros dicen que nunca se han ido y que sigue intacto, entre otros elementos, su sistema de halconeo. Muchos perciben, en forma más difusa pero no menos dañina, el “regreso de los rateros”, fenómeno facilitado por la disolución del control social templario que temen e incluso ya sienten. El vacío no tardan en llenarlo otros actores. La cuota que antes pagaban los dueños de las “maquinitas” que se encuentran en casi todas las tienditas de la ciudad ahora la cobra la Fuerza Ciudadana. Recién, se quejan, la subieron de 70 a 130 pesos mensuales. En varias colonias surgen, entre tanto, nuevos “microdominios” cuyas cabezas extorsionan y amenazan a la población. Cuenta un constructor que sufre este tipo presión que la procuraduría no atiende sus quejas. La Fuerza Rural, constata un miembro suyo, “[sabe] perfectamente quiénes son y [podría] calmar la situación”. Pero debido a que se encuentra un limbo legal, no puede actuar.  Y agrega: “esto requeriría una solución fuera de la ley.  Si uno quiere entrarle más fuerte y tomar una casa recio… pero luego tienes a los güeyes de derechos humanos encima y te metes en broncas con los de la federación”. En las partes del municipio en las que los abusos fueron menos marcados que en otras existe cierta glorificación de los amos anteriores: “Con ellos había ley… su ley”. Cualquier forma de gobernanza, sin importar lo temible que haya sido, parece mejor la certidumbre de la incertidumbre.

Para quien deja atrás la cancha blindada de Apatzingán, Cristóbal aclara que los “filtros” instalados en sus entradas por la Sedena y, de forma clandestina, por los suyos, no hacen que nadie entre pero sí que “los que entren ya no salen”, las fisuras obtienen una claridad innegable. A unos 20 kilómetros queda la localidad de El Alcalde. A su salida hacia Guanajuatillo, rancho notorio por ser el lugar de nacimiento de El Chayo y parte del corazón geográfico del grupo que fundó, se ubica lo que los autodefensas locales llaman “la frontera”. Más allá del retén que la demarca, explican los cuatro hombres que lo cuidan, es territorio de “ellos”. ¿De quiénes? “Pues de los mismos”. “Los mismos”, como clarifica otro día un ex sicario que formó parte de esa estructura durante siete años, se refiere a unos 300 hombres. Éste sería el más numeroso entre los varios grupos que reclaman la herencia templaria. Entre tanto, “los mismos” estarían recobrando fuerza en los cerros de este municipio y la sierra de Tumbiscatío bajo el mando del primo hermano de Nazario Moreno, Homero González Rodríguez alias El Gallito. El significado de “recobrar” se abre a diversas interpretaciones, sobre todo al saber que en el tiempo que ha transcurrido desde las últimas elecciones, se han registrado emboscadas en los dos lugares con más de 20 muertos de un solo grupo.

Lo mismo cabe decir de lo que me espera detrás de “la frontera”. Recorro varios de los ranchos en cuestión junto con un grupo de morenistas. Mientras piden el voto de la población, aprovecho la oportunidad para ponerme cautelosamente al día. Se comenta con gran naturalidad el regreso paulatino de “ellos” después de que los “comunitarios” no pudieron establecerse de manera permanente. Parece reflejarse también en la postura de los tres “muchachos”, como Servando Gómez se referiría a ellos, que se la pasan, armados y “cuidando la plaza” como si nada hubiera cambiado, en la escasa sombra de un árbol de la comunidad de Holanda. De regreso rumbo a Apatzingán bajamos hacia el Río Grande mediante una brecha flanqueada por arbustos resecados que limitan la vista a unos 20 metros. “Imagínate, acá ni te das cuenta desde dónde te disparan”, comenta el conductor mientras que suavemente avanza la camioneta a través de profundos cauces excavados por la lluvia. Este paisaje hace palpable la emboscada contra policías federales en 2010. Aseguran oriundos que, arrojados al río, la corriente ya no distinguió entre muertos y heridos. No nos sorprende encontrarnos  aquí con una pequeña unidad de “los mismos”, compuesta por dos camionetas y una “quad”. Ellos no  muestran mayor interés al pasarnos. Nos saludamos  con respeto. Seguimos.

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Al mostrarme su credencial, un miembro de la caballería del Ejército constata que esta dependencia paramilitar ha absorbido y entrenado cientos de elementos en los pasados meses, sólo en este municipio. Me pide discreción. “Nos está prohibido hablar con la prensa… hacemos las cosas más por debajo”. Lo que implica, dice sin querer revelar más detalles, “picarles cuando sea necesario”. En términos relativos, ha sido más transparente la creación de la Fuerza Rural, otro intento de aglutinar y así controlar el potencial coactivo y desestabilizador que emana, en buena parte, de la masa de la insolvencia templaria. Aun así, ni el 10% de los que integran el universo de las autodefensas apatzinguenses ha sido “oficializado”. Esta superficie pseudoinstitucional apenas vela la topografía real del poder contemporáneo. Templarios de mediano rango —su identidad y pasado son ampliamente conocidos— forman pilares importantes de ella; han sostenido exitosamente sus poderíos subregionales, por ejemplo de Nueva Italia y Úspero. Señalando lo que es pero no debería ser, rechazan mis acercamientos para platicar por razones obvias. “Va a ser difícil”, resume un hombre cercano a uno de ellos después de que le explicara mi motivación, “no quiere meterse en broncas, es que namás quiere cocinar”. En contradicción a esta pasividad, Cristóbal y sus hombres más cercanos aprendieron a la fuerza que son uno de los dos principales núcleos de poder —el otro es el de las autodefensas de Tepalcatepec—. Saben y pueden mover los hilos en la región. El ambiente se tensó cuando Cristóbal se reunió con los hombres de El Gallito para hacer un pacto de no agresión. El encuentro desembocó en una discusión acalorada entre los protagonistas de las autodefensas apatzinguenses, con las armas puestas en la mesa. Las acusaciones de traición en contra de Cristóbal siguieron. Finalmente, y debido a la intervención de su hermano Emilio y de dos de los mencionados “hombres fuertes” que así pretenden recuperar su posición en la ciudad, se produce un putsch. El frágil edificio de la autodefensa local cuenta ya con un nuevo liderazgo, el de los hermanos Francisco y Sergio Licea. Causa de preocupación, ya que, según informantes internos, ellos han presionado desde hace tiempo para que se “liberalicen” (léase: se afloje la legalidad de) las formas de conseguir los fondos requeridos.    

Aún bajo el mando de Cristóbal, los que ahora portan sus armas legalmente cambiaron, un día de junio, sus uniformes por ropa civil para protestar públicamente por la detención de dos de sus contrapartes. Los colaboradores de El Americano han sido acusados de ser secuestradores. “Sabe Dios si lo son”, explica Cristóbal, “pero hay que apoyar… por si ocupamos el apoyo [de otros grupos] en el futuro”. ¿Cuánta lealtad al Estado y a las normas legales que representa se puede esperar de un constructo ad-hoc parainstitucional cuyos miembros se autodesignan “gobierno pero no gobierno”? Simular, así, que la gobernanza efectiva del Estado-nación es más que una ficción, bajo las condiciones actuales es una cosa. Y quizás “ir con la corriente para no quedarse atrás” —como el asesor citado anteriormente justifica su papel a pesar de serias dudas de su parte sobre la integridad del “movimiento”— haya sido la única opción del gobierno. Pero, tácitamente, permitir que la necropolítica —la regulación fáctica de quién puede matar con impunidad como el mero núcleo del concepto de la soberanía—1 la sigan ejerciendo actores privados sin legitimación democrática suscita preguntas más serias. Que ha sido alto el precio para navegar Michoacán al ojo del huracán deviene palpable cuando asevera el comandante que “muchos se han quedado en el camino”. “Unos 300”, pormenoriza. Aunque no completa su frase, deja en claro el asesor en otro momento, el sencillo criterio que se aplica para decidir si señalados (ex)templarios merecen vivir o morir: “Si han matado…”. Décadas de ciclos de revancha y violencia entre grupos, familias e individuos han mantenido en garrote a Michoacán. Y es difícil imaginar su fin mientras que los campos de muerte —ubicados en la sierra y los cerros del estado, coinciden informantes estatales, de la sociedad civil y de la población civil que allí están enterrados cientos o incluso miles de desaparecidos— se sigan rellenando. “Falta otra limpia”, constata entre tanto el comandante, apuntando a los cerros que se elevan en el trasfondo de la cancha blindada. Aunque las haya dicho antes de exclamar su intención de impugnar las elecciones por fraude, prestan un resumen pertinente de la situación actual las palabras del candidato panista a la presidencia municipal de Apatzingán: “Esto apenas empieza”.

 

Falko Ernst
Investigador predoctoral en el Departamento de Sociología de la Universidad de Essex, Inglaterra, y periodista freelance.


1 Véase Mbembe, J. A., “Necropolitics”, Public Culture, 15 (1), 2003, pp. 11-40.